Google+ Badge

-

.

.

¡Gana Dinero con MePagan.com!
vótame en cincolinks.com

lunes, noviembre 15, 2010

Epidemia -- ROBIN COOK

Epidemia


[Revisión y corrección: Miguel A. Martín][Esta revisión se hizo mientras se leía un texto sin imágenes. Algunos párrafos (muy pocos, afortunadamente), no pudieron ser descifrados, debido a la baja calidad del texto obtenido en el scanner. Tampoco fue posible determinar la división por capítulos. A pesar de ello, considero que se mantiene el sentido de la obra.] 




*********

PRÓLOGO
Zaire (África)
7 de septiembre de 1976
John Nordyke, de veintiún años, estudiante de Biología de la Universidad de Yale, despertó al amanecer en las afueras de una aldea de Bumba (Zaire). Girando en su saco de dormir, empapado en sudor, miró por la ventana de su tienda y escuchó los sonidos del bosque tropical mezclados con los ruidos de la aldea que despertaba. Una brisa ligera llevaba el olor tibio y acre de los excrementos de vaca impregnado del aroma penetrante de los fuegos para la comida. A una gran altura, vislumbró monos saltando a través de la exuberante vegetación que ocultaba el cielo de su vista.
Había tenido un sueño agitado y al despertarse estaba débil y vacilante. Se sentía considerablemente peor que al ser atacado por los escalofríos y la fiebre la noche anterior, una hora más o menos después de la cena. Creyó que podía ser malaria. Aunque se había prevenido tomando fosfato de cloroquina, no había podido evitar las nubes de mosquitos que emanaban todas las noches de los charcos podridos escondidos en medio de la jungla pantanosa.
Con paso tambaleante llegó al poblado y preguntó por la clínica más próxima. Un sacerdote itinerante le informó que había un hospital en una misión belga en Yambuku, pequeña aldea a unos pocos kilómetros de allí. Enfermo y asustado, John levantó rápidamente el campamento, guardó la tienda y el saco de dormir en la mochila y emprendió el camino a Yambuku.
Había obtenido licencia de la universidad por seis meses para fotografiar animales africanos, como el gorila de montaña, en peligro de extinción. Desde niño había soñado con emular a los famosos exploradores del siglo XIX, los primeros en abrir el Continente Negro.
Yambuku era escasamente más grande que la aldea que acababa de abandonar y el hospital de la misión no le inspiró la menor confianza. Era apenas un pobre conjunto de edificios construidos con bloques de cernada que estaban pidiendo reparación a gritos. Los techos eran, o bien de metal corrugado en vías de herrumbrarse o bien de paja como las chozas nativas. No parecía haber electricidad.
Después de presentarse ante una monja envuelta en el atuendo tradicional que sólo hablaba francés, le ordenaron esperar con una multitud de nativos en diversos estados de inanición o enfermedad. Observando al resto de los pacientes, John se preguntó si no habría peligro de que le contagiaran alguna enfermedad más grave que la que tenía. Por fin lo atendió un atareado médico belga que hablaba algo de inglés, aunque no mucho. El examen fue rápido y, tal como suponía, el diagnóstico fue un principio de malaria. El médico le recetó una inyección de cloroquina y le aconsejó que volviera si no se sentía mejor al cabo de uno o dos días.
Al terminar el examen, lo enviaron a la habitación de tratamiento a hacer cola para que le inyectaran. Fue entonces cuando advirtió la falta de asepsia. La enfermera no tenía agujas desechables y se limitaba a rotar tres jeringuillas. Estaba seguro de que su corta permanencia en la solución desinfectante en que las ponía, no bastaba para librarlas de gérmenes. Cuando le llegó el turno, pensó protestar, pero no hablaba muy bien el francés y también sabía que necesitaba la medicina.
Durante unos cuantos días se alegró de haberse callado porque muy pronto empezó a sentirse mejor. Permaneció en la zona de Yambuku donde fotografió a los aborígenes budzas, tribu de ávidos cazadores que se demostraron ansiosos por lucir su destreza ante el extranjero rubio. Al tercer día, John se preparaba para volver a remontar el río Zaire siguiendo los pasos de Henry Stanley cuando su salud empezó a empeorar rápidamente. Primero sintió un terrible dolor de cabeza seguido en rápida sucesión por escalofríos, fiebre, náuseas y diarrea. Con la esperanza de que se le pasara, se quedó en la tienda y tembló toda la noche soñando con su país, con sábanas limpias y un baño al final del pasillo. Tras vomitar varias veces en la oscuridad, recogió sus cosas con gran dificultad y se encaminó muy despacio al hospital de la misión. Al llegar al complejo, vomitó una sangre roja y brillante y se desplomó en el suelo de la clínica.
Una hora más tarde despertó en una habitación donde había otros dos pacientes afectados ambos por una malaria que se resistía a la medicación.
El médico -el mismo que lo había examinado la vez anterior- se alarmó al advertir la gravedad del cuadro y notó además unos curiosos síntomas adicionales: una erupción extraña en el pecho y pequeñas hemorragias superficiales en los ojos. Si bien el diagnóstico seguía siendo malaria, el médico estaba preocupado porque no se trataba de un caso típico.
Como precaución adicional, prescribió una dosis de cloranfenicol por si el chico tenía fiebre tifoidea.
16 de septiembre de 1976
El doctor Lugasa, director general de salud para la zona de Bumba, contempló por la ventana de su despacho el río Zaire que brillaba bajo el sol de la mañana. Hubiese preferido que aún se llamara el Congo con todo el misterio y la emoción que el nombre conjuraba. Luego, haciendo un esfuerzo por volverse a concentrar en su trabajo, miró otra vez la carta que acababa de recibir del hospital de la misión de Yambuku refiriendo la muerte de un estadounidense, John Nordyke, y de un agricultor que visitaba la zona desde una plantación próxima al río Ébola. El médico de la misión sostenía que las muertes habían sido causadas por una infección desconocida que se extendía rápidamente. Dos pacientes internados junto al estadounidense, cuatro personas de la plantación que habían cuidado al agricultor y diez de los pacientes del ambulatorio de la clínica, presentaban graves cuadros de la misma enfermedad.
El doctor Lugasa sabía que le quedaban dos caminos. Primero, podía no hacer nada, lo que era, indudablemente, la elección más aconsejable. Sólo Dios sabía qué virulentas enfermedades endémicas podían surgir allá en la selva. La segunda alternativa era llenar la impresionante colección de formularios oficiales que requería informar el incidente a Kinshasa, donde alguien como él, pero más elevado en la escala burocrática, decidiría, probablemente, no mover ni un dedo. Desde luego, el doctor Lugasa sabía que si optaba por llenar los formularios no tendría más remedio que viajar a Yambuku, idea que le resultaba especialmente desagradable en esa época del año particularmente calurosa y húmeda.
Con un mínimo de remordimiento, tiró la caria a la papelera.
23 de septiembre de 1976
Una semana más tarde el doctor Lugasa se apoyaba nervioso en un pie y luego en otro mientras veía aterrizar el vetusto DC-3 en el aeropuerto de Bumba. El primero en bajar fue el doctor Bouchard, su superior en Kinshasa, a quien había llamado por teléfono el día anterior para comunicarle que acababa de enterarse del brote grave de una enfermedad desconocida que se había producido en la zona del hospital de Yambuku. La epidemia estaba afectando no sólo a los pobladores de la región sino también al personal del centro sanitario. Se había cuidado mucho de mencionar la carta que había recibido una semana antes.
Los dos médicos se saludaron al pie del avión y se alejaron luego en el Toyota Corolla del doctor Lugasa. Al preguntar al recién llegado si no había más noticias de Yambuku, el doctor Lugasa carraspeó, disgustado aún por lo que había oído esa mañana por la radio. Al parecer, de los diecisiete miembros del personal médico, once habían muerto ya además de ciento catorce nativos. El hospital estaba cerrado ya que no había nadie en condiciones de mantenerlo en funcionamiento.
El doctor Bouchard decidió que debía declararse en cuarentena toda la zona de Bumba. Rápidamente efectuó las llamadas necesarias a Kinshasa y ordenó al renuente doctor Lugasa que consiguiera un medio de transporte con el que dirigirse al día siguiente a Yambuku para evaluar la situación sobre el terreno.
24 de septiembre de 1976
Al día siguiente, cuando ambos médicos entraron en el patio desierto del hospital de la misión de Yambuku, los recibió una quietud sobrenatural. Una rata pasó corriendo por la balaustrada de un porche vacío y un olor pútrido les asaltó el olfato. Se cubrieron la nariz con un pañuelo y bajaron del Land Rover sin muchas ganas, para acercarse cautelosamente al primer edificio. Tras echar un vistazo, descubrieron allí dos cadáveres que empezaban a descomponerse a causa del calor. Sólo al mirar dentro de la tercera construcción, encontraron a alguien aún con vida, una enfermera que deliraba por la fiebre. Los médicos entraron en la sala de operaciones y se pusieron guantes, batas y mascarillas en un intento tardío de protegerse. Temiendo aún por su propia salud, atendieron a la enfermera y buscaron luego más miembros del personal. Entre casi treinta muertos, encontraron otros cuatro pacientes que apenas se aferraban a la vida.
El doctor Bouchard se comunicó por radio con Kinshasa y solicitó ayuda urgente a la Fuerza Aérea de Zaire para evacuar a varios pacientes de la misión y llevarlos a la capital, pero cuando se consultó al departamento de enfermedades infecciosas del hospital universitario cómo se debía aislar a los enfermos durante el vuelo, sólo la enfermera sobrevivía. Bouchard señaló que las técnicas de aislamiento debían ser las mejores ya que era evidente que se trataba de un mal sumamente contagioso y extremadamente mortífero.
31 de octubre de 1976
El virus de Yambuku se logró aislar en los tres laboratorios internacionales de forma casi simultánea. Se advirtió que era estructuralmente similar al virus Marburg descubierto en 1967 en un brote fatal entre empleados de laboratorio que manipulaban monos verdes de Uganda. El nuevo virus, considerablemente más virulento que el Marburg, fue denominado Ébola por el río del mismo nombre que corre al norte de Bumba, y se le consideró el microorganismo más mortífero conocido desde la peste bubónica.
16 de noviembre de 1976
30 de septiembre de 1976
La enfermera belga evacuada en avión murió a las tres de la madrugada a pesar de la terapia intensiva que recibió durante seis días. No se emitió un diagnóstico, pero después de practicársele la autopsia, se remitieron muestras de su sangre, hígado, bilis y cerebro al Instituto de Medicina Tropical de Amberes, Bélgica; al Centro para el Control de Enfermedades de Atlanta, Estados Unidos, y al Establecimiento de Investigación Microbiológica en Porton Down, Inglaterra. En la zona de Yambuku -había para entonces doscientos noventa y cuatro casos de la enfermedad con una tasa de mortalidad cercana al noventa por ciento.
Dos meses después del brote inicial, la enfermedad de Yambuku se consideró controlada con éxito, ya que durante varias semanas no se presentaron nuevos casos en esa zona.
3 de diciembre de 1976
Se levantó la cuarentena en la región de Bumba y se reanudaron los servicios aéreos. Evidentemente, el virus Ébola había regresado a su fuente original. El origen de esa fuente quedó, sin embargo, en el más absoluto misterio. Un equipo internacional de profesionales, entre los que se encontraba el doctor Cyrill Dubchek del Centro para el Control de Enfermedades que había desempeñado un papel importante en la localización del virus de la fiebre Lasa, exploró toda la zona en busca de un foco del virus Ébola dentro de los mamíferos, las aves y los insectos. Lamentablemente, los virólogos no obtuvieron resultado alguno. Ni siquiera una pista.
Los Ángeles, California
14 de enero Momento actual
El doctor Rudolph Richter, un hombre alto y de aspecto distinguido, oftalmólogo de Alemania Occidental y cofundador de la Clínica Richter de Los Ángeles, se arregló las gafas para revisar las pruebas publicitarias que estaban desplegadas sobre una mesa redonda en la sala de reuniones de la clínica. A su derecha, examinando las pruebas con igual atención, estaba William, su hermano y socio, graduado en administración de empresas. El material era para la campaña del trimestre siguiente dirigida a la captación de nuevos suscriptores del sistema de pagos adelantados del plan de salud que ofrecía la clínica. Iba dirigido a la gente joven que, como grupo, gozaba relativamente de buena salud. William había señalado rápidamente que era ahí donde se obtenían buenos beneficios en el negocio de los sistemas de salud por pagos adelantados.
A Rudolph le gustaron las pruebas. Era la primera cosa positiva que le había ocurrido ese día. Había empezado mal, con un pequeño choque en la autopista de San Diego que le había abollado su flamante BMW. Luego, la operación de urgencia que le había atrasado la consulta. Después el caso trágico del paciente de SIDA que le había tosido en la cara cuando trataba de examinarle las retinas. Y para colmo lo había mordido uno de los monos que se utilizaban en su proyecto vinculado con el herpes ocular. ¡Qué día!
Repasó un anuncio que iba a salir en la revista dominical del Times y le pareció perfecto. Le hizo una señal de asentimiento a William y éste indicó al hombre de la agencia de publicidad que podía continuar. La página siguiente de la presentación era un hermoso comercial de treinta segundos para la televisión programado en el noticiero de la noche. En él aparecían unas despreocupadas jóvenes en bikini jugando a voleibol en una playa de Malibú con unos chicos apuestos. Aunque exaltaba el concepto de la conservación de la salud mediante el sistema de pagos adelantados tal como lo ofrecía una organización como la Clínica Richter, en contraste con el sistema convencional de pago por servicio prestado, a Rudolph le recordó un costoso anuncio de Pepsi.
Además de Rudolph y William, había otros médicos del personal, entre ellos el doctor Navarro, jefe de medicina. Todos eran directores de la clínica y poseían una pequeña cantidad de acciones. . William carraspeó y preguntó luego si alguien quería hacer alguna pregunta. Nadie respondió. Después de retirarse la gente de la agencia de publicidad, el grupo aprobó por unanimidad el material presentado. Luego, tras un breve intercambio de ideas acerca de la construcción de una sucursal de la clínica para atender el aumento de suscriptores de la zona de Newport Beach, se levantó la sesión.
El doctor Richter regresó a su despacho y guardó con gesto satisfecho las pruebas dentro de su cartera. Era una habitación suntuosa, teniendo en cuenta el sueldo relativamente bajo que obtenía como médico de la clínica. Pero ese sueldo era apenas una remuneración secundaria comparada con los dividendos que obtenía por sus acciones. Tanto la clínica como el doctor Richter gozaban de una excelente situación económica.
Después de hacer varias llamadas, el doctor Richter fue a visitar a sus pacientes postoperatorios: dos casos de desprendimiento de retina con historias clínicas difíciles. Ambos se recuperaban bien. De regreso a su despacho pensaba en los pocos casos quirúrgicos que tenía pese a que era el único oftalmólogo de la clínica. Era preocupante, pero con la cantidad de oftalmólogos que había en la ciudad, tenía suerte de contar con lo que contaba. Agradecía a su hermano que le hubiese convencido de fundar la clínica ocho años antes.
Se cambió la bata blanca por una chaqueta deportiva azul, tomó su cartera y se marchó de la clínica. Eran más de las nueve de la noche y el aparcamiento de dos pisos estaba casi vacío. De día estaba siempre lleno y William ya mencionaba la necesidad de ampliarlo, no sólo porque hacía falta el espacio, sino por la depreciación. Rudolph no entendía verdaderamente esos temas, ni quería entenderlos.
Cavilando sobre los aspectos económicos de la clínica, no reparó en los dos hombres que estaban aguardando en la penumbra del garaje. Ni siquiera notó su presencia cuando empezaron a andar tras él. Los dos vestían traje oscuro. El más alto tenía un brazo que parecía paralizado en una flexión permanente. En la mano llevaba una gruesa cartera que sostenía en alto por la inmovilidad de la articulación del codo.
