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lunes, noviembre 15, 2010

EPIDEMIA - 2ªparte - ROBIN COOK

EPIDEMIA  - 2ªparte - ROBIN COOK


17 de mayo
Marissa se levantó temprano y de buen ánimo. Era una maravillosa mañana primaveral, que quiso aprovechar saliendo a correr con Taffy por el vecindario. Hasta la perra parecía disfrutar del buen tiempo mientras describía círculos alrededor de su dueña.
De vuelta a casa Marissa se dio una ducha, vio una parte del Today Show por televisión al mismo tiempo que se vestía, y a las ocho y media partía ya al Centro. Entró en su oficina, dejó la cartera sobre el fichero y se sentó. Quería saber si se disponía de suficiente información sobre las proteínas del Ébola como para hacer el cálculo de probabilidades estadísticas de que la cepa de Estados Unidos fuese la misma que la de 1976 de Zaire. Si las posibilidades eran tan ínfimas como suponía, sus sospechas tendrían entonces un fundamento científico.
Empero no avanzó mucho. En el centro mismo de su escritorio había una comunicación interna. La abrió y se encontró con un lacónico mensaje en el que se le ordenaba presentarse de inmediato en el despacho de Dubchek.
Cruzó entonces al edificio de virología. De noche la pasarela no le daba miedo, pero a la luz del sol la tela metálica la hacía sentir enjaulada. Como aún no había llegado la secretaria de Dubchek, llamó directamente a la puerta.
El doctor estaba sentado, revisando la correspondencia. Cuando la vio, le dijo que cerrara la puerta y tomara asiento. Marissa acató la orden, notando que los ojos de su jefe no la perdían de vista. La oficina estaba tan desordenada como de costumbre, con montones de fotocopias de artículos científicos por todos lados. Evidentemente el desorden era típico de Dubchek, aunque en lo personal su aspecto era siempre impecable.
-Doctora Blumenthal -comenzó a hablar él con voz contenida-, me he enterado de que anoche estuvo en el laboratorio de máximo riesgo.
Marissa no abrió la boca ya que él no le preguntaba nada sino que simplemente hacía una aseveración.
-Creí haber dejado claro que no podía entrar allí hasta que no cuente con la necesaria autorización. Su desconsideración me causa mucho fastidio, por no decir otra cosa, sobre todo el hecho de haber obligado a Tad a practicar estudios no autorizados de muestras de alimentos provenientes del Hospital Medicum.
-Trato de cumplir con mi tarea lo mejor posible -argumentó ella.
El nerviosismo que sentía rápidamente se iba convirtiendo en furia. Dubchek le demostraba que nunca le iba a perdonar aquel desaire de Los Ángeles.
-Entonces tiene usted un concepto erróneo de qué es «lo mejor posible». Además, pienso que no comprende la enorme responsabilidad que le cabe al Centro para con el público, y más sabiendo la histeria que hay en tomo del tema del SIDA.
-Bueno, yo creo que está equivocado -expresó ella devolviéndole la mirada-. Tomo muy en serio nuestra responsabilidad para con el público, y considero que se le rinde un pobre servicio al minimizar los riesgos del Ébola. No hay razones científicas para suponer que no habrá nuevos brotes de Ébola, y yo estoy poniendo el máximo empeño en averiguar la fuente antes de que debamos afrontar otro brote.
-¡Doctora Blumenthal, usted no es quien dirige el Centro!
-Ya lo sé muy bien, doctor Dubchek. Si lo fuera, tenga por seguro que no apoyaría la versión oficial de que fue Richter quien trajo el virus de África y luego experimentó un insólito periodo de incubación de seis semanas. ¡Y si no fue Richter el que lo trajo, la única otra fuente que se conoce está aquí mismo, en el Centro!
-No pienso tolerar ese tipo de conjeturas irresponsables.
-Llámelo conjetura, si quiere -dijo, poniéndose de pie-.Yo lo llamo hecho concreto. Ni siquiera en Fort Detrick tienen Ébola. Solamente hay aquí, en el Centro, y se lo guarda en un congelador con un simple candado de bicicleta. ¡Excelente protección para el virus más letal conocido por el hombre! Y si cree que el laboratorio de máximo riesgo es seguro, recuerde que hasta yo fui capaz de entrar allí.
Horas más tarde, todavía temblaba cuando entró en el Hospital de la Universidad y preguntó cómo llegar a la cafetería. Mientras recorría los pasillos no dejaba de maravillarse de haber podido reunir tanto coraje. Jamás se había enfrentado a la autoridad como lo hizo ese día. Sin embargo, se sentía muy mal al recordar la cara que puso Dubchek cuando la echó de su oficina. Como no sabía qué hacer y estaba segura de que su carrera en el Servicio de Inteligencia de Epidemiología se había terminado, salió del Centro, subió a su coche y empezó a dar vueltas sin rumbo fijo hasta -que se acordó de Ralph y pensó pedirle consejo. Pudo localizarlo entre una operación y otra, y, quedaron en encontrarse para almorzar. La cafetería del hospital era un recinto agradable, con mesas de cubierta amarilla y suelo de baldosas blancas. Marissa vio que Ralph le hacía señas desde un rincón.
Como era típico de él, se levantó al verla llegar y le retiró la silla. Marissa sonrió, aunque le costaba contener las lágrimas. Sus galantes modales no parecían acordes con la ropa quirúrgica que tenía puesta.
-Gracias por apartar tiempo para verme, Ralph. Sé lo ocupado que estás.
-No digas tonterías. Siempre tengo tiempo para ti. Ahora cuéntame qué pasa. Te noté muy alterada por teléfono.
-Vayamos a buscar primero la comida. La interrupción le vino bien puesto que, al volver con las bandejas, había podido controlar un poco sus emociones.
-Tengo problemas en el Centro -confesó. Después le relató la forma en que se había comportado Dubchek en Los Ángeles y el incidente del hotel-. A partir de ese momento el trato ha sido difícil. Quizá yo no reaccioné de la mejor forma posible, pero tampoco creo que fuera todo culpa mía. Al fin y al cabo, fue una especie de hostigamiento sexual.
-No me parece propio de Dubchek -opinó Ralph, frunciendo el entrecejo.
-Pero me crees, ¿verdad? -Desde luego. Sin embargo, no creo que puedas echar la culpa de todos tus problemas a aquel lamentable episodio. Recuerda que el CCE es un organismo estatal, aunque la gente trate de restarle importancia a ese hecho. -Hizo una pausa para dar un bocado al sándwich-. ¿Puedo hacerte una pregunta?
-Por supuesto. -¿Crees que soy tu amigo y que sólo pienso en tu bien? Marissa asintió, mientras se preguntaba qué vendría a continuación.
-Entonces puedo hablarte con franqueza. Me han llegado rumores de que ciertas personas del Centro no están muy contentas contigo porque no te adhieres a la línea oficial. Ya sé que no me pediste consejo, pero te lo doy igualmente. En un sistema burocrático, hay que guardarse las opiniones personales hasta que llegue el momento apropiado. Digamos que hay que aprender a callar. Y yo lo sé porque durante un tiempo estuve en el ejército.
-Supongo- que te refieres a la posición que adopté respecto del Ébola -saltó ella, a la defensiva.
Al margen de que Ralph tuviera razón, sus palabras la habían herido porque consideraba que, en términos generales, su comportamiento había sido correcto.
- Ésa es sólo una parte del problema. Sencillamente no has sabido trabajar en equipo. -¿Quién te lo dijo? -se indignó ella.
-Con decírtelo no se soluciona nada. -Tampoco si yo me quedo callada. No puedo aceptar la posición que sustenta el Centro en relación con el Ébola. Hay demasiados puntos contradictorios e interrogantes sin resolver. Casualmente uno de ellos lo supe anoche, durante mi visita no autorizada al laboratorio.
-¿A qué te refieres? -Se sabe que el Ébola sufre constantes mutaciones. Sin embargo nos enfrentamos con el hecho de que las tres cepas de Estados Unidos son idénticas, y lo más sorprendente es que se trata de la misma cepa del brote que hubo en Zaire, en 1976. Para mí, esta enfermedad no se está propagando naturalmente.
-Tal vez tengas razón, pero estás en una situación política y debes obrar en consecuencia. Y aun si se produjera otro brote, espero que no lo haya, tengo una confianza absoluta en que el Centro será capaz de controlarlo.
-Ése es otro gran interrogante. Las estadísticas de Phoenix no fueron alentadoras. ¿Te das cuenta de que hubo trescientos cuarenta y siete casos mortales y sólo trece sobrevivientes?
-Sí; vi las cifras. Pero con ochenta y cuatro casos iniciales creo que vuestra labor fue excelente.
-No sé si te parecería tan excelente si el brote se hubiera producido en tu sanatorio.
-Tienes razón. La idea de que vuelva a producirse otro brote de Ébola me aterroriza. Quizá sea por eso que quiero creer en la posición oficial. Si es correcta, tal vez el peligro haya terminado.
-¡Caramba! -expresó -Marissa con repentina vehemencia-. Tan preocupada estaba por mí misma que me olvidé por completo de Tad Dubchek debe de saber que fue él quien me llevó al laboratorio. Será mejor que vaya a ver qué le ha pasado.
-Te dejo ir con una condición: que salgamos a cenar mañana sábado.
-Qué amoroso. Desde luego; será un placer. Se inclinó hacia delante y le dio un beso en la frente. Ralph era tan bueno... Ojalá le atrajera más como hombre.
Cuando regresaba en su coche al Centro, tomó conciencia de que ya no estaba tan enfadada con Dubchek, y que en cambio tenía miedo de perder el empleo y sentía remordimiento por su propio proceder. Indudablemente Ralph tenía razón: no había sabido trabajar en equipo.
Encontró a Tad en el laboratorio de virología, trabajando en un nuevo proyecto vinculado con el SIDA, enfermedad que seguía ocupando el lugar prioritario en el Centro. Al verla, Tad se tapó la cara con un brazo, fingiendo adoptar una actitud de defensa.
-¿Tan mal te fue? -le preguntó Marissa. -Peor. -Perdóname. ¿Cómo se enteró? -Me lo preguntó. -¿Y tú se lo contaste? -Por supuesto. No iba a mentirle. También me preguntó si salía contigo.
-¿Y eso también se lo dijiste? -quiso saber ella, mortificada.
-¿Por qué no? Por lo menos se convenció de que no llevo al laboratorio a cualquier persona de la calle.
Marissa respiró profundamente. Tal vez era mejor que se supiera todo. Apoyó entonces una mano sobre el hombro de su amigo.
-Lamento muchísimo haberle causado tantos trastornos. Y para resarcirle, te invito a cenar esta noche. Cocino yo.
A Tad se le iluminó el rostro. -Me parece fantástico.
A las seis de la tarde Tad pasó a buscarla por su oficina y la siguió en su coche hasta el supermercado. Eligió él las costillas de cordero y esperó que el carnicero se las cortara, mientras Marissa iba a buscar patatas y verdura para la ensalada.
Guardaron luego la bolsa en el maletero del coche de Marissa, y Tad propuso ir él a comprar vino y que ella se adelantara para empezar a cocinar.
Llovía, y mientras escuchaba el rítmico movimiento de los limpiaparabrisas, sintió un hálito de esperanza como no había experimentado en todo el día. Ciertamente era mejor que todo se supiera. El lunes a primera hora hablaría con Dubchek y le pedirla disculpas. Seguramente podían arreglar la situación como dos adultos. . Pasó por una panadería y compró dos pastas rellenas. Al llegar a su casa, decidió entrar por la cocina para no tener que caminar tanto cargada con las bolsas. Todavía no se había puesto el sol, pero ya estaba oscuro. Tuvo que buscar en el llavero la llave que correspondía a la cerradura. Encendió la luz de la cocina con el codo antes de depositar las dos bolsas sobre la mesa. Mientras desactivaba la alarma, se preguntó por qué Taffy no habría acudido a recibirla. Llamó a la perra pensando si los Judson no se la habrían llevado por alguna razón. Volvió a llamarla, pero en la casa reinaba un silencio anormal.
Se encaminó a la sala de estar y en el trayecto encendió la luz que había junto al sofá. «Ta-a-a-ffy», gritó, alargando el nombre. Se dirigió a la escalera por si acaso la perra se había encerrado sin querer en alguno de los dormitorios de arriba, como más de una vez le había ocurrido. Fue entonces cuando la vio tendida en el suelo cerca de la ventana, con la cabeza doblada en un ángulo extraño y alarmante. -¡Taffy! -clamó desesperada.
Corrió a arrodillarse a su lado, pero antes de que pudiera tocarla, la sujetaron por atrás y le dieron un tirón tan fuerte del cuello que la habitación comenzó a darle vueltas. Instintivamente levantó una mano y aferró el brazo extraño, notando que tocaba algo de madera debajo de la tela de la manga. Ni haciendo acopio de todas sus fuerzas logró siquiera que el desconocido aflojara la presión sobre su cuello. Sintió que se le rasgaba el vestido y trató de volverse para ver a su atacante, pero no lo logró.
El dispositivo para hacer sonar el sistema de alarma estaba en el bolsillo de su chaqueta. Metió la mano con desesperación, y justo cuando consiguió activar el botón, un fuerte golpe en la cabeza la arrojó al suelo. Procuró ponerse de pie en el momento en que comenzaba el atronador bramido de la alarma. Luego oyó la voz de Tad que le gritaba al intruso. Se volvió, medio atontada, y lo vio forcejeando con un individuo alto y fornido.
Se cubrió las orejas para protegerse del incesante chillido de la sirena y salió gritando afuera para llamar a los Judson. Atravesó corriendo el jardín y cruzó por entre los arbustos que separaban ambas propiedades. Al llegar a casa de sus vecinos, vio que el señor Judson abría la puerta. Le pidió a gritos que llamara a la policía, pero no perdió tiempo en explicarle nada. Giró sobre sus talones Y volvió de prisa a su casa. El sonido de la alarma resonaba entre los árboles que bordeaban la calle. Subió de dos en dos los escalones de la entrada pero le llamó la .atención encontrar vacía la sala de estar. Atemorizada corrió a la cocina. La puerta del fondo estaba entornada. Alargó el brazo y desconectó la alarma en el correspondiente tablero.
-¡Tad! -gritó de regreso a la sala de estar, al tiempo que se fijaba en el cuarto de huéspedes.
Pero no había rastros de su amigo. El señor Judson llegó corriendo por la puerta del frente blandiendo un hierro. Juntos se encaminaron a la cocina y salieron por atrás.
-Mi mujer está llamando a la policía. -Yo estaba con un amigo -le explicó Marissa, jadeante-, y no sé dónde se ha ido.
-Ahí viene alguien -afirmó el señor Judson, señalándolo.
Marissa vio una silueta que se acercaba entre los pinos. Era Tad. Corrió entonces a recibirlo, le echó los brazos al cuello y le preguntó qué había pasado.
-Lamentablemente me derribaron de un golpe -contó él tocándose la sien-. Cuando me levanté, el tipo estaba fuera, donde lo aguardaba un coche.
Marissa lo llevó a la cocina y allí le limpió la cara con una toalla húmeda. Tenía sólo una herida superficial.
-El brazo de ese tipo parecía duro como un garrote -dijo Tad. -Tuviste suerte de que no te causara una herida más profunda. No debías haberlo perseguido. ¿Y si hubiese estado armado?
-Mi intención no era convertirme en héroe. Y lo único que le vi fue una cartera.
-¿Una cartera? ¿Qué clase de ladrón lleva una cartera?
-Iba bien vestido; eso hay que reconocerlo. -¿Pudo verlo bien como para identificarlo después? -intervino el señor Judson.
Tad se encogió de hombros. -No demasiado. Todo fue tan rápido... A lo lejos oyeron que se acercaba la sirena de un coche patrulla. El señor Judson miró la hora.
-Establecieron un buen promedio. -¡Taffy! -gritó Marissa, al recordar súbitamente a la perra.
Corrió a la sala de estar, seguida de cerca por Tad y el señor Judson.
El animal no se había movido. Cuando Marissa se agachó para alzarlo con cuidado, la cabeza de Taffy cayó, floja, hacia un lado; le habían roto el cuello.
Hasta ese momento Marissa había logrado dominar sus emociones, pero al ver a su perrita prorrumpió en llantos histéricos. Al señor Judson le costó mucho lograr que soltara al animal. Tad abrazó a su amiga procurando consolarla.
Llegó el vehículo policial con sus luces encendidas, y dos agentes uniformados entraron en la casa. Marissa no pudo dejar de reconocer que actuaron con eficacia y sensibilidad. En seguida averiguaron que el sujeto había entrado por una ventana de la sala y explicaron por qué en un primer momento no había sonado la alarma: porque el intruso rompió el cristal y entró por la ventana, en lugar de levantar la hoja movible.
Después, con un estilo metódico, los policías recogieron toda la información pertinente sobre el hecho. Desgraciadamente ni Marissa ni Tad pudieron dar una descripción del agresor, salvo que tenía el brazo rígido. Cuando le preguntaron si le faltaba algo, Marissa tuvo que confesar que todavía no lo había comprobado. Y cuando relató el episodio de Taffy, se echó a llorar nuevamente.
Los policías le preguntaron si quería ir a un hospital, pero ella rechazó el ofrecimiento. Los agentes le aseguraron que volverían a comunicarse con ella, y partieron. El señor Judson también se retiró, no sin antes decirle que podía llamarlo en caso de necesitar algo, y que no se preocupara por los restos de la perrita. Además, al día siguiente él se encargaría de que le arreglaran la ventana.
De pronto Marissa y Tad se encontraron solos, sentados a la mesa de la cocina, con los alimentos aún dentro de sus bolsas.
-Lamento muchísimo todo esto -expresó Marissa, restregándose el lugar de la cabeza que le dolía.
-No seas tonta. ¿Por qué no vamos a cenar fuera? -No tengo ánimos para ir a un restaurante, pero tampoco quiero quedarme aquí. ¿Qué te parece si cocino en tu apartamento?
-¡Perfecto! Vamos. -Aguarda un momento. Voy a cambiarme.
20 de mayo
EL lunes por la mañana Marissa seguía dominada por el temor. No había sido un buen fin de semana. El viernes fue el peor día de su vida, empezando por el incidente-con Dubchek para seguir luego con el asalto y la muerte de Taffy. Después del asalto trató de minimizar las consecuencias emocionales, pero lo único que consiguió fue tener que pagarlo después. Preparó la cena y se quedó en casa de Tad, pero fue una velada turbulenta, llena de lágrimas e indignación contra el intruso que le había matado la perrita.
El sábado estaba igualmente deprimida pese a los intentos de Tad, y luego de los Judson, por animarla. Por la noche salió a cenar con Ralph como tenía pensado, y él le sugirió que solicitara unos días de permiso, ofreciéndose incluso a llevarla al Caribe, ya que seguramente unas breves vacaciones servirían para que se enfriaran los ánimos en el Centro. Como Marissa insistió en que quería seguir trabajando, Ralph le aconsejó dedicarse a cualquier tema menos al Ébola, propuesta que ella tampoco aceptó. «Entonces al menos no hagas más olas.» Para Ralph, Dubchek era fundamentalmente un buen hombre que aún estaba reponiéndose por la pérdida de la esposa que adoraba.
Marissa debía darle otra oportunidad. En ese punto al menos estuvieron de acuerdo.
Temiendo otra confrontación con Dubchek, pero al mismo tiempo resuelta a pedirle disculpas, llegó a su oficina y se encontró con otra comunicación interna sobre el escritorio. Supuso que era de Dubchek, pero al tomar el sobre advirtió que el remitente era el doctor Carbonara, director del Servicio de Inteligencia en Epidemiología y, por lo tanto, el verdadero jefe de Marissa. La abrió con el corazón en la boca y leyó la nota en la cual se le pedía que fuera a verlo de inmediato. Tuvo entonces un mal presentimiento.
El despacho del doctor Carbonara estaba en el primer piso. Cuando subía por la escalera se preguntaba si estarían a punto de despedirla. La oficina era amplia y confortable. Una pared estaba casi cubierta con un inmenso planisferio en el que se indicaban con alfileres rojos los lugares del mundo donde cumplían tareas funcionarios del Servicio. El doctor Carbonara, un hombre muy amable y paternal, de abundante pelo canoso, le hizo señas para que tomara asiento mientras terminaba de hablar por teléfono. Cuando colgó, la obsequió con una sonrisa simpática, con lo cual Marissa se tranquilizó un poco ya que no vio en él la actitud del jefe que está por echar a un empleado. Luego la sorprendió compadeciéndose de ella por el asalto sufrido y por la muerte de la perrita. A excepción de Tad, Ralph y los Judson, ella creía que nadie más estaba enterado del episodio.
-Quería pedirle que se tomara unas vacaciones. Creo que un cambio de aire no le vendría mal después de una experiencia tan desagradable.
-Le agradezco la gentileza, pero sinceramente prefiero continuar trabajando. Eso me va a ayudar a tener la mente ocupada, aparte de que estoy convencida de que los brotes epidémicos no han terminado aún.
El doctor tomó una pipa y se dispuso a encenderla. Cuando lo logró, dijo:
-Lamentablemente existen ciertas dificultades en relación con el Ébola. A partir de hoy se la traslada del Departamento de Virología al de Bacteriología, pero puede conservar la misma oficina. En realidad le quedará más cerca de su nuevo empleo que del viejo. Estoy seguro de que el nuevo cargo le resultará tan apasionante como el anterior.
Dio intensas chupadas a la pipa, despidiendo volutas de humo gris.
Marissa quedó desolada: el traslado era, para ella, como si la echaran.
-Podría decirle cualquier mentira -prosiguió Carbonara-, pero la verdad es que el jefe del Centro, el doctor Morrison, me pidió personalmente que la sacara de virología, alejándola particularmente del problema del Ébola.
-Eso no lo creo. ¡Fue el doctor Dubchek! -No, en absoluto -expresó enfáticamente Carbonara, para agregar a continuación-: Aunque reconozco que no se opuso a tal decisión.
Marissa dejó escapar una risita irónica. -Sé muy bien, Marissa, que entre usted y Dubchek ha habido un grave choque de personalidades, pero...
-Sería más exacto hablar de hostigamiento sexual. Ese hombre se ha empeñado en obstaculizar mi tarea desde que tuve el valor de resistirme a sus insinuaciones.
-Lamento oírle decir eso -afirmó él con voz pausada-. Tal vez, por el bien de todos, convendría que le contara la verdadera historia. Verá usted: el doctor Morrison recibió una llamada del congresista Calvin Markham, integrante de la Subcomisión de Presupuesto de la Cámara Baja para el Departamento de Sanidad Pública. Como usted sabe, dicha subcomisión fija anualmente los fondos para el Centro. Fue ese legislador quien pidió que se la separara del tema Ébola, no Dubchek.
Marissa quedó anonadada una vez más. La idea de que un congresista de Estados Unidos llamara al director del Centro para que éste la separara de su cargo le resultaba increíble.
-¿Markham mencionó mi nombre expresamente? -preguntó, una vez que hubo recuperado el habla.
-Sí. Y créame que yo también lo puse en duda. -Pero, ¿por qué? -No hubo explicación alguna. Además, fue más una orden que una petición. Por razones políticas no nos queda otra alternativa. Supongo que lo comprenderá.
Marissa movió la cabeza. -El problema es casualmente que no entiendo, pero sí me hace cambiar de parecer respecto de las vacaciones. Pienso que al fin y al cabo me convendría tomarme unos días.
-Espléndido. Se las concedo a partir de este momento. Después del descanso va a empezar renovada. Tenga la seguridad de que no estamos en desacuerdo con su trabajo; por el contrario, nos ha impresionado notablemente su desempeño. Esos brotes de Ébola nos han aterrado muchísimo. Usted será una valiosa adquisición para el grupo que está trabajando en bacterias intestinales y no me cabe duda de que le caerá muy bien la jefa de dicha división, la doctora Harriet Samford.
Su mente era un torbellino cuando regresaba a su casa. Había dado por descontado que el trabajo le serviría de distracción para olvidar la brutal muerte de Taffy, y si bien en algún momento consideró la posibilidad de que la despidieran, jamás se le ocurrió siquiera que fuesen a otorgarle una licencia. Se preguntó si Ralph habría hablado en serio cuando la había invitado al Caribe. Sin embargo, la idea tenía ciertas desventajas, ya que si bien él le gustaba como amigo, no estaba segura de que le atrajera en ningún otro sentido.
La casa le pareció desolada sin el exuberante recibimiento de la perrita. Marissa experimentó la imperiosa necesidad de meterse en la cama y taparse la cabeza con las mantas, pero con eso sólo conseguiría allanar el camino a la depresión que tan decididamente quería combatir. No había aceptado del todo el pretexto que le diera el doctor Carbonara para separarla del tema Ébola: una insinuación casual de un parlamentario no solía producir efectos tan inmediatos. Si se ponía a indagar, seguramente descubriría que Markham era amigo de Dubchek. Miró de soslayo la cama con sus tentadoras almohadas y decidió no ceder ante el impulso de evadirse. Recordaba con demasiada nitidez la última vez que reaccionó con un estado depresivo, después de haber cortado con Roger. En vez de entregarse y aceptar la situación -como había hecho antes-, se dijo que debía hacer algo, aunque no sabía muy bien qué.
Cuando estaba buscando ropa sucia para lavarla, como terapia, encontró la maleta preparada y para ella fue como un presagio.
Impulsivamente tomó el teléfono y llamó a la línea aérea Delta a fin de reservar un pasaje en el siguiente vuelo a Washington.
-Hay un mostrador de información pasando apenas la puerta -le indicó el avezado taxista señalando la escalinata del edificio de oficinas del Congreso.
Una vez dentro, Marissa pasó por un detector de metales mientras un guardia uniformado le revisaba la cartera. Cuando preguntó por el despacho del congresista Markham, le respondieron que estaba en el cuarto piso. Siguió las complicadas instrucciones -al parecer los ascensores sólo llegaban hasta el tercer piso - y le llamó la atención lo descuidado que estaba el edificio. Las paredes del ascensor estaban literalmente cubiertas de pintadas.
Pese a lo tortuoso del camino, no tuvo problema en localizar la oficina. Como la puerta estaba entreabierta pasó sin llamar, en la esperanza de que el elemento sorpresa jugara a su favor. Desgraciadamente el congresista no estaba.
-Volverá de Houston dentro de tres días. ¿Quiere pedir una entrevista con él?
-Déjeme pensarlo -respondió Marissa, sintiéndose un poco tonta por el hecho de haber viajado desde Atlanta sin cerciorarse primero de si el hombre estaría en la ciudad, y mucho menos dispuesto a recibirla.
-¿No desea hablar con el señor Abrams, su secretario privado?
-Bueno. A decir verdad no estaba muy segura de cómo debía abordar a Markham. Si simplemente le preguntaba si había intentado separarla del grupo del Ébola para hacerle un favor a Dubchek, obviamente lo negarla. Mientras seguía cavilando, se le acercó un joven que se presentó como Michael Abrams.
-¿En qué puedo servirla? -dijo, tendiéndole la mano. Debía de tener unos veinticinco años, el pelo oscuro, casi negro- y una sonrisa amplia que para Marissa no podía ser tan sincera como parecía al principio.
-¿No hay algún lugar donde podamos conversar en privado? -quiso saber Marissa, puesto que estaban de frente al escritorio de la secretaria.
-Por supuesto. La hizo pasar al despacho del congresista, una habitación amplia, de techo alto, con un inmenso escritorio de caoba flanqueado por la bandera estadounidense por un do y la del Estado de Texas por el otro. En las paredes, innumerables fotos de Markham estrechando la mano a una variedad de celebridades, incluso los últimos presidentes.
-Soy la doctora Blumenthal. ¿No le dice nada mi apellido? Michael negó con la cabeza. -¿Acaso debería sonarme? -preguntó él, en tono simpático.
-Tal vez -respondió Marissa, dudando sobre la forma en que debía continuar.
-¿Es usted de Houston? -Soy de Atlanta, del Centro para el Control de Enfermedades.
Lo observó atentamente para ver si advenía en él alguna reacción especial, pero no notó ninguna.
-Del Centro para el Control de Enfermedades -repitió el muchacho-. ¿Viene en misión oficial?
-No. Me interesa la relación que tiene el congresista Markham con el Centro. ¿Es uno de los temas especiales de que se ocupa?
-Yo diría que «especiales» no es la palabra adecuada
-fue la cauta respuesta de Michael-. Él se ocupa de todas las áreas de la sanidad pública. De hecho, es el congresista que más se ha interesado por los temas de salubridad. Últimamente presentó proyectos para limitar la inmigración de médicos extranjeros, un proyecto para el arbitraje obligatorio en caso de ejercicio ilegal de la profesión, otro para limitar los subsidios del estado a los programas de medicina por el sistema de pagos adelantados...
Hizo una pausa para recobrar el aliento. -Me deja asombrada. Es evidente que se interesa vivamente por la medicina en nuestro país. -Ya lo creo. El padre de él era un médico clínico que gozaba de enorme prestigio.
-Pero usted no tiene conocimiento -continuó Marissa- de que tenga previsto ningún proyecto específico vinculado con el Centro de Atlanta.
-Que yo sepa, no. -Y debo suponer que usted está al tanto de todo lo que se trata aquí.
Michael le obsequió con una sonrisa por toda respuesta.
-Bueno, muchas gracias por atenderme. Intuitivamente se dio cuenta de que no iba a poder sonsacarle nada más a Michael Abrams.
Al salir a la calle volvió a sentirse abatida. Ya no tenía más la sensación de estar haciendo algo positivo por sí misma. No sabía si le convenía permanecer tres días en Washington aguardando la llegada de Markham, o si debía regresar a Atlanta.
Comenzó a caminar en dirección al Capitolio. Ya se había alojado en un hotel de Georgetown; entonces, ¿por qué no quedarse? Podía ir a museos y galerías de arte. Sin embargo, al contemplar la imponente cúpula blanca del Capitolio, no pudo menos de pensar por qué un hombre de la posición de Markham se preocupaba por ella, aunque fuese amigo de Dubchek. De repente vislumbró una idea. Le hizo señas a un taxi, subió de prisa y te dijo al chofer:
-A la Comisión Federal de Elecciones. ¿Sabe dónde queda?
El conductor, un negro guapo, se volvió para responderle:
-Si en esta ciudad hay algún lugar que yo no conozca, le prometo que la llevo gratis.
Quince minutos más tarde aparcaban frente a un edificio semimoderno, en un sector viejo del centro de Washington. Poca atención le prestó a Marissa el guardia uniformado, salvo para advertirle que debía firmar el libro de entrada. Como no sabía con certeza a qué oficina tenía que ir, terminó entrando en una de la planta baja, donde había cuatro empleadas escribiendo a máquina en sus respectivos escritorios.
Una de ellas le preguntó en qué podía servirla. -Necesito averiguar algo respecto de los fondos con que financió su, campaña un congresista. Tengo entendido que ese tipo de información está a disposición del público, ¿verdad?
-Por supuesto -respondió la mujer, y se puso de pie-. ¿Qué es lo que le interesa, las contribuciones o los desembolsos?
-Las contribuciones... supongo. La mujer la miró intrigada. -¿Cuál es el nombre del congresista? -Calvin Markham. La empleada se encaminó a una mesa redonda donde había libros de hojas intercambiables. Encontró el indicado y lo abrió en la M, explicando que los números que aparecían a continuación de cada nombre indicaban el correspondiente al rollo de microfilm. Luego acompañó a Marissa a unas enormes estanterías repletas de rollos, buscó el que necesitaba y lo colocó en el aparato de lectura.
¿Qué elección le interesa? -preguntó, lista ya para oprimir las teclas respectivas.
-La última... supongo. Todavía no sabía a ciencia cierta qué era lo que quería encontrar... Tal vez algún vínculo entre Markham y Dubchek o el CCE.
La máquina empezó a funcionar con un zumbido, y en la pantalla iban pasando con tanta rapidez los documentos que parecían una sola mancha borrosa. Luego la mujer apretó un botón y le enseñó cómo regular la velocidad.
-Si quiere alguna copia, son cinco centavos cada una. La moneda tiene que ponerla allí. -Señaló una ranura-. Si se presenta algún problema, no tiene más que llamar.