Cerca ya de su coche, el doctor Richter oyó los pasos que se apresuraban a sus espaldas y experimentó una incómoda sensación en la garganta. Tragó saliva, lanzó una mirada nerviosa hacia atrás y vio a dos hombres que aparentemente se encaminaban hacia él. Al pasar bajo una luz, pudo apreciar que iban bien vestidos, con camisas limpias y corbatas de seda, lo que le dio cierta tranquilidad. De todos modos, apretó el paso. Dio la vuelta por detrás de su coche preparando las llaves, abrió la puerta, arrojó dentro la cartera y se sentó invadido por el grato olor a cuero del tapizado. Quiso cerrar la puerta, pero una mano se lo impidió. Levantó la mirada y se encontró con la cara serena e inexpresiva de los dos hombres que lo habían seguido. Una leve sonrisa cruzó el rostro del desconocido mientras el doctor Richter lo miraba interrogante.
Intentó cerrar la puerta otra vez, pero el individuo la sujetaba fuertemente desde fuera.
- ¿Me podría decir la hora, doctor? -preguntó el hombre cortésmente.
-Desde luego -respondió Richter, contento de que una razón tan inocua explicase la presencia de aquel hombre.
Miró su reloj, pero antes de que pudiese siquiera articular palabra, se vio arrancado violentamente del coche. Intentó resistirse, pero quedó atontado en el acto por fuerte puñetazo en la cara. Unas manos bruscas le sacaron la billetera y oyó una tela que se desgarraba. Uno de los hombres dijo «empresario» en un tono despectivo, mientras el otro le indicaba: «Toma la cartera» El doctor Richter sintió que le arrancaban el reloj de la muñeca.
Todo terminó rápidamente. Oyó pasos que se alejaban, la puerta de un coche que se cerraba y el chirrido de las ruedas al rozar el suelo de cemento. Durante unos instantes permaneció inmóvil, contento de estar con vida. Encontró las gafas y al ponérselas notó que el cristal izquierdo estaba roto. Como cirujano, su preocupación principal eran las manos. Fue lo primero que revisó aun antes de levantarse del suelo. Luego se puso de pie y examinó el resto de su persona. Tenía la camisa y la corbata de seda manchadas de grasa. Le faltaba un botón de la chaqueta y en su lugar había quedado un desgarrón en forma de herradura. Tenía los pantalones rotos desde la cintura hasta la rodilla.
-Dios mío, qué día -dijo en voz alta pensando que en comparación con el asalto, la abolladura del coche no era nada.
Al cabo de un momento de vacilación, recuperó las llaves y regresó a la clínica. Allí llamó al encargado de seguridad y se discutió si debía darse parte a la policía de Los Ángeles. La idea de una mala publicidad para la clínica lo hizo dudar. Además, ¿qué iba hacer la policía? Mientras cavilaba, llamó a su mujer para avisarle de que llegaría un poco más tarde. Luego fue a mirarse la cara en el espejo del baño. En el pómulo derecho tenía una magulladura salpicada con suciedad del garaje. Mientras se limpiaba cuidadosamente con un desinfectante, trató de calcular con cuánto había contribuido al bienestar de los ladrones. Suponía que debía de llevar unos cien dólares en la billetera, además de sus tarjetas de crédito y su matrícula médica de California. Pero lo que más le dolía era el reloj; había sido regalo de su mujer. «Bueno, tendría que comprarse otro», pensó, y en ese momento llamaron a la puerta.
El encargado de seguridad se disculpó en tono servil diciendo que hasta entonces no habían tenido nunca un problema de esa índole y que hubiese deseado encontrarse en aquella zona. Dijo al doctor Richter que había recorrido el aparcamiento apenas media hora antes en su ronda acostumbrada. Richter le aseguró que no debía culparse y que lo único que deseaba era que no volviese a ocurrir un suceso como aquél. Luego le explicó las razones por las cuales no quería dar parte a las fuerzas del orden.
Al día siguiente, el doctor Richter no se sentía bien, pero atribuyó los síntomas al impacto emocional y al hecho de haber dormido sobresaltado. A las cinco y media de la tarde, sin embargo, se sintió tan enfermo como para considerar si cancelaba la cita con su amante, una secretaria del departamento de archivo. Al final, sí fue a su apartamento, pero se marchó temprano porque necesitaba descansar, sólo para pasarse la noche dando vueltas en la cama.
Al otro día estaba realmente enfermo. Trató de no pensar en la mordedura del mono ni el paciente con SIDA que le había tosido encima. Sabía perfectamente que el SIDA no se transmite por un contacto tan casual. Lo que le preocupaba era la infección no diagnosticada. A las tres y media sintió escalofríos y un dolor de cabeza con intensidad de migraña que le obligó a cancelar las visitas de esa tarde y a marcharse de la clínica. A esas alturas, estaba seguro de que había pescado una gripe. Cuando llegó a su casa, su mujer lo notó tan pálido y con los ojos tan enrojecidos que lo mandó directamente a la cama. A las ocho, la cefalea era tan intensa que tuvo que tomar Percodán. A las nueve sufrió violentos espasmos en el estómago y diarrea. La mujer quería llamar al doctor Navarro, pero él la tachó de alarmista y le aseguró que pronto se iba a poner bien. Tomó un somnífero y se durmió. Se despertó a las cuatro de la madrugada, consiguió arrastrarse hasta el baño y tuvo un vómito de sangre. Aterrada, la esposa llamó una ambulancia para llevarlo a la clínica. El no protestó. No tenía fuerzas suficientes para protestar. Sabía que estaba más enfermo que nunca en su vida.
20 de enero
Marissa Blumenthal advirtió que se distraía aunque no supo si el estímulo provenía de su propia mente o de algún ligero cambio en el entorno. De todos modos, se le había roto la concentración. Al levantar los ojos del libro que tenía en el regazo, se dio cuenta de que la luz que entraba por la ventana había cambiado del blanco pálido invernal al negro intenso. Miró su reloj. Con razón. Eran casi las siete. Jolines -murmuró utilizando una de las expresiones que le quedaban de la infancia.
Se puso de pie tan rápidamente que sintió un mareo momentáneo. Hacía demasiadas horas que estaba recostada en dos sillas bajas de vinilo en un rincón de la biblioteca del CCE, el Centro para el Control de Enfermedades de Atlanta. Tenía una cita aquella noche y había planeado estar en casa a las seis y media para prepararse.
Tomando el grueso volumen Virología de Fields, se dirigió al estante de reservas estirando sus músculos acalambrados en el trayecto.
Es cierto que había corrido esa mañana, pero sólo tres kilómetros, no los cinco de costumbre.
-¿Necesita ayuda para subir ese monstruo al estante? -bromeó la señora Campbell, la maternal bibliotecaria, abotonándose la rebeca que no salía nunca de sus hombros porque siempre hacía frío en la biblioteca.
Como en todo chiste bueno, había una cierta base de verdad en el comentario de la señora Campbell. El texto de Virología pesaba cinco kilos, o sea una décima parte del peso de Marissa. Sólo medía un metro cincuenta y dos, aunque cuando la gente le preguntaba, respondía que un metro cincuenta y siete, la estatura que alcanzaba con tacones altos. Para volver a poner el libro en su lugar, tuvo que echarlo hacia atrás y casi arrojarlo luego con el impulso.
-La ayuda que necesito con este libro es meterme su contenido en el cerebro.
La señora Campbell rió con su estilo controlado. Era una mujer simpática, cálida, como casi todos los del CCE. A Marissa, el Centro le parecía más una institución académica que el organismo federal en que se había convertido en 1973. Había allí un ambiente de compromiso y dedicación. Si bien las secretarias y el personal de mantenimiento salían a las cuatro y media, los profesionales se quedaban siempre y a menudo trabajaban hasta altas horas de la noche. La gente allí creía en lo que hacía.
Marissa salió de la biblioteca que, en cuanto a espacio, resultaba desesperadamente inadecuada. La mitad de los libros y periódicos del Centro se amontonaban descuidadamente por todas las habitaciones. En ese sentido el CCE era sin duda una agencia de salud regulada por el gobierno federal, obligada a luchar para obtener fondos en una atmósfera de recortes presupuestarios. Marissa advirtió que también tenía el aspecto de una agencia federal. El vestíbulo estaba pintado de un verde pardusco institucional, y el suelo estaba cubierto por un linóleo gris muy desgastado hacia el centro por el uso. Junto al ascensor estaba la inevitable foto de un sonriente Ronald Reagan. Justo bajo la foto, alguien había clavado irreverentemente una tarjeta que decía: «Si no le gustó el presupuesto de este año, ¡ya verá el del año próximo!»
Marissa subió la escalera que conducía a su despacho -sí es que podía llamársele así, ya que más bien parecía un armario para escobas-, en el piso de arriba de la biblioteca. No tenía ventanas. Las paredes estaban pintadas de un color ceniciento y apenas había lugar para un escritorio metálico, un archivo, una lámpara y un sillón giratorio. Pero tenía suerte de contar con ese despacho. En el Centro la competencia por el espacio era intensa.
Pese a todas las dificultades, Marissa sabía que el CCE funcionaba bien. A través de los años había prestado un estupendo servicio médico, no sólo en Estados Unidos sino también en otros países. Nunca olvidaría cómo habían ayudado a resolver el misterio de la Enfermedad del Legionario años atrás. Desde que la organización había empezado en 1942 como Oficina para el Control de la Malaria con el fin de erradicar la enfermedad del sur americano, había resuelto cientos de casos como aquél. En 1946 pasó a ser el Centro de Enfermedades Transmisibles con laboratorios separados para bacterias, hongos, parásitos y virus. Al año siguiente se incorporó un laboratorio para zoonosis, enfermedades propias de los animales que pueden transmitirse al ser humano, tales como la peste, la rabia y el carbunclo. En 1970 el organismo volvió a cambiar de nombre y desde entonces era el Centro para el Control de Enfermedades.
Mientras guardaba unas cosas en su cartera, Marissa pensó en los éxitos obtenidos por el CCE en el pasado, sabiendo que esa historia era uno de los principales motivos por los que había pensado en ingresar allí. Después de terminar un curso pediátrico en Boston, presentó su solicitud en el Servicio de Inteligencia de Epidemiología y fue aceptada por un término de dos años, durante los cuales se desempeñó en calidad de oficial de inteligencia de epidemiología. Era como ser una especie de detective médico. Había terminado unas tres semanas atrás, justo antes de Navidad, el curso introductorio que supuestamente la preparaba para el nuevo cargo. El curso versaba sobre administración de salud pública, bioestadística y epidemiología (el estudio y control de la salud y la enfermedad en una determinada población).
Una sonrisa irónica se dibujó en el rostro de Marissa en el momento en que se ponía el abrigo azul oscuro. Había terminado el curso de introducción, sí, pero tal como le había sucedido con frecuencia durante la carrera de medicina, se sentía absolutamente incapacitada para solucionar una urgencia real. El salto iba a ser enorme desde el aula al campo de trabajo, cuando se le encomendara alguna misión. Saber relacionar en teoría los casos de una enfermedad específica de una forma coherente que revelase causa, agentes emisores y transmisores era muy diferente a saber controlar una epidemia real que involucrase a personas reales. De hecho, no era cuestión de pensar «si alguna vez... », sino en «cuándo».
Tomando su cartera, apagó la luz y volvió a recorrer el pasillo hacia los ascensores. Había hecho el curso de epidemiología con otros cuarenta y ocho compañeros entre hombres y mujeres, la mayoría médicos como ella, aunque también había algunos microbiólogos, varias enfermeras e incluso un dentista. ¿Estarían pasando todos por la misma crisis de confianza en sí mismos? En medicina la gente no suele comentar esas cosas porque va contra la propia «imagen».
Al terminar el curso la enviaron a la División de Patógenos Especiales del Departamento de Virología, el puesto que más le gustaba entre los que había disponibles. Logró el nombramiento por haber obtenido el mejor promedio de su clase. Si bien no tenía una formación sólida en virología -precisamente por eso pasaba tanto tiempo en la biblioteca-, pidió que la asignaran a ese departamento porque la epidemia de SIDA había lanzado la virología a la cabeza de toda la investigación. Anteriormente, siempre había servido de asistente de bacteriología. Ahora, sin embargo, la «acción» estaba allí y ella no quería perdérsela.
Frente al ascensor saludó a un grupito de personas que esperaban. Conocía a algunos, en su mayoría gente del Departamento de Virología cuya oficina administrativa estaba en el mismo pasillo de su despacho. Otros le resultaron desconocidos, pero igualmente todos la saludaron. Estaba pasando por una crisis de confianza en su actitud profesional, pero al menos se sentía bien recibida. Tuvo que hacer cola en el vestíbulo para firmar la salida, requisito indispensable después de las cinco de la tarde y luego se dirigió al aparcamiento. A pesar de que era invierno, el clima no era tan riguroso como el que había tenido que soportar en Boston durante los cuatro años anteriores, y no se molestó en abrocharse el abrigo. El deportivo Honda Prelude de color rojo estaba como lo había dejado esa mañana: polvoriento, sucio y descuidado. Aún tenía la matrícula de Massachussets; cambiarla era una de las cosas que aún no había tenido tiempo de hacer.
El trayecto hasta la casa que tenía alquilada era corto. La zona de los alrededores del Centro estaba dominada por la Universidad de Emory, que a comienzos de la década de los cuarenta había donado los terrenos al CCE. Rodeaban la universidad hermosos barrios residenciales que recorrían toda la escala, desde la clase media hasta los ostentosamente ricos. Fue en uno de los primeros, Druid Hills, donde encontró una casa de alquiler propiedad de un matrimonio que había sido trasladado a Mica para trabajar en un proyecto de control de natalidad.
Giró por la calle Peachtree (A Marissa le parecía que todo en Atlanta se llamaba peachtree). Pasó junto a su casa, un edificio de madera de dos pisos bastante bien conservado exceptuando el terreno. El estilo arquitectónico era indeterminado a excepción de dos columnas jónicas en el porche. Todas las ventanas tenían postigos falsos; cada uno con una abertura en forma de corazón recortada en el centro. Marissa se la había descrito a sus padres con el término «mona».
En la siguiente calle giró a la izquierda y luego otra vez a la izquierda. El terreno sobre el que estaba construida la casa abarcaba toda la manzana, y para que Marissa pudiese entrar en el garaje, tenía que llegar por la parte de atrás. Frente a la casa había un camino circular, pero no conectaba con el camino de atrás y con el garaje. Ambos caminos habían estado conectados en otros tiempos, por lo que parecía, pero alguien había construido una pista de tenis y eso había terminado con la conexión.
Como tenía que salir esa noche, no encerró el coche en el garaje, sino que giró en redondo y lo subió por la rampa marcha atrás. Mientras corría por la escalera de atrás, oyó los ladridos de bienvenida del cocker spaniel que le había regalado una de sus colegas pediatras.
Ella no había pensado nunca tener un perro, pero seis meses atrás había terminado una larga relación romántica que ella creía que iba a conducirla al matrimonio. El hombre, Roger Shulman, residente de neurocirugía del Hospital General de Massachussets, la había sorprendido con la noticia de que había aceptado una beca de la Universidad de California y de que quería irse solo. Hasta ese momento, tenían convenido que ella le acompañaría al lugar donde él tuviese que terminar su especialización y, de hecho, ella había solicitado cargos de pediatría en San Francisco y en Houston. Roger nunca le había mencionado California.
Como la más pequeña de la familia, con tres hermanos mayores y un padre frío y dominante, neurocirujano de profesión, Marissa nunca había tenido mucha confianza en sí misma. Tomó tan mal la ruptura con Roger que apenas lograba forzarse a dejar la cama cada mañana para trasladarse al hospital. En medio de su depresión, su amiga Nancy le había regalado el perro. Al principio el gesto la irritó, pero Taffy -el cachorrito llevaba el nombre en un lazo muy grande alrededor del cuello- pronto le ganó el corazón y, tal como Nancy había pensado, la ayudó a pensar en otra cosa que no fuese su dolor. Ahora Marissa estaba loca con el perro, contenta de tener «vida» en su casa, un objeto capaz de recibir y de devolver afecto. Al llegar al CCE, su única preocupación había sido lo que iba a hacer con Taffy cuando la enviasen a realizar trabajos de campo. El asunto la preocupó bastante hasta que los Judson, vecinos de la derecha, se enamoraron del perro y no sólo se ofrecieron, sino que exigieron quedarse con Taffy cuando ella tuviese que salir de la ciudad. Fue como un regalo de Dios.
Al abrir la puerta, tuvo que protegerse de los emocionados saltos de Taffy hasta que pudo desconectar la alarma. Cuando los dueños le habían explicado el sistema, ella no había prestado mucha atención. Pero ahora se alegraba de tenerlo. Aunque los suburbios eran mucho más seguros que la ciudad, por la noche se sentía mucho más aislada que en Boston. Hasta apreciaba el «botón de pánico» que llevaba en el bolsillo del abrigo y que podía utilizar para activar la alarma desde la calle si veía luces inesperadas o movimiento dentro de la casa.
Mientras revisaba la correspondencia, dejó que Taffy gastara parte de su energía contenida dando vueltas en amplios círculos en torno al abeto que había en el jardín delantero. Los Judson sacaban al perro sin falta a mediodía; aun así, desde ese momento hasta que ella regresaba al anochecer, era demasiado tiempo para que un cachorrito de ocho meses estuviese encerrado en la cocina.
Desafortunadamente, no tuvo más remedio que acortar su exuberante ejercicio. Eran más de las siete y la esperaban para cenar a las ocho. Ralph Hempston, un prestigioso oftalmólogo, la había invitado varias veces a salir y aunque ella aún no había superado lo de Roger, lo pasaba bien con Ralph, feliz de que la llevara a cenar, al teatro y a conciertos sin presionarla para que fuera con él a la cama. De hecho, esa noche era la primera vez que la invitaba a su casa y él había dejado bien claro que iba a haber un grupo grande, no sólo ellos dos.
Parecía contentarse con que la relación creciese a su ritmo y Marissa lo agradecía, aun cuando sospechaba que la verdadera razón podía ser los veintidós años de diferencia entre sus edades. Ella tenía treinta y un años, él cincuenta y tres.
Curiosamente, el otro hombre con el que salía en Atlanta era cuatro años menor que ella. Tad Schockley, un doctor en microbiología, que trabajaba en el mismo departamento al que la habían asignado a ella recientemente, había quedado prendado de ella en el momento en que la espió en la cafetería durante su primera semana en el Centro. Era todo lo contrario de Ralph Hempston: dolorosamente tímido, aun cuando sólo la había invitado al cine.
Se dio una ducha rápida, se secó y se maquilló. Corriendo contra el tiempo, repasó el armario descartando rápidamente varias combinaciones. No era una fanática de la moda, pero le gustaba vestir bien. Por último, se decidió por una falda de seda y un jersey que había comprado en Navidad. Como era largo y le llegaba a la mitad del muslo, le parecía que con él se veía más alta. Se calzó un par de zapatos de tacón alto y se miró en el espejo de cuerpo entero.
Salvo por la estatura, Marissa estaba relativamente conforme con su físico. Tenía facciones pequeñas, pero delicadas, y su padre había empleado el término «exquisita» para definirla cuándo ella le había preguntado un día, años atrás, si la consideraba hermosa. Los ojos eran de un castaño oscuro con gruesas pestañas. El pelo también castaño, ondulado, lo llevaba con el mismo peinado desde los dieciséis años: largo hasta los hombros, recogido a un lado con una pinza.
A pesar de que el trayecto hasta la casa de Ralph duraba sólo cinco minutos, el barrio cambiaba significativamente para mejor. Las casas eran más grandes y se asentaban tras amplios y bien cuidados campos de césped. La de Ralph se erigía en un inmenso terreno y hasta ella se llegaba por un camino circular rodeado de azaleas y rododendros que, según su dueño, había que admirarlos en primavera.
Era una casa de tres pisos de estilo victoriano con una torre octogonal que dominaba la esquina derecha del frente. Un porche grande rematado por una complicada ornamentación, empezaba en la torre, se extendía por todo el frente de la casa y continuaba por el lado izquierdo. Descansando en el techo del porche, sobre las puertas dobles de la entrada principal, había un balcón circular con techo cónico que complementaba el de la torre.
La escena se veía festiva. Todas las ventanas de la casa brillaban de luz. Marissa dio la vuelta a la casa siguiendo las instrucciones de Ralph. Creía que llegaba un poco tarde, pero no había más coches.
Al pasar la casa, echó un vistazo a la escalera de incendio que bajaba del tercer piso. La había visto una noche cuando Ralph había tenido que pasar a recoger el aparato de radiollamada que se había dejado en casa. Él le había explicado que el dueño anterior tenía allí arriba las habitaciones de los criados y que el ayuntamiento le había obligado a poner la escalera de incendio. El hierro negro contrastaba grotescamente con la madera blanca.
Aparcó frente al garaje cuya ornamentación hacía juego con la de la casa. Llamó a la puerta de atrás que estaba en un ala moderna que no se veía por el frente. Nadie pareció oírla. Miró a través de la ventana y vio mucho movimiento en la cocina. No quiso probar si la puerta estaba abierta, así que dio la vuelta y llamó al timbre por el frente. Ralph abrió en el acto recibiéndola con un gran abrazo. _Gracias por venir temprano -dijo ayudándola a quitarse el abrigo.
-¿Temprano? Pensé que era tarde. -No, no, en absoluto. Los invitados van a llegar a las ocho y media. -Colgó el abrigo en el armario del pasillo.
A Marissa le sorprendió verlo de esmoquin. Aunque reconoció lo bien que le sentaba, se desconcertó.
-Espero estar vestida adecuadamente. No me habías dicho que era una cena de etiqueta.
-Estás impresionante, como siempre. Sólo busqué un pretexto para ponerme el esmoquin. Ven, te enseñaré la casa.
Le siguió pensando una vez más que Ralph parecía la quintaesencia del médico: fuerte, expresión afectuosa, canas en los lugares más convenientes. Entraron en la sala, Ralph la precedía. La decoración era atractiva pero algo aséptica. Una empleada de uniforme negro estaba colocando los entremeses.
-Empezaremos aquí. La bebida se va a servir en el bar de la sala -dijo Ralph.
Abrió unas puertas correderas y entraron en la sala. Había un bar a la izquierda. Un joven con chaleco rojo estaba sacando brillo a los vasos. Más allá de la sala, pasando a través de una arcada, había un comedor formal.
Marissa notó que la mesa estaba puesta para doce personas.
Siguió a Ralph a través del comedor dentro del ala nueva que tenía una sala de estar y una cocina moderna muy grande. El servicio de banquete estaba a cargo de una empresa especializada, y tres o cuatro personas se .encargaban de los preparativos.
Después de asegurarse de que todo marchaba bien, Ralph condujo a Marissa otra vez a la sala y le explicó que le había pedido que llegase temprano para que hiciese de anfitriona. Un poco sorprendida -después de todo, sólo había salido con él cinco o seis veces-, aceptó.
Sonó el timbre de la puerta. Habían llegado los primeros invitados.
Lamentablemente, Marissa nunca había tenido buena memoria para los nombres, pero recordó al doctor Hayward y a su esposa, porque él tenía un pelo plateado que llamaba la atención. También estaban el doctor Jackson y su esposa, que llevaba un brillante del tamaño de una pelota de golf. Los únicos otros nombres que Marissa recordó después, fueron los del matrimonio Sandberg,-ambos psiquiatras.
Intentando mantener una conversación trivial, Marissa se asombraba de las pieles y las joyas. Ésos no eran médicos de pueblo.
Cuando casi todos estaban en la sala con una copa en la mano, volvió a sonar el timbre. Ralph no estaba por ahí, así que Marissa fue a abrir. Para su gran sorpresa, reconoció al doctor Cyrill Dubchek, su jefe en la División de Patógenos Especiales del Departamento de Virología.
-¿Qué tal, doctora Blumenthal? -preguntó Dubchek con naturalidad, como si hubiese esperado su presencia.
Marissa estaba visiblemente confusa. No había esperado a nadie del CCE. Dubchek le entregó el abrigo a la empleada mostrando un traje italiano azul oscuro. Era un hombre atractivo, de ojos muy negros e inteligentes y piel aceitunada. Sus facciones eran afiladas y aristocráticas. Pasándose una mano por el pelo para apartarlo de su frente, sonrió.
-Volvemos a encontramos. Marissa devolvió la sonrisa débilmente e hizo un gesto hacia la sala.
-El bar está allí. Dubchek asintió. -¿Dónde está Ralph? -preguntó echando un vistazo a la sala llena de gente.
-Probablemente en la cocina. Dubchek inclinó la cabeza y se alejó al sonar otra vez el timbre. Esa vez Marissa quedó aún más sorprendida. Ante ella estaba Tad Schockley.
- ¡Marissa! -exclamó Tad verdaderamente sorprendido. Ella se recobró y le franqueó la entrada. Mientras le tomaba el abrigo, le preguntó:
-¿De qué conoces al doctor Hempston? -Sólo de reuniones. Me sorprendió recibir su invitación por correo. -Tad sonrió-. Pero, ¿quién soy yo para despreciar una comida gratis con lo poco que gano?
-¿Sabías que venía Dubchek? -preguntó Marissa, con un tono casi acusador.
Tad negó con la cabeza. -Pero, ¿qué importancia tiene? -Miró hacia el comedor y luego hacia la escalera central-. Bonita casa. ¡Uf!
Marissa lió a pesar suyo. Tad, con su pelo corto y rubio y su frescura juvenil, parecía demasiado joven para haber obtenido un doctorado. Llevaba una chaqueta de pana, una corbata tejida y pantalones de franela tan gastados que parecían tejanos.
-¡Eh! -dijo-. ¿Cómo conoces tú al doctor Hempston?
-Es sólo un amigo -dijo Marissa, evasiva, indicándole con un gesto que se dirigiese a la sala para tomar una copa.
Cuando hubieron llegado todos los invitados, Marissa pudo alejarse de la puerta. Tomó un vaso de vino blanco en el bar y trató de mezclarse con los demás. Poco antes de que se anunciase la cena, se encontró enfrascada en una conversación con el doctor Sandberg, el doctor Jackson y su esposa.
-Bienvenida a Atlanta, señorita -dijo el doctor Sandberg.
-Gracias -respondió Marissa tratando de no mirar boquiabierta el anillo de la señora Jackson.
-¿Cómo fue que vino a parar al Centro para el Control de Enfermedades? -quiso saber el doctor Jackson con su voz recia.
No sólo se parecía a Charlton Heston sino que al oírlo, uno quedaba con la impresión de que podía representar Ben Hur.
Marissa miró fijamente esos ojos azules mientras pensaba cómo podía contestar esa pregunta aparentemente sincera. Por cierto que no iba a mencionar que su novio había huido a Los Ángeles y la necesidad que tenía ella de un cambio. Ése no era el tipo de motivación que se esperaba de los integrantes del CCE.
-Siempre me interesó la salud pública. -Era una mentirita inocente-. Toda la vida me fascinaron los cuentos de detectives médicos. -Sonrió. Al menos eso era verdad-. Supongo que me habré cansado de curar secreciones nasales y de oídos.
-Se especializó en pediatría -dijo el doctor Sandberg, pero fue una afirmación, no una pregunta.
-En el Hospital de Niños de Boston. Marissa siempre se sentía algo molesta cuando hablaba con psiquiatras. No podía dejar de preguntarse si no comprenderían las motivaciones que la animaban mejor que ella misma. Sabía que se había decidido por la medicina en parte para poder competir con sus hermanos por el cariño del padre.
-¿No le gusta la medicina clínica? -le preguntó el doctor Jackson-. ¿Nunca pensó en ejercer la profesión?
-Sí, desde luego. -¿Cómo? -continuó Jackson, sin darse cuenta de que la ponía cada vez más nerviosa-. ¿Preferiría trabajar sola, en grupo, en una clínica?
-La cena está servida -anunció Ralph por encima del ruido de las conversaciones.
El alivio que sintió Marissa cuando los dos médicos se dispusieron a ir en busca de sus mujeres fue grande.
Por un instante había tenido la sensación de que la sometían a un interrogatorio.
Ya en el comedor Ralph se sentó en un extremo de la mesa y a Marissa la situó en el otro. Ella tenía a la derecha al doctor Jackson, quien felizmente se olvidó de seguir con sus preguntas sobre la medicina clínica. A la izquierda tenía al canoso doctor Hayward.
A medida que transcurría la comida, se hacía cada vez más evidente que Marissa estaba cenando con lo más selecto de la comunidad médica de Atlanta. Ésos no eran profesionales de cualquier clase, eran los representantes más prestigiosos de la medicina privada de la ciudad, con las únicas excepciones de Cyrill Dubchek, Tad y ella misma.
Después de varios vasos de vino, Marissa estaba más locuaz que de costumbre. De pronto sintió vergüenza al advertir que todos los de la mesa la estaban escuchando relatar su infancia en Virginia. Se propuso entonces callarse y sonreír, y felizmente la conversación se desvió en seguida hacia la deplorable situación de la medicina en Estados Unidos y cómo los sistemas de pagos adelantados corroían los cimientos de la práctica privada. Al ver tantas pieles y joyas, Marissa tuvo la sensación de que los allí presentes no sufrían demasiadas estrecheces.
-Y a ustedes, los del Centro -preguntó el doctor Hayward mirando directamente a Cyrill-, ¿no les han reducido el presupuesto?
Cyrill soltó una risa cínica que le marcó profundas arrugas en las mejillas.
-Todos los años tenemos que lidiar con la Comisión de Presupuesto de la Cámara Baja. Hemos perdido quinientos puestos por recortes presupuestarios.
El doctor Jackson carraspeó. -¿Qué pasaría si se diera un brote grave de influenza como la epidemia general de 1917-1918? Suponiendo que tuviese que actuar su departamento, ¿cuentan con personal suficiente para semejante eventualidad?
Cyrill se encogió de hombros. -Depende de muchos factores. Si la cepa de virus no sufre mutaciones de sus antígenos de superficie y nosotros hacemos en seguida el cultivo en tejido, podrían tener pronto la vacuna, aunque no sé exactamente cuándo. ¿Tad?
-Con suerte, más o menos en un mes. Luego el tiempo necesario para producirla en cantidades suficientes.
-¿Se acuerdan del fracaso de la epidemia de varicela que hubo hace unos años? -apuntó el doctor Hayward.
-Eso no fue culpa del CCE -se defendió Cyrill-. No había la menor duda sobre la cepa que apareció en Fort Dix. Ahora bien: por qué no se difundió, nadie lo sabe.
Marissa sintió que le apoyaban una mano en el hombro. Al volverse se encontró con una de las camareras de uniforme negro.
-¿La doctora Blumenthal? -susurró la muchacha. -Sí. -Tiene una llamada telefónica. Marissa miró a Ralph, pero estaba conversando animadamente con la señora Jackson. Pidió disculpas y se marchó con la joven a la cocina. Y en ese instante tuvo miedo cuando comprendió que seguramente la llamaban del Centro. Como esa noche le tocaba guardia, había dejado el número de Ralph y nadie más sabía que ella estaba aquí.
-¿La doctora Blumenthal? -preguntó la telefonista del Centro cuando Marissa alzó el teléfono.
Le pasaron la llamada al oficial de turno. -Enhorabuena -exclamó el oficial, de buen humor-. Hemos recibido una solicitud de ayuda para un brote epidémico. El director de epidemiología de California solicita nuestra colaboración por una enfermedad aparentemente grave que ha surgido en la Clínica Richter. Para ganar tiempo, ya le reservamos pasaje en el vuelo de la Delta que sale a la una y diez de la madrugada. Se alojará en el Motel del Trópico. El nombre suena divino. ¡Buena suerte!
Después de colgar, Marissa dejó la mano sobre el teléfono unos instantes mientras recuperaba el aliento. No se sentía preparada en absoluto. Esa pobre gente de California, tan confiada, llamaba al CCE porque suponía que enviarían a un experto en epidemiología y en cambio iba a ir ella, Marissa Blumenthal, con su metro cincuenta y dos de estatura. Regresó al comedor para despedirse de los demás.
21 de enero
Cuando por fin retiró la maleta de la cinta transportadora, y le entregaron la furgoneta alquilada -la primera que le dieron no arrancaba- y logró localizar el Motel del Trópico, ya empezaba a clarear.