A Marissa le intrigaba tanto el aparato como la información que éste le brindaba. A medida que revisaba los nombres y domicilios de todos los contribuyentes a las arcas para la reelección de Markham, notó que éste obtenía apoyo fiscal a nivel nacional no sólo de su distrito de Texas. Esto no le pareció típico salvo quizás en el caso del presidente de la Cámara o el presidente de la Comisión de Recursos. También advirtió que gran parte de los donantes eran médicos, lo cual no le llamaba la atención a la luz del papel desempeñado por Markham en la aprobación de leyes relativas a la salud.
Los nombres figuraban en orden alfabético y si bien se fijó expresamente en todos los que empezaban con D, no encontró el de Dubchek. De todos modos había sido una idea alocada, se dijo. ¿De dónde iba a sacar dinero Cyrill para apoyar a un poderoso congresista? Podía tener cierto ascendiente sobre Markham, pero no de índole económica. Lanzó una risita. ¡Y pensar que consideraba ingenuo a Tad!
De todas formas sacó copia de la lista de contribuyentes para poder luego revisarla con tranquilidad. Notó que un .médico con seis hijos había donado la cifra mayor por él y por cada miembro de su familia. Eso sí que era apoyar a alguien. Al final de los particulares se enumeraban las empresas patrocinadoras. Una de ellas, llamada «Comité Médico de Acción Política», había donado más dinero que muchas compañías petroleras de Texas. Al consultar los datos sobre la elección anterior, Marissa se encontró con el mismo grupo. Debía de tratarse de una organización establecida, y firme partidaria de Markham.
Después de agradecerle la atención a la empleada, Marissa salió a la calle y buscó un taxi. Mientras avanzaban en medio del denso tránsito de la hora punta, aprovechó para releer la lista de contribuyentes. De pronto casi soltó los papeles. El nombre del doctor Ralph Hempston parecía saltar de la página. Seguramente era una coincidencia -qué pequeño era el mundo-, pero pensándolo bien no le llamaba tanto la atención ya que uno de los defectos que siempre le había encontrado a su amigo Ralph era precisamente su conservadurismo. Le parecía típico de él propiciar a alguien con la mentalidad de Markham.
A las cinco y media entraba en el simpático salón de su hotel, y al pasar por el pequeño quiosco de revistas divisó los titulares del Washington Post. ¡VUELVE EL AZOTE DEL Ébola!
Como hierro atraído por un imán, cruzó el salón, tomó un periódico y leyó el subtítulo: EL FLAGELO ATERRORIZA LA CIUDAD DEL AMOR FRATERNAL.
Buscó monedas en el fondo de la billetera para pagar el periódico y siguió leyendo mientras se encaminaba a los ascensores. Se habían presentado tres supuestos casos de Ébola en la Clínica Berson de Abington (Pennsylvania), en las afueras de Filadelfia. La noticia destacaba el pánico que reinaba en la ciudad suburbana. Después de apretar el botón de su piso, leyó las declaraciones de Dubchek en las cuales éste aseguraba que el brote se dominaría en breve y que no había motivo de inquietud, ya que el Centro para el Control de Enfermedades había aprendido mucho sobre el modo de luchar contra el virus en los tres brotes previos.
Peter Carbo, uno de los dirigentes del grupo pro Derechos de los Homosexuales, de Filadelfia, manifestaba tener la esperanza de que Jerry Falwell se hubiese fijado en que ni un solo homosexual había contraído esta enfermedad nueva y mucho más peligrosa, proveniente de la misma zona de África que el SIDA.
Ya en su habitación buscó en el periódico las fotos de las páginas interiores. La toma de la barrera policial en la entrada del hospital le recordó Phoenix. Terminó de leer el artículo, dejó el periódico sobre la cómoda y se miró en el espejo. A pesar de que estaba de vacaciones y oficialmente la habían alejado del equipo del Ébola, sentía la necesidad de obtener información de primera mano. Su total dedicación al fenómeno Ébola no le dejaba otra alternativa. Trataba de quedarse pensando que Filadelfia quedaba prácticamente al lado de Washington, que hasta podía ir en tren. Militarmente, giró sobre sus talones y comenzó a reunir sus pertenencias.
Al salir de la estación de Filadelfia tomó un taxi hasta Abington, y resultó un viaje mucho más largo de lo que suponía. Felizmente tenía varios cheques de viajero en la billetera, y el conductor se los aceptó. Frente a la Clínica Berson encontró la TTM77 policial que había visto fotografiada en el diario. Tras de intentar trasponerla, le preguntó a un periodista si el edificio estaba en cuarentena. «No», le respondió, quien había estado tratando de entrevistar a algún enfermo. La policía se encontraba allí por si acaso se establecía la cuarentena. Marissa exhibió su credencial del CCE y en el acto se le permitió el acceso.
Había muchas personas en el vestíbulo central, pero no reinaba el caos de aquella otra vez, en Phoenix. La gente parecía ansiosa pero no aterrorizada. El empleado de recepción le informó que todos los casos estaban en la unidad aislada, del quinto piso. Cuando se dirigía al ascensor, un señor le gritó:
-Perdone, pero no se permiten las visitas. -Marissa volvió a mostrar su credencial. Ah, disculpe, doctora. Tome el último ascensor, que es el único que sube hasta el quinto.
Apenas se bajó, una enfermera le pidió que se colocara ropa de protección, aunque no le preguntó por qué estaba allí. Marissa se alegró de poder ponerse la mascarilla, no sólo por razones -o protección sino para mantener el anonimato.
-Perdón -dijo sobresaltando a dos mujeres que charlaban en el despacho de las enfermeras-, ¿no están por aquí ninguno de los médicos del CCE?
-No la oímos venir; explicó la mayor de las dos. -La gente del Centro partió hace alrededor de una hora -respondió la otra-. Creo haber oído que bajaban a la oficina del administrador. Pruebe allí.
-Bueno, no importa. ¿Cómo están los tres pacientes?
-Ya son siete -contestó la primera mujer, y luego le pidió a Marissa que se identificara.
-Soy del Centro para el Control de Enfermedades -respondió, sin dar su nombre, a propósito-. ¿Y ustedes?
-Desgraciadamente somos las enfermeras que estamos siempre a cargo de este sector. Solemos aislar a los pacientes con menor resistencia a la enfermedad, pero no estamos acostumbradas a tratar casos mortales de un mal contagioso. Por eso nos alegramos de que hayan venido ustedes.
-Al principio uno se asusta mucho -se condolió Marissa, al tiempo que entraba, intrépidamente, en el despacho de las enfermeras. Por si les sirve de consuelo, les diré que yo participé en los tres brotes anteriores y nunca tuve problema alguno. ¿Las fichas están aquí o en las habitaciones?
-Aquí -señaló una de las mujeres. -¿Cómo están los pacientes? -Pésimamente. Esta respuesta no le parecerá muy profesional, pero jamás he visto personas más enfermas. Se les ha prestado atención especial durante las veinticuatro horas del día, pero así y todo, empeoran.
Marissa comprendía la frustración de la mujer. Los pacientes terminales en general deprimen al personal que los cuida.
-¿Alguna de ustedes sabe cuál fue el que se internó primero?
La enfermera de más edad se acercó a Marissa, revisó las fichas y sacó una que luego le entregó.
-El primero fue el doctor Alexi -manifestó-. Lo que me sorprende es que haya durado tanto.
En el historial figuraban todos los síntomas habituales, pero no había mención alguna de viaje al extranjero, de contacto con animales ni de la menor vinculación con los brotes anteriores. Sin embargo, se consignaba que Alexi era ¡jefe de oftalmología! ¿Acaso Dubchek tendría razón después de todo? Al no saber cuánto tiempo podía permanecer en el pabellón, prefirió ir de inmediato a ver al enfermo, para lo cual se colocó encima otro atuendo protector, incluso gafas desechables.
-¿Está consciente? -le preguntó a la enfermera especial, llamada Marie.
El doctor Alexi estaba acostado con la boca abierta y la mirada clavada en el techo. Su piel presentaba ese tono amarillento que Marissa asociaba con la muerte próxima.
-A ratos. Está hablando y de pronto no responde más. La presión sanguínea le ha bajado nuevamente.
Marissa tragó saliva. -Doctor Alexi -pronunció Marissa, tocándole suavemente el brazo. Cuando el hombre volvió la cabeza muy despacio para mirarla, le notó un enorme moretón debajo del ojo derecho-. ¿Me oye, doctor?
El enfermo asintió. -¿Ha viajado a África últimamente? El doctor negó con la cabeza. -¿Asistió usted a un congreso sobre cirugía de párpados realizado hace unos meses en San Diego?
El hombre logró articular un «sí». A lo mejor Dubchek realmente tenía razón porque era demasiada coincidencia: en todos los brotes, la primera víctima fue siempre un oculista que asistió al congreso de San Diego.
-Doctor, ¿tiene usted amigos en Los Ángeles, Saint Louis, o Phoenix? ¿Los ha visto últimamente?
Pero antes de que ella terminara, Alexi había vuelto a perder el conocimiento.
-Ha estado así todo el tiempo -explicó la enfermera, situándose al otro lado de la cama para volver a tomarle el pulso.
Marissa no sabía qué hacer, si aguardar unos minutos y tratar de interrogarlo una vez más. Volvió a fijarse en el moretón que tenía el hombre en la cara, y le preguntó a la enfermera si sabía cuándo se lo había hecho.
-Su mujer me contó que lo habían asaltado. -Luego agregó-: La presión está más baja todavía.
Meneó la cabeza apesadumbrada, mientras guardaba el estetoscopio.
-¿Lo asaltaron justo antes de enfermar? Quería estar segura de haber oído bien. -Sí. Creo que el ladrón lo golpeó en la cara pese a que él no opuso resistencia.
-Marie -dijo alguien por un intercomunicador-, ¿hay una doctora del CCE en esa habitación?
La enfermera miró a Marissa y luego volvió a posar sus ojos en el aparato.
-Sí -respondió. Pese al zumbido indicador de que el aparato seguía encendido, Marissa pudo oír una voz femenina que le informaba a alguien: «Está en la habitación del doctor Alexi», y otra que replicaba: «¡No diga nada! Yo mismo bajaré a hablar con ella.»
Marissa sintió que se le aceleraba el pulso. ¡Era Dubchek! Desesperada paseó la vista por la habitación como buscando un sitio donde esconderse. Pensó en preguntarle a la enfermera si no había otra salida, pero sabía que iba a parecer una ridiculez, y además ya era tarde porque ya se oían pisadas por el pasillo.
Cyrill entró arreglándose las gafas. -¿Usted es Marie? -preguntó. -Sí -respondió la enfermera. Marissa quiso ir hacia la puerta pero Dubchek la agarró de un brazo. Le pareció una vergüenza tener un enfrentamiento de esa índole delante de un moribundo, pero también temía la reacción de Dubchek puesto que sabía cuántas normas había violado. Al mismo tiempo la indignaba haberse visto obligada a transgredirlas.
-¿Adónde diablos va? -preguntó él de mala manera, sin soltarle el brazo.
-Tenga un poco de respeto por el paciente, al menos -respondió ella, logrando por fin liberarse.
Salió de la habitación seguida por Dubchek. Se quitó el gorro y el delantal exteriores, que depositó en el recipiente indicado. Dubchek hizo lo propio.
-¿Se ha propuesto expresamente despreciar toda autoridad? -se enfureció él-. ¿Acaso toma esto como un juego?
-Prefiero no hablar del tema. Se daba cuenta de que, por el momento, Dubchek era incapaz de entrar en razones. Se dirigió al ascensor.
-¿Qué es eso de que «prefiere no hablar»? -gritó él-. ¿Quién se cree que es?
Volvió a aferrarla del brazo y le dio un tirón para obligarla a que lo mirase.
-Creo que deberíamos esperar hasta que se le pase el enfado -atinó a decir ella con calma.
-¿El enfado? Mire, jovencita -explotó Dubchek-, ahora mismo voy a llamar al doctor Morrison para exigirle que la obligue a tomarse una licencia prolongada y no unas simples vacaciones. Y si se niega, exigiré una audiencia formal.
-Me parece perfecto -sostuvo ella, manteniendo apenas el dominio de sí-. Hay algo extraordinario en estos brotes de Ébola y usted se niega a aceptarlo. A lo mejor lo que nos hace falta es precisamente una audiencia formal. -Váyase de aquí antes de que la haga echar.
-Será un placer.
Cuando salía del hospital se dio cuenta de que temblaba. Odiaba las confrontaciones, y una vez más se sentía acosada entre la furia y el cargo de conciencia. Estaba convencida de que le faltaba muy poco para averiguar la verdadera causa de los brotes, pero aún no podía explicar claramente sus sospechas para sentirse satisfecha y mucho menos para persuadir a otra persona.
Trató de llegar a alguna conclusión camino al aeropuerto, pero lo único que le venía a la mente era la desagradable escena con Dubchek. Sabía que había corrido un riesgo al presentarse en la Clínica Berson cuando expresamente le habían retirado el permiso para hacerlo, razón por la cual Cyrill estaba en todo su derecho al enfurecerse. Lástima que no pudiesen intercambiar opiniones sobre la extraña coincidencia de que todos los enfermos portadores hubiesen sido asaltados justo antes de contraer el mal.
Mientras aguardaba el avión que la llevaría de regreso a Atlanta, llamó a Ralph desde un teléfono público. Su amigo atendió en seguida y le contó que, como ella no respondía el teléfono, se preocupó muchísimo y fue a su casa a ver qué le pasaba. Le preguntó dónde se encontraba, y fingió enfadarse por el hecho de que se hubiese ido de viaje sin avisarle.
-En Washington y ahora en Filadelfia, pero ya vuelvo a Atlanta.
-Fuiste a Filadelfia debido al nuevo brote de Ébola? -Sí. Han pasado muchas cosas desde la última vez que hablamos. Es una larga historia, pero te adelanto que no debí presentarme aquí, y cuando Dubchek me pilló, se puso como loco.-A lo mejor ya me he quedado sin trabajo. ¿Sabes de alguien que necesite a una pediatra?
-No habrá ningún problema. Puedo conseguirte un puesto aquí mismo, en el Hospital de la Universidad. ¿En qué vuelo llegas? Pienso ir a buscarte al aeropuerto. Estoy impaciente por que me cuentes qué pudo haber tan importante como para que te fueras de viaje sin decírmelo.
-Gracias, pero no hace falta que vengas a buscarme, porque dejé el Honda en el aparcamiento.
-Entonces ven a casa en el camino de regreso. -Tal vez se me haga un poco tarde -respondió, pensando si no lo pasaría mejor en casa de Ralph que en su propia casa vacía-. Pienso pasar primero por el Centro porque necesito hacer algo allí mientras Dubchek no está en la ciudad.
-No me parece tan buena idea. ¿Qué te traes entre manos?
-Créeme que no mucho. Sólo quiero echar otra miradita rápida al laboratorio de máximo riesgo.
-Yo te aconsejaría que no fueras por el CCE. La mayor parte de tus problemas proviene de aquella vez que entraste en el laboratorio.
-Lo sé, pero voy a hacerlo de todos modos. Este asunto del Ébola está enloqueciéndome.
-Como quieras, pero después ven a verme. Pienso quedarme levantado hasta tarde.
-¿Ralph? –dijo Marissa, haciendo un enorme acopio de coraje para formularle la pregunta-. ¿Conoces al congresista Markham?
Se produjo una pausa.
- He oído hablar de él. -¿Nunca has contribuido con dinero para su campaña?
-Qué pregunta más rara, sobre todo para hacerla desde larga distancia.
-¿Has contribuido? -Sí, varias veces. Concuerdo con la posición que tiene él en relación con diversos temas médicos.
Después de prometerle una vez más ir a visitarlo esa noche, Marissa cortó con una sensación de alivio. Estaba contenta de haber planteado el tema Markham y de que Ralph le hubiese respondido con tanta sinceridad. Pero una vez que despegó el avión, la acometió de nuevo, la inquietud. La teoría que se estaba gestando en su mente era tan siniestra que no se atrevía siquiera a darle forma.
Pero lo más horrible era que comenzaba a preguntarse si el asalto en su casa y la muerte de Taffy no habría sido algo más que un simple atraco, como había supuesto.
20 de mayo por la noche
Al salir del aeropuerto enfiló directamente a la casa de Tad. No le había llamado antes porque le pareció mejor darle una sorpresa, aunque eran casi las nueve.
Aparcó frente a la casa y vio con alegría que había luces encendidas dentro.
-¡Marissa! -exclamó Tad al abrir la puerta, con una publicación médica en la mano-. ¿Qué haces aquí?
-Quiero ver al hombre de la casa. Estoy realizando una encuesta sobre preferencias en dulces.
-Estás bromeando. -Por supuesto. ¿Me invitas a pasar o vamos a quedamos aquí de pie toda la noche?
Esa nueva actitud suya de agresividad la sorprendía hasta a ella misma.
-Perdón. Pasa, por favor. Marissa entró primero que él y advirtió que en la repisa del vestíbulo estaba la tarjeta para entrar al laboratorio.
-Estuve llamándote el día entero. ¿Dónde te habías ido?
-Salí. Tuve un día muy interesante.
-Me contaron que ya no estabas más en Patógenos Especiales y te habías ido de vacaciones. ¿Qué está pasando?
-Ojalá lo supiera -respondió, sentándose en el sofá. De pronto apareció el gato y de un salto se instaló en su falda-. ¿Qué sabes del brote de Filadelfia? ¿Es Ébola?
-Lamentablemente sí -dijo Tad, sentándose a su lado-. El aviso nos llegó el domingo. Esta mañana recibí las muestras, y están cargadas de virus.
-¿Es de la misma cepa? -Eso no lo puedo saber en seguida. -¿Sigues pensando que todo viene de aquel congreso de oftalmólogos de San Diego?
-No lo sé -admitió él, algo irritado-. Soy virólogo, no epidemiólogo.
-No te enfades, pero no hace falta ser epidemiólogo para darse cuenta de que algo muy raro está sucediendo. ¿Tienes idea del motivo por el cual me dieron otro destino?
-Supongo que lo habrá solicitado Dubchek. -No. Fue un legislador del Congreso Nacional por Texas, de apellido Markham. Él llamó directamente al doctor Morrison, y como es presidente de la Comisión de Presupuestos que aprueba los fondos para el Centro, Morrison tuvo que obedecerle. Pero, ¿no te parece muy extraño? Al fin y al cabo soy apenas una empleada a sueldo del Servicio de Epidemiología.
-Sí, claro. Tad se ponía cada vez más nervioso. Marissa estiró un brazo y le apoyó la mano en el hombro.
-¿Qué te ocurre? -le preguntó. -Todo esto me preocupa. Tú sabes que me gustas, Pero donde tú vas siempre hay problemas, y yo no quiero líos. Sucede que me agrada mucho mi trabajo.
-No deseo comprometerle, pero necesito tu ayuda por última vez. Por eso vine a verte tan tarde.
Tad sacudió la cabeza. -Por favor, no me pidas que viole ninguna otra disposición.
-Necesito volver al laboratorio... sólo por unos minutos.
-¡No! -se opuso Tad, enérgicamente-. No puedo correr semejante riesgo. Discúlpame.
-Dubchek no está en la ciudad. No va a haber nadie allí a esta hora.
-No. No pienso llevarte. Marissa comprendió que su postura era inflexible. -Está bien. Te entiendo. -¿Sí? -dijo él, asombrado de que se hubiese dado por vencida tan fácilmente.
-Desde luego, pero si no puedes acompañarme al laboratorio, lo menos que puedes hacer es invitarme a beber algo.
-Por supuesto -aceptó él-. ¿Cerveza? ¿Vino blanco? -Cerveza, por favor. Tad fue a la cocina. Cuando Marissa oyó que abría la nevera, se levantó y fue de puntillas hasta el vestíbulo. Miró en dirección al estante y comprobó que había dos tarjetas de acceso al laboratorio. A lo mejor Tad no se daría cuenta si tomaba prestada una, se dijo en el momento en que se guardaba una en el bolsillo. Ya estaba sentada de nuevo en el sofá cuando su amigo regresó con las bebidas.
Tad le entregó un botellín y se guardó otro para sí. También abrió un paquete de patatas fritas. Para halagarlo, Marissa le preguntó por su última investigación, pero era evidente que no prestaba atención a sus respuestas.
-¿No te gusta la cerveza? -preguntó él al ver que no la había probado.
-Sí, sí -respondió bostezando-. Lo que pasa es que estoy más cansada que sedienta. Será mejor que me vaya.
-Puedes quedarte a pasar la noche si lo deseas. -Gracias -dijo ella al tiempo que se ponía de pie-, pero tengo que volver a casa.
-Lamento no poder llevarte al laboratorio -declaró Tad, y se agachó para darle un beso.
-Te comprendo.
Rápidamente se dirigió hacia la puerta antes de que él pudiera abrazarla.
Tad esperó hasta oír que se cerraba la puerta de fuera antes de volver a entrar en el apartamento. Por una parte se alegraba de haber tenido la sensatez necesaria como para no dejarse manejar por Marissa, pero por otra parte le daba mucha pena haberla desilusionado.
Desde donde estaba miraba directamente el estante donde había dejado la tarjeta de acceso y las llaves. Pensando aún en Marissa se dio cuenta de que faltaba una de las tarjetas. Entonces revisó con esmero todas las cosas que había sacado de los bolsillos y registró los anaqueles de arriba y de abajo, pero la tarjeta no apareció.
- ¡Mierda! Debió haber previsto alguna jugarreta de su parte ya que se dio por vencida tan fácilmente. Abrió la puerta, bajó de prisa la escalinata y salió a la calle con la esperanza de alcanzarla, pero no había nadie en las inmediaciones. No corría ni la más mínima brisa en la noche húmeda, de modo que las hojas de los árboles permanecían quietas, abatidas.
Tad volvió a entrar en su casa tratando de decidir qué hacer. Miró la hora y fue hasta el teléfono. Marissa le gustaba, pero esa vez se había pasado. Tomó entonces el teléfono y empezó a marcar.
En el camino al Centro, iba pensando que ojalá Dubchek no hubiese dado aviso al guarda de que ella ya no trabajaba en virología. Pero cuando mostró su credencial, el oficial la obsequió con una sonrisa.
- ¿Otra vez trabajando tarde? Por precaución, fue primero a su oficina por si el oficial decidía seguirla. Encendió las luces, se sentó a su escritorio y esperó, pero no oyó pasos por el corredor.
Había varias cartas sobre la mesa: dos eran propaganda de casas de productos farmacéuticos, y una tercera de Lab Engineering, de South Bend. Marissa abrió ese último sobre. Un vendedor le agradecía la consulta que ella había hecho acerca de las campanas filtrantes tipo 3 HEPA pero le informaba que ese tipo de instrumental se fabricaba sólo por pedido. Si le interesaban, debía tratar primero con algún estudio de arquitectos que se especializara en la construcción de edificios destinados al cuidado de la salud. Terminaba respondiendo la pregunta que daba origen a la carta: ese último año Lab Engineering había fabricado un solo equipo para Professional Labs, una empresa situada en Grayson (Georgia).
Marissa consultó un mapa de Estados Unidos que el anterior ocupante del despacho había dejado en la pared y que ella nunca se molestó en sacar, pero no figuraba el pueblecito. Registró los cajones porque creía tener un mapa de carreteras de Georgia hasta que por fin lo encontró en el fichero. Grayson era una pequeña localidad a pocas horas de Atlanta, en dirección este. ¿Qué demonios hacían allí con una campana tipo 3 HEPA?
Una vez hubo guardado el mapa en su lugar y la carta en el bolsillo de su chaqueta deportiva, escrutó el pasillo. El silencio era total, y el ascensor continuaba detenido en ese piso, o sea que nadie lo había usado. Por lo tanto había llegado el momento de actuar.
Bajó un piso por la escalera y cruzó por la pasarela al edificio de virología. Felizmente no vio luces encendidas en ninguna oficina. Al pasar frente a la puerta de Dubchek, le sacó la lengua en un gesto infantil que le produjo una enorme satisfacción. Dio vuelta a la esquina y se halló frente a la puerta de cierre hermético. Involuntariamente contuvo el aliento al introducir la tarjeta de Tad y marcar luego su código de acceso: 100-60-95. Se oyó entonces un chasquido mecánico y la pesada puerta se abrió, dejando escapar el conocido olor a desinfectante fenólico.
Sintió que se le aceleraba el pulso. Al cruzar el umbral tuvo la sensación de estar entrando en una casa de horrores. El cavernoso recinto de dos pisos tenuemente iluminado, con su complicada red de tuberías y sus sombras, daba la impresión de ser una gigantesca tela de araña.
Como le viera hacer a Tad las dos veces anteriores, abrió una caja que había en la pared cerca de la entrada, y conectó los interruptores con lo cual se encendieron las luces y se activaron los compresores y el equipo de ventilación. El ruido de la maquinaria era mucho más fuerte de lo que recordaba, y las vibraciones se percibían en el suelo.
Por el hecho de estar sola, ese laboratorio futurista le resultaba mucho más atemorizante; tanto, que tuvo que sacar a relucir toda su valentía para continuar, sabiendo además que estaba violando normas estrictas y a que ya con anterioridad la habían llamado al orden. A cada instante temía que alguien la descubriese.
Con manos sudorosas aferró la rueda para abrir la puerta hermética que daba a los vestuarios, pero no logró hacerla girar. Por último usó toda su fuerza y así consiguió que se moviera. Con un zumbido la puerta se abrió hacia fuera y después de entrar Marissa volvió a cerrarse con un nefasto golpe seco.
Sentía que le estallaban los oídos cuando se ponía, con esfuerzo, el atuendo protector. La segunda puerta fue más fácil de abrir, pero cuantos menos problemas se le presentaban, más se afligía por el riesgo que estaba corriendo.
Localizó un equipo aislante de talla pequeña entre los más de veinte que había a su disposición, pero le costó mucho ponérselo al no tener la ayuda de Tad. Cuando se subió el cierre, estaba empapada en sudor.
En el panel de mando de las luces sólo encendió las del laboratorio principal, ya que las demás no le hacían falta. No tenía intenciones de visitar el sector de los animales. Después, llevando en la mano él tubo del aire, atravesó la cámara de desinfección, pasó por la última puerta hermética y entró en el sector principal del laboratorio.
Lo primero que debía hacer era conectarse con una manguera múltiple para inhalar aire fresco. El zumbido del aire la reconfortó: sin él, el silencio era opresivo. Observó el instrumental de alta tecnología y localizó el congelador. A esas alturas ya lamentaba no haber encendido todas las luces porque las sombras creaban un siniestro telón de fondo para los letales virus, aumentando el pánico que la dominaba.
Separó las piernas para acomodarse el pesado traje y se encaminó al congelador, maravillándose una vez más de que, con tanto instrumental supermoderno, hubiesen utilizado un electrodoméstico común. La presencia del congelador en ese laboratorio era tan insólita como lo sería una vieja máquina de sumar en una exposición de computadoras.
Se detuvo a escasa distancia del congelador y contempló la puerta aislada y cerrada con llave que había hacia la izquierda. Cuando se enteró de que allí no se almacenaban los virus se preguntó qué habría al otro lado. Nerviosa, estiró un brazo y quitó el cerrojo. Una nube de vapor salió del recinto al abrir la puerta para entrar. Durante un momento tuvo la sensación de haber penetrado en una nube helada. Luego la pesada puerta se cerró, sumiéndola en la oscuridad.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, divisó algo que parecía ser un interruptor y lo oprimió, con lo cual se encendieron las luces del techo. En la pared, un termómetro indicaba cincuenta y un grados bajo cero.
-¡Cielo santo! -exclamó, comprendiendo el motivo del vapor. Cuando el aire a temperatura ambiente chocaba con semejante frío, la humedad que contenía se sublimaba en hielo.
Se adentró más en la habitación y casi de inmediato reparó en una imagen horripilante. Lanzó un alarido, que resonó espantosamente dentro de su traje. Al principio creyó que veía fantasmas, pero luego tomó conciencia de algo peor: lo que tenía ante sus ojos era una hilera de cadáveres desnudos, congelados, visibles sólo parcialmente en medio de la bruma. Parecían estar de pie, aunque luego comprobó que estaban colgados, como era habitual en los cursos de anatomía, de unos calibradores que los atravesaban por las orejas. Al aproximarse reconoció el primer cuerpo. Creyó que iba a desmayarse cuando reconoció que se trataba del médico de Bombay a quien había visto en Phoenix; su rostro era una máscara agónica de dolor, congelada.
No los contó uno por uno, pero había por lo menos media docena. A la derecha observó los despojos de monos y ratas, congelados en posiciones igualmente grotescas. Si bien podía entender que ese congelamiento era necesario para el estudio viral de los especimenes, no estaba en absoluto preparada para semejante espectáculo. Con razón Tad no había querido que entrara allí.
Salió del recinto no sin antes apagar la luz y cerrar la puerta. Se estremeció, no sólo del asco sino también por verdaderos escalofríos.
Escarmentada por su curiosidad, se encaminó luego al congelador. Pese a que el grueso traje plástico le entorpecía los movimientos, logró abrir el candado y retirarlo con relativa facilidad. La cadena fue más difícil. Como estaba anudada, tuvo que forcejear para hacerla pasar por el tirador. Tardó más de lo que le habría gustado, pero finalmente pudo levantar la tapa.
Retiró la escarcha del lado de dentro de la tapa y trató de descifrar las anotaciones en código. Los virus estaban en orden alfabético, y después de «Ébola, Zaire 1976» decía «97, E11-E48, F1-F12». Supuso que el primer número designarla la correspondiente bandeja, y que las letras y números siguientes servían para colocar el virus dentro de la bandeja. Cada una de éstas contenía por lo menos un millar de muestras, lo cual quería decir que había cincuenta frasquitos individuales para la cepa del Zaire 1976.
Con la mayor precaución posible levantó la bandeja 97 y la depositó en una mesa mientras estudiaba las ranuras, en cada una de las cuales había una botellita con tapa negra. Localizó la cepa del Zaire 1976 y levantó el frasquito El 1. La minúscula pelotita congelada que había dentro parecía inocua, y sin embargo contenía millones de diminutos virus. Si se los descongelaba, bastaba con uno o dos de ellos para provocar la muerte de un ser humano.
Guardó el frasco en su orificio y sacó el de al lado para comprobar si la bolita parecía estar intacta. Continuó haciendo lo mismo hasta que, al llegar al E39, ¡lo encontró vacío!
Rápidamente revisó el resto de las muestras: todas estaban como debían. Levantó el frasco E39 a la luz y entrecerró los ojos a través del visor de su traje para cerciorarse de no estar cometiendo un error. Pero no había ninguna duda: decididamente no había nada dentro.
Si bien a algún científico podía extraviársele una muestra, no había motivos para que una botellita pudiera estar vacía. Esto parecía confirmar sus temores de que los brotes se hubieran originado en un uso indebido, accidental o deliberado, de un frasquito del CCE lleno del virus africano.
De pronto advirtió cierto movimiento. ¡La rueda de la puerta que daba a la cámara de desinfección estaba girando! ¡Entraba alguien!
Se quedó petrificada de pánico. Durante un instante sólo atinó a mirar, en actitud de impotencia. Cuando se recuperó lo suficiente como para moverse, guardó el frasquito en su bandeja, puso ésta en el congelador y cerró la tapa. Consideró la posibilidad de escapar, pero no había dónde ir. Quizá pudiese esconderse. Miró en dirección a la zona en penumbra junto a las jaulas de los animales, pero no tenía tiempo. Oyó que se abría la puerta y vio que entraban dos individuos que ocultaban su identidad bajo los trajes aislantes. El más pequeño de los dos parecía conocer el laboratorio puesto que le indicaba al compañero dónde debía acoplar su tubo de aire.
Aterrorizada, Marissa permaneció clavada al suelo. Siempre existía la posibilidad de que se tratara de científicos que iban a revisar algún experimento, pero esa esperanza se diluyó al ver que ambos se dirigían directamente hacia ella. Fue entonces cuando notó que el más bajo llevaba una Jeringa. Su compañero avanzaba pesadamente y tenía el codo flexionado en un extraño ángulo, lo cual reavivó en Marissa un desagradable recuerdo.
Procuró verles las caras, pero se lo impidió el resplandor que se reflejaba en los respectivos visores. -¿Blumenthal? -preguntó el más bajo con voz gruesa, masculina.
Estiró el brazo y bruscamente acercó la máscara de Marissa a la luz. Aparentemente la reconoció puesto que le hizo un gesto afirmativo a su compañero, quien intentó bajar el cierre del traje de Marissa.
-¡No! -gritó ella, al comprender que esos sujetos no eran del personal de seguridad sino que tenían pensado atacarla tal como la habían agredido en su casa. Desesperada agarró el candado del congelador y lo arrojó. Los instantes de confusión le sirvieron para desconectar su tubo de aire y correr hacia el sector de los animales.
El más fornido se lanzó a perseguirla al instante, pero cuando estaba a punto de aferrarla, sintió el tirón de su propio tubo de respiración como un perro siente su cadena.
Marissa avanzó lo más velozmente posible por los oscuros pasillos que había entre las jaulas, en medio del atemorizado chillido de monos, pollos, ratas y sólo Dios sabía qué otros animales más. El hecho de estar encerrada dentro de los confines del laboratorio la desesperaba. Para distraer a sus agresores comenzó a abrir las jaulas de los monos. Los animales que aún estaban en condiciones de moverse huyeron de inmediato. Muy pronto, la respiración de Marissa se volvió forzada.
Al encontrar una llave múltiple -lo cual no fue sencillo en la oscuridad- Marissa acopló su tubo y pudo así sentir la bocanada de aire fresco y seco. Resultaba evidente que el más alto de los individuos no estaba familiarizado con el laboratorio, pero ni siquiera eso iba a ser una gran ventaja para ella. Marissa se adelantó hasta poder divisar el sector principal del recinto. Recortada contra la luz vio la silueta del hombre que se le aproximaba. Como no podía saber si él la veía o no, se quedó quieta ordenándole mentalmente al individuo que enfilara por otro pasillo. Pero siguió acercándose inmutable, lo cual le erizó toda la piel.
Desconectó su tubo de respiración con el fin de dar la vuelta -por la última hilera de jaulas; sin embargo, el hombre no le dio tiempo y la aferró del brazo izquierdo.
Marissa lo miró fijamente, pero lo único que distinguió fue el brillo del visor de su atacante. Este la sujetaba con tanta fuerza que era inútil tratar de resistirse. Felizmente Marissa distinguió detrás de su agresor, una palanca roja con la inscripción: «Sólo para casos de emergencia».
Desesperada estiró el brazo derecho y consiguió accionar la palanca. Al instante se activó la alarma y una repentina lluvia de desinfectante fenólico inundó todo el laboratorio, produciendo nubes de vapor y reduciendo la visibilidad a cero. Del susto, el hombre le soltó el brazo. Marissa cayó al suelo y descubrió que podía pasar por debajo, de las jaulas. Se arrastró, entonces, alejándose del individuo, confiada en ir hacia el laboratorio principal. Se puso de pie y avanzó a tientas. Al parecer, la lluvia de desinfectante iba a continuar hasta que alguien pusiera de nuevo la palanca en su lugar. Cada vez le costaba más respirar. Necesitaba aire fresco.
Algo brincó ante sus ojos y casi la hizo lanzar un grito, pero era sólo uno de los monos, torturado por la letal atmósfera. El animal se prendió de ella unos instantes; luego resbaló sobre el traje de plástico y desapareció.
Jadeante, Marissa fue tocando las tuberías hasta que al encontrar una llave múltiple, acopló su tubo.
Pese al sonido de la alarma percibió movimientos y gritos ahogados en el pasillo contiguo. Supuso entonces que su agresor no podía encontrar una llave múltiple.
Dedujo que -el segundo hombre iría en ayuda de su cómplice, razón por la cual podía desconectar el tubo y avanzar hacia la luz. Caminó con los brazos extendidos hacia delante, como ciega. Muy pronto notó que la iluminación era uniforme y supuso que había llegado al sector principal. Cuando se encaminó hacia la pared chocó con el congelador y recordó haber visto antes una llave múltiple al lado. Conectó su tubo para inhalar varias bocanadas rápidas y luego fue tanteando hacia la puerta. Apenas la encontró, destrabó el seguro y la abrió. Un minuto más tarde estaba de pie en la sala de desinfección.
Como ya había recibido la ducha de desinfectante fenólico siguió hasta la otra sala donde con gran esfuerzo se quitó el traje plástico y corrió después a la otra habitación. Allí volcó los armarios de la ropa protectora y los empujó contra la puerta de presión. Sabía que con eso no impediría que ésta se abriera, pero al menos obligaría a sus atacantes a demorarse un poco más.
De prisa volvió a ponerse la ropa de calle, movió los controles de los disyuntores -con lo cual hasta los vestuarios quedaron a oscuras-, y apagó el sistema de ventilación.
Una vez fuera del laboratorio de máximo riesgo corrió a lo largo del edificio de virología, cruzó por la pasarela y bajó de dos en dos los peldaños de la escalera hasta llegar al vestíbulo de entrada. El guardia de seguridad estaba sentado a su escritorio, explicándole a alguien por teléfono que se había activado una alarma biológica, no la alarma de seguridad de una puerta.
Aunque dudaba de que sus atacantes requirieran ayuda del personal de seguridad después de haber intentado darle muerte, se sentía estremecida en el momento de firmar la salida, oyó que el guardia colgaba el teléfono después de informar a su interlocutor que ya se estaba buscando al jefe del departamento de virología. ¡Eh! -gritó el guardia, cuando Marissa se encaminaba a la puerta. El corazón le dio un vuelco. Por un momento pensó en huir, puesto que estaba a dos metros escasos de la puerta principal. Pero luego oyó que el guardia le gritaba-: ¡Se olvidó de apuntar la hora!
Marissa regresó y obedientemente llenó el casillero en blanco. Un minuto después estaba en la calle y corría hacia su coche.
Sólo cuando estaba a mitad de camino de la casa de Ralph pudo dejar de temblar y pensar en su terrible descubrimiento. No podía ser por simple coincidencia que faltara una bolita de Ébola congelado, de la misma cepa de los brotes que se habían presentado en el país. Alguien estaba utilizando el virus y, ya fuese intencionadamente o por descuido, la mortal enfermedad estaba contagiando a médicos y contaminando hospitales de zonas diversas en momentos distintos también.
Que él contenido del frasquito E39 fuese el misterioso foco de los brotes del Ébola de Estados Unidos era la única explicación que se podía dar a los largos periodos de incubación y al hecho de que, aunque el virus tendía a sufrir mutaciones, en todos los brotes había aparecido la misma cepa. Pero lo peor de todo era que alguien no deseaba que se divulgase tal información. Por eso era que la habían sacado de la investigación del Ébola y por eso casi la habían matado poco antes. Lo que más la aterraba era que solamente alguien que tuviera acceso al laboratorio de máximo riesgo -presumiblemente algún miembro del personal del Centro- pudo haberla encontrado allí. Se maldijo a sí misma por no haber tenido la presencia de ánimo necesaria como para fijarse en el libro, cuando firmó la salida, quién había firmado antes su entrada.
Había tomado por la calle de Ralph, ansiosa como estaba por comunicarle sus temores, cuando comprendió que no era justo inmiscuirlo a él en el problema. Ya se había aprovechado de la amistad de Tad, y cuando al día siguiente él viera el apellido Blumenthal en el libro, ella ya seria una paria. La única esperanza que le quedaba era que sus dos asaltantes no informaran haberla visto en el laboratorio puesto que entonces podría acusárselos de intento de homicidio. De todas maneras ellos podían inventar alguna mentira factible para explicar lo ocurrido. Seria su palabra contra la de ella, pero ya al día siguiente la palabra de ella no tendría mucho peso en el CCE. De eso estaba convencida. Quizás hasta comenzara a buscarla la policía de Atlanta.
Como en ese momento recordó que llevaba aún la maleta en el portaequipajes, enfiló hacia el motel más próximo. Apenas le asignaron una habitación, llamó a Ralph y éste atendió al tercer timbrazo.
-Me quedé levantado lo más que pude. ¿Por qué no viniste?
-Es una larga historia que ahora no puedo explicarte porque estoy en graves apuros. Tal vez hasta necesite un abogado penalista. ¿Conoces a alguno?
-Dios santo -exclamó Ralph, despabilándose del todo-. Cuéntame lo que ha pasado.
-No quiero involucrarle en esto. Lo único que te aseguro es que la situación se ha vuelto decididamente grave, y que por el momento no estoy dispuesta a presentarme ante las autoridades, por lo cual supongo que soy una fugitiva.
Soltó una risita amarga. -¿Por qué no vienes a mi casa? -Ralph, de verdad no quiero causarte trastornos. Pero sí me puedes ayudar consiguiéndome un abogado.
-Desde luego. Te ayudaré en todo lo posible. ¿Dónde estás?
-Yo voy a ponerme en contacto contigo -respondió ella, evasiva-. Y gracias por ser mi amigo.
Cortó la comunicación apretando el botón correspondiente y trató de reunir coraje para llamar a Tad y disculparse antes de que se enterara por otro de que le había robado la tarjeta de acceso al laboratorio. Respiró profundamente y marcó el número. Al ver que no atendía, la llamada después de cinco timbrazos, desistió y decidió no despertarlo.
Sacó del bolsillo la carta de Lab Engineering y la alisó. Su próxima parada iba a ser en la localidad de Grayson.
21 de mayo
A pesar del agotamiento durmió muy mal, torturada por pesadillas en las que alguien la perseguía por paisajes extraños. Cuando la primera luz que entraba por la ventana la despertó, sintió alivio. Miró hacia fuera y vio que un hombre llenaba con ejemplares la máquina automática de vender periódicos. Apenas se fue, salió y compró el Atlanta Journal.
No había ninguna noticia relacionada con el Centro. No obstante, en el noticiero televisivo de la mañana se informó que había habido un problema en el Centro para el Control de Enfermedades. Si bien no se mencionaba el laboratorio de máximo riesgo, el locutor dijo que había sido necesario atender en el Emory University Hospital a un técnico por inhalar desinfectante fenólico retirándose luego a su domicilio. El informativo continuaba con una comunicación telefónica con el doctor Cyrill Dubchek. Marissa se inclinó hacia delante y subió el volumen.
-El técnico fue el único herido -sostuvo Cyrill con voz metálica, y Marissa se preguntó si estaría en Filadelfia o en Atlanta-. Accidentalmente se activó un sistema de seguridad de emergencia. Todo está bajo control, y en relación con este episodio estamos buscando a la doctora Marissa Blumenthal.
El periodista concluyó agregando que si alguien conocía el paradero de la doctora Blumenthal, debía dar aviso a la policía de Atlanta. Durante diez segundos mostraron la foto que había adjuntado ella en su solicitud de ingreso al CCE.
Apagó el televisor. No había pensado en la posibilidad de causar graves heridas a sus atacantes, y lo lamentaba mucho pese a que el hombre había pretendido hacerle daño. Tad tenía razón cuando aseguraba que dondequiera que ella iba, la seguían los problemas.
Había dicho en broma que era una fugitiva, pero después de escuchar por televisión que se pedían datos sobre su paradero comprendió que el chiste se había vuelto un asunto serio. Era una persona buscada, al menos por la policía de Atlanta.
Juntó rápidamente sus cosas para abandonar el motel. Todo el tiempo que estuvo en la oficina de administración se sintió nerviosa porque su nombre estaba allí en letras de molde, y el empleado podía verlo. Sin embargo, sus únicas palabras fueron: «Tenga usted un buen día.»
Paró en un bar a tomar un café con una pasta y se dirigió a su banco, que felizmente ese día abría temprano. Procuró ocultar el rostro de la ventanilla para coches por si acaso el cajero había visto el noticiero de la mañana, pero el hombre parecía tan indiferente como de costumbre. Marissa extrajo casi todos sus ahorros, que totalizaban 4.650 dólares.
Con el dinero en la billetera se tranquilizó un tanto. Subió por la rampa de acceso a la ruta interestatal 78 y conectó la radio del coche. Iba rumbo a Grayson (Georgia).
Fue un trayecto fácil para conducir aunque un poco más largo de lo que suponía y no demasiado atrayente. Lo único interesante era una curiosidad geológica llamada la Montaña de Piedra, una mole redonda de granito desnudo que sobresalía de los montes boscosos, como un lunar en la nalga de un bebé. Después de pasar el pueblo de Snellville, dobló al nordeste en la 84 y el paisaje fue volviéndose más rural. Por último divisó un letrero con la inscripción: BIENVENIDO A GRAYSON, que lamentablemente tenía numerosas perforaciones, como si alguien lo hubiese usado para practicar el tiro al blanco, reduciendo así la sinceridad del mensaje.
El pueblo era como se lo había imaginado. A lo largo de la calle principal se alineaba un puñado de edificaciones de ladrillo y madera. Había un cine vetusto, y el establecimiento comercial más importante era la ferretería. En una esquina se veía un banco con fachada de mármol, que ostentaba un inmenso reloj con números romanos. ¡Obviamente era el tipo de pueblo donde hacía falta una campana filtrante tipo 3 HEPA!
Recorrió el poblado con sus calles semidesiertas. No vio ningún edificio industrial, por lo cual dedujo que Professional Labs se hallaba en las afueras. Tendría que preguntar a alguien, pero ¿a quién? No tenía intención de acudir a la policía local.
Al terminar la calle dio media vuelta y recorrió el mismo camino. Había también un almacén general con el cartel de Oficina Postal. -¿Professional Labs? Sí, queda por el Camino del Puente -le informó el propietario, a quien halló mostrando piezas de algodón a una clienta-. Dé vuelta y gire a la derecha en el cuartel de bomberos. Después de pasar el arroyo, gire a la izquierda y lo va a encontrar en seguida, porque es lo único que hay por ahí, salvo las vacas.
-¿A qué se dedican? -No tengo la menor idea, ni me interesa tampoco. Son buenos clientes y pagan puntualmente sus facturas.
Salió del pueblo siguiendo esas instrucciones. El hombre tenía razón en que por allí no había nada excepto vacas. Pasando el arroyo el camino no estaba siquiera pavimentado, lo cual le hizo preguntarse si no estaría siguiendo una pista falsa; pero luego se internó en un pinar y por fin pudo divisar más adelante un edificio. Con un ruido seco el Honda pisó asfalto cuando el camino se ensanchó para entrar en la zona de aparcamiento. Había otros dos vehículos: una furgoneta blanca con la inscripción Professional Labs, S. A. en los costados, y un Mercedes Benz color beige.
Marissa aparcó al lado de la furgoneta. El edificio era, en gran parte, de cristal que reflejaba el bonito paisaje. El aroma de los pinos la envolvió cuando se encaminaba a la entrada. Dio un tirón a la puerta pero ésta no cedió. Trató de empujarla, también sin resultado. Dio un paso atrás para buscar un timbre: no lo había. Golpeó un par de veces pero se dio cuenta de que no hacía suficiente ruido como para que la oyera nadie desde adentro. Cuando se convenció de que no podría entrar por ahí, decidió dar la vuelta por un costado. Llegó a la primera ventana, hizo pantalla con las manos y trató de mirar hacia adentro, pero le fue imposible.
-¿Sabe usted que ha cometido un delito? -dijo una voz hostil.
Marissa bajó las manos con cara de culpable. -Esto es propiedad privada -manifestó un hombre robusto, de mediana edad, vestido con un mono azul.
-Humm... Marissa trató desesperadamente de encontrar un pretexto para justificar su presencia. Con el pelo entrecano de corte militar y la tez colorada, el hombre parecía el típico blanco inculto y lleno de prejuicios de los años cincuenta.
-¿No vio los carteles? -le preguntó él, señalando el letrero que había junto al aparcamiento.
-Bueno, sí.... pero soy doctora... -Titubeó, puesto que el hecho de serlo no le daba derecho a introducirse ilegalmente en un terreno privado-. Como aquí tienen un laboratorio viral -se apresuró a proseguir- quería averiguar si trabajan en el diagnóstico viral.
- ¿Por qué cree que tenemos un laboratorio de ese tipo?
-Eso me dijeron al menos. -Pues la han informado mal, ya que nos dedicamos a la biología molecular. Con la preocupación que existe por el espionaje industrial debemos tener mucho cuidado, por lo cual le aconsejo que se marche si no quiere que llame a la policía. -No será necesario. -Lo último que deseaba era que se diera parte a las fuerzas del orden-. No es mi intención causar trastornos, pero me gustarla visitar su laboratorio. ¿No hay forma de conseguir un permiso?
-Categóricamente, no. El hombre la acompañó hasta el coche. -¿No puedo pedir una entrevista con alguien para que me concedan una visita con un guía? -insistió al tiempo que se sentaba al volante.
-Yo soy el patrón y creo que lo que más le conviene es irse.
Se alejó un paso para que Marissa pudiera arrancar. Como se le agotaron las ideas brillantes, Marissa puso el coche en marcha. Se despidió con una sonrisa que el individuo no le devolvió. Arrancó y se dirigió de regreso a Grayson.
El hombre esperó hasta ver perderse el pequeño Honda entre los árboles. Fastidiado sacudió la cabeza, dio media vuelta y se encaminó al edificio. La puerta principal se abrió en forma automática. El interior era tan moderno como la fachada. Caminó hacia un pasillo con suelo de cerámica y entró en un pequeño laboratorio. Al fondo había un escritorio y en el otro extremo una puerta hermética, de acero, como la que daba al sector de máximo riesgo en el Centro de Atlanta. Al otro lado de la puerta, una mesa de trabajo con tres campanas filtrantes tipo 3 HEPA.
Había otro hombre sentado al escritorio, jugueteando me dio un clip con el que confeccionaba figuras grotescas.
-¿Por qué diablos no me dejaste ocuparme de ella? preguntó, levantando la vista.
Hablar le produjo un acceso de tos, que le llenó los ojos de lágrimas. Se llevó entonces un pañuelo a la boca.
-Porque no sabemos quién más sabía que ella estaba aquí -le respondió el individuo del mono azul-. Ten un poco de criterio, Paul. A veces me asustas. Descolgó el teléfono y apretó las teclas del número deseado con innecesaria fuerza.
-Oficina del doctor Jackson -atendió una voz animada.
-Quiero hablar con el doctor. -Lo siento pero está con un paciente. -Querida, no me interesa si está con Dios. Póngame con él.
-¿Quién lo llama? -preguntó la muchacha, seria. -Dígale que le habla el presidente del Comité de Ética Médica o lo que más le guste, pero póngame con él.
-Un segundo, por favor. -Paul -le dijo a su compañero-, acércame el café de la mesa.
Paul arrojó el clip en la papelera y se levantó de su sillón, lo cual le requirió cierto esfuerzo por ser un hombre voluminoso y tener el brazo izquierdo rígido en la articulación del codo. Cuando era joven había recibido un disparo de un policía.
-¿Quién habla? -exigió saber el doctor Joshua Jackson en el otro extremo de la línea.
-Heberling. ¿Se acuerda de mí? -respondió el hombre del mono azul-. El doctor Arnold Heberling.
Paul le entregó a Arnold el café, regresó a su escritorio y sacó otro clip de un cajón. Se dio un golpe en el pecho y carraspeó. -¡Heberling! ¡Le dije que no me llamara nunca al consultorio!
-¡Estuvo aquí esta muchacha Blumenthal! -continuó Arnold sin hacerle caso-. Vino solita, en un coche rojo y la sorprendí espiando por una ventana.
-¿Cómo diablos tuvo noticias del laboratorio? -No lo sé ni me importa. Lo que le digo es que estuvo aquí y que ahora mismo voy al pueblo a hablar con usted. Esto no puede continuar. Hay que tomar alguna medida con ella.
-¡No! No venga usted. Yo iré para allá. -De acuerdo, pero tiene que ser hoy. -Espéreme a eso de las cinco -dijo Jackson, y colgó con brusquedad.
Marissa decidió entrar a almorzar en Grayson. Tenía hambre y a lo mejor alguien le facilitaría algún dato sobre el laboratorio. Entró en un bar típico, se sentó y pidió una hamburguesa, que le sirvieron con pan tostado y una ración generosa de cebolla.
Mientras comía evaluaba los posibles caminos que se le abrían y que no eran muchos. No podía regresar al Centro ni a la Clínica Berson. Averiguar qué hacía Professional Labs con un equipo de filtración tan sofisticado seria un último recurso, pero las posibilidades de entrar allí eran mínimas, puesto que el edificio estaba construido como una fortaleza. Tal vez era hora de llamar a Ralph y preguntarle si había conseguido un abogado, salvo...
Comió un trozo de pepinillo pensando en los dos vehículos estacionados frente al laboratorio. La furgoneta blanca llevaba la inscripción Professional Labs, S. A. Precisamente esas siglas «S. A.» fueron lo que le interesaron. No terminó de comer y fue caminando hasta un edificio de oficinas que había visto al pasar. En la puerta de vidrio esmerilado, se leía RONALD DAVIS -Abogado y Agente de la Propiedad Inmobiliaria con letras doradas. Cuando abrió la puerta sonó una campanilla. Entró y se encontró con un escritorio desordenado, pero ninguna secretaria a la cual preguntarle.
De una habitación interior apareció un hombre en camisa blanca, corbata de lazo y tirantes rojos. Si bien no parecía tener más de treinta años, llevaba unas gafas de montura metálica como las que solían usar nuestros abuelos.
¿En qué puedo servirla? -preguntó, con marcado acento sureño. -¿Es usted el abogado Davis? -Sí. El hombre introdujo los pulgares en sus tirantes.
-Quiero hacerle un par de preguntas sencillas sobre derecho de sociedades. ¿Cree que podrá respondérmelas?
Tal vez.
Le hizo señas de que pasara y tomara asiento.
La ambientación parecía de una película de los años treinta. Había incluso un ventilador de sobremesa que giraba lentamente agitando los papeles del escritorio. El doctor Davis se sentó y se reclinó, entrelazando las manos detrás de la cabeza.
-¿Qué es lo que quiere saber? -Necesito averiguar algo sobre una empresa. En el caso de una sociedad anónima, ¿puede un particular como yo conocer los nombres de los propietarios?
El abogado se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre el escritorio.
-Quizá sí, quizá no -respondió, sonriendo. Marissa lanzó un suspiro de desagrado. Tenía la sensación de que conversar con ese profesional iba a ser como tratar de extraerle un diente. Sin embargo, antes de que pudiese formular de otro modo su pregunta, Davis continuó:
-Si la empresa es una sociedad pública seria muy difícil conocer a todos los accionistas, máxime si gran parte de las acciones se poseen en fideicomiso otorgándose poderes a terceras personas. Pero si se trata de una sociedad colectiva sería muy fácil. En todo caso siempre se puede averiguar el nombre del estudio jurídico que los patrocina si lo que desea es iniciarles juicio. ¿Es eso lo que tiene en mente?
-No. Sólo preciso información. ¿Qué puedo hacer para enterarme si una compañía es una sociedad colectiva o una corporación pública?
-Muy sencillo -respondió el letrado, recostándose una vez más en su sillón-. Lo que tiene que hacer es ir a la Legislatura de Atlanta, buscar las oficinas del secretario de Estado y preguntar por la división Corporaciones. Le da al empleado el nombre de la empresa y él se la buscará. Son datos que están a disposición del público, y si la compañía está constituida legalmente en Georgia, figurará en esos archivos.
-Muchas gracias -dijo Marissa, vislumbrando una luz al final del túnel-. ¿Cuánto le debo?
El abogado enarcó las cejas y escrutó el rostro de su cliente.
-Veinte dólares, a menos que... -Con mucho gusto -expresó Marissa, al tiempo que abría la cartera para entregarle un billete por esa cantidad.
Regresó en coche a Atlanta. Le gustaba tener al menos una meta aunque no fuese grande la posibilidad de averiguar datos importantes.
No sobrepasó el límite de velocidad por temor a que la detuviera la policía. Hizo un buen promedio, y a las cuatro estaba de regreso en la ciudad. Aparcó en un garaje y se encaminó a la Legislatura.
Sumamente incómoda en presencia de la policía parlamentaria, subió la escalinata sudorosa a causa de los nervios, convencida de que alguien la habría de reconocer. -¡Doctora Blumenthal! -oyó que gritaban.
Durante una fracción de segundo consideró la posibilidad de huir, pero no lo hizo. En cambio se volvió y vio que se le acercaba una de las secretarias del Centro, una muchacha muy simpática de poco más de veinte años.
-Alice MacCabe, de la oficina del doctor Carbonara. ¿Se acuerda de mí?
Claro que la recordaba, y no tuvo más remedio que detenerse y darle conversación. Felizmente la señorita MacCabe no se había enterado de que Marissa era una persona «buscada».
Apenas pudo zafarse, Marissa se despidió y entró en el edificio. Más que nunca anhelaba obtener cualquier información disponible y marcharse. Lamentablemente una larga cola en la división Corporaciones. Aguardó su turno cada vez con menos paciencia, llevándose una mano a la cara en la vana ilusión de que así nadie podría reconocerla.
-¿Qué desea? -le preguntó un empleado canoso cuando por fin le tocó el turno.
-Quiero unos datos sobre una empresa denominada Professional Labs.
-¿Dónde está radicada? -El señor se colocó las gafas y marcó el nombre en una terminal de computadora.
-En Grayson (Georgia). -Aquí tiene. Constituida legalmente el año pasado. ¿Qué es lo que quiere saber?
-¿Es una sociedad colectiva o una corporación pública? -preguntó, tratando de recordar lo que le había dicho el abogado.
-Sociedad en comandita. -¿Y eso qué significa? -Es una discriminación fiscal. Los socios pueden deducir las pérdidas empresariales, si las hubiere, de sus ingresos individuales.
-Figuran aquí los socios? -quiso saber, disimulando su ansiedad.
-Sí. Un tal Joshua Jackson, Rodd Becker... -Espere un segundo que tomo nota. Sacó un lápiz y comenzó a escribir. -Veamos. Jackson, Becker... ¿ésos los tiene? -Sí. -Sinclair Tieman, Jack Krause, Gustave Swenson, Duane Moody, Trent Goodridge y el Comité Médico de Acción Política.
-¿Qué es eso último? El empleado se lo repitió. -¿Puede una organización ser un socio comanditario?
Había visto el nombre de esa sociedad en la lista de contribuyentes de Markham.
-Yo no soy abogado, señorita, pero creo que sí. De lo contrario no figuraría aquí. Ah, y hay algo más: la firma jurídica Cooper, Hodges, McQuinllin y Hanks.
-¿También son socios? -No. Son los apoderados legales. -Entonces ese dato no lo necesito - dijo Marissa, borrándolo-, porque no pienso demandar a la empresa.
Le dio las gracias al empleado y regresó presurosa al aparcamiento. Una vez dentro de su coche abrió la cartera y sacó la lista de contribuyentes de Markham. En efecto, aparecía el nombre del Comité Médico de Acción Política (CMAP), una organización que, por un lado, era socio comanditario de una empresa comercial, y por el otro aportaba fondos para la reelección de un político conservador.
Con curiosidad se fijó si alguno de los otros socios de Professional Labs figuraba en la lista de Markham, y comprobó que estaban todos. Pero lo más llamativo era que los socios, al igual que los partidarios de Markham, provenían de todos los puntos del país. Por la lista de Markham pudo enterarse de los respectivos domicilios.
Puso la llave de contacto y vaciló. Al revisar una vez más la lista notó que el CMAP figuraba en ella como empresa patrocinadora. Por mucho que le desagradara tentar al destino al pasar de nuevo delante de los policías, se bajó del coche, regresó a la oficina y se puso nuevamente en la cola del mismo empleado. Cuando le llegó el turno -le preguntó si podía informarle acerca del Comité Médico de Acción Política. .El empleado tecleó el nombre y aguardó un instante.
-No puedo informarle nada porque no aparece aquí. -¿Eso significa que no está constituido legalmente? -Al menos en el Estado de Georgia. Le dio las gracias una vez más y salió corriendo del edificio. Para ella el coche era como un refugio. Se sentó unos minutos para decidir qué le convenía hacer. En realidad no era mucha la información con que contaba y se estaba alejando de los brotes de Ébola. Pero la intuición le indicaba que, en algún sentido extraño, todo lo que había averiguado tenía relación. Y de ser así, la clave residía en ese Comité Médico de Acción Política. Pero, ¿cómo se puede investigar un organismo del que nunca se ha oído hablar siquiera?
Lo primero que se le ocurrió fue dirigirse a la biblioteca de la Facultad de Medicina, ya que a lo mejor alguno de los bibliotecarios sabía dónde buscar datos. Pero después, al recordar que se había topado con Alice MacCabe, llegó a la conclusión de que era muy grande el riesgo de ser reconocida. Le convenía más irse unos días de la ciudad. Pero, ¿adónde?
Puso el coche en marcha-cuando le llegó la inspiración: ¡la Asociación Médica Americana! Si en AMA no sabían algo sobre una organización médica, en ningún otro lado lo hallaría. Y en la ciudad de Chicago podría sentirse segura. Enfiló hacia el sur con rumbo al aeropuerto, esperando que la escasa indumentaria que llevaba en la maleta fuera suficiente.
El pesado coche de Joshua Jackson produjo un ruido infernal sobre el puente de madera que cruzaba el arroyo; luego giró bruscamente hacia la izquierda en medio del chirrido de las ruedas. El pavimento se terminó y el vehículo despidió una lluvia de gravilla a medida que avanzaba por el camino bordeado de árboles. Cada kilómetro que recorría, la furia de Jackson iba en aumento. No quería visitar el laboratorio, pero tampoco deseaba que lo vieran en el pueblo con Heberling. Ese hombre era cada vez más indigno de confianza, y lo peor de todo era que se estaba volviendo impredecible. Pese a que sólo se le pidió que creara un poco de confusión, Heberling recurrió por poco a las armas atómicas. Contratarlo fue una decisión terrible, pero ninguno de ellos podía ya hacer mucho al respecto.
Entró en el aparcamiento del laboratorio y detuvo el coche junto al. Mercedes Benz. Sabía que Heberling había adquirido semejante coche con parte de los fondos que se le asignaran para instrumental técnico. ¡Qué despilfarro!
Se encaminó a la puerta principal. El edificio era imponente y Jackson -quizá más que nadie- sabía cuánto dinero había costado levantarlo. El Comité Médico de Acción Política le había construido al doctor Arnold Heberling un monumento personal, y él se preguntaba para qué, pues estaba comprobado que Heberling era un loco.
La puerta se abrió automáticamente y Jackson entró. -Estoy en la sala de conferencias -gritó Heberling. Jackson sabía a qué habitación se refería, aunque difícilmente podía llamársela una sala de conferencias. Se detuvo un instante en la puerta para contemplar los techos altos, la pared de cristal y la falta total de adornos. Sobre una amplia alfombra china, se veían dos sillones estilo chippendale, uno frente al otro. No había ningún otro mueble. En uno de los sillones estaba Heberling.
-Espero que sea algo importante -expresó Jackson tomando la iniciativa. Físicamente los dos hombres no podían ser más distintos. Heberling era macizo, de rostro abotagado y facciones toscas. Jackson era alto y delgado, de cara casi ascética. La indumentaria sólo contribuía a resaltar la diferencia: Heberling con un mono de trabajo y Jackson con un traje a rayas.
-Esta chica Blumenthal estuvo aquí mismo, en los jardines -manifestó Heberling señalando por encima del hombro para causar más efecto-. Por supuesto que no vio nada, pero el solo hecho de que haya llegado hasta aquí me da la impresión de que sabe algo. Hay que eliminarla.
-Ya tuvo su oportunidad... ¡dos veces! Y en ambas ocasiones usted y sus compinches lo arruinaron todo. Primero en casa de ella, y después anoche, en el Centro.
-Estamos dispuestos a intentarlo de nuevo, pero usted no lo permite.
-¡Desde luego! Me enteré de que su intención era inocularla con Ébola.
-¿Y por qué no? Ella ha estado expuesta al virus, o sea que a nadie le llamaría la atención que se enfermara.
-No quiero un brote de Ébola en Atlanta -gritó Jackson-. Me aterra ese riesgo porque tengo familia. Deje usted en paz a esa mujer, que de ella nos encargaremos nosotros.
-Sí, claro -se burló Heberling-. Eso mismo dijo cuando la hizo trasladar de Patógenos Especiales. Lamentablemente esa mujer constituye aún una amenaza para todo el proyecto, y yo me voy a encargar de solucionarlo.
-Usted no manda aquí -se indignó Jackson-. Y si vamos a hablar de culpas, ninguno de nosotros estaría en una situación tan peligrosa si usted hubiese cumplido con el plan original de utilizar virus de influenza. ¡Nos ha tenido aterrorizados desde que nos enteramos de que decidió usar el Ébola! por su cuenta.