En el momento en que registraba sus datos en la recepción del motel no pudo dejar de pensar en Roger. Pero no iba a llamarlo porque se lo había prometido a sí misma varias veces durante el vuelo.
El motel era deprimente, pero no importaba porque de todos modos no pasaría mucho tiempo allí. Se lavó las manos y la cara, se peinó y se cambió la pinza. Al no haber nada más que la detuviera, volvió a subir a la furgoneta y se dirigió a la Clínica Richter. Sentía las palmas de las manos húmedas sobre el volante.
La clínica estaba convenientemente localizada sobre una ancha autopista, transitada por muy pocos coches a esa hora de la mañana. Marissa entró en el aparcamiento, tomó el tiquet y encontró un lugar cerca de la puerta. Toda la construcción era moderna, incluso el garaje, la clínica y lo que aparentemente era el sector de admisiones, de varias plantas. Se bajó del coche, se desperezó y sacó la cartera. Allí llevaba los apuntes de epidemiología que había tomado en el curso introductorio -como si fueran a servirle de algo-, un bloc, lápices, un pequeño texto sobre virología, un lápiz de labios y una cajita de chicles. Qué ironía.
Ya en el interior, percibió el familiar olor a desinfectante de los hospitales que logró tranquilizarla un poco por hacerla sentirse como en su casa. Había un mostrador de información, pero estaba vacío. A un empleado de mantenimiento que estaba limpiando los pisos le preguntó dónde estaba el sector de ingresos, y él le señaló una raya roja pintada en el suelo. Marissa la siguió y llegó a la sala de urgencias. Allí había muy poco movimiento: apenas unos pacientes en la sala de espera y dos enfermeras detrás del mostrador. Pidió hablar con el médico de guardia y explicó quién era.
-¡Fantástico! Qué suerte que ha llegado. El doctor Navarro estuvo esperándola toda la noche. Permítame... Voy a llamarlo. Marissa se distrajo y se puso a juguetear con unos sujetapapeles. Cuando levantó la mirada, notó que las dos enfermeras la observaban. Les sonrió y ellas le devolvieron el gesto.
-¿No quiere un café? -preguntó la más alta de las dos. -Me vendría muy bien. Además de la ansiedad básica, estaba sintiendo los efectos de haber dormido sólo dos horas, sobresaltada, en el vuelo desde Atlanta.
Mientras sorbía el líquido caliente, recordó los cuentos policiales de médicos de Berion Rotieche que publicaba The New Yorker. Ojalá a ella le tocara un caso como el que había resuelto John Snow, el padre de la epidemiología moderna. En Londres logró contenerse una epidemia de cólera cuando Snow logró aislar el brote por métodos deductivos y circunscribirlo a una sola bomba de agua de la ciudad. Lo realmente significativo de la labor de Snow fue que la realizó antes de que se difundiera la teoría de las enfermedades producidas por gérmenes. ¿No sería fabuloso que le tocara una situación tan inequívoca?
Se abrió la puerta de la sala de guardia y apareció un hombre de pelo negro, muy apuesto. Parpadeó debido a la intensa luz de la sala de urgencias, y se encaminó directamente hacia Marissa con una sonrisita en los labios.
-Doctora Blumenthal, no se imagina cuánto nos alegra su visita.
Se dieron la mano y el doctor Navarro la observó un instante sorprendido por su tamaño minúsculo y su aspecto juvenil. Por cortesía, le preguntó si había tenido buen viaje y si tenía hambre.
-Creo que lo más conveniente sería empezar ya con el trabajo -sugirió ella.
El doctor Navarro estuvo de acuerdo. Cuando salían de la habitación, le aclaró que era el jefe del departamento de medicina, dato que a Marissa no le infundió precisamente más confianza. El doctor Navarro seguramente sabía cien veces más que ella sobre enfermedades infecciosas.
Al llegar al salón de reuniones el doctor le indicó que se sentara a la mesa, tomó el teléfono y marcó un número. Mientras aguardaba a que le contestasen le explicó que el doctor Spencer Cox, director de Epidemiología del Estado de California, estaba ansioso por comunicarse con ella en cuanto llegase.
«Qué maravilla», pensó Marissa procurando sonreír. El doctor Cox recibió la llegada de Marissa con el mismo beneplácito que Navarro. Lamentablemente había tenido que viajar a la zona de San Francisco por un brote de hepatitis B que podría estar vinculado con el SIDA.
-Supongo que el doctor Navarro ya le habrá informado que el problema de la Clínica Richter sólo ha afectado hasta ahora a siete pacientes.
-Todavía no me ha dicho nada. -Seguramente se lo dirá en seguida, doctora. Aquí, sin embargo, tenemos casi quinientos casos de hepatitis B, así que se imaginará por qué no puedo regresar de inmediato.
-Por supuesto.
-Buena suene. A propósito, doctora, ¿cuánto hace que trabaja en el Centro?
-No mucho -reconoció Marissa. Se produjo una breve pausa. -Bueno, téngame al corriente -expresó el doctor Cox.
Marissa le devolvió el teléfono al doctor Navarro y éste colgó.
-Si me permite, voy a ponerla al corriente de los acontecimientos -dijo Navarro, cambiando en el acto por el típico tono médico monocorde mientras sacaba del bolsillo unas fichas de cartulina-. Tenemos siete casos de una enfermedad febril desconocida, pero obviamente grave, caracterizada por postración y compromiso multisistémico. El primer paciente que internamos fue precisamente uno de los cofundadores de la clínica, el propio doctor Richter. El siguiente fue una mujer de la sección de archivo.
Navarro comenzó a colocar las tarjetas sobre la mesa. Cada una representaba a un enfermo. Fue poniéndolas en el orden en que se habían presentado los casos.
Marissa abrió discretamente la cartera sin dejar que su interlocutor viera el contenido, sacó el cuaderno de notas y un lápiz. Hizo esfuerzos por recordar -los cursos que acababa de terminar. Allí le habían enseñado que era imprescindible analizar la información dividiéndola en categorías comprensibles. Primero la enfermedad: ¿Era realmente nueva? ¿Realmente existía un problema? Era necesario describir la enfermedad aunque no pudiera hacerse un diagnóstico específico. El paso siguiente era determinar los datos particulares de las víctimas, tales como edad, sexo, hábitos alimentarios, etc. Luego había que precisar hora, lugar y circunstancias en que cada paciente había mostrado los primeros síntomas a fin de determinar los denominadores comunes. Después habría que pensar en la transmisión del mal, lo que podía conducir al agente infeccioso. Por último, habría que erradicar el huésped o reservorio. Aunque parecía todo muy sencillo, Marissa sabía lo difícil que le resultaría, incluso a un médico de tanta experiencia como Dubchek.
Se secó las manos húmedas en la falda y volvió a tomar el lápiz.
-Bueno -dijo-. Ya que no hay un diagnóstico concreto, ¿qué posibilidades se barajaron?
-Todas -respondió Navarro. -¿Influenza? -sugirió, esperando que no se la considerara demasiado simplista.
-No es probable. Los pacientes tienen síntomas respiratorios, pero no son predominantes. Además, los exámenes serológicos dan negativo para el virus de la influenza en los siete casos. No sabemos qué es lo que tienen, pero descartamos la influenza.
-¿Alguna idea? -Todos los estudios que hemos hecho dan negativo: cultivos de sangre, de orina, de esputo, de materia fecal, incluso de líquido cefalorraquídeo. Pensamos que podía ser paludismo y hasta iniciamos el tratamiento correspondiente pese a que no se hallaron los parásitos en la sangre. Intentamos también con tetraciclina o cloranfenicol por si fuese tifus, a pesar de los cultivos negativos. Pero, al igual que con los antipalúdicos, no hubo el menor efecto. Los pacientes empeoran pese a todos nuestros esfuerzos.
-Deben de tener algún diagnóstico diferencial. -Por supuesto. Realizamos varias consultas vinculadas con enfermedades contagiosas. La opinión generalizada es que estamos ante un problema viral. -Navarro pasó varias fichas hasta encontrar la que buscaba-. Ah, aquí están los distintos diagnósticos: leptospirosis, fiebre amarilla, dengue, mononucleosis o, para cubrir todas las posibilidades, alguna otra infección enteroviral, arboviral o adenoviral. Huelga decir que los mismos tropiezos del diagnóstico los hemos tenido en el plano terapéutico.
-¿Cuánto hace que internaron al doctor Richter? -Hoy es el quinto día. Creo que le convendría ir a ver a los pacientes para hacerse una mejor idea de la enfermedad.
El doctor Navarro se puso de pie sin esperar la respuesta. Marissa casi tuvo que trotar para caminar a su lado. Pasaron por una puerta abatible y entraron en el hospital propiamente dicho. Pese a los nervios que la consumían, Marissa quedó impresionada por el lujoso alfombrado y la decoración casi de hotel.
Subió al ascensor con Navarro que la presentó a un anestesista. Marissa respondió al saludo, pero su mente estaba en otra parle. Sabía que el hecho de ver a los pacientes en ese momento sólo lograrla hacerla sentir indispuesta, tema que nunca se había planteado cuando estudiaba en Atlanta. En ese momento, sin embargo, constituía un gran problema. Pero, ¿qué podía decir?
Llegaron al puesto de las enfermeras del cuarto piso. El doctor Navarro se tomó su tiempo para presentarle a los del personal de noche que estaban preparándose para entrar en el cambio de turno.
-Los siete pacientes se encuentran en este piso -afirmó el doctor-, donde está nuestro personal de mayor experiencia. Los dos en estado crítico se encuentran en compartimientos separados del sector de cuidados intensivos. Los demás están en habitaciones individuales. Aquí tiene los historiales. -Dio una palmada sobre las fichas apiladas en un extremo del mostrador-. Supongo que querrá ver primero la del doctor Richter -agregó, al tiempo que se la entregaba. Comenzó observando la hoja de «signos vitales». Al quinto día de admisión se advertía en el paciente un marcado descenso de la presión y aumento de la temperatura, lo cual no era un buen indicio. Rápidamente miró el resto de los datos aunque sabía que después tendría que leerlos con detenimiento. No obstante, con sólo dar un vistazo comprobó que el trabajo realizado era excelente -incluso mejor de lo que podría haberlo hecho ella-, y los estudios de laboratorio, exhaustivos. Una vez más se preguntó qué hacía ella allí, erigiéndose en una autoridad sobre la materia.
Volvió a la primera página, a la sección titulada «Historia de la enfermedad actual», y algo saltó a la vista en el acto. Seis semanas antes de que comenzaran los síntomas, el doctor Richter había asistido a una convención de oftalmólogos en Nairobi (Kenya).
Siguió leyendo con una enorme curiosidad. Una semana antes de caer enfermo, el paciente había concurrido a un simposio sobre cirugía de párpados en San Diego. Dos días antes del ingreso había sido mordido por un Cercopithecus aethiops, o lo que fuere.
-Es una clase de mono -le explicó el doctor Navarro_. El doctor Richter siempre tiene esos animales para sus investigaciones sobre herpes ocular.
Marissa volvió a mirar el resultado de los análisis y notó que el recuento de glóbulos blancos era bajo, así como también el tiempo de sedimentación y los trombocitos. Por otros análisis se sabía también que había disfunciones del hígado y los riñones. Hasta el electrocardiograma indicaba leves trastornos cardíacos.
La afección era realmente grave. Marissa dejó la historia clínica sobre el mostrador. -¿Lista? -quiso saber Navarro. Si bien respondió que sí con la cabeza, le habría gustado postergar la visita a los pacientes. Como no tenía delirios de grandeza, sabía que no iba a descubrir ningún dato importante que se les hubiera pasado a los demás y que sirviera para resolver el misterio. El hecho de ver a los enfermos en estos momentos era puro teatro, aparte de ser algo muy peligroso. Sin muchas ganas fue detrás del doctor Navarro.
Entraron en la unidad de cuidados intensivos, con el conocido telón de fondo de la complicada maquinaria electrónica. Los pacientes eran víctimas inmóviles, sujetos por una maraña de cables y tubos plásticos. Olía a alcohol y se oía el sonido de respiradores y monitores cardíacos. Se notaba también una febril actividad por parte de las enfermeras.
-Hemos aislado al doctor Richter en esta habitación contigua -dijo Navarro, deteniéndose ante una puerta cerrada.
A la izquierda de la puerta había una ventana, por la que Marissa vio al enfermo" dentro de la habitación. Al igual que los demás, estaba acostado bajo un enjambre de frascos de suero. Detrás, había un tubo de rayos catódicos con un electrocardiograma continuo que iba dibujándose en su pantalla.
-Creo que debería ponerse bata y mascarilla -sugirió Navarro-. Por razones obvias hemos puesto en práctica estrictas medidas de aislamiento en todos los pacientes.
-Por supuesto -convino Marissa tratando de no mostrarse demasiado ansiosa.
Si por ella fuera, se habría metido en una burbuja de plástico. Se puso bata, gorro, mascarilla, botas y hasta guantes de goma. El doctor Navarro hizo lo propio.
Sin darse cuenta de lo que hacía, Marissa respiró ligeramente al acercarse al enfermo que, en lenguaje vulgar, parecía a punto de «estirar la pata». Tenía un color amarillento, los ojos hundidos, la piel lacia. Además, una magulladura en el pómulo derecho, los labios resecos y restos de sangre seca en los dientes delanteros.
Marissa lo observó y no supo qué hacer, pero se sentía obligada a hacer algo porque el doctor Navarro estudiaba cada uno de sus movimientos. Richter abrió los ojos y Marissa advirtió en ellos unos derrames.
-No estoy nada bien -admitió el doctor Richter. Su voz era un áspero susurro. -¿Es cierto que viajó a África hace un mes? Tuvo que agacharse para poder oírlo. -Hace un mes y medio. -¿Estuvo en contacto con algún animal? -No -logró articular Richter-. Vi muchos pero no toqué ninguno.
-¿No atendió a alguna persona que estuviese enferma? El doctor, Richter movió la cabeza. Obviamente le costaba muchísimo hablar.
Marissa se incorporó y señaló la magulladura que tenía el paciente debajo del ojo derecho.
-¿No sabe qué es esto? -le preguntó al doctor Navarro.
-Dos días antes de enfermarse lo asaltaron y se golpeó la mejilla contra el suelo.
-Pobre hombre -dijo Marissa, lamentándose de su desgracia. Y al cabo de un momento añadió-: Ya he visto suficiente por ahora.
Justo al lado de la puerta había un enorme cesto recubierto con una bolsa plástica donde Marissa y el doctor Navarro colocaron la ropa de aislamiento antes de regresar al puesto de las enfermeras. Allí Marissa sintió la necesidad imperiosa de lavarse las manos. ¿Sabe algo del mono que mordió al doctor Richter? -preguntó.
-Lo tenemos en cuarentena. También le hemos hecho todos los cultivos posibles, pero al parecer está sano.
Evidentemente habían pensado en todo. Marissa tomó la historia clínica de Richter para fijarse si figuraban las hemorragias conjuntivales. Estaban.
Respiró hondo y miró a Navarro, que la observaba con aire expectante.
-Bueno, tengo mucho trabajo que hacer con estas historias -dijo, sin especificar.
De repente recordó una enfermedad denominada «fiebre hemorrágica viral Eran casos extremadamente raros, pero mortales, y muchos provenían de África. En la esperanza de agregar algo a los diagnósticos sugeridos por los médicos de la clínica, Marissa mencionó la posibilidad.
-Ya se habló sobre la fiebre hemorrágica viral. Justamente ésa fue una de las razones por las cuales nos comunicamos tan rápido con el CCE.
«Eso me pasa por emitir diagnósticos "cebra"», pensó Marissa refiriéndose al refrán que circula entre los médicos: cuando se oyen pisadas de animal hay que pensar en caballos, no en cebras.
Fue un inmenso alivio para Marissa que llamaran al doctor Navarro por los altavoces.
-Lo siento muchísimo -se disculpó él-, pero me necesitan en la sala de urgencias. ¿Hay algo que yo pueda hacer antes de irme?