-Ah, de nuevo con esa queja. Bien que les gustó ver que se cerraba la Clínica Richter. Si lo que pretendía el CMAP era minar la confianza del público en los sistemas de salud por pago adelantado no les podría haber ido mejor. La única diferencia con el plan original fue que tuve que realizar algunos estudios sobre el terreno que me van a ahorrar años de investigación de laboratorio.
Jackson escrutó el rostro de Heberling con odio. Ese sujeto era un psicópata. Una vez que se puso en marcha el proyecto, no hubo forma de pararlo. Y pensar que el plan había parecido tan sencillo cuando la comisión directiva del CMAP lo planteó.
Respiró profundamente sabiendo que debía controlarse, no dejarse llevar por la ira.
-Lamentablemente el Comité Médico de Acción Política no está satisfecho, sino por el contrario espantado, por la pérdida de vidas. ¡Eso no fue nunca nuestra intención, y usted lo sabe, doctor Heberling!
-¡No mienta! -le respondió Heberling-. Igualmente se habrían perdido vidas con el virus de la influenza por las cepas que habríamos tenido que emplear. ¿Hasta cuántas víctimas habrían aceptado? ¿Cien? ¿Y qué me dice de las vidas que se pierden cuando hacen la vista gorda frente a la cirugía innecesaria, o cuando permiten que médicos incompetentes retengan sus privilegios hospitalarios?
-Nosotros no autorizamos la cirugía innecesaria ni propiciamos la incompetencia.
Ya no aguantaba más a ese enfermo mental. -Tampoco hacen nada por impedirlo. Nunca les creí todo ese verso que me endilga el CMAP acerca de su preocupación al ver que la medicina estadounidense se aleja de sus valores tradicionales. ¡Eso no me lo trajo! Todo es para justificar los intereses económicos que los animan. De pronto toman conciencia de que existen demasiados médicos y pocos pacientes. El único motivo por el cual colaboré con ustedes fue porque me construyeron este laboratorio. -Abarcó el recinto con un amplio ademán-. Querían deslucir la imagen de los sistemas de pago por adelantado, y yo cumplí. La única diferencia es que lo hice a mi manera y por mis propias razones.
-Pero le ordenamos que se detuviera -gritó Jackson- apenas ocurrió el episodio de la Clínica Richter.
-Reconozca que no insistieron demasiado. Bien felices que estaban con los resultados. No sólo tuvo que cerrar esa clínica, sino que por primera vez en cinco años se ha reducido el porcentaje de nuevos suscriptores a planes de pago por adelantado de salud en California. El Comité Médico de Acción Política sentirá un mínimo remordimiento, pero en el fondo están todos felices. Y yo he reivindicado mi teoría de que el Ébola es una importantísima arma biológica pese a que no se cuenta con vacuna ni tratamiento. He demostrado que es fácil de introducir, relativamente fácil de contener y terriblemente contagioso en poblaciones pequeñas. Doctor Jackson, todos estamos obteniendo lo que pretendemos. Por eso es imprescindible eliminar a esta mujer antes de que nos ocasione graves problemas.
-Por última vez le advierto que no queremos que se vuelva a utilizar el Ébola. ¡Es una orden!
Heberling se rió. -Doctor Jackson, me da la impresión de que no comprende la realidad. El CMAP ya no puede darme órdenes. ¿Se da cuenta de lo que ocurriría con la reputación de ustedes si llegara a saberse la verdad? Y, créame que todo se sabrá, a menos que me dejen manejar a Blumenthal a mi modo.
Durante un momento Jackson luchó con su conciencia. Sentía deseos de agarrar a su colega por el cuello y estrangularlo, pero reconocía que el hombre tenía razón: el CMAP tenía las manos atadas.
-Está bien -aceptó a regañadientes-. Haga lo que le parezca con la doctora Blumenthal, pero no me lo cuente, y tampoco utilice Ébola en Atlanta.
-De acuerdo. -Heberling sonrió-. Si así se va a sentir mejor, le doy mi palabra de que cumpliré ambas condiciones. Al fin y al cabo soy un hombre muy razonable.
-Ah, y algo más -agregó Jackson poniéndose de pie-. No quiero que me llame al consultorio. Si tiene necesidad de comunicarse conmigo, llámeme a casa por mi línea privada.
-Será un placer.
Como la ruta aérea Atlanta-Chicago era de tráfico intenso, Marissa sólo tuvo que esperar media hora el siguiente vuelo. Compró una novela de Dick Francis pero no logró concentrarse en la lectura. Por último decidió llamar a Tad y por lo menos intentar disculparse. Al no estar segura de hasta qué punto podía contarle sus crecientes sospechas, resolvió dejarse llevar por la intuición. Marcó el número del laboratorio y, tal como sospechaba, comprobó que él se había quedado a trabajar después de la hora de cierre.
-Habla Marissa. ¿Estás enfadado conmigo? -Furioso. -Tad, discúlpame. -Me quitaste una de las tarjetas de acceso. -Lo siento muchísimo. Cuando te vea te lo explicaré todo.
-Entraste de verdad en el laboratorio de máximo riesgo, ¿no?
La voz de su amigo era inusualmente dura. -Bueno, sí. -Marissa, ¿sabes que el laboratorio quedó destrozado, que se murieron todos los animales, que hubo que atender a una persona en la sala de guardia del hospital?
-Dos hombres entraron en el laboratorio y me atacaron.
-No sé qué creer. ¿Por qué todo te sucede a ti? -La causa son los brotes del Ébola. Tad, ¿sabes quién fue el herido?
-Supongo que uno de los técnicos de otro departamento.
-¿Por qué no me lo averiguas? También convendría que averiguaras quién más entró anoche en el laboratorio.
-No creo que me sea posible. Nadie va a contarme nada ahora porque saben que somos amigos. A propósito, ¿dónde estás?
-En el aeropuerto. -Si es verdad que te atacaron, deberías regresar y explicar las cosas en vez de huir.
-No estoy huyendo. Voy a la sede de AMA, en Chicago, para hacer averiguaciones acerca de una organización llamada Comité Médico de Acción Política. ¿La has oído mencionar? Creo que esa gente tiene algo que ver en esta cuestión.
-Marissa, yo pienso que deberías volver al Centro, porque tus problemas son muy graves, no sé si lo sabes.
-Claro que lo sé, pero por el momento es más importante esto que estoy haciendo. Por favor, ¿no puedes preguntar en la oficina de Bioseguridad quién más entró anoche en el laboratorio de máximo riesgo?
-Marissa, no tengo ganas de sentirme utilizado. -Tad... Dejó de hablar al notar que su amigo había cortado la comunicación. Lentamente colgó el auricular. Sinceramente no podía culpar a Tad.
Miró la hora; como faltaban cinco minutos para subir al avión resolvió llamar a Ralph.
A diferencia de Tad, Ralph habló con tono de preocupación, no de enojo.
-Por Dios, Marissa, ¿qué está pasando? Tu nombre salió en los periódicos de la noche. ¡Estás en un grave apuro. Te busca la policía de Atlanta.
-Me lo imagino -respondió ella sacando en conclusión que había sido una buena medida usar un nombre falso y pagar en efectivo cuando adquirió el billete del avión-. ¿Ya me conseguiste el nombre de un buen abogado, Ralph?
-Lo siento, pero cuando me lo pediste, no sabía que se trataba de una emergencia.
-En eso se está convirtiendo. Pero como voy a estar fuera de la ciudad uno o dos días, si me lo consiguieras mañana te quedarla muy agradecida.
-¿Qué es lo que pasa? En el periódico no daban detalles.
-Tal como te dije anoche, no quiero comprometerte. -A mí no me molesta -insistió él-. ¿Por qué no vienes aquí, conversamos y por la mañana te consigo un abogado?
-¿Nunca oíste hablar de una organización denominada Comité Médico de Acción Política? -preguntó ella, sin responder al ofrecimiento de su amigo.
-No. Marissa, ven a mi casa, por favor. Pienso que este problema, sea cual fuere, tienes que afrontarlo. Si huyes empeoras tu situación.
Marissa oyó que anunciaban su vuelo. -Me voy a AMA a averiguar algo sobre la organización que te acabo de decir. Mañana te llamaré. Ahora no tengo tiempo. -Colgó, tomó su cartera y el libro y subió al avión.
22 de mayo
Al llegar a Chicago decidió darse el gusto de alojarse en un buen hotel, y tuvo la suerte de encontrar una habitación en el Palmer House. Se arriesgó a utilizar su tarjeta de crédito y se fue directamente a la cama.
A la mañana siguiente pidió que le subieran café y frutas frescas a la habitación. Mientras esperaba encendió el televisor para escuchar el programa Today Show y entró al lavabo a darse una ducha. Estaba secándose el pelo cuando oyó que el locutor mencionaba el Ébola. Corrió al dormitorio esperando que el comentarista brindara un panorama actualizado sobre la situación en Filadelfia pero en cambio estaba describiendo un nuevo brote acaecido en la Clínica Rosenberg situada en la Quinta Avenida de la ciudad de Nueva York. A un médico de nombre Girish Melita se le había diagnosticado la enfermedad. La noticia había llegado a oídos de la prensa y el pánico se abatía ya entre la población.
Marissa se estremeció. El brote de Filadelfia no se había superado aún y ya aparecía otro. Se maquilló, terminó de arreglarse el pelo y desayunó. Luego buscó la dirección de AMA y hacia allí se dirigió.
Si un año antes le hubiesen dicho que iba a visitar la Asociación, jamás lo habría creído. Sin embargo ahí estaba, atravesando la puerta de entrada.
La mujer que atendía el mostrador de informaciones le indicó cómo llegar a la oficina de Relaciones Públicas. El director, un tal James Frank, entraba casualmente cuando Marissa procuraba explicarle a una empleada lo que quería. De inmediato él la invitó a su despacho.
El señor Frank le recordaba a su asesor de secundaria, un hombre de edad indefinida, con algo de exceso de peso. Se estaba quedando calvo, pero su rostro irradiaba una expresión de sinceridad y simpatía. Tenía la mirada brillante y se reía mucho. A Marissa le gustó en el acto.
-Comité Médico de Acción Política -repitió cuando Marissa le preguntó por tal organización-. Nunca lo oí mencionar. ¿De dónde lo ha sacado?
-De la lista de contribuyentes de un congresista. -Qué curioso. Habría jurado que conocía a todos los comités políticos activos. A ver qué dice mi computadora.
El señor Frank tecleó el nombre. Se produjo una breve demora y luego la pantalla se encendió.
-¡Tiene usted razón! -Señaló la pantalla-. Comité Médico de Acción Política. Se trata de una sociedad privada registrada.
-¿Y eso qué quiere decir? -Menos de lo que parece. Significa que es una organización legalmente constituida porque cuenta con una comisión para administrar fondos para contribuir a campañas electorales. Veamos a quién han estado apoyando.
-Un candidato se lo puedo adelantar yo misma: Calvin Markham.
El señor Frank asintió. -Sí; aquí aparece el nombre de Markham junto con otros varios, todos conservadores. Al menos conocemos la tendencia política.
-De derechas -sostuvo Marissa. -Probablemente de la extrema derecha. Casi me atrevería a afirmar que están tratando de derrotar a los GD (los Grupos de Diagnóstico), limitar la inmigración de médicos extranjeros, impedir que se establezcan subsidios por salud y cosas por el estilo. Si me permite, voy a hablar con alguien de la Comisión Federal de Elecciones.
Llamó a un amigo suyo, y después de una breve charla, le preguntó por el Comité Médico de Acción Política. Hizo repetidos gestos de asentimiento mientras escuchaba la respuesta; luego corrió y regresó al lado de Marissa.
-Él tampoco sabe mucho sobre el CMAP, pero miró los estatutos sociales y vio que se habían constituido legalmente en Delaware.
-¿Por qué allí? -Porque sale más barato. -¿Qué posibilidades hay de saber algo más sobre la organización?
-¿Como qué, por ejemplo? ¿Dónde tienen las oficinas? ¿Quiénes la integran?
-Sí. Frank volvió a tomar el teléfono. -A ver qué podemos averiguar en Delaware -dijo. Si bien en el primer momento el empleado de la municipalidad de Delaware le indicó que debía ir personalmente para solicitar la información, el señor Frank pidió hablar con el jefe y éste accedió a su solicitud.
Frank estuvo casi un cuarto de hora en el teléfono, escribiendo mientras escuchaba. Después de colgar le entregó a Marissa una nómina de los miembros del directorio. Presidente: Joshua Jackson; vicepresidente: Rodd Becker, tesorero: Sinclair Tieman; secretario: Jack Krause; directores: Gustave Swenson, Duane Moody y Trent Goodridge, todos ellos médicos. Marissa abrió entonces su cartera y sacó la lista de socios de Professional Labs. ¡Los nombres eran los mismos!
Cuando salió de la Asociación Médica le daba vueltas la cabeza. El interrogante que iba gestándose en su mente le parecía demasiado increíble como para planteárselo siquiera: ¿Qué hacía una organización médica ultraconservadora con un laboratorio donde había el más sofisticado instrumental, apto sólo para el estudio de virus mortíferos? Expresamente eludió llegar a una respuesta.
Echó a andar en dirección a su hotel, con la mente hecha un torbellino. Otros peatones la empujaban al pasar, pero ella ni se daba cuenta.
Tratando de rebatir su propia teoría, fue pensando en los hechos más sobresalientes: todos los brotes de Ébola se habían producido en clínicas privadas adheridas a sistemas de salud por pagos adelantados, la mayoría de los pacientes portadores tenían apellidos que sonaban a extranjeros, y siempre que hubo un caso primario, esa persona había sido atacada inmediatamente antes de caer enferma. La única excepción era el brote de Phoenix, que Marissa seguía atribuyendo a un alimento.
Por el rabillo del ojo vio un escaparate con zapatos de Charles Jourdan, su única debilidad. Al detenerse súbitamente ante el escaparate, le sorprendió que el hombre que venía detrás casi chocara contra ella. El señor la miró enfadado, pero ella no le dio importancia. Mentalmente iba trazando un plan. Si sus sospechas tenían algún asidero y los brotes anteriores no habían sido producto del azar, el paciente portador del virus de Nueva York debía de trabajar en una clínica de sistema de salud mediante pagos adelantados y seguramente había sido asaltado unos días antes de contraer el mal. Por consiguiente, tenía que viajar a Nueva York.
Miró a su alrededor para orientarse y saber dónde estaba en relación con su hotel. Apretó el paso pero súbitamente se sintió dominada por el temor. Con razón la habían atacado en su casa. Con razón el hombre que la persiguió por el laboratorio tenía intenciones de asesinarla. Con razón Markham había conseguido que le dieran el traslado. Si sus temores eran ciertos, quería decir que existía una conspiración de gigantescas proporciones, y ella se encontraba en grave peligro.
Hasta ese momento se había sentido segura en Chicago, pero dondequiera que miraba le parecía ver personajes sospechosos. Estaba segura de que un hombre, que fingía mirar un escaparate, en realidad la observaba a ella por el reflejo del cristal. Cruzó entonces la calle esperando que la siguiera, lo que no ocurrió.
Entró en un bar y pidió una taza de té para serenarse. Se sentó a una mesa contra la ventana y observó la calle. El hombre que la había asustado salió de una tienda con una bolsa, y detuvo un taxi. En definitiva, nada. Fue entonces cuando reparó en un hombre de negocios. Lo que le llamó la atención fue la forma en que éste sostenía su cartera, el ángulo insólito de su brazo, como si no pudiera doblar el codo.
En el acto revivió el episodio de su casa, la lucha desesperada por defenderse de una figura invisible que parecía tener rígido el brazo a la altura del codo. Y después aconteció la pesadilla del laboratorio...
Mientras lo observaba, el individuo sacó un cigarrillo y lo encendió, todo con una sola mano mientras la otra no se separaba de la cartera. Marissa recordó entonces el comentario de Tad acerca de que el intruso llevaba un maletín.
Marissa se tapó el rostro con las manos mientras rogaba estar imaginando cosas. Se restregó los ojos unos instantes, y cuando volvió a abrirlos, el hombre había desaparecido.
Terminó el té y preguntó cómo llegar al Palmer House. Caminó de prisa, cambiando su propia cartera de una mano a la otra en gesto nervioso. En la primera esquina espió por el hombro: el mismo sujeto se le acercaba.
Para cambiar drásticamente de rumbo cruzó la calle. Por el rabillo del ojo advirtió que el hombre continuaba hasta mitad de la acera y luego cruzaba tras ella. Cada vez más atemorizada buscó un taxi, pero la calle estaba vacía. Se volvió entonces y corrió hacia el tren elevado. Subió la escalera y se unió a un grupo de personas. Quería perderse en una multitud.
Una vez en el andén se sintió mejor porque había mucha gente. Caminó un buen trecho para alejarse de la entrada. El corazón seguía latiéndole desordenadamente, pero al menos podía pensar. ¿Era realmente el mismo hombre? ¿Había estado siguiéndola?
Como dando respuesta a sus interrogantes, el individuo apareció en su campo visual. Tenía facciones gruesas, piel áspera y una sombra oscura de barba. Los dientes eran cuadrados y muy espaciados. Tosió y se cubrió la boca con la mano cerrada.
En ese momento el tren entró ruidosamente en la estación; la muchedumbre se adelantó empujando consigo a Marissa, llevándola hasta el interior del vagón. Allí perdió de vista al sujeto.
Luchó por permanecer cerca de la puerta para bajar en el último momento como había visto hacerlo en las películas de espionaje, pero el amontonamiento de gente se lo impidió y las puertas se cerraron sin darle tiempo de acercarse. Entonces se volvió y fue escrutando los rostros que la rodeaban, pero no vio al hombre del codo rígido.
Al ponerse el vehículo en movimiento tuvo que sostenerse de un pasamanos del techo. Justo en el momento en que lo asía, volvió a ver al individuo que se sujetaba del mismo barrote con su brazo sano. Lo tenía tan cerca que hasta podía oler la colonia que usaba. Una tenue sonrisa se dibujó en los labios del hombre al tiempo que soltaba el pasamanos, tosía y metía la mano en el bolsillo de su chaqueta.
Súbitamente Marissa perdió el control, lanzó un alarido y trató por todos los medios de alejarse, pero una vez más se lo impidió la muchedumbre. Su grito fue apagándose, y nadie se movió ni le dirigió la palabra; sólo la miraban fijamente. Al tomar el tren una curva pronunciada, Marissa y el sujeto debieron sostenerse nuevamente del pasamanos para mantener el equilibrio. Sus manos se rozaron.
Marissa se soltó como si estuviese tocando un hierro candente. Luego, para su enorme alivio, advirtió que un policía ferroviario venía abriéndose paso hacia ella.
-¿Se encuentra bien? -gritó el agente del orden para hacerse oír pese al ruido del tren.
-Este hombre me ha estado siguiendo -respondió ella, señalándolo.
El policía miró al hombre. -¿Es cierto?
El hombre negó con la cabeza. -Nunca la había visto y no sé de qué me habla. El policía se dirigió a Marissa mientras el tren aminoraba la marcha.
-¿Quiere presentar una denuncia? -No, siempre y cuando él me deje en paz. El chirrido de las ruedas y el silbido de los frenos de aire no dejaron oír nada hasta que el tren se detuvo. Las puertas se abrieron al instante.
-No tengo ningún inconveniente en bajar si la señorita así lo prefiere.
Varias personas descendieron. Las demás sólo miraban. El policía apoyó su cuerpo contra la puerta para que ésta no se cerrase e interrogó a Marissa con la mirada.
-Sí, lo prefiero -declaró Marissa. El hombre de negocios se encogió de hombros y se marchó. Casi de inmediato las puertas se cerraron y el tren se puso en marcha una vez más.
-¿Se siente mejor ahora? -Mucho mejor. Era un alivio que el individuo se hubiese ido, pero al mismo tiempo tenía miedo de que el policía le pidiera la documentación. Le dio entonces las gracias y desvió la mirada. El agente captó la indirecta y se retiró.
Al ver que todos los ojos estaban fijos en ella, se sintió tremendamente avergonzada. Por, eso, apenas el tren entró en la estación siguiente, se bajó. Llegó a la calle dominada por un temor irracional de que el individuo hubiese encontrado la forma de seguirla, y tomó en seguida un taxi para regresar al Palmer House.
Dentro de la seguridad que le proporcionaba el taxi, pudo recobrar en parte el dominio de sí misma. Sabía que corría un peligro extremo, pero no tenía idea de a qué persona importante podía acudir. Estaba presuponiendo una conspiración cuyos límites no era capaz de precisar. Y lo peor de todo era que carecía de pruebas, pues sólo contaba con algunos datos circunstanciales.
Resolvió entonces que lo más conveniente seria seguir el viaje a Nueva York. Si su sospecha acerca del brote resultaba ser cierta, decidiría allí a quién informársela. Entretanto esperaba que Ralph le hubiese conseguido un buen abogado para que se encargara él de manejar todo el asunto.
Llegó al hotel y subió directamente a su habitación. Se sentía paranoica y por eso quería irse cuanto antes. Había sido una tontería utilizar la tarjeta de crédito, y, por lo tanto, su nombre verdadero. Si usó un nombre falso y pagó en efectivo el billete del avión para viajar de Atlanta a Chicago, lo mismo debió haber hecho en el hotel.
Mientras subía en el ascensor decidió embalar lo poco que había traído e ir directamente al aeropuerto. Abrió la puerta y se encaminó al lavabo, dejando caer la billetera y la cartera sobre el escritorio. Por el rabillo del ojo advirtió signos de movimiento y se agachó automáticamente. Así y todo no pudo evitar el fuerte golpe que la arrojó sobre la cama gemela que tenía más cerca, para ir a parar al suelo, entre las dos. Levantó la mirada y vio que se le abalanzaba el hombre del tren.
Trató desesperadamente de esconderse debajo de la cama, pero el individuo la aferró de la falda con el brazo sano y la sacó de un tirón.
Marissa rodó lanzando fuertes patadas. Algo se cayó de la mano del hombre y produjo un ruido metálico al chocar contra el suelo. «Una pistola», pensó Marissa, aterrada.
El sujeto se inclinó para alzarlo y Marissa aprovechó para arrastrarse debajo de la cama más próxima a la puerta. El hombre volvió y la buscó debajo de una cama y luego debajo de la otra, donde ella se había refugiado. La buscó con su manaza, pero como no pudo agarrarla, se puso de rodillas, logró sujetarla de un tobillo y la arrastró hacia fuera.
Por segunda vez en el mismo día Marissa dio un alarido. Volvió a lanzar puntapiés con lo cual consiguió que el individuo la soltara, y en un instante pudo volver a meterse debajo de la cama.
Cansado ya del tira y afloja, el hombre dejó el arma sobre la cama y se dispuso a atrapar a Marissa, pero ésta salió por el otro lado, se puso de pie con cierta dificultad y corrió hacia la puerta. Justo en el momento en que la abría, el sujeto saltó por encima de la cama y la agarró del pelo. La obligó a volverse y la lanzó contra la cómoda con tanta fuerza que el espejo se cayó hecho añicos.
El hombre se asomó a echar un rápido vistazo por el pasillo; luego cerró y atrancó la puerta. Marissa corrió al lavabo y tomó de la cama el objeto que creía era un pistola. Casi había conseguido cerrar la puerta del lavabo cuando llegó el individuo.
Marissa apoyó la espalda contra el lavabo e hizo fuerza para impedir que su agresor abriera más la puerta, pero poco a poco fue imponiéndose la superioridad masculina. La puerta se entreabrió, permitiéndole pasar adentro el brazo rígido.
Marissa reparó en el teléfono de pared, pero no podía alcanzarlo sin sacar los pies de la puerta. Miró entonces el arma que tenía en la mano preguntándose si lograría amedrentar a su atacante disparando un proyectil contra la pared. Fue entonces cuando se dio cuenta de que lo que sostenía era una pistola neumática de inoculación, de esas que se utilizaban para vacunaciones masivas en su vieja clínica pediátrica. La puerta se había entreabierto lo suficiente como para que el individuo moviera el brazo con más libertad. Tanteando a ciegas, logró entonces aferrar a Marissa de un tobillo. Cuando comprendió que no le quedaba otra alternativa, Marissa apretó la pistola contra el antebrazo agresor y disparó. El hombre lanzó un grito, retiró el brazo y la puerta se cerró del golpe.
Lo oyó atravesar velozmente la habitación, abrir la puerta y salir corriendo al pasillo. Marissa entró de nuevo en el dormitorio, y después de soltar un suspiro de alivio, sintió un fuerte olor a desinfectante fenólico. Giró la pistola Dermojet hacia sí con mano temblorosa y espió el cañón. Intuyó que la pistola contenía Ébola, y que el desinfectante que olía era parte de un mecanismo para impedir el contagio de quien la usara. En ese instante se sintió sinceramente aterrada. No sólo había matado posiblemente a un hombre sino que quizás había ocasionado un nuevo brote. Procuró por todos los medios mantener la calma, colocó la pistola con cuidado en una bolsita de plástico que sacó de la papelera y luego tomó otra bolsita del cesto que había debajo del escritorio, la colocó sobre la primera y la ató con un fuerte nudo. Hubo un momento en que pensó si no debía dar aviso a la policía, pero luego llegó a la conclusión de que ellos nada podían hacer. El hombre ya debía de estar lejos, y si la Dermojet realmente contenía Ébola, no había manera de que encontraran a ese sujeto discretamente si él no quería que lo encontraran.
Salió al pasillo y vio que no había nadie. Colocó en la puerta el cartelito de «No molestar» y bajó con todas sus cosas al sector de servicio. Al no ver a nadie del personal de limpieza, buscó un frasco de desinfectante para limpiar el exterior de la bolsita plástica y lavarse luego las manos. No se le ocurría qué otra medida profiláctica podía adoptar.
Desde el vestíbulo central, donde había suficientes personas como para hacerla sentir a salvo, llamó al jefe de Epidemiología del Estado de Illinois y, sin darse a conocer, le informó que la habitación 2410 del Palmer House podía estar contaminada con Ébola. No le dio tiempo para que reaccionara con una pregunta y cortó la comunicación.
Acto seguido llamó a Tad. Toda esta actividad le permitía no pensar en lo que acababa de suceder. La frialdad con que la atendió Tad se derritió cuando se dio cuenta de que su amiga estaba al borde de la histeria.
-¿Qué es lo que pasa ahora? Marissa, ¿estás bien? -Tengo que pedirle dos favores. Después de todos los problemas que te ocasioné juré que no iba a molestarte de nuevo, pero no me queda otra salida. Primero, necesito un frasquito del suero de convalecientes del brote de Los Ángeles. ¿Podrías enviarlo por transporte nocturno a Carol Bradford, al Hotel Plaza de Nueva York?
-¿Quién diablos es esa mujer? -Por favor, no me hagas preguntas -respondió ella tratando de contener las lágrimas-. A estas alturas, cuanto menos sepas, mejor.
Carol Bradford había sido compañera de universidad, y ése era el nombre que usó en el vuelo de Atlanta a Chicago.
- El otro favor tiene que ver con un objeto que te envío esta misma noche. Te pido que no lo abras sino que lo lleves y lo escondas dentro del laboratorio de máximo riesgo.
-¿Nada más? -Nada más. ¿Me vas a ayudar, Tad? -Supongo que sí. Lo que me pides es bastante sencillo.
-Gracias. Dentro de unos días podré explicártelo todo.
Colgó y reservó por teléfono una habitación en el Plaza a nombre de Carol Bradford. Luego observó detenidamente el vestíbulo del Palmer House y le pareció que nadie le prestaba atención. Como sabía que el hotel le enviaría la factura por medio de la tarjeta de crédito, no se molestó en avisar que se marchaba.
La primera parada fue en las oficinas del transporte Federal Express. Los empleados estuvieron sumamente amables cuando les dijo que enviaba una vacuna especial que se necesitaba al día siguiente en Atlanta. La ayudaron a embalar la bolsita plástica en una caja irrompible e incluso le escribieron los datos del destinatario cuando vieron cómo le temblaba la mano.
Ya en la calle detuvo un taxi para ir al aeropuerto. Apenas estuvo sentada comenzó a tocarse los ganglios linfáticos y a probar si sentía algún ardor de garganta. En anteriores ocasiones había estado cerca del Ébola pero no tanto como en esta última vez. Se estremeció ¿Y pensar que el hombre quería inocularle el virus. Lo irónico fue que la única manera de escapar había sido contagiarlo a él. Esperaba que ese hombre supiera que el suero convaleciente poseía un efecto protector si se lo administraba antes de que aparecieran los síntomas. A lo mejor era por eso que se había marchado tan de prisa.
Durante el largo trayecto hasta el aeropuerto recobró algo de serenidad como para poder pensar con lógica. El hecho de haber sido atacada otra vez daba más crédito a sus sospechas. Y si se comprobaba que la pistola de vacunación contenía virus de Ébola, tendría su primera prueba concreta.
El taxista la dejó en la terminal de American Airlines anticipándole que esa empresa tenía vuelos a Nueva York cada hora. Después de adquirir el billete, pasar por seguridad y caminar el largo trecho hasta la puerta de embarque, le quedaba aún media hora de espera. Decidió entonces llamar a Ralph. Necesitaba imperiosamente oír una voz amiga, y además quería preguntarle por el abogado.
Durante varios minutos tuvo que lidiar con la secretaria de Ralph, que protegía a su jefe como si éste fuera el papa. Le imploró que al menos le hiciera saber que ella estaba al teléfono hasta que finalmente su amigo la atendió.
-Espero que estés de regreso en Atlanta -dijo, sin darle tiempo siquiera a saludarlo.
-Pronto. Le explicó que se hallaba en el aeropuerto de Chicago a punto de salir para Nueva York, pero que probablemente volvería a Atlanta al día siguiente, sobre todo si él le había encontrado un buen abogado.
-Hice algunas averiguaciones discretas y creo que di con el hombre más indicado. Se llama McQuinllin y pertenece a un bufete importante en Atlanta.
-Espero que sea inteligente, porque va a tener mucho trabajo conmigo.
-Se le considera uno de los mejores. -¿Crees que me pedirá un adelanto de dinero? -Algún anticipo sí. ¿Eso va a ser un problema? -Depende de la cantidad. -Bueno, no te preocupes. Yo te echaré una mano con mucho gusto.
-No me atrevería a pedírtelo. -No me lo estás pidiendo sino que te lo ofrezco yo. Pero a cambio quiero que termines ya con ese viaje de locos. ¿Por qué es tan importante Nueva York? Espero que no sea por el nuevo brote de Ébola. No tienes que repetir la experiencia de Filadelfia. ¿Por qué no regresas a Atlanta? Estoy muy preocupado por ti.
-Te prometo que volveré muy pronto. Después de cortar, Marissa dejó la mano sobre el receptor. La tranquilizaba hablar con Ralph, un amigo que siempre se interesaba por ella.
Al igual que la mayoría de la gente de negocios -que constituía el noventa por ciento del pasaje- Marissa pidió una copa. Seguía hecha un manojo de nervios, pero el vodkatonic la tranquilizó notablemente, tanto que pudo entablar una típica conversación de viaje con un joven financiero de Chicago, de nombre Danny, que resultó tener una hermana médica en Hawai. El muchacho charlaba con tanto entusiasmo que Marissa por último cerró los ojos y fingió dormirse para poder poner en orden sus pensamientos.
El interrogante que le rondaba por la mente era: ¿Cómo supo el hombre del brazo rígido que ella estaba en Chicago? Y suponiendo que se tratara del mismo individuo, ¿cómo se enteró del momento en que ella iba a entrar en el laboratorio de máximo riesgo? Para responder ambas preguntas no tuvo más remedio que pensar en Tad. Cuando Tad descubrió que le faltaba la tarjeta de acceso seguramente dedujo que ella la usaría esa misma noche. A lo mejor dio aviso a Dubchek para evitarse problemas. Tad también sabía que ella se iba a Chicago, aunque no podía creer que intencionalmente él hubiese dado una pista a una persona que intentaba matarla. Y por enfadada que estuviera con Dubchek, Marissa lo respetaba como científico abnegado, y en modo alguno podía relacionarlo con una organización de tendencia derechista, orientada al lucro, como el Comité Médico de Acción Política.
Muy confundida respecto de cuáles eran deducciones inteligentes y cuáles paranoicas, deseó no haberse desprendido de la pistola Dermojet. Si Tad estaba comprometido, ella había perdido su única prueba concreta, siempre y cuando se comprobara que contenía virus Ébola.