-Bueno, creo que habría que mejorar el aislamiento de los pacientes. Si bien ya se los reunió en un mismo sector del hospital, pienso que sería necesario trasladarlos a otro pabellón totalmente aislado y que se extremaran las precauciones en su atención, por lo menos hasta que tengamos alguna idea sobre el grado de contagio del mal.
El doctor Navarro se quedó mirándola. Por un instante ella se preguntó qué estaría pensando y finalmente dijo:
-Tiene mucha razón. Marissa llevó los siete historiales hasta un cuartito que había tras el puesto de las enfermeras y los leyó todos. Fue así como se enteró de que, además del doctor Richter, había cuatro mujeres y dos hombres que presumiblemente padecían la misma enfermedad. Todos debían de haber tenido algún contacto directo unos con otros o haber estado expuestos a la misma fuente de contaminación. El método para afrontar una investigación de campo -particularmente esa que sería la primera para ella- era reunir la mayor cantidad posible de información y transmitirla luego a Atlanta. Después tomó el historial clínico del doctor Richter y volvió a leerlo cuidadosamente, incluso las notas agregadas por las enfermeras. En hojas separadas de su libreta anotó hasta el último dato que pudiese ser importante, como por ejemplo que el paciente había vomitado sangre, dato que por cierto no era característico de la influenza. Mientras trabajaba, no podía dejar de pensar que Richter había estado en África, seis semanas antes. Esa información en sí debía ser significativa, aunque era improbable que la incubación hubiera durado un mes dada la sintomatología, a menos que se tratara de paludismo, que al parecer no era la enfermedad en cuestión. Claro que había otras enfermedades virales como el SIDA con períodos de incubación más largos, pero el SIDA no era una enfermedad infecciosa aguda. Estas últimas enfermedades tenían un período de incubación de aproximadamente una semana, días más días menos. Marissa se tomó el trabajo de analizar toda la información relativa a sexo, edad, estilo de vida, profesión y ambiente y de anotarlo todo en su cuaderno de notas utilizando una página aparte para cada paciente. Además del doctor Richter había una secretaria que trabajaba en la sección de archivo de la clínica, dos amas de casa, un fontanero, un promotor de seguros y un corredor de fincas. La oportunidad de un contacto común parecía remota siendo el grupo tan heterogéneo, y sin embargo todos debían de haber estado expuestos a la misma fuente de contagio.
La lectura de los historiales le sirvió también para completar el cuadro clínico de la enfermedad desconocida. Al parecer ésta se presentaba súbitamente con tremendas cefaleas, dolores musculares y fiebre alta. Luego se experimentaba una mezcla de malestares abdominales, vómitos, inflamación de garganta, tos y dolor de pecho. Un estremecimiento recordó su cuerpo al pensar que había estado expuesta a contraer el mal.
Se restregó los ojos que le escocían por la falta de sueño. Era hora de ir a visitar a los demás enfermos aunque no le gustara la perspectiva. Había muchos blancos en las historias, particularmente en lo referente a las actividades de cada paciente en los días previos a la enfermedad.
Comenzó con la secretaria que estaba internada en la habitación contigua a la del doctor Richter en cuidados intensivos. Antes de ver a cada uno se equipaba con un atuendo protector completo. Todos los pacientes se hallaban en pésimas condiciones físicas, y ninguno tenía demasiadas ganas de hablar. Aun así Marissa formuló las necesarias preguntas cuyo principal objetivo era determinar si cada enfermo conocía a alguno de los demás. La respuesta fue siempre no, salvo que todos conocían al doctor Richter, ¡y además estaban suscritos al plan de salud de la clínica! La conclusión era tan obvia que llamaba la atención que nadie la hubiese advertido: El propio doctor Richter debía de haber contagiado la enfermedad. Marissa le pidió a la encargada del pabellón que le consiguiera las historias de todos los pacientes ambulatorios de la clínica.
Mientras estaba esperando, llamó el doctor Navarro. -Lamentablemente se ha producido otro caso. Se trata de uno dé los técnicos del laboratorio de esta misma clínica. Está en la sala de urgencias. ¿Quiere bajar a verlo?
-¿Está aislado? -Lo más que se puede. Estamos preparando un sector de cuarentena arriba, en el cuarto piso, y en cuanto esté listo trasladaremos allí a todos los pacientes.
-Cuanto antes mejor. Por el momento sería conveniente suspender todos los análisis de laboratorio que no fuesen imprescindibles.
-De acuerdo. ¿Va a venir a ver a este muchacho? -Bajo en seguida. Camino de la sala de urgencias, no podía dejar de pensar que estaban al borde de una epidemia de grandes posibilidades igualmente inquietantes: que hubiese contraído la enfermedad del mismo modo que los demás es decir, de una fuente activa de virus letal en la Clínica Richter, o bien -lo más probable en opinión de Marissa- que hubiese estado expuesto al agente a consecuencia de manipular material infectado proveniente de los otros casos.
El personal de guardia había instalado al enfermo en una de las salitas de psiquiatría, con un cartel en la puerta que prohibía la entrada. Marissa leyó la historia clínica. Se trataba de un chico de veinticuatro años, llamado Alan Moyers. La temperatura era de 39,7 grados. Después de ponerse el atuendo protector, Marissa entró en la minúscula habitación. El paciente la observó con mirada vidriosa.
-Tengo entendido que no se siente muy bien. -Como si me hubiera aplastado un camión. Jamás me sentí tan mal, ni siquiera cuando tuve la gripe el año pasado.
-¿Qué fue lo primero que notó? -El dolor de cabeza. -Se llevó los dedos a las sienes-. Aquí es donde me duele. Es un sufrimiento atroz. ¿No puede quitármelo con algo?
-¿Escalofríos? -Sí, empecé a sentirlos después de comenzar la jaqueca.
-¿No le ha ocurrido nada anormal en el laboratorio esta última semana?
-¿Como qué, por ejemplo? Gané un premio en la tómbola deportiva.
-Me interesaría algo de índole más profesional. ¿No lo mordió algún animal?
-No. Nunca trabajo con animales. ¿Qué es lo que tengo?
-¿Conoce al doctor Richter? -Por supuesto. Todos lo conocen. Ah, sí, me acuerdo de algo. Me pinché con la aguja de una jeringuilla para extracciones, cosa que nunca me había sucedido.
-¿Recuerda el nombre del paciente que figuraba en ella?
-No. Lo único que sé es que no tenía SIDA porque, como me preocupaba la posibilidad, me fijé expresamente en el diagnóstico. ¿Qué tenía?
-No lo decía, pero cuando es SIDA se pone SIDA. No es eso lo que tengo, ¿no?
-No, Alan. No tiene SIDA. -Gracias a Dios. Por un momento me asusté mucho. Marissa fue a reunirse con el doctor Navarro, pero se encontraba ocupado con un caso de paro cardíaco que había llegado momentos antes en ambulancia. Le pidió entonces a la enfermera que le avisara que pensaba quedarse en el cuarto piso. Volvió a los ascensores y comenzó a ordenar sus ideas para llamar después al doctor Dubchek.
-Disculpe. Sintió que le daban un golpecito en el brazo. Al volverse, se encontró con un hombre robusto de barba y gafas de montura metálica. -¿Es usted la doctora Blumenthal, del Centro para el Control de Enfermedades? Sí, Ella asintió, sorprendida de que la hubiesen reconocido. El hombre le impedía el acceso a los ascensores.
-Soy Clarence Hems, de Los Ángeles Times. Mi esposa trabaja en el turno de noche de la unidad de cuidados intensivos. Me contó que usted había venido a ver al doctor Richter. ¿Qué enfermedad tiene?
-Nadie lo sabe todavía. -¿Es grave? -Me imagino que eso puede contestárselo su mujer tanto como yo.
-Según ella, el doctor está agonizando y hay otros seis casos parecidos, incluso una secretaria de la sección de archivos. Todo parecería indicar que estamos ante un brote de epidemia.
-No estoy segura de que «epidemia» sea el término adecuado. Hoy hubo un caso más, pero fue el único que se presentó en el curso de dos días. Espero que sea el último, aunque nunca se sabe.
-Aterrador -musitó el periodista. -En efecto. Perdone que no pueda seguir hablando con usted, pero tengo mucha prisa.
Se deshizo del insistente Hems, subió al ascensor siguiente y regresó al pequeño despacho junto al puesto de las enfermeras, para llamar a Dubchek. Eran las tres menos cuarto en Atlanta y consiguió hablar con su jefe en seguida.
-¿Qué tal va su primer trabajo de investigación? -Es abrumador. Acto seguido y de la forma más escueta posible, pasó a describir los siete casos, reconociendo que no se había enterado de nada que los médicos de la clínica no supiesen ya de antemano.
-Eso no debería preocuparla. Tenga siempre presente que el epidemiólogo estudia los datos de una manera distinta que el clínico, de modo que la misma información puede significar cosas diferentes. El clínico analiza cada caso en particular, mientras que usted observa todo el panorama. Cuénteme sobre la enfermedad.
Marissa le describió el síndrome clínico remitiéndose constantemente a sus notas. Le pareció que a Dubchek le interesaba en particular el hecho de que dos de los pacientes hubieran vomitado sangre, que otro tuviera diarrea sanguinolenta y que en los tres casos se habían comprobado hemorragias conjuntivales. Cuando Marissa dijo que Richter había asistido a una conferencia sobre oftalmología en África, Dubchek exclamó:
-¡Por Dios! ¿Sabe usted lo que me está describiendo? -No estoy muy segura -respondió poniendo en práctica la vieja estratagema médica de permanecer en terreno neutral por miedo a hacer el ridículo.
-Fiebre hemorrágica viral. Y si proviene de África podría tratarse de la fiebre Lassa, a menos que fuese Marburg o Ébola. ¡Santo cielo!
-Pero Richter estuvo allí hace más de seis semanas. -Maldición -exclamó Dubchek casi furioso-. El período más largo de incubación para esa clase de enfermedades fulminantes es de unas dos semanas. Incluso para la cuarentena, veinte días se considera un lapso adecuado.
-También tuvo una mordedura de mono dos días antes de caer enfermo.
-Pero ese período de incubación, por el contrario, sería demasiado corto. Tendría que ser de cinco o seis días. ¿Dónde está ahora el mono?
-En cuarentena. -Bien. Cerciórese de que no le pase nada al animal, sobre todo si muere, porque entonces habría que practicarle los estudios para ver si portaba virus. Si en algo tuvo que ver el mono, habría que pensar en el virus Marburg. De cualquier modo, por lo que me cuenta, parece como si estuviéramos ante una fiebre hemorrágica viral, y hasta que no se demuestre lo contrario, deberíamos tomarla como tal. Desde hacía mucho tiempo nos preocupaba que ocurriera esta eventualidad ya que no existe vacuna ni tratamiento.
-¿Y la tasa de mortalidad? -Es alta. Dígame una cosa, ¿no tiene el doctor Richter una erupción cutánea?
Marissa no se acordaba. -Voy a fijarme -prometió.
-Lo primero que quiero que haga es sacar muestras de sangre y orina para hacer cultivos virales de los siete pacientes. Y cuando tenga los resultados, envíelos de inmediato aquí, al Centro. Utilice el servicio de envíos pequeños de la Delta, que es el medio más rápido. Quiero que las extracciones de sangre las efectúe usted personalmente, y por favor, tenga mucho cuidado. También, si puede, empaquete las muestras en hielo antes de remitirlas.
-Acabo de visitar a un enfermo que podría ser otro caso de la misma enfermedad. Se trata de uno de los técnicos del laboratorio.
- Inclúyalo a él también. Al parecer esto se vuelve cada vez más grave. Controle que todos los pacientes estén completamente aislados, que haya un estricto cerco sanitario. Y a quien esté a cargo de la clínica adviértale que no debe realizarse ningún trabajo de laboratorio hasta que llegue yo.
-Ya lo he dicho. ¿Viene usted mismo? -Por supuesto. Podría tratarse de una emergencia nacional, pero vamos a tardar un poco en tener listo el laboratorio móvil. Mientras tanto establezca la cuarentena para los contactos y trate de ponerse al habla con quienes organizaron la convención oftalmológica en África para ver si algún otro de los asistentes cayó enfermo. Ah, y otra cosa: no le cuente nada a la prensa. Con toda la publicidad que se le ha dado al SIDA no creo que la opinión pública pueda aceptar la amenaza de otra enfermedad viral mortífera. Podría cundir el pánico. Ah, Marissa, quiero que utilice el equipo completo de protección, incluso gafas, cuando visite a los pacientes. Podría conseguirlas en el departamento de patología, si no hay en otro lado. Yo voy a llegar lo antes posible.
Después de colgar, Marissa experimentó una profunda angustia al pensar si no se habría expuesto ya al contagio. También le preocupaba el hecho de haber hablado con Clarence Hems, de Los Ángeles Times; pero bueno, lo hecho, hecho está. Se alegraba de que Dubchek estuviese a punto de llegar porque, como era consciente de sus limitaciones, sabía que ese trabajo la desbordaba.
Después de avisar que quería comunicarse con el doctor Navarro, le pidió a una enfermera que la ayudara a preparar el instrumental necesario para tomar las muestras de sangre. Necesitaba frasquitos con anticoagulantes, bolsas plásticas e hipoclorito de sodio para desinfectar la parte externa de las bolsas. También le hacían falta frascos para orina e hisopos faringeos. Luego llamó al laboratorio de microbiología y pidió que le enviaran recipientes especiales para el transporte de muestras virales en hielo seco. Cuando el doctor Navarro la llamó, le transmitió las instrucciones de Dubchek respecto al cerco sanitario y que no debían practicarse estudios de laboratorio hasta que no llegara él con equipos especiales. También mencionó la necesidad de reunirse para imponer la cuarentena de todos los contactos. El doctor Navarro estuvo de acuerdo, y quedó muy impresionado al saber que, en opinión de Dubchek, podía tratarse de un brote de fiebre hemorrágica viral.
Siguiendo el consejo de su superior, Marissa consiguió unas gafas en el departamento de patología. Nunca pensó en la posibilidad de contraer una enfermedad por los ojos, pero sabía que la superficie ocular era una membrana mucosa tan susceptible de contraer un virus como la mucosa nasal. Cuando se hubo puesto la indumentaria completa de protección, se dirigió a la habitación del doctor Richter para extraerle las muestras.
Antes de comenzar lo revisó para ver si tenía alguna erupción cutánea. No le encontró nada en los brazos, pero sí notó una extraña mancha roja del tamaño de una moneda en su muslo derecho. Al levantarle la bata, advirtió una tenue -pero innegable- erupción maculopapulosa que le cubría casi todo el tronco. Le llamó mucho la atención que Dubchek hubiera previsto esa posibilidad.
Primero extrajo la sangre y luego llenó el frasco de orina utilizando la bolsa de la sonda. Después de cerrar ambas herméticamente, las lavó con hipoclorito de sodio e introdujo cada una en otra bolsa. Sólo cuando la segunda bolsa estuvo desinfectada, permitió que se la llevaran de la habitación.
Marissa se quitó entonces la mascarilla, la bata, los guantes y las botas, y se puso otro juego para revisar a otro paciente, la secretaria médica cuyo nombre era Helen Townsend. Con ella repitió el mismo procedimiento que había seguido con el doctor Richter, y le encontró también una leve erupción en el torso, aunque no un círculo rojo en el muslo ni en ninguna otra parte. Parecía menos enferma que Richter, pero ni ella ni los demás pacientes estaban en condiciones de hacerle preguntas. Sólo Alan Moyers logró hacer acopio de las fuerzas necesarias para plantear ciertas objeciones. Al principio no le quiso dar permiso para que le extrajera sangre a menos que le informara primero cuál era su diagnóstico. Estaba aterrado. Cuando Marissa le contó la verdad, que no sabía de qué enfermedad se trataba y que precisamente para eso necesitaba hacerle análisis de sangre, el chico finalmente cedió.
En cuanto al mono, Marissa no intentó siquiera tomarle muestras de sangre porque el encargado de su cuidado no estaba ese día, y ella no tenía la menor intención de hacer sola la tarea. El animal parecía sano pero no manso; tanto, que le arrojó a Marissa excrementos a través del enrejado de su jaula.
Una vez que terminó de empaquetarlo todo cerciorándose de que las tapas a rosca estuviesen herméticamente cerradas para que el dióxido de carbono del hielo seco no penetrara en las muestras, se dirigió personalmente al aeropuerto para enviar las cajas a Atlanta.
De regreso en la clínica entró primero en la biblioteca donde encontró varios textos clásicos que dedicaban algún capítulo a las enfermedades virales. Rápidamente leyó todo lo vinculado con la fiebre Lassa y los virus Marburg y Ébola. Entonces comprendió la reacción que tuvo Dubchek por teléfono: se trataba de los virus más mortíferos conocidos por el ser humano.
Al llegar al cuarto piso se enteró de que los ocho pacientes habían sido aislados en un pabellón separado. También supo que ya habían llegado los historiales de los pacientes ambulatorios que había pedido. Avisó entonces al doctor Navarro que deseaba hablar con él y se sentó luego a leer los historiales médicos.
El primero era el de Harold Stevens, el corredor de fincas. Comenzó desde atrás y de inmediato descubrió que la última visita registrada a un consultorio había sido el doctor Richter. Harold Stevens padecía de glaucoma crónico y visitaba regularmente a su oculista. El último control se lo había hecho el 15 de enero, cuatro días antes de que lo internaran.
Con una sensación de certeza cada vez mayor, Marissa buscó la última anotación de cada ficha y constató que todos los pacientes habían acudido al consultorio del doctor Richter el día 15 o el 16 de enero, salvo Helen Townsend, la secretaria de archivo, y Alan, el técnico del laboratorio. La última anotación que figuraba en la ficha de Helen Townsend era una consulta con un ginecólogo por un problema de cistitis. Alan había ido a ver a un traumatólogo por una luxación de tobillo que se le produjo en un partido de baloncesto. Salvo en esos dos casos -el de la secretaria y el químico del laboratorio-, todo parecía indicar que el doctor Richter era el transmisor de la enfermedad, como podía deducirse del hecho de que hubiera atendido a cinco de ellos antes de que aparecieran en él los síntomas.
Podía entenderse el contagio del técnico si éste se hubiera pinchado con una aguja contaminada, pero lo que Marissa no podía explicarse era el caso de la secretaria. Era necesario suponer que Helen se había visto con el doctor Richter días antes de esa semana puesto que había caído enferma sólo cuarenta y ocho horas después que él. A lo mejor Richter había pasado mucho tiempo en la sección de archivo a principios de semana.
Un empleado interrumpió sus cavilaciones para avisarle que había llamado el doctor Navarro y que le pedía se dirigiera al salón de conferencias de la clínica.
Al regresar a la sala donde había empezado su día, Marissa se dio cuenta de cuánto había trabajado. Estaba exhausta. El doctor Navarro cerró la puerta y le presentó a la otra persona que se encontraba allí: William Richter, hermano del oftalmólogo enfermo.
-Quería agradecerle personalmente que se hubiese molestado en venir aquí -expresó William. A pesar de su impecable traje a rayas, el rostro desencajado era un mudo testimonio de las pocas horas que había dormido-. El doctor Navarro me informó sobre el diagnóstico posterior, que la apoyaremos con todos nuestros recursos para contener esta enfermedad, pero también nos preocupa el efecto adverso que esta situación podría provocar en la clínica.
Marissa tomó las palabras con cierto enfado puesto que había tantas vidas en peligro, pero el propio Dubchek había dicho esencialmente lo mismo.
-Comprendo su inquietud -respondió, recordando que ya había hablado con un periodista-. Pero creo que habría que tomar medidas más estrictas de cuarentena.
Pasó entonces a explicar que sería preciso dividir a los posibles contactos en dos tipos: los primarios y secundarios. Los contactos primarios serían aquellas personas que hubieran hablado o tocado a alguno de los ocho pacientes. Los secundarios serían quienes hubiesen tenido contacto con algún primario.
-Dios santo -exclamó Navarro-. Estamos hablando de miles de personas.
-Eso me temo. Nos va a hacer falta todo el potencial humano que pueda conseguir la clínica. También habrá que recurrir al Departamento de Salud del Estado.
-Nosotros suministraremos los recursos humanos -sostuvo Richter-. Preferirla que esto no trascendiera. Pero, ¿no habría que esperar hasta tener el diagnóstico definitivo?
-Si esperamos, tal vez luego sea demasiado tarde. De todas maneras, siempre se puede suspender la cuarentena si no fuese necesaria.
-Será imposible ocultárselo a la prensa -se lamentó el señor Richter.
-A decir verdad -opinó Marissa-, creo que la prensa puede desempeñar un papel positivo para ayudarnos a comunicar con todos los contactos. A los contactos primarios se les debe indicar que permanezcan lo más aislados posible durante una semana y que se tomen la temperatura dos veces al día. Si tienen más de 38,5 de fiebre, deben presentarse en la clínica. Los contactos secundarios pueden desarrollar sus tareas habituales, siempre y cuando controlen su temperatura una vez al día.
Marissa se puso en pie y se desperezó. -Cuando llegue el doctor Dubchek quizás él agregue alguna otra sugerencia, pero creo que ya hemos trazado el procedimiento clásico del Centro. La ejecución queda en manos de la clínica. Mi tarea consiste en tratar de averiguar de dónde proviene el virus.
Dejó a dos hombres totalmente aturdidos y se retiró de la sala. Abandonó el sector de internamiento y se dirigió a la recepción de la clínica para averiguar dónde estaba el consultorio del doctor Richter. Le informaron que estaba en el primer piso y hacia allí se dirigió.
Como la puerta estaba cerrada sin llave, Marissa llamó y entró. La secretaria del doctor estaba ante su escritorio como correspondía, pero no esperaba visitas puesto que rápidamente apagó un cigarrillo y escondió el cenicero en un cajón.
-¿En qué puedo servirle? Era una mujer cincuentona, de pelo canoso y con permanente. El letrerito que llevaba en la solapa decía «señorita Cavanagh». Tenía las gafas de leer en la punta de la nariz y sujetaba las patillas con una cadena dorada que le colgaba del cuello.
Marissa le explicó quién era y agregó: -Sería muy importante poder determinar cómo contrajo la enfermedad el doctor Richter. Y para eso necesitaría reconstruir todas las actividades que realizó durante una o dos semanas antes de que se le manifestaran los síntomas. ¿Puede ayudarme usted? Pienso pedirle lo mismo a su esposa.
-Sí, por supuesto. -¿Recuerda que le haya sucedido algo fuera de lo común? -¿Por ejemplo? -preguntó la mujer con rostro inexpresivo.
-¡Por ejemplo que lo mordiera un mono o que lo atacaran en el aparcamiento! -respondió Marissa en tono cortante.
-Esas cosas pasan. -Sí, desde luego. ¿Nada más que le haya parecido extraño?
-No se me ocurre nada por el momento. Ah, sí: le hicieron una abolladura a su coche.
-Muy bien; ésa es la idea -la alentó Marissa-. Siga pensando. Y a propósito, ¿se encargó usted de los detalles de su viaje a África?
-Sí. -¿Y de la convención en San Diego? -También. -Le agradecerla que me consiguiera el número de teléfono de las organizaciones que la promovieron y una lista de todos los pacientes que visitó el doctor durante las dos semanas previas a su enfermedad. Y por último: ¿conoce usted a Helen Townsend?
La señorita Cavanagh se sacó las gafas de la nariz y las dejó colgar de la cadena antes de lanzar un suspiro de desaprobación.
-¿Helen Townsend tiene la misma enfermedad que el doctor?
-Creemos que sí -repuso Marissa escrutándole el rostro. Esa mujer sabía algo sobre Helen Townsend, pero como no quería hablar se puso a juguetear con las teclas de su máquina de escribir-. ¿Helen Townsend era paciente del doctor Richter?
La señorita Cavanagh levantó la mirada. -No; era su amante. Yo le advertí que podía ocasionarle problemas. Y ahí tiene: le contagió una enfermedad. Debió haberme hecho caso.
-¿No sabe si estuvo con ella justo antes de caer enfermo? -Sí, el día anterior. Marissa se quedó mirándola. Helen Townsend no contagió al doctor Richter sino al revés. Ahora ya entendía que todos los casos tenían relación con el doctor Richter y eso, desde el punto de vista epidemiológico, era sumamente importante. Significaba que el doctor Richter era un caso índice y que él, solamente él, había estado expuesto al foco desconocido del virus. Entonces era mucho más necesario reconstruir las actividades del oculista hasta en el más mínimo detalle.
Le pidió a la señorita Cavanagh que comenzara a anotar lo que recordaba sobre las actividades de su jefe durante las últimas dos semanas y le advirtió que después volvería, pero si la necesitaba antes, podía llamarla a través de la telefonista.
-¿Puedo hacerle una pregunta? -dijo tímidamente la mujer.
-Por supuesto -respondió Marissa, con una mano ya en el picaporte.
-¿Hay posibilidades de que yo también contraiga la enfermedad?
Marissa estaba tratando de alejar ese pensamiento porque no quería asustarla, pero tampoco le podía mentir. Al fin y al cabo, la secretaria debía ser considerada un contacto primario.
-Es posible. Vamos a pedirle que restrinja ciertas actividades durante una o dos semanas y que se tome la temperatura dos veces al día. Sin embargo, yo personalmente creo que no va a tener problemas ya que hasta ahora no ha evidenciado síntoma alguno.
De regreso en el sector de internación tuvo que esforzarse para luchar contra sus propios temores y contra el agotamiento. Tenía demasiadas cosas que hacer, por ejemplo, releer detenidamente todas los historiales clínicos con la esperanza de poder determinar por qué algunos pacientes del doctor habían contraído la enfermedad y otros no. También debía comunicarse con la señora Richter.
Confiaba que, entre la esposa y la secretaria, pudiesen reconstruir en forma casi completa las actividades del doctor los días anteriores a su enfermedad.
Al regresar al cuarto piso se topó con el doctor Navarro y le notó en la cara el mismo cansancio que ella tenía.
-Empeora el estado del doctor Richter. Sangra por todas partes; por los pinchazos de las inyecciones, por las encías, por el tracto gastrointestinal. Está al borde del colapso renal y la presión sanguínea es tremendamente baja. El interferón que le administramos no le produjo el menor efecto y ya no sabemos con qué medicamento probar.
-¿Y Helen Townsend? -Ella también ha empeorado y ya está empezando a tener hemorragias.
Navarro se sentó pesadamente. Marissa dudó un instante pero luego tomó el teléfono. Llamó a Atlanta deseando que Dubchek estuviese ya en camino, pero lamentablemente no fue así y la atendió en seguida.
-Aquí las cosas están bastante mal. En dos pacientes se están verificando cuantiosas hemorragias. Desde el punto de vista clínico esto se parece cada vez más a la fiebre hemorrágica viral y nadie sabe cómo tratar a los enfermos.
-No es mucho lo que se puede hacer. Prueben con heparinización y si no les da resultado, lo único que queda es una terapia de apoyo. Cuando tengamos un diagnóstico seguro quizá podamos emplear un suero hiperinmune, si es que se consigue. A propósito, ya recibimos las muestras que tomó y Tad ya empezó a procesarlas.
-¿Cuándo viene usted? -Muy pronto. Ya tenemos el laboratorio móvil embalado.
Marissa se despertó sobresaltada. Felizmente no había entrado nadie en el cuartito que había tras el puesto de las enfermeras. Eran las diez y cuarto, o sea que sólo había dormido cinco o diez minutos.
Al ponerse de pie se sintió mareada. Le dolía la cabeza y sentía algo de ardor en la garganta. Rogó que esos síntomas fuesen producto de la fatiga y no el comienzo de la fiebre hemorrágica viral.
Esa misma noche se habían presentado en la sala de guardia cuatro casos más con intensas cefaleas, fiebre alta y vómitos. Uno de ellos ya comenzaba con los signos de hemorragias. Todos eran familiares de las víctimas anteriores, lo cual sólo acentuaba la necesidad de una estricta cuarentena. El virus ya había alcanzado la tercera generación. Marissa preparó muestras y las envió a Atlanta por medio de una agencia de transporte urgente.
Como se sabía al borde de sus fuerzas, decidió regresar al motel. Justo cuando se marchaba apareció una enfermera para avisarle que la esposa del doctor Richter quería verla. Comprendió que sería una crueldad no atenderla, razón por la cual se encaminó a la sala de visitas. Anna Richter, una mujer atractiva, bien vestida, de treinta y tantos años cumplidos, hizo lo posible por relatarle las actividades que había desarrollado su marido en las últimas dos semanas, pero estaba terriblemente angustiada, no sólo por la enfermedad de su esposo sino también con miedo por la salud de sus dos hijos. Marissa no quiso insistirle para que le suministrara demasiados detalles y la señora Richter prometió completarle al día siguiente la cronología. Marissa la acompañó hasta el coche del doctor, un BMW. Luego buscó el suyo, se dirigió al Motel del Trópico y allí se fue directamente a la cama.
22 de enero
Al día siguiente, cuando llegó a la clínica, le sorprendió ver una cantidad de camiones de la televisión frente a la entrada con sus antenas elevadas que resaltaban contra el cielo de la mañana. Cuando trató de entrar al aparcamiento, un policía le impidió el paso, y tuvo que enseñar la credencial del Centro para el Control de Enfermedades.
-Cuarentena -le dijo el agente, indicándole que debía entrar por la puerta principal donde estaban las cámaras de la televisión.
Marissa obedeció preguntándose qué habría pasado durante las seis horas y pico que había estado ausente. Vio que los cables de la televisión serpenteaban por el suelo hasta el salón de reuniones y le llamó la atención el intenso movimiento que había en el vestíbulo principal. Al divisar al doctor Navarro le preguntó qué estaba sucediendo.
-Sus compañeros del CCE organizaron una conferencia de prensa -dijo. Tenía el rostro desencajado, sin afeitar y parecía evidente que no se había acostado. Tomó un diario que llevaba debajo del brazo y le mostró el titu- [aquí faltan dos páginas del original]
que los síndromes clínicos totalmente distintos son causados por microorganismos totalmente distintos también. Bueno, hemos terminado por hoy, pero los mantendremos informados. Gracias por haber venido a una hora tan temprana.
Se produjo un alboroto cuando cada periodista trató de que se le respondiera otra pregunta más. Dubchek y sus colegas no les prestaron atención, y se retiraron. Marissa procuró abrirse paso entre el gentío pero no pudo. Fuera del salón, el policía impedía que los periodistas entraran en la zona privada del hospital. Después de enseñar su credencial, Marissa pudo pasar y consiguió reunirse con Dubchek frente a los ascensores.
-¡Aquí está! -exclamó Dubchek con expresión animada, y en tono amistoso la presentó a los demás.
-No sabía que iban a venir tantos -comentó ella al subir al ascensor.
-No nos quedaba otra alternativa -expresó el doctor Uyne.
El doctor Abbot asintió. -A pesar de lo que dijo Cyrill en la conferencia de prensa, este brote es extraordinariamente grave. La posibilidad de que apareciera una fiebre hemorrágica africana en el mundo desarrollado ha sido siempre nuestro temor desde que se conoció la enfermedad.
-Si es que se demuestra que se trata de dicha fiebre -añadió el doctor Eckenstein.
-Yo estoy convencido -aportó el doctor Vreeland-. Y el culpable resultará el mono.
-No le extraje muestras al mono -se apresuró a informar Marissa.
-No importa -dijo Dubchek-. Anoche lo sacrificamos y remitimos especimenes al Centro. Las muestras de hígado y bazo serán mucho más útiles que las de sangre.
Subieron hasta el cuarto piso, donde dos técnicos del Centro extraían muestras para analizar en el laboratorio móvil.
-Lamento mucho lo del artículo de Los Ángeles Times -se disculpó Marissa cuando pudo hablar a solas con Dubchek-. El periodista me abordó la primera vez que entré en el hospital.
-No se preocupe, pero eso sí: trate de que no vuelva a suceder.
Sonrió y le guiñó un ojo. Ella no entendió bien qué quería decir el guiño, como tampoco la sonrisa.