Cuando el avión aterrizaba ya en el aeropuerto de La Guardia tomó una decisión. Si el brote de Nueva York confirmaba su teoría acerca del origen de todos los brotes de Ébola, iría directamente a ver al abogado de Ralph para que él y la policía resolvieran qué debía hacerse. Marissa no quería seguir trabajando más como detective y tener que enfrentarse con hombres que no reparaban en arriesgar la vida de poblaciones enteras.
Una vez que el avión se detuvo y se apagó el cartelito de los cinturones, Marissa se puso de pie y sacó su maleta del portaequipajes elevado. Danny insistió en ayudarla al bajar por la escalera, pero cuando se separaron, Marissa juró que en el futuro iba a tener más cuidado. Nunca más conversaría con extraños y no daría a nadie su nombre verdadero. Más aún, resolvió no alojarse en el Plaza como Carol Bradford sino ir a pasar la noche al Essex House, utilizando el nombre de una vieja amiga de la escuela secundaria, Lisa Kendrick.
George Valhala estaba de pie junto al mostrador de la agencia Avis para el alquiler de coches, observando el gentío del sector equipajes. Sus patrones lo llamaban «el Sapo», pero no por una característica física sino por su inusual paciencia, que le permitía quedarse horas enteras en un puesto de vigilancia como un sapo que espera un insecto.
No obstante, en esa misión no iba a usar de su especial talento. Hacía apenas un rato que había llegado al aeropuerto, con la sola información de que la muchacha llegaría en el vuelo de las cinco, o en el de las seis, proveniente de Chicago. El de las cinco acababa de aterrizar, y algunos pasajeros comenzaban ya a aparecer.
El único problema que tenía George era lo impreciso de la descripción que le suministraran: una mujer joven, bonita, baja, de unos treinta años y pelo castaño. Por lo general le daban una foto, pero en este caso no hubo tiempo de conseguirla.
Fue entonces cuando la vio. No podía ser otra que ella. Medía casi treinta centímetros menos que la multitud de viajeros con una cartera en la mano que irrumpió en la zona de equipajes. George advirtió que no se detenía ante la cinta transportadora del equipaje puesto que traía ya su maleta en la mano.
Se retiró entonces del mostrador de Avis y se le acercó para mirarla de cerca. La siguió hasta la calle, donde ella se puso en la cola de los taxis. Decididamente era bonita, y muy menuda. George se preguntó cómo habría hecho para dejar fuera de combate a Paul en Chicago, y la única explicación que encontró fue que se tratara de una experta en artes marciales o algo por el estilo. De todos modos esa minúscula mujercita le inspiraba cierto respeto y sabía que lo mismo le pasaba a Al, porque de lo contrario no se estaría tomando semejantes molestias.
Después de estudiarla de cerca, George cruzó la calle y subió a un taxi que lo aguardaba frente a la parada.
El conductor se volvió para mirarlo. -¿La has visto? -preguntó. Era un hombre delgado, de facciones como de pájaro, que contrastaba con la obesidad de George. -Jake, ¿tengo cara de idiota? Pon el coche en marcha. Ella está en la cola de los taxis.
Jake obedeció. Hacía cuatro años que George y él trabajaban para Al y se llevaban bien, salvo cuando su amigo comenzaba a impartir órdenes, lo que felizmente no sucedía a menudo.
-Está allí -señaló George, en el momento en que Marissa subía a un coche-. Adelántate un- poco, pero deja que ellos nos pasen.
-Eh, el que conduce soy yo se quejó Jake-. Tú vigilas, yo me encargo del volante.
No obstante, puso en marcha el vehículo y avanzó lentamente.
George miró por la ventanilla de atrás y comprobó que el coche en el que viajaba Marissa tenía el techo abollado. «Va a ser fácil seguirlo», se dijo. El taxi los pasó por la derecha, y Jake se colocó detrás. Antes de entrar en la autopista de Long Island, permitió que otro coche se interpusiera entre ambos vehículos.
No fue difícil seguir el rastro pese a que el coche de Marissa tomó por el puente Queensborough, sumamente transitado por ser una hora punta. Al cabo de cuarenta minutos la vieron bajar frente al Essex House. Jake aparcó entonces quince metros más adelante.
-Bueno, ahora ya sabemos dónde se aloja, George. -Para estar más seguro iré a comprobarlo. En seguida vuelvo, Jake.
23 de mayo
Marissa no durmió bien. Después del incidente en la habitación del Palmer Hotel tal vez no volviera nunca a sentirse cómoda en un hotel. Cada ruido del pasillo le daba miedo de que alguien intentara entrar en su habitación por la fuerza. Y había mucho ruido por la cantidad de gente que regresaba tarde y pedía que le subieran algo de comer.
También se imaginaba síntomas. No podía olvidar la sensación que le produjo tener la pistola de vacunación en la mano, y cada vez que se despertaba le parecía que tenía fiebre o algún otro síntoma.
A la mañana siguiente estaba exhausta. Pidió un servicio de frutas y café, que le llegó además con un ejemplar del New York Times. En la portada había un artículo acerca de los brotes de Ébola. En Nueva York, el número de casos había ascendido a once con una víctima mortal, mientras que en Filadelfia la cifra se detuvo en treinta y seis, con diecisiete bajas. El único muerto de Nueva York fue el caso inicial, el doctor Girish Melita.
A partir de las diez comenzó a llamar una y otra vez al Plaza para averiguar si había llegado un paquete a nombre de Carol Bradford. Iba a seguir llamando hasta el mediodía, pues los transportes nocturnos generalmente garantizaban la entrega hasta esa hora. Si el paquete llegaba, ya no tendría tanto temor de que Tad la hubiese traicionado, y después se dirigiría a la Clínica Rosenberg. A las once le contestaron que el paquete estaba ahí, a la espera de que el destinatario pasara a retirarlo.
Cuando se disponía a marcharse del hotel no sabía si debía -o no- llamarle la atención que Tad le hubiese enviado el suero. Por supuesto que el paquete podía estar vacío, o tal vez lo había remitido para obligarla a dejar al descubierto el sitio donde se ocultaba. Lamentablemente no tenía forma de cerciorarse, y tanto necesitaba ese suero que todas sus dudas le parecían, en comparación sólo académicas. No le quedaba más remedio que correr el riesgo.
Sólo tomó la billetera y trató de imaginar algún modo de retirar el envío que no ofreciera peligro, pero no se le ocurrió otra idea más brillante que tener un taxi esperando y procurar que hubiera mucha gente alrededor.
George Valhala estaba desde temprano en el vestíbulo del Essex House. Ésa era la clase de situaciones que le gustaban. Pudo tomar café, leer los periódicos y echarle una mirada a unas atractivas mujerzuelas. En general lo pasó muy bien y ninguno de los detectives de la casa lo molestó, vestido como estaba con un costoso traje y zapatos de cocodrilo legítimo.
Estaba pensando en ir al baño cuando advirtió que Marissa salía del ascensor. Dejó entonces su New York Post y se apresuró para salir antes que ella por la puerta giratoria. Cruzó la transitada calle Cincuenta y Nueve hasta el sitio donde lo esperaba Jake en el taxi, y se sentó en el lugar del acompañante.
Jake había avistado a Marissa y ya había puesto el motor en marcha.
-De día parece más bonita aún -comentó, listo para realizar un giro en U.
-¿Seguro que ésa es Blumenthal? -preguntó el hombre que estaba en el asiento de atrás.
Su nombre era Alphonse Hicktman, pero todo el mundo le llamaba Al. Se había criado en Alemania Oriental y luego huyó a occidente atravesando el muro de Berlín. Tenía un rostro engañosamente juvenil y pelo rubio que llevaba cortado al estilo Julio César. Sus ojos celestes eran fríos como un cielo de invierno.
-Se registró con el nombre de Lisa Kendrick, pero concuerda con la descripción que nos dieron -dijo George-. Es ella, sin duda.
-Es muy hábil o tiene una suerte increíble -opinó Al-. Tenemos que eliminarla sin cometer el menor desliz. Heberling dice que esa mujer puede arruinar todo el asunto.
La vieron subir a un taxi y dirigirse hacia el este. Pese al tráfico, Jake dio la vuelta y logró situarse a dos coches de distancia del taxi de Marissa.
-Señorita, dígame por favor adónde quiere ir -pidió el conductor, mirándola por el espejo retrovisor.
Marissa estaba de espaldas, mirando la entrada del Essex House. Por la puerta no había salido nadie que pareciera querer seguirla. Entonces se volvió y le indicó al taxista que diera la vuelta a la manzana. Seguía pensando en la forma más conveniente de ir a retirar el Suero.
El hombre murmuró algo por lo bajo y giró en la esquina. Marissa observó la entrada del Plaza que daba sobre la Quinta Avenida. Había infinidad de coches, y el pequeño aparcamiento frente al hotel estaba atestado de gente. Junto a la acera se alineaban cabriolés a la espera de sus clientes. Había incluso varios policías montados, con relucientes cascos negros y azules. Marissa se sintió más animada. En medio de semejante ambientación nadie podría sorprenderla.
Cuando volvían a circular por la calle Cincuenta y Nueve, le pidió al chofer que se detuviera en el Plaza y la aguardara mientras iba dentro y volvía en seguida.
-Señorita... -En un minuto vuelvo.
-Hay muchos taxis. ¿Por qué no busca otro? -Le pago cinco dólares más de lo que marque el contador y le prometo no tardar.
Luego le obsequió con la más simpática de sus sonrisas.
El taxista se encogió de hombros. Al parecer, los cinco dólares y la sonrisa bastaron para hacerle olvidar sus reservas. Se detuvo frente al Plaza y el portero del hotel se acercó a abrir la puerta a Marissa.
Estaba muy nerviosa y esperaba lo peor en cualquier momento. Bajó del coche, y cuando vio que su dueño lo aparcaba unos metros más allá, entró resueltamente.
Tal como suponía, el vestíbulo estaba muy concurrido. Sin vacilar se dirigió hasta un escaparate donde se exhibían alhajas, y fingió mirarlas. Por el reflejo de los cristales comprobó que nadie daba muestras de estar vigilándola. Nadie le prestaba atención.
Volvió a cruzar el vestíbulo y se encaminó al mostrador de conserjería. El corazón le latía con fuerza mientras esperaba que la atendieran.
-Tiene alguna identificación? -le preguntó el hombre cuando pidió el paquete.
Sorprendida, respondió que no. -Entonces bastará con la llave de su habitación -acordó el señor, con deseos de ser comedido.
-Pero es que aún no me he registrado. El hombre sonrió. -Vaya y regístrese primero, y después le entregaremos el paquete. Espero que me comprenda. Para nosotros es una gran responsabilidad.
-Por supuesto -murmuró ella, desalentada. Obviamente no había planeado las cosas como correspondía, pero ya que no le quedaba otro remedio, fue al mostrador de entrada.
Hasta el simple proceso de dar sus datos le resultó complicado cuando anunció que no tenía tarjeta de crédito, razón por la cual debió dejar una abultada suma en concepto de depósito antes de que le entregaran la llave. Por último, ya con la llave en la mano, consiguió que le dieran el envío.
Fue abriéndolo -mientras caminaba. Sacó el frasquito y lo miró: parecía auténtico. Arrojó el envoltorio en una papelera y se guardó el suero en el bolsillo. Hasta ese momento todo iba sobre ruedas.
Al salir a la calle vaciló unos instantes hasta que sus ojos se acostumbraron al resplandor del mediodía. El taxi seguía esperándola en el mismo sitio. El portero le preguntó si necesitaba un vehículo, y ella le respondió que no con una sonrisa.
Miró a ambos lados de la calle Cincuenta y Nueve. Si algo había cambiado, era el tráfico, más intenso que antes. Centenares de personas caminaban presurosas por las aceras como si se les hubiera hecho tarde para llegar a una reunión importante. Satisfecha, Marissa bajó la escalinata y corrió hasta el taxi.
Al llegar al coche agarró el tirador de la puerta y miró un instante por encima del hombro, hacia la entrada del Plaza. Nadie la seguía. Los temores que le inspiraba Tad eran infundados.
Iba ya a subir al coche cuando vio que la apuntaba el cañón de un arma en manos de un hombre rubio, quien al parecer había estado tendido en el asiento de atrás. El chofer del taxi iba a hablar pero ella no le dio tiempo, cerrando de golpe la puerta. El arma se disparó produciendo un silbido. Era una sofisticada pistola de aire comprimido. La ventanilla del taxi se hizo añicos, pero Marissa ya no estaba mirando sino que huía como jamás había corrido en su vida. Por el rabillo del ojo advirtió que el taxista se bajaba del coche y corría en diagonal, alejándose de ella. Cuando volvió a mirar, el hombre rubio se abría paso entre la muchedumbre, para seguirla.
La acera era una pista de obstáculos llena de gente, equipaje, carritos, cochecitos de bebé y perros. El hombre rubio guardó el arma en un bolsillo, pero ella ya no estaba convencida de que el gentío fuese a servirle de protección. ¿Quién oiría siquiera el tenue zumbido de una pistola de aire? Marissa caería al suelo y su atacante escaparía sin que nadie se percatase de que ella acababa de recibir un disparo.
Los peatones protestaban a gritos cuando los embestía, pero ella siguió avanzando. La confusión que creaba constituía un estorbo para su perseguidor, quien no obstante iba acortando la distancia que los separaba.
Marissa atravesó corriendo el sendero de acceso al Plaza esquivando taxis y limusinas, y llegó al límite del jardín, con su fuente en el centro. Estaba dominada por el pánico y no sabía adónde ir, pero sabía que algo tenia que hacer. Fue en ese momento cuando reparó en el caballo de un policía montado. El animal estaba atado al cerco de cadenas que bordeaba el pequeño sector de césped del parque. Mientras corría desesperadamente hacia allí, Marissa buscó con la vista al policía. Seguramente debía de estar cerca, pero ella tenía muy poco tiempo. Pudo oír los pasos de su perseguidor que llegaba a la acera y no sabía para qué lado tirar. Se encontraba en el sendero que separaba el parque del hotel.
Marissa agarró las riendas y se agachó debajo del animal mientras éste sacudía, nervioso, la cabeza. Miró atrás y comprobó que el sujeto estaba en la calle, dando la vuelta alrededor de una limusina.
Recorrió el parque con mirada angustiada. Había gran cantidad de personas -muchas de las cuales miraban en dirección a ella-, pero ningún agente. Entonces se dio por vencida y echó a correr por el parque. Tan cerca venía el hombre que no había forma de esconderse.
Un grupo nutrido se hallaba sentado junto a la fuente, y todos la observaban con estudiada indiferencia. Claro, como neoyorquinos estaban acostumbrados a cualquier exceso, incluso a una huida producto del terror.
En el momento en que daba la vuelta a la fuente, tenía tan cerca al hombre rubio que casi lo oía respirar. Al volverse Marissa chocó contra la gente que entraba en el parque. A empujones se abrió paso en medio de los peatones, que reaccionaban airados.
Cuando llegó a un claro supuso que estaba libre, hasta que notó que se hallaba en el centro de un círculo formado por varios centenares de personas. Tres negros de aspecto atlético realizaban una demostración de break dance al ritmo de una insistente melodía. Los ojos desesperados de Marissa se posaron en los de los jóvenes, y en ellos sólo vio furia: les había arruinado el espectáculo.
En aquel momento el hombre rubio entró en el círculo y casi perdió el equilibrio al detenerse en seco. Intentó levantar la pistola pero no lo logró, puesto que, de un puntapié, uno de los indignados bailarines lanzó el arma por los aires, hasta que cayó en medio del público. La gente comenzó a alejarse al ver que el intruso respondía también dando al bailarín una patada en el brazo que lo envió al suelo.
Tres de sus amigos, que estaban observando desde un lado, dieron un salto y empujaron violentamente al rubio desde atrás.
Marissa no esperó sino que, por el contrario, aprovechó para confundirse entre la multitud que se alejaba de la imprevista riña. La mayoría de la gente cruzaba la Quinta Avenida, y eso mismo hizo ella. Ya en la calle Cincuenta y Nueve detuvo otro taxi y le pidió que la llevara a la Clínica Rosenberg. Desde el coche pudo ver un gentío enorme cerca de la fuente. El policía por fin había vuelto a montar su caballo, y probablemente tendría ocupado al hombre rubio durante varias semanas.
Una vez más espió en dirección a la entrada del Plaza pero no advirtió signos de nada insólito. Entonces se reclinó en el asiento y cerró los ojos. De pronto, en vez de miedo se sentía consumida por la indignación. Estaba furiosa con todo el mundo, particularmente con Tad. No cabía duda de que era él quien informaba sobre su paradero a los perseguidores. Hasta el suero, que tanto le había costado conseguirlo, era inútil. Debido a todo lo que sospechaba, de ninguna manera iba a inocularse dicho suero. Tendría que arriesgarse y confiar en que la pistola de vacunación tuviese un efectivo sistema para proteger a quien la utilizaba.
Pensó si no le convenía evitar el viaje a la Clínica Rosenberg, pero consideró más importante poder demostrar -al menos ante sí misma- que se estaba efectuando un contagio deliberado con virus Ébola. Quería estar plenamente segura. Además, después del último y complicado ataque, nadie estaría esperándola.
Bajó del taxi a poca distancia de la clínica y los metros restantes los recorrió a pie. El lugar ciertamente no era difícil de encontrar. Era un bello edificio renovado que ocupaba casi una manzana entera, frente al cual había aparcados un furgón de televisión y algunos vehículos policiales. En la escalinata de acceso, varios oficiales de policía. Marissa tuvo que mostrar su credencial del CCE para que le permitieran pasar.
En el vestíbulo reinaba el mismo caos que había visto en los otros hospitales donde se había desatado un brote de Ébola. A medida que avanzaba entre la multitud iba perdiendo el ánimo. Poco a poco se le iba la furia que experimentara en el taxi, y en su lugar volvía a sentir el viejo temor a contagiarse con el virus. Además, ya no se sentía exultante por el solo hecho de haber escapado de su agresor sino que comenzaba a apreciar la realidad de verse atrapada en una peligrosa red de conspiración e intriga. Se detuvo y miró en dirección a la salida pensando si no debería marcharse. Sin embargo, llegó a la conclusión de que su única esperanza residía en poder estar totalmente segura. Antes de convencer a nadie debía disipar cualquier duda que aún le quedara.
Le pareció necesario comprobar primero la información más fácil. Para ello se dirigió a la administración y encontró un escritorio con el cartel «Nuevos Asociados». Si bien estaba vacío, había allí gran cantidad de material impreso. Tardó apenas un instante en averiguar que la Clínica Rosenberg era de asistencia médica mediante pago adelantado, tal como lo suponía.
Los otros interrogantes que la preocupaban iban a ser más difíciles de resolver puesto que había fallecido el paciente inicial. Regresó al vestíbulo principal y permaneció unos momentos observando a la gente que entraba y salía hasta que pudo deducir dónde estaba el vestuario de los médicos. Calculó exactamente el tiempo para llegar a la puerta junto con una profesional de la clínica, que se detuvo para hacerle una seña al empleado de recepción. La puerta del vestuario se abrió con un dispositivo eléctrico, y Marissa entró detrás de su colega. Una vez dentro pudo agenciarse un guardapolvo. Se lo puso y luego se lo arremangó. En la solapa tenía una etiqueta con el nombre: Doctora Ann Elliott, que rápidamente retiró y se guardó en un bolsillo.
Cuando volvió a salir al vestíbulo vio al doctor Layne. Se volvió inmediatamente esperando que en cualquier instante él diera muestras de haberla reconocido. Por fortuna, cuando miró de nuevo comprobó que él se marchaba del sanatorio.
El hecho de verlo la puso más nerviosa. Estaba aterrada de toparse con Dubchek como le había sucedido en Filadelfia, pero también sabía que era imperioso averiguar más datos sobre el paciente inicial fallecido.
Por el tablero indicador supo que el Departamento de Patología quedaba en el tercer piso. Tomó el ascensor que tenía más cerca. La Clínica Rosenberg era imponente. Tuvo que atravesar el laboratorio químico para llegar al sector de patología. En el trayecto notó que contaban con el más moderno instrumental automatizado.
Cruzó una puerta doble y se encontró rodeada por secretarias que grababan en sus respectivos dictáfonos. Allí era donde se pasaban en limpio todos los informes patológicos.
Una de las mujeres se quitó los auriculares al verla entrar.
-¿En qué puedo servirla? -Soy una dé las doctoras del Centro para el Control de Enfermedades. ¿No sabe si están mis compañeros por aquí?
-Creo que no -respondió la secretaria, al tiempo que se ponía de pie-, pero puedo preguntárselo al doctor Stewart que está en su oficina.
-Estoy aquí -exclamó un hombre corpulento de poblada barba-. Y ya le contesto que el personal del CCE está en el segundo piso, en el sector de aislamiento. -Bueno, a lo mejor usted puede ayudarme -dijo Marissa, evitando a propósito presentarse-. Yo he investigado todos los brotes de Ébola desde el comienzo, pero lamentablemente me retrasé en llegar a Nueva York. Tengo entendido que el primer caso, un tal doctor Melita, ya falleció. ¿Le hicieron la autopsia?
-Esta misma mañana. -¿Puedo hacerle algunas preguntas? -No fui yo quien practicó la autopsia. -El doctor Stewart le habló luego a su secretaria-. Helen, ¿por qué no trata de localizar a Curt?
Acompañó a Marissa hasta una habitación pequeña donde había un moderno escritorio y una mesa de formica con un extraordinario microscopio binocular Zeiss de dos tubos oculares.
-¿Usted conocía al doctor Melita? -Muy bien -respondió Stewart, sacudiendo la cabeza-. Era nuestro director, y su muerte será una enorme pérdida para nosotros.
Acto seguido procedió a describir la forma en que había contribuido el doctor Melita para la instalación de la clínica, y la gran popularidad de que gozaba tanto entre el personal como entre los mismos pacientes.
-¿No sabe dónde estudió? -No estoy seguro en qué facultad de medicina cursó sus estudios... aunque creo que fue en Bombay, pero sí sé que la residencia la hizo en Londres. ¿Por qué me lo pregunta?
-Tenía curiosidad por saber si era un médico extranjero.
-¿Acaso eso cambia las cosas? -quiso saber Stewart, frunciendo el entrecejo.
-Tal vez -admitió Marissa, sin precisar-. ¿Hay un porcentaje alto de médicos extranjeros aquí?
-Por supuesto. Todas las clínicas de sistemas de salud mediante pago adelantado comenzaron contratando a grandes cantidades de médicos del extranjero. Los graduados estadounidenses se inclinan por el ejercicio privado de la profesión. Pero felizmente eso está cambiando. Hoy en día podemos contratar directamente de las mejores residencias.
Se abrió la puerta y entró un muchacho joven. -Éste es Curt Vandermay. Marissa no tuvo más remedio que dar su nombre verdadero.
-La doctora Blumenthal quiere hacerle unas preguntas relativas a la autopsia -explicó Stewart.
Retiró su sillón del microscopio para dejarle el lugar al doctor Vandermay, quien se sentó y cruzó elegantemente las piernas.
-Todavía no hemos procesado los cortes, de modo que sólo puedo darle los resultados generales. -En realidad lo que me interesa es el examen externo. ¿Notó usted alguna anormalidad?
-Sí, claro. Tenía profusas lesiones hemorrágicas en la piel.
-¿Y traumatismos? -¿Cómo lo adivinó? -repuso el doctor Vandermay, sorprendido-. Tenía la nariz quebrada. Me había olvidado de eso.
-¿Fecha probable? -Una semana, diez días, más o menos. -¿En el historial no se menciona la causa? -A decir verdad, no me fijé. Como era prioritario constatar si el hombre había muerto de fiebre hemorrágica Ébola reconozco que no le presté demasiada atención a la fractura nasal.
-Entiendo. El historial clínico está aquí, ¿verdad? ¿Puedo verlo?
-Desde luego. -Vandermay se puso de pie-. ¿Por qué no baja conmigo a la sala de autopsias? Hice sacar varias fotos Polaroid de la nariz quebrada. Lo digo por si quiere examinarlas.
-Por supuesto. Stewart se disculpó porque tenía que asistir a una reunión, y Vandermay explicó que el cadáver había sido desinfectado y luego conservado dentro de bolsas dobles, en recipientes especiales, para evitar la contaminación. La familia había pedido que se enviaran los restos mortales a la India, pero la autorización fue denegada con justa razón.
El historial no era todo lo completo que a ella le habría gustado, pero se hacía referencia a la nariz fracturada, que luego arregló un colega del doctor Melita, cirujano otorrinolaringólogo. Marissa se enteró también de que el mismo doctor Melita era otorrinolaringólogo, dato aterrador si uno se ponía a pensar en la forma que se había difundido el virus en los brotes anteriores. No se aclaraban las circunstancias en que el doctor Melita se había roto la nariz.
Vandermay sugirió comunicarse por teléfono con el médico que se la arregló. Mientras él hacía la llamada, Marissa leyó el resto del historial, y así se enteró de que el doctor Melita no registraba antecedentes de viajes en los últimos tiempos, de contacto con animales ni la menor relación con los brotes anteriores de Ébola.
-Al pobre lo asaltaron -comentó Vandermay después de colgar el teléfono-. Lo atacaron a golpes y le robaron en la entrada de su propia casa. ¿Se da cuenta en qué mundo vivimos?
«Si usted supiera», pensó Marissa, convencida ya de que los brotes de virus eran ocasionados intencionadamente. Un intenso temor la dominó, pero se esforzó por seguir interrogando al patólogo.
-¿No le notó usted una lesión numular en el muslo? -No recuerdo -admitió el doctor Vandermay-. Pero aquí están las Polaroid.
Desplegó las fotos como si estuviera repartiendo una mano de póquer.
Marissa observó la primera. Todas mostraban en forma brutal el cuerpo desnudo, tendido sobre la camilla de acero inoxidable para autopsias. Pese a la profusión de lesiones hemorrágicas, pudo detectar la misma lesión circular que le había visto en el muslo al doctor Richter, y cuyo tamaño coincidía con la boca de una pistola de vacunación.
-¿Puedo llevarme alguna de estas copias? -pidió Marissa.
-sí, desde luego. Tenemos muchas. Marissa se guardó la foto en el bolsillo. No era lo mismo que tener la pistola Dermojet, pero al menos era algo. Le dio las gracias al doctor y se levantó para irse.
-¿No va a decirme cuáles son sus sospechas? -preguntó Vandermay con una leve sonrisa en el rostro, como si supiera que algo extraño pasaba.
En ese momento anunciaron a Vandermay por el intercomunicador que tenía una llamada por la línea seis. Cuando la atendió, Marissa lo oyó decir:
-Qué coincidencia, doctor Dubchek. Casualmente con ella estoy conversando en este preciso instante...
Le bastó con oír eso para salir corriendo hacia el ascensor. Vandermay la llamó de viva voz, pero ella no se detuvo. Pasó con rapidez junto a las secretarias y salió presurosa por las puertas dobles, sujetando los bolígrafos que llevaba en el bolsillo para que no se le cayeran.
Ante los ascensores y la escalera de incendios, optó por arriesgarse a tomar el ascensor. Si Dubchek estaba en el segundo piso, probablemente le hubiera parecido que ganaba más tiempo utilizando la escalera. Apretó el botón de planta baja. Un técnico químico aguardaba con una bandeja de muestras para analizar, y vio que Marissa oprimía frenéticamente el botón ya encendido.
-¿Es una emergencia? -preguntó. En ese momento se detuvo un ascensor, pero Marissa siguió pegada al botón. Le pareció que las puertas tardaban años en cerrarse, y creía que en cualquier momento iba a aparecer Dubchek persiguiéndola. Pero finalmente el ascensor bajó y Marissa empezó a tranquilizarse. Lamentablemente se detuvieron en el segundo piso, lo cual la obligó a correrse al fondo: por una vez en la vida dio gracias por ser tan menuda. Seguramente nadie podría verla desde fuera del ascensor.
Cuando reanudaron el descenso, le preguntó a un pasajero dónde quedaba la cafetería. Éste le respondió que al salir del ascensor debía girar a la derecha y seguir por el pasillo principal.
Marissa se bajó e hizo como se le había indicado. A poco de andar por el vestíbulo comenzó a sentir olor a comida. A partir de allí fue siguiendo las indicaciones de su nariz.
No se arriesgó a salir por la puerta principal ya que Dubchek podía haber dado instrucciones a la policía para que la detuvieran. En cambio entró velozmente en la cafetería atestada de gente que estaba almorzando, y enfiló directamente hacia la cocina. Allí los miembros del personal le lanzaron miradas intrigadas, pero nadie discutió su presencia. Tal como se imaginara, existía una rampa de carga y por allí se deslizó, esquivando un camión de lechería que en esos momentos estaba realizando una entrega.
Al llegar a la calle, caminó con paso ágil por la avenida Madison, y en la esquina giró para internarse en una calle tranquila y arbolada. Había pocos peatones, lo cual le daba la tranquilidad de que no la estaban siguiendo. Al llegar a Park Avenue detuvo un taxi.
Para cerciorarse de que nadie la siguiera se bajó en la tienda Bloomingdale's, cruzó por su interior y salió a la Tercera Avenida, donde tomó otro taxi. Cuando llegó al Essex House ya tenía la certeza de no estar en peligro, al menos por el momento.
Frente a la puerta de su habitación no supo qué hacer. Aunque nadie sabía que se había registrado con nombre falso, el recuerdo de Chicago la atormentaba. Abrió entonces con cautela y paseó la mirada por la habitación antes de entrar. Luego sujetó con una silla la puerta abierta y lo revisó todo detenidamente. Miró debajo de las camas, dentro del armario, en el lavabo... Todo estaba tal como lo había dejado. Satisfecha, cerró y atrancó la puerta con todos los cerrojos y cadenas que había.
23 de mayo (continuación)
Comió algo de la generosa ración de fruta que se hizo subir a la habitación esa mañana. Como sus sospechas parecían confirmarse, no sabía qué le convenía hacer a continuación. Lo único que se le ocurría era ir a ver al abogado de Ralph y contarle lo que creía: que un pequeño grupo de médicos derechistas estaban introduciendo virus Ébola en clínicas privadas para minar la confianza del público en las clínicas de sistema de pago adelantado. Podía presentar las escasas pruebas reunidas, y que él se preocupara por conseguir el resto. A lo mejor hasta podía sugerirle un sitio donde poder ocultarse mientras se resolvía la cuestión.
Dejó la manzana que estaba comiendo y tomó el teléfono. Se sentía mucho mejor por el solo hecho de haber tomado una decisión. Marcó el número de Ralph y tuvo la agradable sorpresa de que en seguida lo pusieron con él.
-La telefonista tenía órdenes concretas -explicó su amigo-. Por si no lo sabes, te aseguro que estoy muy preocupado por ti.
-Qué amoroso -exclamó Marissa, conmovida por la bondad de Ralph.
Por un instante sintió que se relajaba, como la niña que, después de una caída, no llora hasta que no aparece la madre.
-¿Vuelves hoy? -Depende -respondió ella mordiéndose el labio-. ¿Podré hablar hoy con tu amigo abogado?
-No. Esta mañana llamé a su bufete y me informaron que está de viaje y regresa mañana.
-Qué lástima -lamentó Marissa con una voz que comenzaba a flaquear.
-Marissa, ¿te sientes bien? -No es uno de mis mejores días. Lo que pasa es que tuve varias experiencias terribles.
-¿Qué ocurrió? -Ahora no puedo hablar -sostuvo, sabiendo que si intentaba dar explicaciones prorrumpiría en llanto.
-Mira, quiero que vuelvas aquí de inmediato. No me pareció bien que fueras a Nueva York. ¿Te topaste allí con Dubchek?
-Fue peor. -Bueno, con eso me basta. Te subes al primer avión que te traiga aquí. Yo voy a esperarte al aeropuerto.
La idea era tentadora, y precisamente eso iba a contestar cuando oyó que golpeaban la puerta y se quedó paralizada.
Los golpes se repitieron. -Marissa, ¿estás ahí? -Un momento, que llaman a la puerta. No cuelgues. -Apoyó el auricular en la mesita de noche y se dirigió con cautela hacia la puerta-. ¿Quién es?
-Vengo a entregar algo para la señorita Kendrick.