-¿Por qué no me avisó en cuanto llegó? -Porque supuse que estaría exhausta. Además, no había necesidad. Estuvimos la noche entera instalando el laboratorio, practicando la autopsia, simplemente orientándonos. También mejoramos las condiciones de aislamiento incorporando extractores de aire. De todos modos a usted hay que felicitarla. Creo que tuvo un notable desempeño en todas las tareas iniciales. -Después de una pausa continuó-: Por el momento estoy abrumado por los detalles administrativos, pero querría que me pusiera al corriente de lo que ha averiguado. Tal vez podríamos cenar juntos esta noche. Ya le reservé una habitación en el hotel donde me alojo, que seguramente es mucho mejor que el del Trópico.
-Mi motel no está tan mal. Experimentó un leve fastidio, como si la intuición estuviese tratando de advertirle algo.
Marissa regresó al cuartito que había detrás del puesto de las enfermeras porque necesitaba continuar con el papeleo. Primero llamó a las instituciones organizadoras de los dos congresos médicos a los cuales había asistido el doctor Richter. Les dijo que necesitaba saber si alguno de los otros concurrentes había contraído una enfermedad viral. Después, y a pesar de la crueldad que implicaría su próxima llamada, marcó el número de la casa de Richter para preguntar si podía pasar a retirar el diario o agenda que le había prometido la señora Richter la noche anterior.
La vecina que atendió el teléfono quedó horrorizada al oír semejante solicitud, pero después de consultar con la viuda le indicó a Marissa que podía ir dentro de media hora.
Marissa llegó en coche hasta la casa de hermosos jardines y tocó el timbre. La misma vecina salió a abrirle y casi con enfado la condujo a la sala, donde unos minutos más tarde apareció Anna Richter. Parecía haber envejecido diez años de la noche a la mañana. Tenía el rostro demudado y el pelo, rizado con esmero el día anterior, le caía en mechones lacios.
La vecina la ayudó a tomar asiento y Marissa observó que la pobre señora doblaba y desdoblaba con gesto nervioso unos papeles rayados donde al parecer había anotado las actividades desarrolladas por su marido en las últimas semanas. Como se daba cuenta de la enorme tensión que había soportado la mujer, Marissa no supo qué decirle, pero Anna simplemente le pasó las hojas. -Anoche de todos modos no pude dormir y a lo mejor esto sirve para ayudar a alguna otra familia. -Se le llenaron los ojos de lágrimas-. Era un hombre tan bueno.... buen padre.... mis pobres hijos...
Aunque no desconocía la relación amorosa con Helen Townsend, Marissa llegó a la conclusión de que el doctor Richter debía de haber sido un buen esposo. El dolor de Anna parecía real y Marissa se fue apenas pudo retirarse sin faltar a la cortesía.
Las notas que empezó a leer antes de poner el coche en marcha eran muy completas. Si a eso se le sumaba la propia agenda del doctor, y una entrevista posterior con la señorita Cavanagh, probablemente se podría obtener un panorama completo sobre las últimas semanas de Richter.
De vuelta en el hospital, Marissa anotó en una hoja aparte cada día de enero y luego enumeró las actividades de Richter. Algo que descubrió en seguida fue que el hombre se había quejado a la señorita Cavanagh respecto a un paciente de SIDA, de apellido Meterko, que padecía un trastorno en la retina no diagnosticado aún. Ese dato había que investigarlo.
Por la tarde sonó el teléfono en el cuartito. Sorprendida, Marissa escuchó la voz de Tad Schockley. Lo oía con tanta nitidez que por un momento pensó que su amigo estaba en Los Ángeles.
-No. No me he movido de Atlanta. Necesito hablar con Dubchek y la telefonista creyó que a lo mejor tú sabías dónde está.
-Si no está en la sala asignada al CCE, debe de haberse vuelto al hotel. Creo que no se acostaron en toda la noche.
-Bueno, intentaré encontrarlo en el hotel, pero por si acaso te pido que le transmitas un mensaje.
-Por supuesto. -No es una buena noticia. Marissa se enderezó y apretó el auricular contra el oído.
-¿Es algo personal? -No -dijo Tad, y soltó una risa breve-. Se trata del virus. Las muestras que enviaste son excelentes, sobre todo las del doctor Richter. Su sangre está cargada de virus..., más de mil millones por milímetro. Lo único que tuve que hacer fue poner la muestra en la centrifugadora y observarla luego con el microscopio electrónico.
-¿Pudiste determinar lo que era? -Por supuesto -respondió Tad, emocionado-. Existen sólo dos virus que tienen este aspecto, y me dio positivo en el análisis de Ébola con anticuerpos que se ven por fluorescencia indirecta. El doctor Richter tiene fiebre hemorrágica Ébola.
-Tenía -lo corrigió Marissa, fastidiada por tal despliegue de entusiasmo por parte de Tad.
-¿Acaso murió? -Sí, anoche. -No me sorprende. Esta enfermedad tiene una tasa de mortalidad de más del noventa por ciento.
-¡Dios santo!-Debe de ser el virus más mortífero que se conoce.
-Algunos le conceden al de la rabia ese dudoso honor, pero yo personalmente creo que es el Ébola. Uno de los problemas con que nos enfrentamos es que no se sabe casi nada sobre la enfermedad porque hay muy poca incidencia. A excepción de dos brotes que hubo en [@V@a expene ca] [¿??], es totalmente desconocida. Os costará muchísimo explicar cómo fue que apareció en Los Ángeles.
-Tal vez no tanto: justo antes de enfermar, el doctor Richter había sido mordido por un mono proveniente de África. El doctor Vreeland está casi convencido de que el animal fue el transmisor.
-Probablemente tenga razón -convino Tad-. Los monos fueron los causantes de un brote de fiebre hemorrágica ocurrido en 1967 en la ciudad alemana de Marburg, y se le puso ese mismo nombre al virus. Te advierto que ese virus es muy parecido al Ébola.
-Pronto, lo vamos a saber. Ahora está todo en tus manos. Ya te hemos enviado muestras del hígado y el bazo del mono. Te pido que las analices en seguida y me avises del resultado.
-Con mucho gusto. Entretanto voy a dedicarme al virus Ébola. Quiero ver si resulta fácil realizar el cultivo y averiguar a qué cepa corresponde. Avisa a Dubchek y a los demás que ya sabemos lo del Ébola. Aunque el dato no les sirva de mucho, al menos los obligará a tomar estrictas precauciones. Te llamaré cuando sepa algo. Cuídate.
Marissa salió al pasillo y fue a asomarse a la sala asignada al CCE pero no encontró a nadie. Entró en la habitación contigua y preguntó dónde estaban todos. Le contestaron que algunos de los médicos habían bajado a patología puesto que habían fallecido otros dos pacientes y otros se hallaban en urgencias, recibiendo a varios casos nuevos. El doctor Dubchek había vuelto al hotel. Marissa informó a los técnicos del laboratorio que el virus era Ébola, y los dejó para que fueran ellos quienes comunicaran la mala noticia a los demás.
El Beverly Hilton era tal cual lo había descrito Dubchek, y ciertamente mucho mejor que el decrépito Motel del Trópico, aparte de hallarse más cerca de la Clínica Richter. Sin embargo, mientras caminaba detrás del botones hasta su habitación del séptimo piso, seguía pensando que no había necesidad de cambiar de alojamiento. El hombre encendió todas las luces de la habitación y se marchó, después de darle Marissa un dólar de propina.
En el Trópico no había llegado a deshacer la maleta, razón por la cual la mudanza le resultó sencilla. De todos modos, no la habría hecho si Dubchek no hubiese insistido. Él la había llamado esa tarde, varias horas después de que ella hubiera hablado con Tad. Marissa no había querido ponerse al habla con él por miedo a despertarlo. Apenas oyó su voz por el teléfono le contó lo que le adelantó Tad sobre el virus Ébola, noticia que Dubchek tomó con naturalidad, casi como si lo hubiese esperado. Luego él le dio instrucciones para llegar al hotel, advirtiéndole que sólo tenía que recoger la llave de su habitación, puesto que ya estaba reservada. Le dijo, además, que si no tenía inconveniente, cenarían a las siete y media, para lo cual debía ir a su habitación, que estaba a corta distancia de la de ella. Dubchek prefería pedir que les subieran la cena, pues así podían conversar del tema médico mientras comían.
Al mirar la cama de su habitación Marissa se dio cuenta del enorme agotamiento que sentía, pero como ya eran más de las siete, buscó la bolsa de los cosméticos y fue al baño a peinarse y retocarse el maquillaje. Sacó luego de la cartera los papeles donde había anotado las actividades realizadas por el doctor Richter antes de enfermar, se dirigió a la otra habitación y llamó a la puerta.
Dubchek la atendió sonriente y la hizo pasar. Estaba hablando por teléfono, aparentemente con Tad. Marissa se sentó y procuró seguir la conversación. Así fue como se enteró de que las muestras del mono habían arrojado resultados negativos en los análisis.
-¿Dice usted que con el microscopio electrónico no detectó ni atisbos del virus? -se sorprendió Dubchek.
Se produjo un largo silencio mientras Tad explicaba los resultados de los diversos estudios. Marissa miró su reloj y calculó que debían ser casi las once en Atlanta. Evidentemente Tad estaba trabajando horas extra. Observó a Dubchek y se dio cuenta de que ese hombre le producía una sensación extraña. Recordó lo nerviosa que se puso aquella noche al verlo llegar a la casa de Ralph y sin embargo ahora se sentía atraída hacia él. De vez en cuando él levantaba la mirada y Marissa le notaba un brillo especial en los ojos oscuros. Como se había quitado la americana y la corbata, Marissa le notó un triángulo de piel bronceada en el cuello.
Finalmente Dubchek cortó y fue hasta ella, sonriente. -No cabe duda de que es usted lo más hermoso que he visto hoy. Seguro que su amigo estaría de acuerdo conmigo. Le preocupa mucho la posibilidad de que usted corra peligro.
-Tengo los mismos riesgos que cualquiera de los otros médicos del Centro -sostuvo ella, con un poco de fastidio por el giro que tomaba la conversación.
En el rostro de Dubchek se dibujó una ancha sonrisa. -Tad debe de pensar que el resto del personal no es tan atractivo como usted.
Marissa sacó el tema de las muestras de hígado y bazo del mono para que la charla asumiera un tono más profesional.
-Hasta ahora están limpias -sostuvo Dubchek-, pero sólo se las estudió con microscopía electrónica. Tad empezó también el cultivo viral, de modo que dentro de una semana sabremos los resultados finales.
-Mientras tanto habría que considerar otras posibilidades.
-Supongo que sí. Dubchek parecía distraído. Marissa se inclinó hacia delante y le entregó sus apuntes.
-Pensé que podría interesarle esto. El hombre tomó los papeles y les echó un vistazo. Marissa había anotado en orden cronológico todo lo que había hecho desde que llegó a Los Ángeles. Explicó con argumentos convincentes que el doctor Richter era el agente difusor del Ébola ya, que había contagiado el mal a algunos de sus pacientes. Habló luego de la relación que lo unía con Helen Townsend y de los dos congresos médicos a los que había asistido. Los organizadores de ambos simposios iban a remitirle una lista completa de los asistentes, junto con sus domicilios y números telefónicos.
Durante todo el monólogo, Dubchek realizó gestos de asentimiento para darle a entender que la escuchaba, pero igualmente parecía estar distraído, más concentrado en la cara que en las palabras de Marissa. Al obtener tan poca respuesta, ella fue dejando de hablar poco a poco preguntándose si no estaría cometiendo algún grave error profesional. Dubchek sonrió y lanzó un suspiro.
-Buen trabajo -dijo, simplemente-. Cuesta creer que ésta es su primera labor de investigación. -Se levantó al oír que llamaban a la puerta-. Debe de ser la cena. Qué suerte, porque ya estaba hambriento.
La comida fue mediocre. La carne y la verdura llegaron tibias. Marissa se preguntó por qué no habían bajado al comedor. Supuso que él tenía intenciones de hablar de temas profesionales, pero la conversación se refirió a aquella noche en la casa de Ralph y de dónde lo conocía ella, al CCE, y si le gustaba trabajar allí. Hacia el final de la cena, Dubchek dijo:
-Quería que supiera que soy viudo. -Lo siento muchísimo -respondió Marissa con sinceridad, aunque no entendía el motivo que lo llevaba a darle información sobre su vida privada.
-Pensé que debería saberlo -agregó él como si le hubiera leído los pensamientos-. Mi mujer murió hace dos años en un accidente de coche.
Marissa hizo un ademán de asentimiento porque tampoco supo cómo reaccionar.
-Y usted, ¿sale con alguien, Marissa? Jugueteó con el asa de su taza de café. De ninguna manera iba a mencionar su ruptura con Roger. -No; por el momento, no -logró articular. ¿Sabría Dubchek que había estado saliendo con Tad? No era un secreto, pero tampoco era de dominio público, porque ninguno de los dos lo había comentado con sus compañeros de trabajo. De repente empezó a sentirse incómoda, ya que tenía la impresión de que se violaba la norma que se había impuesto de no mezclar su vida privada con la profesión. Observó a. Dubchek y no pudo menos de pensar que le resultaba interesante. Tal vez era eso lo que más la cohibía, máxime porque no pensaba establecer con él una relación más personal. Todo esto le hizo sentir deseos de salir disparada de allí para continuar su trabajo.
Dubchek empujó su sillón hacia atrás y se puso de pie. -Convendría que nos pusiéramos en camino hacia la clínica,- sugirió.
A ella le pareció bien. Se levantó y se encaminó a una mesita en busca de sus papeles. Cuando se levantó notó que Dubchek se le había acercado por detrás. Sin darle tiempo a reaccionar, él la sujetó por los hombros y la obligó a volverse, gesto que la tomó totalmente por sorpresa. Durante un brevísimo instante sus labios se unieron. Luego ella se retiró y se le cayeron los papeles.
-Perdóneme. No pensaba hacerlo, pero desde el día en que llegó al Centro he sentido la tentación. Nunca me pareció bien salir con alguien de la oficina; sin embargo, desde que murió mi esposa es la primera vez que siento interés por una mujer. Usted no se le parece en absoluto, Jane era alta y rubia, pero demuestra el mismo entusiasmo por su trabajo. Ella se dedicaba a la música y cuando tocaba algo bien, ponía la misma cara apasionada que he notado en usted.
Marissa permaneció en silencio. Sabía que su propia actitud era ruin, que Dubchek no le había acosado en absoluto, pero como le daba vergüenza, no quiso decir nada que rompiese la violencia.
-Marissa -le dijo él con dulzura-, lo que le digo es que cuando regresemos a Atlanta me gustaría salir con usted, pero si ya está comprometida con Ralph, o sencillamente no lo desea...
Su voz fue perdiéndose. Marissa se agachó para recoger sus apuntes. -Si vamos a volver al hospital, ya es hora de marcharnos -manifestó en tono cortante.
Dubchek la siguió con expresión severa hasta el ascensor. Más tarde, cuando Marissa iba en su coche alquilado, se reprendió a sí misma. Cyrill era el hombre más atractivo que había conocido después de Roger. ¿Qué la habría inducido a un comportamiento tan absurdo?
27 de febrero
Casi cinco semanas más tarde, cuando regresaba en taxi del aeropuerto, Marissa venía pensando si sería capaz de restablecer una relación afable, profesional, con Dubchek, ahora que ambos habían regresado a Atlanta. Él se había marchado pocos días después de la conversación que habían mantenido en el Beverly Hilton, y las pocas veces que se encontraron en la Clínica Richter se trataron con cierta tirantez.
Cuando el vehículo llegó a su barrio, al ver las ventanas iluminadas y las escenas de vida familiar en el interior de las casas, se sintió abrumada por una profunda soledad.
Después de pagar al chofer y de desconectar la alarma corrió a la casa de Judson a recoger a Taffy y toda la correspondencia que se había acumulado en más de un mes. La perra quedó arrobada al verla y los Judson estuvieron sumamente afectuosos, ya que en vez de hacerla sentir culpable por tan larga ausencia, se mostraron sinceramente apenados de ver partir a Taffy.
Ya en su casa, Marissa subió la calefacción. La vida era muy distinta por el solo hecho de tener el animalito.
Taffy no se apartaba de su lado y exigía una atención casi constante.