Marissa entreabrió la puerta pero sin quitar la cadena de seguridad, y vio a un botones del hotel que traía un enorme paquete envuelto en papel blanco. Le pidió que aguardara un segundo y volvió al teléfono para decir a Ralph que lo llamaría apenas supiera en qué vuelo regresaba esa noche a Atlanta.
-¿Me lo prometes? -¡Sí! Volvió a la puerta y espió por el pasillo. El botones estaba apoyado contra la pared de enfrente, con el paquete aún en la mano. ¿Quién podía haberle enviado flores a la «señorita Kendrick» siendo que su amiga vivía en la Costa Oeste?
Se dirigió entonces al teléfono, llamó a administración y preguntó si habían llegado flores para ella. El conserje le contestó que sí, que casualmente ya las habían subido.
Marissa se sintió mejor, pero no lo suficiente como para retirar la cadena.
Por eso, habló una vez más por la rendija. -Disculpe, pero ¿podría dejarme ahí el ramo? En seguida saldré a buscarlo.
-De acuerdo, señorita -aceptó el muchacho, colocando el paquete en el suelo.
Luego se tocó la gorra y se retiró. Marissa sacó la cadena, alzó el canasto rápidamente y volvió a cerrar con llave. Deshizo el paquete y se encontró con un arreglo espectacular de pimpollos de primavera, con un pequeño sobre dirigido a Lisa Kendrick.
Dentro del sobre venía una tarjeta ¡a nombre de Marissa Blumenthal! El corazón le dio un vuelco al leer:
Estimada doctora Blumenthal. Felicitaciones por su notable actuación de esta mañana. Quedamos todos muy impresionados. Por supuesto tendremos que visitarla nuevamente a menos que esté dispuesta a obrar con sensatez. Obviamente sabemos dónde se encuentra en todo momento, pero la dejaremos en paz si nos devuelve la pieza de instrumental médico que nos pidió prestada.
El terror se apoderó de ella. Por un momento permaneció con la mirada fija en las flores, contemplándolas con incredulidad. Luego, en un ataque de actividad febril, comenzó a abrir cajones y a embalar lo poco que había traído consigo. Pero en seguida se detuvo. Nada estaba como lo había dejado. ¡Habían entrado en su habitación y registrado sus objetos personales! ¡Dios santo! Debía huir cuanto antes.
Corrió al lavabo, agarró la bolsa de los cosméticos y la guardó presurosa en la cartera. Luego volvió a detenerse y por fin tomó plena conciencia de todo lo que implicaba la notita de las flores. Si ellos no tenían la pistola de vacunación, entonces Tad no estaba involucrado, y ni él ni nadie sabía que ella se había alojado en el Essex House con nombre falso. La única forma posible de localizarla era que la hubieran seguido desde el aeropuerto de Chicago. . Cuanto antes se fuera del Essex House, mejor. Después de meter a toda prisa las cosas en la maleta, no pudo cerrarla por lo desordenada que estaba. Se sentó sobre la tapa mientras luchaba con la cerradura, y sus ojos fueron a posarse en las flores. Entonces comprendió en el acto. Sus atacantes quedan atemorizarla para que ella los llevara hasta la pistola de vacunación. Trató de pensar serenamente. Como sus adversarios sabían que no tenía la Dermojet y esperaban que los condujera hasta el sitio donde estaba, le pareció que tenía cierto margen de maniobra. Decidió entonces no llevar la maleta. Guardó las cosas esenciales en el bolso y tomó los papeles más importantes, para dejar también la cartera.
De lo único que estaba segura era de que iban a seguirla. Indudablemente suponían que iba a huir despavorida, facilitándoles la tarea.
«Bueno -pensó-, menuda sorpresa se van a llevar.» Volvió a mirar las espléndidas flores y resolvió utilizar la misma técnica que sus enemigos.
Sacó la lista de funcionarios del Comité Médico de Acción Política y constató que el secretario residía en Nueva York. Se llamaba Jack Krause y vivía en la calle Ochenta y Cuatro Este 426. Le pareció conveniente presentarse de sorpresa en casa del médico. A lo mejor no todos los profesionales estaban al tanto de lo que sucedía. Era difícil pensar que un grupo entero de médicos estuviera dispuesto a propagar una plaga. De cualquier modo, presentándose ella en su casa provocaría un pánico mayor que cualquier arreglo floral.
Preventivamente decidió tomar ciertas medidas para proteger su partida. Fue al teléfono, llamó al gerente del hotel y, con voz irritada, se quejó de que en conserjería le habían dado el número de su habitación a un ex novio suyo, y el hombre había estado molestándola.
-Imposible. Jamás damos esa clase de información. -No pienso ponerme a discutir con usted, pero lo cierto es que sucedió. Y como el motivo por el cual corté la relación con ese individuo fue por su carácter violento, estoy aterrada.
-¿Qué quiere que hagamos nosotros? -preguntó el gerente intuyendo que ella pretendía algo en concreto.
-Lo menos que podría hacer seria cambiarme a otra habitación.
-Ahora mismo me ocupo de ello. -Ah, y otra cosa. Este señor es rubio, de facciones angulosas y aspecto atlético. A lo mejor usted podría poner sobre aviso al personal...
-Desde luego.
Alphonse Hicktman dio una última chupada a su cigarrillo y lo arrojó al otro lado de la cerca de granito que separa Central Park de la acera. Se volvió para mirar el taxi con su letrero de «Fuera de Servicio» encendido, y pudo distinguir a George, que estaba sentado tranquilamente, como de costumbre. Él nunca se ponía nervioso por tener que esperar. Al miró al otro lado de la calle -hacia la entrada del Essex House- y confió en que Jake estuviese adecuadamente situado en el vestíbulo central, para que Marissa no pudiera fugarse por alguna puerta posterior.
Al había dado por sentado que el ramo de flores la haría salir corriendo del hotel. Y ahora se sentía perplejo. Esa mujer era sumamente inteligente o, tremendamente estúpida.
Se encaminó al taxi y golpeó el techo con la mano, produciendo ruido como de tambores. En el acto George se asomó por el otro lado.
-¿Nervioso, George? -preguntó Al con una sonrisa de desagrado ya que la propia frustración le resultaba más difícil de soportar al ver la tranquilidad con que esperaba George.
-¡Por Dios! -exclamó George. Los dos se acomodaron en el taxi. -¿Qué hora es? -preguntó Al, sacando otro cigarrillo.
Ya se había fumado el paquete casi entero esa tarde. -Las siete y media. Al arrojó la cerilla usada por la ventanilla. El trabajo no iba saliendo bien. A raíz de no haber encontrado la pistola de vacunación en la habitación de la mujer, las órdenes fueron seguirla hasta que ella la retirara de alguna parte, pero era obvio que la doctora Blumenthal no tenía intenciones de darles el gusto, al menos por el momento.
En ese instante un grupo de hombres bulliciosos salieron a tropezones del Essex House agarrados del brazo, entre fuertes risotadas, haciendo en general el papel de tontos. Evidentemente eran de algún congreso puesto que vestían trajes oscuros, llevaban etiquetas con su nombre en la solapa y tenían viseras de plástico con la inscripción Sanyo.
El portero hizo una seña a varias limusinas que aguardaban unos metros más atrás. Una por una fueron llegando hasta la puerta para recoger a los pasajeros.
Al le dio a George una palmada en el hombro, señalando enloquecido el grupo más grande que iba a salir por la puerta giratoria. Dos hombres sostenían a una mujer, con la visera de Sanyo, que parecía demasiado ebria como para caminar.
-La mujer que estamos persiguiendo, ¿es esa que se cuelga de esos tipos?
George miró con los ojos entrecerrados, pero antes de que pudiese responder, la mujer desapareció en el interior de una limosina.
-Creo que no... El pelo era distinto, pero no estoy seguro.
-¡Maldita sea! -exclamó Al-. Yo tampoco. -Al cabo de un instante de vacilación, se bajó del coche-. Si sale, la sigues.
Se lanzó entonces a cruzar la calle en medio del tráfico para buscar otro taxi.
Desde el asiento trasero de la limusina Marissa miró en dirección a la entrada del hotel. Por el rabillo del ojo vio que alguien bajaba de un taxi aparcado y cruzaba corriendo la calle. Justo cuando su limusina se colocaba delante de un autobús que le bloqueaba la visión, advirtió que el hombre subía a otro taxi, un vetusto Checker.
Marissa se volvió hacia delante. Estaba segura de que la seguían. Tenía varias opciones, pero como llevaba casi una manzana entera de ventaja, resolvió que lo mejor era bajarse.
No bien el vehículo giró en la Quinta Avenida, Marissa sobresaltó a sus compañeros gritándole al conductor que se detuviera.
El chofer obedeció porque supuso que Marissa se habría descompuesto, pero antes de que nadie se diera cuenta de lo que pasaba, ella abrió la puerta, bajó de un salto e indicó al conductor que siguiera sin ella.
Al ver que había una librería que ese día estaba abierta hasta tarde, entró presurosa. Desde dentro vio por el escaparate que el Checker pasaba velozmente. En el interior del coche pudo ver una cabeza rubia. El hombre iba erguido, mirando afanosamente hacia delante.
La casa se parecía más a un fuerte medieval que a una vivienda neoyorquina de lujo. Las ventanas angostas tenían rejas de hierro forjado. La puerta principal estaba protegida por un grueso portón de hierro que imitaba a los rastrillos de los castillos. La cuarta planta estaba construida retirada hacia atrás para formar una terraza almenada, al estilo de las torres medievales.
Marissa contempló el edificio desde la acera de enfrente. Difícilmente podía considerársela una casa hospitalaria, y por un instante pensó en la posibilidad de suspender la visita al doctor Krause. No obstante, desde el refugio seguro de la nueva habitación que le asignaron en el Essex, esa tarde había hecho varias llamadas. Así fue como se enteró de que Krause era un prominente especialista en medicina interna con consultorio en la elegante Park Avenue. No podía imaginar que él fuese capaz de agredirla directamente. Tal vez sí a través de una organización como el CMAP, pero no con sus propias manos.
Cruzó la calle y subió la escalinata para tocar el timbre. Detrás del portón había una pesada puerta de madera, en cuyo centro resaltaba como adorno el escudo de familia tallado en relieve.
Esperó un minuto y volvió a llamar y de inmediato se encendió una potente luz que le impidió ver quién le abría la puerta.
-¿Sí? -dijo una voz femenina. -Quiero ver al doctor Krause -dijo Marissa, procurando hablar en tono autoritario.
-¿Tiene hora con él? -No, pero dígale que vine por un asunto urgente del Comité Médico de Acción Política. Creo que me va a atender.
La puerta se cerró. La potente luz iluminaba casi toda la calle. Al cabo de unos minutos volvió a abrirse la puerta.
-El doctor la recibirá. Acto seguido se oyó el quejido del portón de hierro cuyas bisagras necesitaban aceite.
Fue un alivio entrar y alejarse del insoportable resplandor. La empleada, vestida de uniforme negro, cerró el portón y luego se le acercó.
-Venga conmigo, por favor. Cruzaron un vestíbulo con suelo de mármol, luego un breve pasillo y llegaron a una biblioteca.
-Espere aquí, por favor. El doctor vendrá en seguida. Marissa paseó la mirada por la habitación, bellamente adornada con antigüedades. Tres de las paredes estaban cubiertas de estanterías con libros.
-Disculpe que la haya hecho esperar -dijo una voz agradable.
Marissa se volvió para mirar al dueño de la casa, un hombre de rostro grueso y profundas arrugas. Cuando le hizo señas de que se sentara, advirtió que tenía manos inusualmente grandes y cuadradas, como las de los inmigrantes agricultores. Una vez que tomaron asiento pudo verlo mejor. Los ojos eran los de un individuo inteligente, sensible, y le recordaban a algunos de sus antiguos profesores de medicina interna. Costaba creer que esa persona pudiese haberse mezclado en algo tan sucio como el Comité Médico de Acción Política.
-Perdone que lo moleste a estas horas. -No se preocupe. Sólo estaba leyendo. ¿En qué puedo servirla?
Marissa se inclinó hacia delante para escrutarle el rostro.
-Soy la doctora Marissa Blumenthal. Se produjo una mínima pausa durante la cual el doctor Krause aguardó que ella continuara, sin cambiar de expresión. 0 era muy buen actor o el apellido Blumenthal no le decía nada.
-Trabajo para el Servicio de Inteligencia en Epidemiología, en el Centro para Control de Enfermedades.
Los ojos del médico se entrecerraron imperceptiblemente.
-Mi empleada me dijo que había venido por un asunto del CMAP -expresó el doctor Krause, y su voz había perdido ya cierto grado de hospitalidad.
-Así es. Tal vez debería preguntarle si está usted al tanto de algo que esté haciendo el CMAP que cause preocupación al Centro de Atlanta.
Esa vez fue evidente que el hombre apretó la mandíbula. Respiró profundamente, se dispuso a hablar y luego cambió de parecer. Marissa esperó, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.
Por último, el doctor carraspeó. -El CMAP intenta rescatar la medicina estadounidense de las fuerzas económicas que se han propuesto destruirla. Ésa ha sido su meta desde el primer momento.
-Una meta muy loable. Pero, ¿cómo trata de cumplir con su objetivo?
-Apoyamos toda legislación sensata y responsable. -Se puso de pie, presumiblemente para escapar a la mirada penetrante de Marissa.
-El CMAP le proporciona a sectores más conservadores la posibilidad de ejercer algo de influencia. Y ya es hora, puesto que la profesión médica es como un tren desbocado.
Se acercó a la chimenea, su rostro envuelto en las sombras.
-Lamentablemente todo parece indicar que el CMAP está haciendo más que respaldar legislación -opinó Marissa-, y eso es lo que le preocupa al Centro.
-Creo que no tenemos nada más que hablar. Si me disculpa...
-Yo pienso que el CMAP es el culpable de los brotes de Ébola -afirmó Marissa impulsivamente, levantándose-. Ustedes tienen la descabellada idea de que el hecho de propagar una enfermedad en clínicas que funcionan por sistema de pago adelantado va a favorecer su causa.
- ¡Eso es absurdo! -Estoy totalmente de acuerdo. Le advierto que tengo papeles en los cuales se le relaciona a usted y demás autoridades del CMAP con Professional Labs de Grayson (Georgia), empresa que últimamente ha adquirido instrumental adecuado para el manejo del virus. Tengo incluso en mi poder la pistola de vacunación utilizada para infectar a los primeros pacientes.
-Salga de aquí -ordenó el dueño de la casa. -Con mucho gusto, pero antes permítame decirle que pienso ir a visitar a todos los integrantes de CMAP. No puedo creer que todos hayan aprobado un plan tan alucinante. Más aún, me cuesta imaginar que un médico como usted, o cualquier médico, lo haya permitido.
Manteniendo una calma que no sentía, se dirigió a la puerta. El doctor Krause no se movió de la chimenea.
-Gracias por recibirme. Lamento haberlo molestado, pero sinceramente espero que alguno de los integrantes del CMAP a quienes visite, estará dispuesto a detener este horror, quizás ofreciéndose para presentar pruebas voluntariamente ante el fiscal. A lo mejor hasta podría ser usted mismo. Ojalá. Buenas noches, doctor Krause.
Procuró caminar despacio hasta el vestíbulo. ¿Y si había juzgado equivocadamente a ese hombre y la atacaba? Felizmente en ese instante apareció la empleada, que la acompañó a la puerta. No bien estuvo fuera del cono de luz, echó a correr.
Durante unos instantes el doctor Krause no se movió. Tenía la sensación de que su peor pesadilla se volvía realidad. En la planta alta guardaba una pistola. Tal vez debería suicidarse. También podía llamar a su abogado y negociar la inmunidad a cambio de presentarse a declarar ante el fiscal, aunque no tenía ni idea de lo que esto realmente implicaba.
El estado de parálisis se convirtió luego en pánico. Corrió a su escritorio, abrió la agenda y después de buscar un número, llamó a Atlanta.
El teléfono sonó casi diez veces antes de que lo atendieran. La voz untuosa de Joshua Jackson preguntó quién hablaba.
-Jack Krause -respondió el trastornado doctor-. ¿Qué diablos está pasando? Usted me juró que, aparte de Los Ángeles, el CMAP no había tenido intervención en los otros brotes de Ébola, que éstos se habían debido a un contacto accidental con los pacientes iniciales. Joshua, usted me dio su palabra.
-Tranquilícese. ¡Cálmese un poco! -¿Quién es Marissa Blumenthal? -preguntó Krause con voz algo más serena.
-Así está mejor. ¿Por qué me lo pregunta? -Porque estuvo hace unos momentos en mi casa y me acusó a mí y al CMAP de haber iniciado la epidemia de Ébola.
-¿Está todavía ahí? -No. Ya se fue. Pero, ¿quién demonios es? -Una epidemióloga del Centro de Atlanta que tuvo una racha de suerte. Pero no se preocupe, que Heberling se va a encargar de ella.
-Este asunto se está volviendo una pesadilla. Permítame recordarle que yo me opuse al proyecto incluso cuando sólo se hablaba de influenza.
-¿Para qué fue a verlo esa mujer? -Quería asustarme, y lo logró con creces. Dijo que tiene los nombres y domicilios de todos los integrantes del CMAP, e insinuó que iba a ir a visitar a cada uno.
-¿No dijo a quién vería la próxima vez? -Por supuesto que no, porque no es tonta. Por el contrario, es muy lista. Hizo lo que quiso conmigo. Si realmente va a visitar a todos, alguno va a ceder. ¿Se acuerda de Tieman, el de San Francisco? Él se opuso más tenazmente que yo al proyecto.
-Tranquilícese. Comprendo que esté nervioso, déjeme recordarle que no hay pruebas para comprometer a nadie. Además, como medida de precaución Heberling lo sacó todo de su laboratorio, salvo lo que tiene que ver con estudios bacterianos. Yo le advertiré que esa muchacha piensa visitar a los demás miembros, y aparte tomaremos precauciones especiales para no dejar que establezca contacto con Tieman. -El doctor Krause cortó. Estaba algo menos angustiado, pero cuando se levantó y apagó la lámpara del escritorio, decidió que llamaría a su abogado por la mañana para averiguar cuál era el procedimiento habitual par-a negociar una confesión con el fiscal.
Cuando el taxi atravesaba el puente Triboroug, Marissa contempló hechizada el cielo nocturno de Manhattan. Desde lejos era una belleza, que muy pronto quedó atrás y luego desapareció por completo cuando el vehículo se internó en el sector de autopista que se convertía en túnel. Marissa trató de repasar la lista de funcionarios del CMAP que había sacado de la cartera, pero le costaba leer a medida que el coche pasaba de la iluminación de un foco al siguiente.
No había lógica alguna que le indicara a quién debía ir a ver a continuación. Lo más fácil sería visitar al que le quedaba más cerca, pero como también podía ser demasiado obvio para sus perseguidores, resolvió no correr semejante peligro e ir en cambio a entrevistar a quien tenía más lejos: el doctor Sinclair Tieman, de San Francisco.
Se inclinó hacia delante para anunciar al chofer que debía llevarla al aeropuerto Kennedy y no a La Guardia. Cuando él le preguntó a qué terminal, eligió al azar la línea aérea United. Si allí no conseguía billete en un vuelo nocturno, le quedaba la posibilidad de intentarlo en otra empresa.
A esa hora de la noche había poca gente en la terminal, y la atendieron rápidamente. Felizmente había un vuelo que le convenía, con una sola escala en Chicago. Pagó el billete en efectivo usando otro nombre falso, compró en un quiosco algo para leer y se dirigió a la puerta de embarque. Decidió aprovechar los instantes que le quedaban para llamar a Ralph. Tal como supuso, su amigo dijo estar enojado porque no le había hablado antes, pero contento de saber que ella estaba en el aeropuerto.
-Te perdono por esta última vez, pero sólo porque ya vuelves a Atlanta.
Marissa eligió con cuidado sus palabras. -Me encantaría verle esta noche, aunque... -No me digas que no vienes -dijo él, fingiendo disgustarse, para disimular la desilusión-. El señor MacQuinllin, el abogado, te recibirá mañana al mediodía. Me habías dicho que querías consultarle lo antes posible.
- Lamentablemente va a haber que postergar la reunión porque ha surgido algo imprevisto. Tengo que irme por uno o dos días a San Francisco. Ahora no puedo explicártelo.
-Marissa, ¿en que te has metido? Por lo poco que me contaste sé positivamente que deberías volver, hablar con el abogado y si él está de acuerdo, puedes viajar después a California.
-Ralph, sé que te preocupas por mí y eso me hace sentir mejor, pero no te aflijas, porque todo está bajo control. Lo que estoy haciendo ahora me va a facilitar el trato con el señor MacQuinllin. Confía en mí.
-No puedo. No actúas con cordura.
-Están anunciando mi vuelo. Te llamaré de nuevo en cuanto pueda.
Marissa colgó el aparato con un suspiro. Ralph probablemente no era el hombre más romántico del mundo, pero no se podía negar que era sensible y cariñoso.
Al dijo a Jake que se callara. No podía aguantar más su cháchara incesante sobre fútbol, sobre caballos, sobre cualquier cosa. El parloteo constante era peor que el, eterno silencio de George.
Al y Jake estaban sentados en el taxi mientras George seguía esperando en el vestíbulo del Essex House. Al se daba cuenta de que el asunto no marchaba bien. Había seguido a la limusina hasta un restaurante de Soho, pero la chica que se había subido al vehículo no bajó de él. Regresó entonces al hotel y pidió a Jake que comprobara si la señorita Kendrick seguía registrada en él. Pese a que le informaron que sí, Al subió y al pasar frente a la habitación de Marissa notó que la estaban limpiando. Lo peor fue que lo vieron los hombres de seguridad del hotel, lo acusaron de ser el novio de la mujer y le ordenaron que la dejara en paz. No se necesitaba ser un sabio para darse cuenta de que algo andaba mal. Su intuición profesional le indicaba que la muchacha había huido, y que los tres perdían el tiempo vigilando el Essex House.
-¿Seguro que no quieres apostar nada en la cuarta del hipódromo de Belmont? -preguntó Jake.
Al iba a contestarle cuando de pronto sonó su radioavisador. Buscó dentro de la americana para apagar el aparatito y lanzó una maldición. Sabía quién lo llamaba.
-Aguarda aquí -dijo, hosco. Se bajó del coche, cruzó la calle y entró en el Plaza, donde usó uno de los teléfonos públicos para comunicarse con Heberling.
Este no trató siquiera de disimular su desprecio. -Por Dios, esa mujer no pesa más que cuarenta y cinco kilos. No os estoy pidiendo que seáis Rambo. ¿Para qué diablos el CMAP os paga mil dólares por día?
-Esa mujer tuvo suerte -se justificó Al. Trataría de ser paciente, pero sólo hasta cierto punto. -No me trago esa explicación. ¿Acaso tienes la menor idea de dónde está ahora?
-No estoy seguro. -Eso quiere decir que has perdido el rastro -le espetó Heberling-. Bueno, yo te diré dónde estuvo. Fue a ver al doctor Krause y lo dejó muerto de miedo. Tememos que esté planeando ir a ver a otros miembros del CMAP, sobre todo al doctor Tieman, que es el más vulnerable. De los demás colegas me preocupo yo. Quiero que viajes con tus orangutanes a San Francisco. Veas si ella está allí, y por lo que más quieras, no permitas que se acerque a Tieman.
24 de mayo
Comenzaba a salir el sol cuando Al, junto a Jake y George, descendían por la pasarela en el aeropuerto de San Francisco. Habían tomado un vuelo de American que primero se detuvo una hora y media en Dallas, y luego se demoró en Las Vegas en una escala que debió haber sido muy breve.
Jake llevaba en la cartera la pistola de vacunación que habían utilizado con Melita. Al se preguntó si él tendría tan mal aspecto como sus compañeros. Les hacía falta un baño y afeitarse, y ya tenían los trajes sumamente arrugados.
Cuando Al más meditaba sobre la situación, más frustrado se sentía. La chica podía estar por lo menos en cuatro ciudades distintas. Y además la misión no era nada sencilla, porque si la encontraban, debían conseguir que confesara dónde había escondido la pistola Dermojet.
Dejó que sus compañeros de encargaran de retirar el equipaje y fue a alquilar un coche, para lo cual utilizó una de las varias tarjetas falsas de identidad que siempre llevaba consigo. Llegó a la conclusión de que lo único que podían hacer era vigilar la casa de Tieman. De ese modo, aun si no daban con la chica, iban a estar seguros de que ella no podría ponerse en contacto con el doctor. Pidió que le dieran un coche con teléfono celular y luego desplegó un mapa de la zona. Tieman vivía en un remoto lugar llamado Sausalito. Al menos no habría demasiado tráfico: aún no eran las siete de la mañana.
La telefonista del Fairmont despertó a Marissa a las siete y media tal como ella lo había solicitado. La noche anterior Marissa había tenido suerte, pues un pequeño grupo de pasajeros había cancelado su reserva en el último momento, por lo cual no tuvo ningún problema en conseguir habitación.
Tendida en la cama mientras esperaba que le subieran el desayuno se puso a pensar cómo seria el doctor Tieman. Probablemente no muy distinto de Krause: un hombre egoísta, codicioso, que se descontroló en un intento por proteger sus intereses económicos.
Se levantó, corrió las cortinas y pudo apreciar el paisaje deslumbrante del puente de San Francisco, las colinas de Marín y la isla de Alcatraz como un fuerte medieval que asomaba al fondo. Deseó poder visitarlo en circunstancias más agradables.
Cuando terminó de bañarse y se envolvió en la gruesa toalla blanca del hotel, ya le habían llevado a la habitación una abundante selección de frutas y café.
Mientras pelaba un melocotón advirtió que le habían dado un cuchillo anticuado, muy afilado y con mango de madera. Comió y meditó si no le convendría más ir a ver a Tieman al consultorio en vez de a su casa. Como seguramente alguien le habría avisado de su visita a Krause, no podría contar con el factor sorpresa, razón por la cual le parecía más aconsejable ir a abordarlo al lugar de trabajo.
En un cajón del escritorio encontró las Páginas Amarillas, y allí buscó bajo el encabezamiento Médicos. Junto al nombre de Tieman se consignaba que su especialidad era la ginecología y obstetricia.
Para cerciorarse de que el doctor estuviese en la ciudad, marcó el número de la oficina y le informaron que el consultorio abría a las ocho y media, o sea que sólo faltaban diez minutos.
Terminó de vestirse y volvió a llamar. En esa ocasión la recepcionista le respondió que el doctor llegaría a las tres porque ése era el día en que operaba en el Hospital General de San Francisco.
Colgó. Con la mirada perdida en la bahía, sopesó la nueva información. En cierto sentido, abordar a Tieman en el hospital seria quizá mejor que en el consultorio particular, máxime si al médico se le ocurría detenerla personalmente.
Se miró en el espejo. Salvo la ropa interior, hacía dos días que estaba vestida con la misma ropa. Tendría que pasar por una tienda a comprar alguna prenda nueva.
Colocó el cartelito de «No molestar» al salir de la habitación. Se sentía menos nerviosa que en Nueva York, porque estaba segura de llevarles varios cuerpos de ventaja a sus perseguidores.
El Hospital General de San Francisco era imponente, pero una vez dentro se parecía a cualquier otro hospital importante, con la misma mezcla de estilo antiguo y moderno y ese aire de desorganización característico de dichos institutos. Para Marissa fue fácil entrar inadvertidamente en el vestuario de los médicos.
Cuando estaba eligiendo un traje quirúrgico, se acercó a atenderla una empleada.
-Soy la doctora Blumenthal y he venido a observar una operación del doctor Tieman.
-Ahora le asigno un armario -dijo la joven sin vacilar, y le entregó la llave.
Se cambió, se prendió la llave con un alfiler en la pechera del guardapolvo y se dirigió al salón de cirugía, donde había unas veinte personas que bebían café, conversaban o leían el periódico.
Atravesó el salón y fue derecho al sector de operaciones. En el vestíbulo se colocó gorro y botas, y se paró luego frente al enorme tablero de anuncios.
El nombre de Tieman aparecía anotado en el quirófano once. El doctor ya iba por su segunda histerectomía.
-¿Sí? -dijo la enfermera que custodiaba la entrada a los quirófanos.
Con el tono de voz daba a entender que era ella quien mandaba.
-Vengo a observar al doctor Tieman. -Pase. Sala once -respondió la mujer, quien ya estaba prestando atención a otra cosa.
-Gracias. Marissa caminó por un ancho pasillo. Los quirófanos quedaban a ambos lados, y compartían el sector de desinfección y anestesia. Por los vidrios ovalados de las puertas vislumbraba siluetas con batas, inclinadas sobre los pacientes.
Llegó al sector de desinfección entre las salas once y doce, se puso la mascarilla y entró en el quirófano once.
Había cinco personas además de la paciente. El anestesista sentado junto a la cabeza de la paciente, dos cirujanos de pie a cada lado de la mesa, la instrumentista encaramada en un taburete y también una enfermera, que se encontraba sentada en un rincón esperando órdenes cuando entró Marissa. Al verla, se levantó para ir a preguntarle si se le ofrecía algo.
-¿Cuánto falta para que termine la- intervención? -Tres cuartos de hora -respondió la mujer, encogiéndose de hombros-. El doctor Tieman es rápido.
-¿Cuál es el doctor Tieman? -preguntó Marissa, y se granjeó una mirada de asombro por parte de la enfermera.
-El de la derecha. ¿Quién es usted? -Una colega de Atlanta. Marissa no entró en detalles. Se encaminó a la mesa, y al mirar al obstetra comprendió la mirada de sorpresa que le dirigiera la enfermera: el hombre era negro.
«Qué extraño», pensó. Había imaginado que todos los integrantes del CMAP eran personas de mentalidad conservadora, blancas y muy probablemente con prejuicios raciales.
Durante un rato observó la operación. Ya se había extraído el útero y los cirujanos comenzaban a componerlo. Tieman era excelente. Sus manos accionaban con esa especial economía de movimientos que no se puede enseñar puesto que se trata de un talento, un don de Dios, no de algo que se adquiere ni siquiera con la práctica,
-Pon el coche en marcha -ordenó Al, después de colgar el teléfono celular.
Estaban aparcados frente a una inmensa casa de madera en una loma de las afueras de Sausalito. Entre los eucaliptos podían ver trozos azules de la bahía.
Jake hizo girar la llave de contacto. -¿Adónde vamos? -preguntó. Sabía que Al se hallaba de mal humor, y cuando estaba así había que hablar lo menos posible.
- De vuelta a la ciudad. -¿Qué dijeron en el consultorio de Tieman? -preguntó George desde el asiento de atrás.
Jake quería decir a George que se callara, pero tenía demasiado miedo para abrir la boca.
-Que el doctor estaba operando en el Hospital General de San Francisco -respondió Al, casi con furia-. La primera intervención era a las siete y media, y calculan que no va a regresar al consultorio hasta las tres.
-Con razón lo perdimos -comentó, disgustado, George-. Debe de haber salido de su casa una hora antes de que llegáramos nosotros. Qué manera de perder el tiempo. Deberíamos habernos ido a un hotel como te dije.
Con increíble rapidez Al se volvió y le dio un fuerte tirón de la corbata, por lo que a George se le desorbitaron los ojos y el rostro se le puso colorado.
-Si necesito algún consejo lo pediré. ¿Entendido? Soltó la corbata y le dio a George un empujón para lanzarlo de nuevo sobre el asiento. Jake se encogió como una tortuga dentro de su chaqueta deportiva y se atrevió a lanzar un vistazo en dirección a Al.
-¿Qué miras como un idiota? Jake no le respondió, y después de lo que acababa de suceder, esperaba que George hubiese aprendido la sabiduría del silencio.
Estaban ya casi en el puente y ninguno había abierto aún la boca. -Creo que primero tendríamos que conseguir otro coche -manifestó Al con la mayor serenidad, como si nunca hubiese tenido un arranque de mal genio- por si acaso se nos presenta algún problema que nos obligue a separamos, y después iremos al hospital. Cuanto antes localicemos a Tieman, mejor.
Con mucho tiempo por delante y la certeza de que, por haber visto al doctor Tieman después no tendría problema en reconocerlo, Marissa se marchó del quirófano cuando el ayudante suturaba. Volvió a ponerse la ropa de calle para poder partir inmediatamente después de haber hablado con el médico. Fue a la sala de cirujanos y buscó un sillón cerca de la ventana. Varias personas le sonrieron, pero nadie le dirigió la palabra.
Transcurrió media hora antes de que entrara el doctor Tieman en la habitación con los mismos movimientos pausados y gráciles que caracterizaban su técnica quirúrgica.
Marissa se acercó hasta el lugar donde el facultativo estaba sirviéndose un café. Como tenía puesta una bata de mangas cortas pudo apreciar la atractiva musculatura de sus brazos oscuros, de un tono nogal brillante.
-Soy la doctora Marissa Blumenthal -dijo, esperando alguna reacción de su colega.
Tieman tenía una cara ancha, masculina, bigote abundante y unos ojos tristes, como si hubiese visto de la vida más de lo necesario. Recibió a Marissa sonriendo, con una obvia expresión de no saber en lo más mínimo quién era ella.
-¿Puedo hablarle en privado? Tieman lanzó una mirada a su ayudante, que se acercaba en esos momentos.
-Después te veré en el quirófano -dijo el cirujano, y se alejó con Marissa.
La llevó a uno de los compartimientos de dictado, separado del salón por unas puertas de vaivén. Había una sola silla, que el doctor hizo girar para que se sentara Marissa, mientras él se apoyaba contra el escritorio, con el café en la mano.
Consciente de que su baja estatura la ponía en inferioridad de condiciones, insistió en que se sentara él, ya que había estado de pie, operando, desde muy temprano.
-De acuerdo -aceptó él con una risita-. Me siento. ¿Y bien? ¿En qué puedo servirla?
-Me llama la atención que no reconozca mi nombre -afirmó Marissa mirando fijamente esos ojos que aún la estudiaban con curiosidad y simpatía.
-Lo siento. -Tieman volvió a reír, esta vez con algo de vergüenza-. Es que conozco a tanta gente...
-¿No le advirtió el doctor Jack Krause sobre mi persona?
-Ni siquiera estoy seguro de conocer a un doctor de ese apellido -replicó el hombre, posando la mirada en su café.
«La primera mentira», pensó Marissa. Respiró hondo y le dijo exactamente lo mismo que a Krause. Desde el momento en que mencionó el brote de Ébola de Los Ángeles, el médico no volvió a levantar los ojos. Se notaba que estaba nervioso porque la superficie del café temblaba ligeramente en su mano, por lo cual Marissa se alegró de no ser la próxima paciente suya.
-No sé por qué me dice esto -sostuvo Tieman, haciendo ademán de levantarse-. Lamentablemente tengo que seguir trabajando.
Con una audacia que no era propia de ella, Marissa lo tocó despacito en el pecho para obligarlo a sentarse de nuevo.
-No he terminado aún, y aunque usted no se dé cuenta de ello, está profundamente comprometido. Tengo pruebas para demostrar que el Comité Médico de Acción Política está diseminando el Ébola intencionadamente. Usted es tesorero de esa institución, y me llena de espanto que un hombre de su reputación pueda estar vinculado con tan sórdido asunto.
-Me sorprende -exclamó Tieman poniéndose finalmente de pie- que tenga el atrevimiento de lanzar acusaciones tan irresponsables.
-No gaste saliva porque es de conocimiento público que usted integra el CMAP y además es socio comanditario de uno de los únicos laboratorios del país equipados para tratar el Ébola. -Espero que cuente con una buena cobertura de seguro -le advirtió el doctor alzando la voz-. Ya recibirá noticias de mi abogado.
-Me alegro -repuso Marissa, sin darle importancia a la amenaza-. A lo mejor él logra convencerlo de que lo que más le conviene es colaborar con las autoridades. -Dio un paso atrás y lo miró directamente a la cara-. Después de haberlo conocido no puedo creer que haya aprobado la idea de diseminar una enfermedad mortal. Para usted será doblemente trágico perder todo lo que construyó a causa de un error de criterio de otra persona. Piénselo, doctor Tieman. No le queda demasiado tiempo.
Se retiró pasando por las puertas abatibles, y el doctor se dirigió desesperadamente al teléfono. Marissa se dio cuenta de que no le había advertido sobre su intención de ir a ver a los demás integrantes del CMAP, pero llegó a la conclusión de que no importaba: el hombre había quedado debidamente aterrado.
-¡Allá va la chica! -gritó Al palmeando a Jake en el hombro.
Estaban estacionados sobre la acera opuesta a la entrada del hospital. George esperaba atrás, en el otro coche. Cuando Al se volvió para mirarlo, George le hizo la seña de pulgares hacia arriba para darle a entender que él también había avistado a Marissa.
-Hoy no se nos va a escapar -vaticinó Al. Jake puso el coche en marcha, y cuando Marissa subió a un taxi, comenzó a avanzar de regreso a la ciudad. Al vio que el coche de Marissa arrancaba detrás de ellos, seguido de cerca por George. Ahora sí que las cosas comenzaban a salir como debían.
-Si se va es porque debe de haberse entrevistado con Tieman -opinó Jake.
-¿Y eso a quién le importa? Ya la tenemos -agregó Al-. Todo sería más fácil si ella volviera a su hotel.
El vehículo de Marissa pasó al lado de ellos, seguido por el de George. Jake apretó el acelerador y vio que, un trecho más allá, George se adelantaba a Marissa. Seguirían pasándose unos a otros hasta que Marissa llegara a destino.
Un cuarto de hora más tarde, el taxi se puso en una hilera de coches que aguardaban para aparcar frente al Fairmont.
-Parece que se cumplieron tus deseos -dijo Jake, deteniendo el coche junto a la acera opuesta, enfrente del hotel.
-Yo me ocupo del coche -aseguró Al-. Tú ve dentro a averiguar en qué habitación se aloja.
Jake se bajó y Al se colocó al volante. Jake cruzó la calle esquivando el tránsito y llegó a la puerta del hotel antes incluso de que Marissa se hubiera apeado del taxi. En el vestíbulo tomó un periódico, lo dobló al estilo de un pasajero y se situó de manera que pudiera ver a todos los que entraban al hotel.
Marissa se encaminó directamente al mostrador. Rápidamente él se acercó desde atrás porque supuso que iba a pedir la llave de su habitación, pero en cambio ella anunció que queda utilizar la caja de seguridad.
Mientras la recepcionista levantaba una pequeña barrera para hacerla pasar al otro lado del mostrador, Jake se dirigió hacia el letrero que anunciaba los diversos congresos que se llevaban a cabo. En seguida regresó Marissa cerrando el bolso, y con gran consternación Jake vio que avanzaba hacia él.
En un momento de desesperada confusión, Jake pensó que lo había reconocido, pero Marissa pasó a su lado hacia una galería de tiendas.
Jake comenzó a seguirla y se adelantó a ella en un pasillo donde se exhibían viejas fotos del terremoto de San Francisco. Dando por sentado que se dirigía a los ascensores, llegó allí antes que ella y se mezcló entre el gentío que esperaba.
Cuando llegó un ascensor fue de los primeros en subir, pero antes se cercioró de que quedara mucho espacio libre. Se situó junto a los botones de mando, levantó el periódico simulando que lo leía y se fijó que ella apretaba el once. Al entrar más pasajeros, Marissa tuvo que correrse al fondo. -Mientras el ascensor subía y se detenía ocasionalmente, Jake continuaba tapándose la cara con el periódico. Cuando se detuvieron en el piso once, se bajó primero -absorto aún en la lectura- permitiendo que Marissa y otra persona se le adelantaran. Vio que ella llegaba frente a la puerta 1127, y él siguió de largo. Sólo cuando oyó que la puerta de ella se cerraba dio media vuelta y regresó a llamar otro ascensor.
Salió a la calle y cruzó hasta el coche de Al. -¿Y bien? -preguntó Al, preocupado pensando que algo podía haber salido mal.
-Habitación 1127 -anunció Jake con una sonrisa complacida.
-Más vale que no te hayas equivocado -le atajó Al, bajándose del coche-. Espérame aquí. No creo que vaya a tardar mucho.
Desplegó una sonrisa tan ancha que por primera vez Jake notó que su compañero tenía los dientes descarnados casi hasta las raíces.
Al caminó hasta el coche de George y se agachó para hablar por la ventanilla.
-Da la vuelta y vigila la puerta de atrás por si acaso -ordenó.
Con la sensación de estar mejor de lo que se había sentido en todos esos días, Al cruzó la calle y entró en el distinguido salón decorado en rojo y negro.
Se acercó al mostrador principal y espió el casillero 1127, donde vio un segundo juego de llaves. Lamentablemente no había mucha gente alrededor como para arriesgarse a pedir las llaves y que se las entregaran sin hacerle preguntas. Por eso decidió encaminarse a los ascensores.
Ya en el undécimo piso buscó el carrito de servicio y lo encontró en la puerta de una suite, con su habitual complemento de ropa de cama limpia y elementos de limpieza. Tomó una toalla de mano y la dobló cuidadosamente en diagonal, creando una fuerte cuerda. Sujetó un extremo con cada mano y entró en la suite abierta, donde supuestamente estaba trabajando la mujer.
El vestíbulo estaba vacío. Había una aspiradora en el centro del dormitorio y un montón de sábanas en el suelo, pero tampoco vio a nadie. Entró entonces en el cuarto de vestir y oyó ruido de agua que corría.
La empleada estaba de rodillas en el suelo, frotando el interior de la bañera. A su lado había una botella de líquido desinfectante.
Sin dudarlo un momento, Al se colocó detrás de la mujer, y usando la toalla enroscada, la estranguló. La infortunada lanzó unos ruidos ahogados, que el agua ayudó a disimular. Se le puso la cara colorada y luego violeta. Cuando Al soltó los extremos de la toalla, la mujer se desplomó en el suelo como una muñeca de trapo.
Al le encontró las llaves maestras en el bolsillo. Salió al pasillo, colgó el cartelito de «No molestar en el picaporte y cerró la puerta de la suite. Luego sacó de circulación el carrito. Y ejercitando los dedos como el pianista que está a punto de dar un recital, se encaminó a la habitación 1127.
24 de mayo
Marissa peló la última fruta con el cuchillo de mango de madera, dejándolo luego, junto con las cáscaras, sobre la mesita de noche. Estaba hablando por teléfono con la aerolínea Northwest tratando de reservar un pasaje para Minneapolis. Como seguramente los miembros del CMAP suponían que su próxima escala sería Los Ángeles, resolvió probar suerte en Minneapolis.
El agente por fin le confirmó la reserva en un vuelo de la tarde. Marissa se tendió entonces en la cama para decidir qué iba a hacer durante el tiempo que le quedaba, pero mientras pensaba se dejó ganar por el agotamiento y se durmió.
La despertó un chasquido metálico. Le pareció que era la puerta, pero sabía que había colocado el cartelito de «No molestar». Luego vio que el picaporte comenzaba a girar en silencio.
Le volvió a la memoria el episodio del hotel de Chicago, cuando la atacó el hombre con la pistola de vacunación. Sintió un estremecimiento de pánico pero trató de dominarse para llamar por teléfono.
No obstante, antes de que pudiese levantar el auricular, la puerta se abrió de golpe rompiéndose una parte de la madera ya que con la fuerza del empujón, saltaron los tomillos que sujetaban la cadena de seguridad. Un hombre cerró la puerta de un golpe y se abalanzó sobre Marissa. La agarró del cuello con ambas manos y comenzó a sacudirla como un perro enfurecido. Luego acercó el rostro pálido hacia el suyo.
-¿Te acuerdas de mí? -preguntó, indignado. Claro que lo recordaba. Era el rubio con corte de pelo a lo Julio César. -Te doy diez segundos para que me entregues la Dermojet -siseó Al, aflojando levemente la presión mortal que ejercía sobre la garganta de Marissa-. De lo contrario, te quiebro el pescuezo.
Para recalcar su intención le dio un violento golpe en la cabeza que le produjo un intenso dolor.
Casi sin poder respirar, Marissa arañaba infructuosamente las poderosas muñecas masculinas. Él volvió a sacudirla, golpeándole la cabeza contra la pared. Marissa tuvo el reflejo de extender las manos hacia atrás para amortiguar el impacto sobre su cuerpo.
La lámpara se cayó de la mesa y se deshizo. Marissa sentía que le daba vueltas la habitación, mientras su cerebro clamaba por oxígeno.
-Esta es tu última oportunidad -gritó Al-. ¿Qué hiciste con la Dermojet? Marissa tocó el cuchillo de la fruta y asió el minúsculo mango. Sujetándolo firmemente, se lo clavó al hombre en el abdomen con toda su fuerza. No tenía idea de si le había perforado algo, pero Al dejó de hablar en la mitad de una frase, la soltó y retrocedió. En su rostro había una expresión de asombro e incredulidad. Marissa pasó el cuchillo a su mano derecha y siguió apuntando a Al, quien se sintió perplejo al ver que se le manchaba la camisa de sangre.
Ella tenía la intención de alcanzar la puerta y huir, pero él no le dio tiempo. Se precipitó sobre ella, obligándola a refugiarse en el lavabo. Marissa tenía la sensación de que apenas unas horas antes había pasado por la misma circunstancia en Chicago.
Al consiguió introducir la mano antes de que se cerrara la puerta. Marissa lo atacó a ciegas con el cuchillo, y sintió que la punta de la hoja chocaba contra hueso. Al lanzó un alarido y retiró la mano, dejando una huella de sangre en la madera. La puerta se cerró entonces de un golpe, y Marissa rápidamente echó la llave.
Iba a llamar desde el teléfono del lavabo cuando de pronto la puerta entera cayó hacia adentro del empujón que le dio el hombre. Al la obligó a soltar el teléfono, pero con el cuchillo que aún sostenía en la mano ella lo agredió repetidas veces en el vientre, aunque no pudo determinar si producía efecto alguno.
El individuo la agarró del pelo y la golpeó contra el lavabo. Cuando trató de acuchillarlo de nuevo, él la sujetó de la muñeca y la lanzó con tanta fuerza contra la pared, que no tuvo más remedio que aflojar los dedos y dejar caer el arma al suelo.
Al se agachó para recogerla, y en el momento en que se incorporaba, Marissa tomó el teléfono que colgaba de su cable y con el auricular le pegó lo más fuerte que pudo. Hubo un breve instante en que no supo quién de los dos sentiría más dolor: el esfuerzo que había hecho para golpearlo le produjo un tremendo dolor en el hombro.
Durante un momento Al quedó como petrificado. Luego los ojos azules se le pusieron en blanco y comenzó a derrumbarse, en cámara lenta, dentro de la bañera, golpeándose la cabeza contra los grifos.
Marissa lo observaba casi esperando que se recobrara y volviese a la carga, pero el tono del teléfono la hizo volver a la realidad. Estiró un brazo y colgó el auricular. Echó otro vistazo a la bañera, desgarrada entre el miedo y su deber ético como médica. El hombre tenía un corte de grandes proporciones en el puente de la nariz, y la pechera de la camisa era una sola mancha de sangre. Sin embargo, venció el terror: Marissa tomó el bolso y salió corriendo. Como recordaba que en Nueva York el hombre no había estado solo, pensó que debía irse lo antes posible del hotel.
Fue hasta la planta baja pero no quiso salir por la entrada principal. En cambio siguió las flechas que indicaban una salida por atrás. Permaneció apostada del lado de dentro de la puerta hasta que vio aparecer un tranvía. Luego calculó exactamente el tiempo como para abandonar corriendo el hotel y subir al vehículo. Se abrió paso hasta el fondo y desde allí contempló el hotel a medida que el vehículo se ponía en movimiento. No vio salir a nadie.
George parpadeó porque no podía dar crédito a sus ojos. Era la chica. Rápidamente llamó al coche de Jake.
-La mujer acaba de salir del hotel y subió a un tranvía -dijo.
-¿Al iba con ella? -quiso saber Jake. -No. Iba sola, y me pareció que renqueaba un poco. -Qué extraño. -Tú síguela -dijo George-. El tranvía acaba de arrancar. Yo entro en el hotel a ver qué le pasa a Al.
-De acuerdo -aceptó Jake, feliz de que fuese George quien se ocupase de Al.
Cuando éste se enterara de que la chica había huido se iba a poner más furioso que la mierda.
Marissa se volvió para mirar atrás y constatar si alguien la seguía desde el hotel. No salió nadie por la puerta, pero cuando el tranvía arrancaba, vio que un hombre bajaba de un coche y corría hacia la entrada posterior del edificio. El momento elegido le pareció sugestivo, pero como el hombre ni siquiera miró en dirección a ella, lo descartó como una simple coincidencia. Siguió observando hasta que el tranvía dobló la esquina. Entonces se tranquilizó: había conseguido su objetivo.
Cuando menos lo esperaba, un estridente tantán la sobresaltó. En el momento en que se dirigía a la puerta se dio cuenta de que era sólo la campana que hacía sonar el empleado a medida que iba cobrando los billetes.
Se bajó un hombre y rápidamente Marissa ocupó su asiento. Temblaba, y de pronto sintió miedo de tener manchas de sangre en la ropa. Lo último que deseaba era atraer la atención sobre su persona.
Al tranquilizarse un poco comenzó a tomar conciencia del dolor que sentía en la cadera -probablemente producto del golpe contra el lavabo-, y a pensar que su cuello debía estar poniéndose morado.
-Billete, por favor. Sin levantar la mirada, Marissa buscó moneda suelta en el bolso. Fue entonces cuando reparó en una mancha de sangre que tenía en el dorso de la mano derecha. Rápidamente sostuvo el bolso de otra forma, y pagó al empleado con la mano izquierda.
Cuando el hombre se alejó, trató de pensar cómo habían hecho sus perseguidores para encontrarla, pese a que ella había tenido tanto cuidado... De pronto su rostro se iluminó: la única explicación posible era que hubiesen estado vigilando a Tieman.
Perdió entonces gran parte de la confianza -y puso en tela de juicio la conveniencia de haber huido del hotel. A lo mejor habría sido más atinado quedarse y enfrentarse a la policía, pero últimamente huir era para ella algo instintivo: se sentía como fugitiva y procedía como tal. Y pensar que se había considerado capaz de burlar a sus perseguidores. Ralph tenía razón: nunca debió haber ido a Nueva York, y mucho menos a San Francisco. Él había opinado que los problemas en que se había metido eran graves antes incluso de que decidiera viajar a ambas ciudades. Bueno, las cosas estaban peor... Hasta creía haber dado muerte a dos hombres. Ya era demasiado. No iría a Minneapolis. En cambio, regresaría par-a informar al abogado todo lo que sabía, más todo lo que sospechaba.
El tranvía aminoró la marcha. Marissa miró por la ventanilla y vio que estaban en el barrio chino. El vehículo se detuvo, y justo cuando volvía a ponerse en movimiento, Marissa se levantó para bajarse de un salto. Cuando corría hacia la acera notó que el empleado sacudía la cabeza con gesto de desagrado. Felizmente nadie bajó detrás de ella.
Respiró profundamente y se restregó el cuello. Le alegró comprobar que en ambas aceras había mucho movimiento, vendedores con sus típicos carritos, camiones que hacían entrega de mercaderías, tiendas que exhibían gran parte de sus productos directamente en la calle. Todos los carteles estaban escritos en chino. Tuvo la sensación de que el breve trayecto en tranvía la había transportado a Oriente como por arte de magia. Hasta los olores eran distintos, pues predominaba: la mezcla de pescado y especias.
Al pasar frente a un restaurante chino dudó un instante y luego entró. Una mujer con un vestido rojo de seda, de cuello Mao y corte hasta la rodilla, apareció para anunciarle que el local estaba cerrado aún.
-Dentro de media hora abrimos. -¿Puedo usar el lavabo y el teléfono, por favor? La mujer la estudió un momento con la mirada, le vio un aspecto presentable y la acompañó luego al fondo del salón. Abrió una puerta y se hizo a un lado.
Marissa entró y se encontró en una habitación pequeña donde había un lavabo a un costado y un teléfono público en el otro. En la pared de atrás, una puerta con el letrero «Damas», y otra con «Caballeros».
Lo primero que hizo fue usar el teléfono. Llamó al Fairmont y avisó que en la habitación 1127 había un hombre que necesitaba una ambulancia. Cuando la telefonista le pidió que se mantuviera un instante en línea, cortó. Después trató de decidir si le convenía llamar a la policía y explicárselo todo. «No -se dijo-; va a ser demasiado complicado.» Además ella había huido, razón por la cual lo más acertado sería volver a Atlanta y ver al abogado.
Se lavó las manos y al mirarse en el espejo comprobó, que estaba hecha un desastre. Se desenredó el pelo y se hizo un par de trenzas para que los mechones no le cayeran sobre la cara. Había perdido la pinza del pelo cuando el hombre rubio la tiró de él. Luego se alisó la chaqueta y se arregló el cuello de la camisa. No podía hacer mucho más.
Por enésima vez Jake llamó al coche de George pero normalmente nadie atendió el teléfono, o bien aparecía en la línea una cinta grabada indicándole que el abonado no se hallaba en esos momentos.
No entendía lo que pasaba. Hacía rato que Al y George debían haber regresado ya al coche. Puesto que Jake había seguido a la chica; casi la atropella cuando ella decidió de pronto saltar del tranvía. Luego la vio entrar en un restaurante llamado Peking Cuisine. Bueno, al menos no la había perdido de vista.
Se acurrucó detrás del volante porque justo en ese momento la chica salía del local y detenía un taxi.
Una hora más tarde tuvo que observar, impotente, cómo Marissa entregaba su billete y subía a un vuelo de Delta, sin escalas, a Atlanta. Pensó en comprar él también un billete, pero luego descartó la idea al no contar con el visto bueno de Al. Como ella pasó la última media hora encerrada en el lavabo de mujeres, Jake tuvo tiempo de sobra para intentar hablar por teléfono en la esperanza de que le dieran instrucciones, pero nadie lo atendió.
Apenas el avión comenzó a correr por la pista, Jake volvió de prisa a su coche. Encontró una multa en el parabrisas pero no le importó lo más mínimo. Se alegraba de que por lo menos la grúa no se hubiese llevado el vehículo. Subió y decidió volver al Fairmont para tratar de encontrar a sus compañeros. A lo mejor se había suspendido la operación y sus dos amigos estaban en el bar, riéndose a carcajadas, mientras él corría por toda la ciudad.
Ya en la autopista trató de llamar una vez más al otro teléfono móvil y fue una enorme sorpresa que le atendiera George.
-¿Dónde diablos estabais? ¡Estuve llamándoos toda la mañana!
-Surgió un problema -explicó George, en tono sumiso.
-Bueno, espero que algo haya pasado. La chica está en un avión rumbo a Atlanta. Yo ya estaba volviéndome loco. No sabía qué hacer.
-Al fue acuchillado, supuestamente por la chica. Lo están operando en estos momentos en el Hospital General de San Francisco. No me permiten acercarme a él.
-¡Santo cielo! -exclamó Jake, incrédulo. No podía imaginar que una mujer tan pequeñita fuese capaz de acuchillar a Al, y además lograr escaparse.
-Dicen que la herida no es de consideración -continuó George-. Lo peor de todo es que al parecer Al mató a una empleada del hotel. Como le encontraron las llaves de la mujer en el bolsillo lo han acusado de homicidio.
-Mierda. Las cosas iban de mal en peor. -¿Dónde estás ahora? -En la autopista, saliendo del aeropuerto. -Regresa allí y reserva pasajes a Atlanta para nosotros dos. Creo que Al se merece un poco de venganza.
24 de mayo
-¿Quiere algo para leer? -le preguntó, sonriente, la azafata.
Marissa respondió afirmativamente con la cabeza. Necesitaba cualquier cosa para no recordar la horrible escena del hotel.
- ¿Revista o periódico?
- Periódico. -¿El San Francisco Examiner o el New York Times? No estaba con ánimo para tomar decisiones, y sin embargo respondió:
-El New York Times. El enorme jet niveló su posición y se apagaron los carteles de los cinturones. Marissa contempló por la ventanilla las escarpadas montañas que se extendían hasta el desierto árido. Era un alivio haber subido al avión. En el aeropuerto había sentido tanto miedo de que la atacara algún secuaz del rubio, o bien de que la arrestaran, que se escondió dentro del lavabo de mujeres.
Abrió el periódico y buscó en el índice la página donde se consignaban las noticias sobre los brotes de Filadelfia y Nueva York.
Se informaba que las víctimas ascendían a cincuenta y ocho en Filadelfia y cuarenta y nueve en Nueva York, aunque en esta última ciudad se habían denunciado más casos. Esto no le llamó la atención puesto que el caso original había sido un especialista en garganta, nariz y oídos. También leyó que la Clínica Rosenberg se había declarado en quiebra.
En la misma página se publicaba una foto del doctor Ahmed Fakkry, jefe de epidemiología de la Organización Mundial de la Salud. La nota al pie consignaba que el funcionario se hallaba de visita en el Centro de Atlanta para investigar los brotes de Ébola puesto que la OMS temía que muy pronto el virus cruzara el Atlántico.
«A lo mejor el doctor Fakkry podrá ayudarme», pensó Marissa. Tal vez el abogado de Ralph podría conseguirle una entrevista con él.
Ralph estaba poniéndose al día con la lectura de publicaciones médicas cuando sonó el timbre, a las nueve y media de la noche. Miró su reloj y pensó quién podía presentarse de visita a semejantes horas. Espió por uno de los cristales que había a ambos lados de la puerta y se encontró mirando el rostro de su amiga.
- ¡Marissa! -exclamó, sin poder dar crédito a lo que veían sus ojos.
En el momento en que abría la puerta, vio que un taxi se alejaba por el sendero de acceso.
Al ver que le tendía los brazos, Marissa corrió a echarse en ellos y prorrumpió en sollozos.
-Creí que estabas en California. ¿Por qué no me avisaste que venías? Te habría ido a buscar al aeropuerto.
Marissa lo abrazaba y lloraba a la vez. Era tan reconfortante sentirse apoyada...
-¿Qué te pasó? -preguntó él, pero sólo obtuvo sollozos por respuesta -Al menos sentémonos –dijo llevándola al sofá. Durante varios minutos la dejó desahogarse palmeándole suavemente la espalda-. Todo está bien -agregó, al no saber qué otra cosa decir. Lanzó una mirada al teléfono, deseando que sonara. Tenía que hacer una llamada, y a ese paso ella no le iba a permitir que se levantara-. ¿No quieres algo de beber? Te sirvo un coñac para que te sientas mejor.
Marissa meneó la cabeza. -¿Vino? Tengo una hermosa botella de Chardonnay abierta en la nevera.
Se le iban acabando las ideas. Marissa lo estrechaba con más fuerza, pero al mismo tiempo sollozaba menos e iba recobrando el ritmo normal de la respiración.
Transcurrieron cinco minutos y Ralph suspiró. -¿Dónde está tu equipaje? Ella no le contestó, pero sacó un pañuelo de papel del bolsillo y se limpió la cara.
-Tengo pollo frío en la cocina. Por fin Marissa se incorporó. -Tal vez dentro de un rato. Ahora quédate un poco más conmigo. Tuve tanto miedo...
-Entonces, ¿por qué no me llamaste desde el aeropuerto? ¿Y dónde está tu coche? ¿No lo habías dejado allí?
-Es una larga historia. Temía que alguien lo estuviera vigilando. No quiero que nadie se entere de que regresé a Atlanta.
Ralph enarcó las cejas. -¿Eso quiere decir que deseas dormir aquí? -Si no te molesta. Disculpa que me invite sola, pero siempre has sido tan bueno conmigo...
-¿Quieres que te lleve en coche hasta tu casa a buscar algunas cosas?
-No, gracias. No quiero aparecer por allí por la misma razón que me dio miedo ir a buscar mi coche. Si fuera a algún lado esta noche, sería al Centro, para retirar un paquete que supongo que Tad tendrá guardado para mí. Pero honestamente todo puede quedar para mañana, incluso la visita a ese abogado penalista, que espero sea capaz de impedir que vaya a prisión.
- ¡Dios santo! Me imagino que no hablarás en serio. ¿No te parece que ya es hora de que me expliques lo que pasa?
Marissa le tomó la mano. -Te prometo que te lo contaré. Deja que me tranquilice un poco. Tal vez me haga falta tomar un bocado.
-Te sirvo pollo. -Está bien. Yo sé dónde está la cocina. Puedo prepararme unos huevos revueltos.
-Me reúno contigo dentro de un minuto porque tengo que hacer una llamada.
Marissa caminó lentamente hasta la cocina. Paseó la vista a su alrededor y pensó que no valía la pena ponerse a cocinar. No obstante sacó de la nevera los huevos y el pan para las tostadas. Luego recordó que no le había preguntado a Ralph si él también quería comer. Iba a preguntárselo a gritos pero se dio cuenta de que él no le oiría.
Fue hasta el intercomunicador y comenzó a apretar botones con la intención de averiguar cómo funcionaba. «Hola, hola», decía mientras mantenía oprimidas distintas combinaciones. Por casualidad dio con la secuencia acertada, y de pronto oyó la voz de Ralph.
-Ella no está en San Francisco -decía- sino aquí, en mi casa.
Pausa. -Jackson, no sé lo que sucedió. Está histérica. Lo único que me dijo fue que había un paquete para ella en el Centro. Mire, ahora no puedo hablar. Ella me está esperando.
Pausa. -La mantendré aquí; por eso no se preocupe. Pero venga cuanto antes.
Pausa. -No, nadie sabe que está aquí. Estoy seguro de eso. Adiós.
Marissa se aferró al fogón por miedo a desvanecerse. Todo ese tiempo Ralph -la única persona en quien confiaba- había sido uno de «ellos». ¡Y Jackson! Debía de tratarse del mismo Jackson a quien había conocido en aquella cena en casa de Ralph. El director del CMAP, ¡y venía hacia acá!
Como sabía que Ralph se dirigía a la cocina trató de cocinar como si nada pasara, pero cuando intentó romper un huevo, lo deshizo con cáscara y todo dentro de la sartén. Tenía el otro huevo en la mano cuando apareció Ralph con las copas.
-Qué buen olor -dijo él. Dejó la copa de Marissa y le tocó ligeramente la espalda. Marissa dio un brinco-. ¡Eh! ¡Qué tensa estás! ¿Qué puedo hacer para que te tranquilices?
Marissa no le respondió. Pese a que ya no sentía ni el menor asomo de hambre, preparó tostadas con mantequilla y mermelada. Contempló la costosa camisa de seda que tenía puesta Ralph, los gruesos gemelos de oro, los mocasines de Gucci, y de pronto todo lo suyo le pareció ridículo y artificioso al igual que su casa, con tan ostentoso equipamiento. Todo eso representaba el manifiesto estilo de consumo de un médico acaudalado, que le tenía miedo a la competencia de la nueva medicina, a los tiempos nuevos, al hecho de que su profesión ya no fuera más un mercado dominado por el vendedor.
Obviamente Ralph era miembro del CMAP, y por supuesto apoyaba a Markham. Y era Ralph, y no Tad, quien había estado al tanto en todo momento de dónde se encontraba ella. Cuando servía los huevos pensó que, aun si pudiera escapar, no tenía a quién acudir. Desde luego no podía usar los servicios del abogado recomendado por Ralph. De hecho, y ahora que sabía que Ralph estaba involucrado, comprendía por qué le sonaba tanto el nombre del bufete jurídico que él le propusiera: Cooper, Hodges, McQuinllin y Hanks figuraban como representantes del CMAP.
Se sentía prisionera. Los hombres que la perseguían tenían poderosas conexiones y ella no sabía hasta qué punto habían conseguido infiltrarse en el CCE. Por cierto que la conspiración se extendía hasta el congresista que amenazaba con reducir el presupuesto del Centro.
La cabeza le daba vueltas. Le aterraba pensar que nadie la creyera y sabía positivamente que la única prueba con que contaba -la pistola de vacunación- se hallaba en algún lugar del laboratorio de máximo riesgo al cual, según sabía por su dolorosa experiencia, sus perseguidores tenían acceso. Lo único claro era que debía alejarse de Ralph antes de que llegara Jackson, acompañado tal vez por otros secuaces.
En el momento en que tomaba el tenedor tuvo una visión repentina del hombre rubio, cuando se arrojó con ímpetu sobre la puerta del baño, en San Francisco. Dejó caer el tenedor y una vez más pensó que iba a desmayarse.
Ralph la tomó del codo y la ayudó a llegar a la mesa de la cocina. Le colocó un plato delante y le rogó que comiera.
-Estabas tan bien hace un minuto -dijo-. Vas a sentirte mejor con algo en el estómago.
Tomó el tenedor del suelo, lo arrojó dentro del fregadero y sacó otro limpio del cajón.
Marissa escondió la cara entre las manos. Tenía que dominarse porque estaba desperdiciando lastimosamente un tiempo muy valioso.
- ¿No tienes hambre? -No demasiada. El olor sólo la descomponía. -Te vendría bien tomar un tranquilizante. Tengo alguno arriba. ¿Quieres?
-Bueno. -En seguida vuelvo. Era la oportunidad que había anhelado. En cuanto él salió de la habitación, se levantó, tomó el teléfono pero lamentablemente no oyó el tono. ¡Ralph seguramente lo había desconectado! Imposible llamar a la policía. colgó y buscó precipitadamente las llaves del coche de Ralph en la cocina. Nada. Intentó después en la sala contigua. En el mueble divisorio había un pequeño jarrón de mármol con varias llaves, pero ninguna de coche. Regresó a la cocina y se dirigió al vestíbulo, junto a la puerta del fondo. Allí había un antiguo pupitre de colegio y una cómoda vieja, además de una puerta que daba al lavabo.
Levantó primero la tapa del escritorio y revisó el contenido pero sólo llaves de la casa, de formas extrañas, y nada más. Probó entonces abriendo los diversos cajones de la cómoda, en donde halló gran variedad de guantes, bufandas y elementos para lluvia.
-¿Qué necesitas? -le preguntó súbitamente Ralph apareciendo desde atrás.
Marissa se incorporó con expresión culpable, tratando de pensar en alguna coartada. Ralph esperaba y la miraba expectante. Tenía la mano derecha cerrada. En la izquierda sostenía un vaso de agua. -Creí que podría encontrar algún jersey.
Ralph la estudió intrigado. Si algo se podía decir era que en la casa hacía demasiado calor. Al fin y al cabo estaban a un paso del verano.
-Encenderé la calefacción en la cocina -ofreció, conduciéndola de nuevo a su silla. Luego le tendió la mano derecha-. Toma esto -dijo, y le puso una cápsula roja y blanca en la palma de la mano. _ ¿Es Dalmane? Pensé que ibas a darme un tranquilizante.
-Es para tranquilizarte y para que duermas bien esta noche.
Marissa sacudió la cabeza y le devolvió el medicamento.
-Prefiero un tranquilizante. -¿Un Valium? -De acuerdo. Apenas oyó que subía por la escalera corrió al vestíbulo de entrada. No había llaves sobre la elegante mesita de mármol ni en su único cajón. Abrió entonces el armario y fue tanteando los bolsillos de los abrigos. Nada.
Llegó de vuelta a la cocina justo en el instante en que Ralph regresaba del piso de arriba.
-Aquí tienes -dijo él, y le entregó una tableta azul. -¿De cuántos miligramos es? --- De diez. -¿No te parece -mucho? -Estás tan alterada que no va a afectarle como lo haría normalmente.
Ralph le dio un vaso de agua. Ella fingió ingerir el Valium, pero en cambio se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.
-Y ahora tienes que intentar comer. Marissa hizo el esfuerzo de probar unos bocados mientras procuraba idear la forma de escapar antes de que llegara Jackson. La comida le pareció espantosa, y muy pronto dejó el tenedor.
-¿Sigues sin hambre? Respondió con un gesto negativo. -Bueno, vamos a la sala. Felizmente podían alejarse de los olores a comida, pero no bien se sentaron Ralph insistió para que tomara alguna bebida.
-Creo que no me conviene después del Valium. -Un poquito no te hará nada. -¿Seguro que no estás intentando emborracharme? -Soltó una risita-. Tal vez debería servir yo las copas.
-Por mí no hay problema -respondió él, apoyando los pies sobre la mesita-. Yo quiero whisky.
Marissa fue hasta el bar y le sirvió un generoso vaso de whisky. Después se cercioró de que él no estuviese mirando, sacó la tableta de Valium, la partió en dos y arrojó ambas mitades en el alcohol, pero lamentablemente no se disolvieron. Extrajo los pedazos, los pulverizó aplastándolos con la botella y volcó luego el polvillo en la bebida.
-¿Necesitas ayuda? -gritó Ralph. -No -respondió ella, sirviéndose una medida ínfima de coñac en su copa-. Ahora vengo.
Ralph recibió el vaso y se arrellanó en el sofá. Marissa se sentó a su lado, mientras se devanaba los sesos por encontrar la forma de averiguar dónde habría puesto las llaves. Pensó qué diría él si se las pidiera abiertamente, pero después se dijo que era demasiado arriesgado, porque si se daba cuenta de que lo había descubierto, tal vez tratada de imponerse por la fuerza. De la otra forma aún le quedaba una posibilidad de escapar, siempre y cuando encontrara las llaves.
De pronto tuvo el horrible pensamiento de que pudiese tenerlas en el bolsillo del pantalón. Por desagradable que le resultara se acurrucó contra él, le apoyó provocativamente una mano sobre la cadera y pudo palpar el llavero a través de la tela liviana. ¿Cómo demonios iba a hacer para sacárselo?
Apretó los dientes e inclinó la cara para alentarlo a que la besara. Cuando Ralph le rodeó la cintura, aprovechó para introducir los dedos en su bolsillo. Conteniendo la respiración, rozó el borde de la argolla y tiró hacia fuera. Al oír que las llaves producían algo de ruido comenzó a besarlo apasionadamente. Cuando pudo comprobar la excitación masculina, decidió correr el riesgo. Dios mío, Dios mío, ayúdame por favor, imploró, al tiempo que sacaba el llavero y se lo guardaba en su propio bolsillo.
Era obvio que Ralph se había olvidado de que Jackson estaba a punto de llegar, o bien suponía que la relación sexual era el mejor método para tenerla quieta. De todas formas era hora de detenerlo.
-Querido, me da mucha pena decírtelo, pero el sedante está empezando a hacerte efecto. Creo que voy a tener que irme a dormir.
-Descansa aquí mismo, en mis brazos. -Me encantaría, pero después tendrías que llevarme en brazos.
Se incorporó y él la acompañó, solicito, hasta el cuarto de huéspedes del piso de arriba.
-¿No quieres que me quede contigo? -Perdóname, Ralph, pero me estoy cayendo de sueño. -Procuró dibujar una sonrisa-. Podemos seguir después, cuando se me pase el efecto del Valium.
Como para dar por terminada la conversación, se tendió, vestida, en la cama.
-¿Quieres que te preste un pijama? -No, no. No puedo mantener los ojos abiertos. -Bueno, llámame si necesitas algo. Voy a estar abajo. Apenas Ralph cerró la puerta, se levantó de puntillas y lo oyó bajar por la escalera. Luego fue hasta la ventana y la abrió. El balcón era tal cual lo recordaba. Con la mayor celeridad posible salió a la tibia noche primaveral bajo un cielo poblado de estrellas. Los árboles eran apenas siluetas oscuras. No corría viento. A lo lejos ladró un perro. Luego Marissa oyó un coche.
Rápidamente analizó su posición. Estaba a unos cinco metros de altura con respecto al camino de asfalto. No había posibilidad de saltar puesto que el balcón estaba rodeado por una balaustrada baja, que lo separaba del techo inclinado del porche. Hacia la izquierda, el techo del porche llegaba hasta la torre, y por el lado derecho daba la vuelta hacia un costado de la casa.
Pasó por encima de la balaustrada y se dirigió hacia el ángulo del edificio. El techo del porche terminaba a unos seis metros de distancia. La escalera de incendios bajaba desde el segundo piso, pero estaba fuera de su alcance. Giró sobre sus talones para regresar al balcón, pero entonces vio que entraba al camino de acceso el coche que había oído momentos antes.
Se tendió sobre el techo de dos vertientes. Sabía que estaba a la vista de cualquiera que llegase por el frente, si por casualidad miraba hacia arriba. Las luces del coche iluminaban hacia la casa hasta que por fin el vehículo se detuvo. Oyó puertas que se abrían y varias voces, pero no en tonos excitados; al parecer nadie la había visto tendida en el techo. Ralph salió a recibirlos; hubo más conversaciones y después las voces se perdieron dentro de la casa.
Marissa volvió a saltar la balaustrada para subir de nuevo al balcón. Entró en el cuarto de huéspedes y abrió la puerta. Al salir al pasillo oyó la voz de Ralph, aunque no pudo entender lo que decía. Lo más silenciosamente posible se encaminó hacia la escalera del fondo.
La luz del vestíbulo no llegaba más allá de la segunda curva del pasillo, razón por la cual tuvo que avanzar tanteando las paredes. Pasó por varios dormitorios a oscuras hasta que por fin divisó la luz de la cocina encendida, en la planta baja.
Antes de bajar titubeó unos instantes. Los ruidos de la casa la confundían. Seguía oyendo voces y también pasos, pero lo terrible era que no podía precisar de dónde venían. En ese momento vislumbró una mano que sujetaba el poste de abajo de la barandilla de la escalera.
En cuestión de instantes Marissa volvió a subir hasta el segundo piso. Uno de los peldaños crujió bajo su pie obligándola a detenerse, con el corazón en la boca, mientras escuchaba el inexorable ascenso del hombre. Al ver que el individuo llegaba arriba y se dirigía hacia el frente de la casa, sólo entonces Marissa se atrevió a respirar.
Subió el otro tramo de escalera y cada ruido la hacía dar respingos. En lo más alto, la puerta del departamento de servicio estaba cerrada, pero no con llave.
Lo más calladamente que pudo cruzó la sala a oscuras y luego -el dormitorio, que supuestamente daba a la escalera de incendios.
Después de forcejear para levantar la hoja movible de la ventana saltó a la endeble estructura metálica. Tuvo que hacer acopio de todo su valor porque nunca le gustaron las alturas. Cuando llegó al primer piso oyó voces nerviosas en el interior de la casa, y ruido de puertas que se abrían y se cerraban a golpes. También comenzaron a encenderse luces en las habitaciones oscuras. Obviamente, se habían percatado de su fuga.
Procuró apresurarse después de pasar el descanso del primer piso, pero no pudo continuar porque algo metálico le impedía el paso. Fue tanteándolo hasta que se dio cuenta de que el último tramo de escalera estaba alzado para impedir que pudieran subir ladrones a la casa. Desesperada trató de descubrir cómo se hacía para bajarlo ya que no parecía haber ningún mecanismo de desenganche. Fue entonces cuando reparó en un enorme contrapeso que tenía a sus espaldas.
Con cautela apoyó el pie en el primer peldaño y se produjo un chillido metálico. Como no le quedaba otra alternativa, apoyó todo su peso en el escalón. Se produjo un estruendo, la escalera descendió y Marissa pudo bajarla presurosa.
Apenas sus pies rozaron el césped, corrió agitando desesperadamente los brazos. Imposible suponer que, desde dentro de la casa, los hombres no la hubiesen oído escapar por la escalera de incendios, o sea que faltaba poco para que salieran a buscarla.
Se dirigió a la puerta del lado del garaje rogando mentalmente que no estuviera cerrada con llave. Felizmente no lo estaba. En el momento en que entraba, oyó que se abría la puerta del fondo de la casa. Cerró fuertemente la puerta del garaje, y cuando pretendía adentrarse en el interior en penumbras, chocó contra el Mercedes 300 SDI, de Ralph. Fue rozándolo con la mano hasta que logró abrirlo y sentarse al volante. Forcejeó con la llave y por fin logró ponerlo en marcha. Se encendieron entonces varias luces indicadoras, pero el motor no se puso en marcha. Después recordó que Ralph le había explicado una vez que era necesario esperar hasta que se apagara la luz naranja puesto que se trataba de un motor diesel. Volvió atrás la llave y la adelantó luego apenas unos milímetros. Cuando se encendió la luz naranja, esperó. Al oír que levantaban el portón del garaje, apretó desesperadamente el botón que trababa las cuatro puertas del coche. -Date prisa -murmuró con los dientes apretados.
Cuando la luz naranja se apagó, hizo girar la llave y el coche arrancó al apretar ella el acelerador. Alguien le dio fuertes golpes en la ventana. Marissa puso marcha atrás y oprimió el pedal a fondo. El enorme auto dio un salto atrás con una fuerza tan descomunal que la arrojó contra el volante. El vehículo salió precipitadamente del garaje, obligando a dos hombres a saltar a un costado para que no los atropellara.
El coche recorrió alocadamente el camino de entrada. Al llegar delante de la casa Marissa pisó el freno, pero fue demasiado tarde: la parte trasera del Mercedes ya se había incrustado contra el coche de Jackson. Marissa puso la primera velocidad y pensó que ya estaba libre, hasta que uno de los hombres, aprovechando la momentánea detención, se lanzó sobre el capó. Marissa aceleró. Las ruedas giraron, pero el auto no se movió porque se había quedado trabado con el otro. Puso entonces marcha atrás, luego adelante y fue maniobrando como se suele hacer cuando un coche se atasca en la nieve. Se produjo un ruido sordo y al instante logré avanzar velozmente por el sendero, lanzando a un lado a su atacante.
-Imposible -vaticinó Jake, saliendo de debajo del coche de Jackson-. Le destrozó el radiador. Aun si pudiera ponerlo en marcha no podría andar porque no tiene refrigerante.
-Maldita sea -murmuró Jackson, bajándose-. Esa mujer parece hechizada. -Miró furioso a Heberling-. Esto probablemente no habría ocurrido si yo hubiera venido directamente aquí, en vez de esperar que llegaran ustedes, idiotas, del aeropuerto.
- ¿Ah sí? -le contestó Heberling-. ¿Y qué habría hecho? ¿Hablar con ella para convencerla? Necesitaba a Jake y George. -Pueden utilizar mi 450 SL -ofreció Ralph-, pero sólo tiene dos asientos.
-Ella nos lleva demasiada ventaja -opinó George-. Jamás la alcanzaríamos.
-No sé cómo lo hizo para escaparse -se lamentó Ralph-. Yo acababa de dejarla para que se durmiera. Por Dios, si hasta le había dado un Valium 10.
Advirtió que él mismo se sentía algo mareado. -¿No tiene idea de dónde puede haber ido? -preguntó Jackson.
-No creo que vaya a la policía -sostuvo Ralph-. Está aterrorizada, especialmente ahora. A lo mejor intenta ir al Centro. Algo dijo sobre un paquete que tenía allí.
Jackson y Heberling intercambiaron una mirada. A ambos se les ocurrió lo mismo: la pistola Dermojet.
-Que vayan allá Jake y George -ordenó Heberling-. Seguro que a su casa no va a ir, y después de lo que le hizo a Al, los muchachos están más que ansiosos por tomarse la revancha.
Quince minutos más tarde Marissa, relativamente serena, empezó a preocuparse al no saber dónde se hallaba. Había dado tantas vueltas para despistar, por si la seguían, que perdió el sentido de la orientación. Bien podía haber estado avanzando en círculo.
Vio las luces de una gasolinera y hacia allí se dirigió. Al llegar bajó el cristal de la ventanilla.
-¿Podría decirme dónde estoy? -le preguntó al empleado, un muchacho joven, con gorro de jugador de béisbol.
-Esto es una estación Shell -respondió él, espiando los daños que tenía el Mercedes-. ¿Sabe que se le rompieron las dos luces traseras?
-No me sorprende. ¿Puede indicarme cómo llegar hasta la Universidad Emory?
-Ni que hubiera participado en una carrera de rompecoches -comentó el muchacho, sacudiendo espantado la cabeza.
Marissa repitió la pregunta hasta que por fin el joven le dio algunas indicaciones no muy precisas.
Diez minutos más tarde pasó frente al Centro. El edificio parecía desierto, pero ella todavía no estaba segura de lo que le convenía hacer ni en quién podía confiar. Habría preferido acudir a un buen abogado, pero no sabía dónde conseguir uno. Desde luego, el señor McQuinllin estaba descartado.
La única persona a quien deseaba recurrir era el doctor Fakkry, de la Organización Mundial de la Salud, quien obviamente estaba por encima de la conspiración y se alojaba en el Peachtree Plaza. Pero, ¿acaso le creería o se limitaría a llamar a Dubchek o a cualquiera del Centro para entregarla de nuevo a sus perseguidores?
El miedo la impulsó a tomar la única decisión que le parecía lógica: debía recuperar la pistola Dermojet, la única prueba irrefutable con que contaba. Sin esa prueba nadie la tomaría en cuenta. Todavía conservaba la tarjeta de acceso de Tad, y si Tad no tenía nada que ver con el CMAP, podía ser que la tarjeta aún sirviera. Por supuesto, cabía la posibilidad de que el guardia no le permitiera entrar en el edificio.
Con un rasgo de audacia entró por el sendero de acceso y aparcó pocos metros después de la entrada del Centro. Quería dejar el coche cerca por si acaso alguien intentaba detenerla.
Vio que el guardia estaba sentado a su escritorio leyendo una novela en edición de bolsillo. Cuando el hombre la oyó entrar, levantó los ojos y la miró sin demasiado interés.
Marissa se mordió el labio inferior y caminó con paso decidido, tratando de disimular su miedo. Tomó el bolígrafo y anotó su nombre en el libro de entradas. Esperó algún comentario por parte del empleado, pero éste se limitó a observarla, impasible.
-¿Qué está leyendo? -preguntó ella, presa de los nervios.
-Camus. No tuvo ganas de continuar la conversación preguntándole si se trataba de La peste. Se dirigió hacia los ascensores sintiendo que los ojos del hombre la seguían. Apretó el botón correspondiente a su piso, se volvió para mirar al guardia y comprobó que éste aún la observaba.
Cuando se cerraron las puertas, el hombre tomó el teléfono y marcó un número. Cuando le atendieron, dijo:
-Acaba de entrar la doctora Blumenthal y está subiendo en el ascensor.
-Excelente, Jerome -respondió Dubchek con voz ronca, como si se sintiera cansado o descompuesto-. Ya vamos para allá. No deje entrar a nadie.
-Lo que usted diga, doctor. Marissa se bajó del ascensor y durante unos instantes miró los indicadores de los pisos para cerciorarse de que ninguno de los dos ascensores se moviera. Reinaba el silencio en el edificio. Convencida de que no la seguían, fue hasta la escalera, bajó corriendo un tramo y salió a la pasarela exterior. Ya dentro del edificio de virología recorrió de prisa el vestíbulo y llegó hasta la puerta de acero. Contuvo el aliento cuando introdujo la tarjeta de acceso de Tad y marcó su número en código.
Hubo una pausa. Durante un instante temió que fuera a sonar la alarma, pero lo único que oyó fue el cerrojo que se destrababa. La pesada puerta se abrió, permitiéndole entrar.
Después de conectar los disyuntores, hizo girar la rueda de la puerta hermética, fue a la primera habitación y de allí pasó directamente a la segunda. Mientras forcejeaba para colocarse el traje de plástico se preguntó dónde habría escondido Tad la pistola Dermojet contaminada.
Dubchek condujo como un loco, frenando en las curvas sólo cuando era estrictamente imprescindible, cruzando semáforos en rojo. Iban dos hombres con él. En el asiento de delante, John, acurrucado contra la puerta. Detrás, Mark no podía evitar bambolearse de un lado a otro. Los tres tenían una expresión muy seria: temían que fuese demasiado tarde.
-Ya hemos llegado -exclamó George, señalando el cartel en el que podía leerse: «Centro para el Control de Enfermedades»-. ¡Y ahí está el coche de Ralph! -añadió al ver el Mercedes-. Puede ser que al fin tengamos suerte.
Entró en el aparcamiento de un restaurante que había al otro lado de la carretera. Sacó entonces su S & W 356 Magnum y controló que estuviese cargada. Después abrió la puerta y bajó del coche sosteniendo el arma contra la cadera. La luz hacía brillar el cañón de acero inoxidable.
-¿Seguro que quieres usar ese cañón? -le preguntó Jake-. Hace más ruido que la mierda.
-Ojalá hubiera tenido esta arma conmigo cuando ella te llevaba sobre el capó de su coche -le espetó George-. ¡Vamos!
Jake se encogió de hombros y bajó del coche. Se dio una palmadita detrás de la cintura y sintió bajo sus dedos su Beretta automática. Para él, era un arma mucho mejor.
Con el tubo de aire en la mano, Marissa pasó la última puerta para entrar en el sector de máximo riesgo. Conectó el tubo en la llave múltiple central y miró a su alrededor. Ya habían ordenado y arreglado el desorden que ella ayudara a crear aquella fatídica noche, pero el episodio le volvió a la memoria con horripilante claridad. Temblaba de miedo, y lo único que deseaba era recuperar su paquete y salir de allí. Pero no era tan fácil. Como en cualquier laboratorio, había infinidad de lugares donde se podía ocultar un envoltorio de ese tamaño.
Comenzó a buscar por la derecha, de delante hacia detrás, sacando cajones, abriendo puertas de muebles. Cuando iba por la mitad de la habitación se detuvo. Tenía que haber algún sistema mejor. En el sector central buscó la campana filtrante que Tad consideraba propia. En los armarios de abajo vio frascos de reactivos, toallas de papel, bolsas plásticas para residuos, cajas de tubos nuevos de cristal y demás instrumental, pero ningún paquete parecido al de ella. Iba a seguir adelante cuando miró a través de la campana de cristal, y detrás de unos objetos de Tad vislumbró algo envuelto en una bolsa de plástico.
Conectó el ventilador de la campana y retiró el cristal del frente. Con mucho cuidado para no desordenar las cosas de su amigo, sacó la bolsa verde, que dentro tenía el paquete que ella había enviado. Para estar más segura comprobó la etiqueta del destinatario y se aseguró de que venía dirigida, a Tad, con letra de ella.
Colocó entonces el paquete dentro de otra bolsa plástica y la cerró. Después dejó la bolsa usada dentro de la campana y volvió a poner el cristal del frente. Ya junto a la llave central, desconectó su tubo de aire y se dirigió hacia la puerta. Era hora de presentarse ante el doctor Fakkry o cualquier otra autoridad que le inspirase confianza.
De pie debajo de la lluvia de desinfectante fenólico, Marissa procuró tener paciencia. Sabía que había un dispositivo automático, razón por la cual debía esperar que terminara el proceso antes de poder abrir la puerta. Una vez en la otra habitación, se quitó no sin esfuerzo el equipo plástico, dando fuertes tirones cada vez que se le atascaba el cierre. Cuando por fin se lo sacó, notó que la ropa de calle le había quedado empapada de sudor.
Dubchek frenó con ímpetu produciendo un chirrido frente a la entrada del Centro, y los tres hombres bajaron del coche. Jerome ya estaba abriéndoles las puertas de vidrio.
Dubchek no perdió tiempo en preguntarle nada pues sabía con certeza que, si Marissa se hubiera ido, el hombre se lo diría. Corrió hacia el ascensor seguido de cerca por sus compañeros, y apretó el botón del piso del laboratorio de máximo riesgo.
Marissa empezaba a cruzar la pasarela cuando se abrió la puerta del edificio principal e irrumpieron tres hombres. Entonces giró sobre sus talones y corrió de regreso hacia virología. -Deténgase, Marissa -gritó alguien.
Le pareció que era la voz de Dubchek. Dios santo, ¿acaso también él la perseguía?
Entró, atrancó la puerta y buscó un sitio donde esconderse. A la derecha tenía un ascensor, y a la izquierda una escalera. No había tiempo para ponerse a cavilar.
Cuando Dubchek logró forzar la puerta, lo único que vio fue la flecha del ascensor que indicaba hacia abajo. Marissa ya estaba en el vestíbulo cuando los tres hombres se lanzaron a bajar por la escalera.
Al oír que se aproximaban, Marissa supo que no se podía permitir el lujo de caminar despacio para que el guardia de seguridad no sospechara nada. El hombre levantó la cabeza de su libro justo en el momento en que ella pasaba presurosa. Se puso de pie, pero ella ya se había ido cuando él llegó a la conclusión de que Dubchek habría querido que la detuviese por la fuerza.
Una vez fuera, Marissa buscó las llaves del coche de Ralph para lo cual tuvo que pasar el paquete a la mano izquierda. Oyó gritos y vio que se abrían bruscamente las puertas del Centro. Consiguió abrir el coche, y cuando se sentaba ya al volante, tardó unos segundos en darse cuenta de que el asiento del acompañante estaba ocupado. También había alguien atrás, pero lo peor de todo fue ver la enorme pistola que la apuntaba.
Intentó volver a salir, pero tuvo la sensación de estar inmersa en un líquido espeso, viscoso. El cuerpo no le respondía. Vio que el arma se le acercaba y no pudo reaccionar. En la semipenumbra pudo vislumbrar una carta y oyó que alguien le decía «adiós». Pero el revólver se disparó con un pavoroso estruendo, y el tiempo se detuvo.
Cuando recobró el conocimiento estaba acostada sobre algo blando. Alguien pronunciaba su nombre. Lentamente abrió los ojos y comprobó que la habían llevado al interior del Centro, y estaba tendida sobre un sofá del vestíbulo.
Fogonazos rojos y azules bañaban la habitación, dándole un aire de discoteca chillona, juvenil. Parecía que entraba y salía tanta gente... Todo era confuso. Cerró los ojos y pensó qué les habría sucedido a los hombres de las pistolas.
-Marissa, ¿te encuentras bien? Levantó los párpados y vio a Dubchek inclinado sobre ella, sus ojos oscuros casi negros del miedo.
-Marissa -repitió él-, ¿te encuentras bien? Me tuviste muy preocupado. Cuando por fin lograste que comprendiéramos lo que estaba pasando, temimos que ellos intentaran matarte. Pero nunca te quedabas quieta, no nos dabas tiempo para ir a buscarte.
Era demasiado intenso el shock como para que ella hablara.
-Dime algo, por favor. ¿Te hicieron daño? -Pensé que tú eras uno de ellos, que participabas de la conspiración -fue lo único que logró articular.
-Lo temía -reconoció Dubchek-. Y bien que me lo merecía. Tanto me preocupaba por proteger el Centro, que no tuve en cuenta tus teorías. Pero créeme que no tengo la menor participación en todo el asunto.
Marissa le tomó una mano. -Yo tampoco te di muchas oportunidades para que me lo explicaras. Estaba muy ocupada transgrediendo todas las normas.
El asistente de una ambulancia se les acercó. -¿La señorita desea que la llevemos al hospital? -preguntó.
-¿Quieres ir, Marissa? -dijo Dubchek. -Bueno, aunque creo que no tengo nada.
Cuando otro ayudante se aproximaba para transportarla a la camilla, ella comentó:
Cuando otro ayudante se aproximaba para transportarla a la camilla, ella comentó:
-Al oír el primer disparo pensé que me había muerto de un balazo.
-No. Uno de los agentes del FBI que yo había llamado, le disparó al hombre que quiso asesinarte.
Un estremecimiento la recorrió. Dubchek caminó junto a la camilla cuando la llevaban a la ambulancia. Marissa estiró un brazo y le tomó la mano.
EPÍLOGO
Estaba desembalando las maletas al regresar de dos semanas de vacaciones que había tomado por petición expresa del doctor Carbonara, cuando sonó el timbre de la calle. Acababa de llegar de Virginia, donde su familia había hecho todo lo posible por mimarla, hasta el punto de regalarle otra perrita a la que en el acto denominó Taffy Dos.
Mientras bajaba la escalera se preguntaba quién podría ser, ya que no había avisado a nadie la fecha exacta de su retorno. Al abrir la puerta le sorprendió encontrarse con Cyrill Dubchek y un desconocido. -Espero que no te moleste que hayamos aparecido sin avisar, pero el doctor Carbonara me dijo que podías estar de vuelta, y el doctor Fakkry, de la Organización Mundial de la Salud, deseaba conocerle. Hoy es el último día que está con nosotros; esta noche regresa a Ginebra.
El desconocido dio un paso adelante e inclinó la cabeza. Luego miró fijamente a Marissa con sus ojos muy oscuros.
-Es un gran honor para mí -expresó Fakkry con marcado acento británico-. Quería agradecerle personalmente su brillante trabajo de detective.
-Y sin la menor ayuda nuestra -reconoció Dubchek.
-Me siento halagada -confesó ella, sin saber qué más decir.
Dubchek carraspeó. Esos nuevos rasgos de timidez de Cyrill le resultaban muy simpáticos. Cuando no hacía lo posible por enfurecerla, ella reconocía que resultaba muy guapo.
-Pensamos que te gustaría saber lo que pasó en estos días. A la prensa se le informó lo menos posible, pero hasta la policía considera que tú tienes derecho a saber toda la verdad.
-Me encantaría que me lo contaran. Pero pasen, por favor, y siéntense. ¿Les sirvo algo de beber?
Una vez que estuvieron acomodados, tomó la palabra el doctor Fakkry.
-Gracias a usted se ha podido detener a casi todas las personas relacionadas con la conspiración del Ébola. El hombre al que acuchilló en San Francisco acusó al doctor Heberling apenas se repuso un poco.
-La policía opina que el tipo quiso que lo mandaran a la cárcel para evitar que pudieras atacarlo de nuevo -bromeó Dubchek.
Marissa se estremeció al recordar el terrible episodio, cuando apuñaló al individuo en el lavabo del hotel. Por un instante el recuerdo de los ojos de su agresor la conmocionó. Luego recuperó el dominio de sí misma y preguntó qué suerte había corrido Heberling.
-Se le procesará por numerosos homicidios premeditados -respondió Dubchek-. El juez le negó la libertad bajo fianza aduciendo que es tan peligroso para la sociedad como los criminales nazis.
-¿Y el hombre al que ataqué con la Dermojet? Tuvo miedo de formular la pregunta porque no quería ser responsable de dar muerte a alguien ni de provocar un brote de Ébola. -Se va a salvar, para que se le pueda juzgar. Se inoculó a tiempo el suero de convalecientes, y éste resultó efectivo.
-¿Y los del Comité Médico de Acción Política? -Varios ofrecieron presentarse a declarar, con lo cual la investigación se está volviendo inusitadamente fácil. Casi nos hemos convencido de que la mayoría consideraba que estaba apoyando una simple campaña de presión. -¿Y Tieman? Él sí que no parecía ser deshonesto como para involucrarse en un asunto tan sucio. 0 al menos daba la impresión de que le pesaba la conciencia.
-Su abogado está gestionando una condena más benigna a cambio de su colaboración. En cuanto al CMAP, el grupo está en quiebra ya que casi todos los familiares de las-victimas les iniciaron juicio, y también demandan a los médicos en forma individual. A la mayoría de los miembros se los procesa por criminales, de modo que pasarán un buen tiempo entre rejas, particularmente Jackson.
-A él y al doctor Heberling -intervino Fakkry- el pueblo los lincharía si pudiera ponerles las manos encima.
-Supongo que también condenarán a Ralph -conjeturó Marissa.
Todavía le costaba aceptar que el hombre al que consideraba su protector hubiese intentado matarla.
-Él fue uno de los primeros en cooperar con el fiscal. Va a conseguir reducción de condena, pero de todos modos no creo que lo suelten durante largo tiempo, Aparte de su vinculación con el CMAP, se lo relaciona directamente con los ataques sobre tu persona.
-Lo sé. -Suspiró Marissa-. O sea que todo terminó.
-Gracias a tu persistencia -aclaró Dubchek-. Y el brote de Nueva York está totalmente dominado.
-.Qué tranquilidad. -¿Y bien? ¿Cuándo regresas al Centro? Ya se te ha concedido la autorización para utilizar el laboratorio de máximo riesgo. -Esa vez Dubchek exhibió una franca sonrisa-. Nadie quería que tuvieras que volver a entrar subrepticiamente de noche.
Marissa se ruborizó sin desearlo. -Todavía no lo decidí. En realidad estaba pensando en volver a la pediatría.
-¿Y regresar a Boston? -preguntó Dubchek, con rostro compungido.
-Sería una pérdida lamentable -opinó el doctor Fakkry-. Usted se ha convertido ya en una heroína internacional en el campo epidemiológico.
-Tendré que pensarlo más. Pero aun si vuelvo a la pediatría, me quedaría en Atlanta. -Acarició a su nueva perrita. Se produjo un silencio, tras el cual agregó-: Pero quisiera hacer una petición.
-Si en algo podemos ayudarla... -ofreció el doctor Fakkry.
Marissa meneó la cabeza. -Esta vez sólo puede ayudarme Cyrill. Ya sea que vuelva o no a la pediatría, me encantaría que él me invitara otra vez a cenar.
Consiguió tomarlo desprevenido. Riéndose por la expresión de asombro que puso Fakkry, Dubchek se inclinó, le pasó un brazo alrededor de los hombros y la atrajo hacia sí.
FIN

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