Marissa abrió la nevera para buscar algo de comida y descubrió que algunos alimentos se habían estropeado. Volvió a cerrarla y resolvió que la limpieza la haría al día siguiente.
Cenó higos y un refresco, mientras revisaba la correspondencia. Aparte de una tarjeta enviada por un hermano y de una carta de sus padres, lo demás era todo propaganda farmacéutica.
Se sobresaltó al oír el teléfono, pero cuando atendió tuvo el placer de escuchar la voz de Tad que le daba la bienvenida a Atlanta.
-¿No quieres salir a tomar algo? Puedo pasar a buscarte.
Su primera reacción fue decirle que estaba exhausta del viaje, pero después recordó que la última vez que habían hablado por teléfono él le contó que había terminado su proyecto sobre el SIDA, y se había dedicado al estudio del virus Ébola. Se le fue parte del cansancio como por arte de magia y le preguntó cómo iban las investigaciones.
-¡Bien! El virus se extiende como una mancha de aceite en los cultivos de tejido. La parte de morfología del trabajo está completa y ya empecé con el análisis de proteínas.
-Me encantaría ver lo que estás haciendo. -Con mucho gusto te enseñaría todo lo que tengo, pero lamentablemente gran parte de la investigación se lleva a cabo en el laboratorio de máximo riesgo.
-Lo suponía. Marissa sabía que un virus tan mortal sólo podía manipularse en un laboratorio donde, como lo indicaba su nombre, se conservaban los microorganismos más peligrosos. Creía que existían unos cuatro sitios semejantes en el mundo: uno el CCE, otro en Inglaterra, otro en Bélgica y el último en la Unión Soviética. No estaba segura incluso si el Instituto Pasteur de Paris contaba siquiera con instalaciones de esa clase. Por razones de seguridad, allí sólo se permitía la entrada de unas pocas personas autorizadas, entre las cuales no estaba incluida Marissa. Sin embargo, después de comprobar el devastador efecto del virus Ébola, confesó a Tad cuánto ansiaba poder ver sus estudios.
-No tienes permiso -dijo él, sorprendido por la aparente ingenuidad de su amiga. -Ya lo sé, pero, ¿qué tiene de malo que me enseñes lo que estás haciendo con el Ébola y después salir a tomar una copa? Al fin y al cabo es tarde y nadie se va a enterar si me llevas ahora.
Se hizo una pausa. -Pero la entrada es restringida... Marissa tenía plena conciencia de que se estaba aprovechando de Tad, pero también era cierto que no había peligro alguno si iba acompañada por él. -¿Quién se va a enterar? -lo coaccionó-. Además, Yo formo parte del equipo.
Sí, claro -aceptó Tad, renuente. Era obvio que dudaba. El hecho de que Marissa accediera a salir con él sólo si la llevaba primero al laboratorio, terminó por decidirlo. Le dijo entonces que pasaría a recogerla media hora después y que no debía contarle nada a nadie.
Marissa aceptó rápidamente las condiciones.
-Esto no me hace demasiado feliz -reconoció Tad cuando iban camino del Centro para el Control de Enfermedades.
-Tranquilízate. Por Dios, yo también trabajo aquí, en la sección Patógenos Especiales.
Fingió sentirse algo molesta. -Pero podríamos solicitar mañana una autorización. Marissa se volvió para mirarlo de frente. -¿Te estás acobardando? Sabía que Dubchek regresaba al día siguiente de un viaje a Washington y que podía hacer una solicitud formal, pero no creía que se lo concediera. Dubchek se había mostrado absurdamente frío durante las últimas semanas, por más que el motivo fuese la estupidez de ella. ¿Por qué no tuvo el valor de pedirle disculpas o de decirle incluso que le gustaría salir con él una noche? Y así, cada día que pasaba iba en aumento la frialdad que los separaba, sobre todo por parte de él.
Tad dejó el coche en el aparcamiento y caminaron en silencio hacia la entrada principal. Marissa iba cavilando acerca del orgullo masculino y cuántos trastornos solía causar.
Firmaron el registro bajo la mirada atenta del guardia, y mostraron la credencial del Centro como correspondía. En la columna de «Destino», Marissa escribió «oficina». Subieron tres pisos en ascensor. Recorrieron todo el edificio, pasaron por una puerta que daba al exterior y siguieron por una pasarela franqueada por una tela metálica que comunicaba el edificio principal con los laboratorios de virología. Todos los edificios del Centro se comunicaban en casi todos los pisos por medio de pasillos similares.
-Para el laboratorio de máximo riesgo hay estrictas medidas de seguridad -comentó Tad en el momento de abrir la puerta del sector virología-, porque aquí almacenamos todos los virus patológicos conocidos por el hombre.
-¿Hasta el último de ellos? -se asombró Marissa. -Casi te diría que sí -respondió Tad, orgulloso. -¿El Ébola también? -Tenemos muestras de los brotes anteriores. También tenemos Marburg, viruelas (que ya se consideran extinguidas), polio, fiebre amarilla, dengue, SIDA, lo que quieras.
-¡Dios mío! Una colección de horrores. -Se la puede definir así. -¿Cómo se conservan los virus? -Congelados en nitrógeno líquido. -¿Son infecciosos? -Basta con descongelarlos. Cruzaban en ese momento por un vestíbulo después de dejar atrás una cantidad de oficinas pequeñas y oscuras. Marissa había estado antes en ese sector del edificio, cuando iba al despacho de Dubchek.
Tad se detuvo frente a un congelador con entrada para personas, semejante a los que se ven en los frigoríficos.
-Esto quizá te resulte interesante -dijo, al tiempo que abría una pesada puerta.
Dentro había una luz encendida. Tímidamente Marissa cruzó el umbral internándose en el frío húmedo seguida por Tad. Experimentó una sensación de temor cuando la puerta se cerró sola.
En el interior del congelador había estanterías con cientos de miles de frasquitos.
-¿Qué es eso? -Suero congelado -respondió Tad, tomando un frasco que tenía anotado un número y una fecha-. Son -muestras extraídas de pacientes del mundo entero, de todas las enfermedades virales conocidas y muchas que no lo son. Están aquí para ser sometidas a estudios inmunológicos, y obviamente no son infecciosas.
Marissa se alegró de regresar al vestíbulo. Unos quince metros más adelante del congelador el pasillo giraba bruscamente a la derecha y toparon con una imponente puerta de acero. Sobre el picaporte había un panel con botones semejante al sistema de alarma que tenía Marissa en su casa. Debajo había una ranura muy parecida a las que tienen los cajeros automáticos para introducir allí una tarjeta. Tad le mostró una tarjeta que llevaba colgada del cuello con una correa de cuero y la colocó en la ranura.
-La computadora está registrando la entrada -dijo. Luego marcó su número en código en el panel de mando: 100-60-95-. Buenas medidas -bromeó.
-Gracias -se rió Marissa. Como el edificio de virología estaba desierto, Tad parecía más tranquilo. Al cabo de una breve demora se oyó el clic del cerrojo que se abría, y Tad empujó la puerta. Marissa tuvo la sensación de estar entrando en otro mundo. En vez de estar en un vestíbulo sucio y desordenado como en el sector externo del edificio, se encontró rodeada por tuberías, manómetros y demás instrumentos futuristas pintados de distintos colores siguiendo un código determinado, todo de reciente construcción. La iluminación era tenue. Tad abrió entonces una caja donde había una serie de interruptores y los accionó. El primero encendió las luces de la habitación donde se encontraban, de una altura casi doble de lo normal, llena -de todo tipo de equipos. Flotaba en el aire cierto olor fenólico que a Marissa le hizo recordar la sala de autopsias de la facultad de medicina.
El siguiente interruptor encendió las luces de una hilera de ventanas estilo ojo de buey instaladas a los lados de un cilindro de tres metros de altura que sobresalía dentro del recinto. En el extremo del cilindro había una puerta ovalada semejante a la escotilla de un submarino.
El último interruptor produjo un zumbido al ponerse en funcionamiento alguna máquina eléctrica de enormes proporciones.
-Son compresores -explicó Tad ante la mirada inquisidora de Marissa, pero no explicó más. En cambio, realizó un amplio ademán-. Esta es la zona de control del laboratorio de máximo riesgo. Desde aquí podemos operar todos los ventiladores y filtros, incluso los generadores de rayos gamma. Fíjate en la cantidad de lucecitas verdes, indicadoras de que todo marcha como debe. ¡Al menos eso espero!
-¿Por qué lo dices? -preguntó Marissa atemorizada, pero al ver la sonrisa de su amigo, se dio cuenta de que le tomaba el pelo.
Así y todo, de repente ya no estuvo tan segura de querer continuar con el recorrido. La idea le había parecido muy buena cuando estaba en el marco protegido de su propia casa, pero al verse rodeada por un instrumental desconocido, sabiendo qué clases de virus se alojaban allí, ya no estaba tan segura. Pero Tad no le dio tiempo a cambiar de opinión. Abrió la puerta hermética tipo escotilla y le hizo señas de que entrase. Marissa tuvo que agachar la cabeza al cruzar el umbral de diez centímetros de alto. Tad entró después, cerró y atrancó la puerta. A Marissa la invadió una sensación de claustrofobia, máxime cuando tuvo que tragar saliva para destaparse los oídos debido al cambio de presión.
En el cilindro se alineaban las ventanas redondas que Marissa había visto desde fuera. A lo largo de ambos lados había bancos y armarios verticales. Al fondo, estanterías y otra puerta hermética.
-¡Sorpresa! -exclamó Tad arrojándole unas prendas de algodón-. No se permite entrar con ropa de calle.
Al cabo de un momento de vacilación durante el cual buscó en vano un sitio que le permitiera un mínimo de intimidad, Marissa comenzó a desabrocharse la blusa. Por mucha que fuera la vergüenza que sentía ante la necesidad de desvestirse delante de Tad, él estaba más cohibido y miró hacia otro lado mientras Marissa se desnudaba.
Luego atravesaron una segunda puerta. -A medida que nos internamos en el laboratorio, cada habitación que pasamos tiene una presión más baja que la anterior, con lo cual se asegura que el único movimiento de aire se dé hacia adentro del laboratorio, no hacia fuera.
La segunda habitación era aproximadamente del tamaño de la primera, pero no tenía ventanas y el olor a desinfectante fenólico era allí más pronunciado. Una cantidad de monos plásticos de color azul colgaban en percheros de pared. Tad buscó uno que fuera más o menos de la medida de Marissa y se lo entregó. Era una especie de traje espacial pero sin relleno ni escafandra pesada. Al igual que un atuendo espacial, cubría el cuerpo entero, manos y pies incluidos. Se cerraba con una cremallera que iba desde el pubis al cuello. De la espalda, como una larga cola, salía una manguera de aire.
Tad señaló las tuberías verdes que corrían a lo largo de la habitación a la altura del pecho, y comentó que en todo el laboratorio había tubos de ésos. A intervalos frecuentes, había tubos de múltiples bocas -pintados de un verde más claro-, con adaptadores para conectar allí las mangueras de aire de los trajes. Tad aclaró que los trajes estaban llenos de aire limpio, de presión positiva, de modo que nunca se respiraba el aire del laboratorio propiamente dicho. Ensayó con Marissa el método para conectar y desconectar el tubo de aire hasta convencerse de que ella lo hacía con precisión. -Muy bien. Llegó el momento de vestirse -dijo, mostrándole la forma en que había que ponerse la gruesa indumentaria. El proceso era complicado, sobre todo introducir la cabeza dentro de la capucha cerrada. Cuando Marissa miró por la mascarilla de plástico transparente, ésta se empañó de inmediato.
Tad le indicó que debía conectar su tubo de aire, y en el acto ella percibió el aire fresco sobre su cuerpo, que también le desempañó el visor. Tad le subió el cierre del traje, y con movimientos diestros se vistió con el suyo. Infló su traje, luego desconectó el tubo de aire y, llevándolo en la mano, se encaminó a la puerta más lejana. Marissa lo siguió caminando con dificultad.
A la derecha de la puerta había una consola de mando. -Luces interiores del laboratorio -explicó Tad, al tiempo que accionaba los interruptores.
La vestimenta ahogaba la voz y además costaba entender debido al zumbido que producía la entrada de aire. Atravesaron otra puerta hermética que Tad cerró al pasar.
La habitación siguiente era más pequeña que las dos primeras. Allí, paredes y tuberías estaban cubiertas por un polvillo blanco, y el suelo por una rejilla de plástico.
Conectaron sus tubos de aire por un instante. Luego pasaron por una última puerta que daba al laboratorio propiamente dicho. Marissa le pisaba los talones a su amigo y desplazaba su manguera de aire de la misma forma que él lo hacía.
Entraron en una espaciosa habitación rectangular con un sector central de mesas de laboratorio sobre las cuales se levantaban campanas protectoras de aspiración. Contra las paredes se veía todo tipo de instrumental: centrífugas, incubadoras, varios microscopios, terminales de computadoras y otros innumerables objetos que ella no conocía. A la izquierda, había también otra puerta hermética, cerrada con llave.
Tad la llevó directamente hasta una incubadora y abrió las portezuelas. Los tubos con cultivo de tejido se hallaban colocados en bandejas que giraban lentamente. Tad sacó uno y se lo entregó.
-Aquí tienes tu Ébola -dijo. Además de la pequeña cantidad de líquido que contenía el tubo, éste estaba revestido por un lado con una fina película, una capa de células vivas infectadas con el virus. Dentro de las células, el virus se esforzaba por reproducirse. Por inocente que fuera su aspecto, Marissa sabía que el contenido de esa probeta alcanzaba para matar a toda la población de Atlanta, tal vez hasta la de Estados Unidos. Sintió un estremecimiento que la hizo sostener el tubo con más fuerza.
Tad le pidió que se lo devolviese y lo llevó hasta un microscopio. Depositó en él el espécimen, graduó el foco y dio un paso atrás para que se acercara Marissa.
-¿Ves esos pelotones oscuros en el citoplasma? Marissa asintió. Pese al visor del plástico, podía distinguir los corpúsculos de inclusión que describía Tad, así como los núcleos irregulares de las células.
-Ése es el primer signo de infestación. Acabo de implantar estas colonias. Este virus es increíblemente potente.
Cuando Marissa se levantó del microscopio, Tad volvió a poner la probeta en la incubadora. Luego empezó a explicar su compleja investigación señalando el instrumento y aclarando con lujo de detalle los diversos experimentos. A Marissa le costaba concentrarse. No había ido allí con deseos de oír hablar del trabajo de Tad, pero eso no podía, decírselo.
Finalmente la condujo por un pasillo hasta un laberinto de jaulas de animales que llegaban casi hasta el techo. Había monos, conejos, cobayos, ratas y ratones. Marissa se sintió observada por centenares de ojos, algunos indiferentes, otros cargados de odio. En un sector apartado del salón, Tad extrajo una bandeja de animales que denominó ratones suizos e iba a mostrárselos a Marissa cuando de repente se detuvo.
-¡Caramba! -exclamó-. A estos bichos los inoculé esta misma tarde y la mayoría ya ha muerto. -Miró a su amiga-. Tu virus Ébola es realmente letal, como la cepa M Zaire de 1976.
Marissa observó con desagrado los ratones muertos. -¿Hay alguna forma de comparar las diversas cepas? -quiso saber.
-Por supuesto. Tad retiró los animalitos muertos. Regresó luego al laboratorio principal y los colocó sobre una bandeja para que se les practicara la autopsia. Luego se volvió e intentó responder la pregunta de Marissa. A ella le costaba entenderle cuando no le hablaba de frente porque la voz sonaba hueca por el traje de plástico.
-Ahora que he empezado a determinar los rasgos distintivos del Ébola, será sencillo compararlo con las cepas anteriores. De hecho comencé con estos ratones, pero los resultados tendrán que esperar la evaluación estadística.
Tad se detuvo frente a la puerta hermética, con cerrojo.
-No creo que quieras entrar aquí -dijo. Sin esperar respuesta, abrió y entró con los ratones muertos. Al abrirse la puerta Marissa percibió cierto vaho. Quiso espiar dentro, pero en el acto reapareció su amigo y cerró con fuerza la puerta a sus espaldas.
-¿Sabes una cosa? También pienso compararlos polipéptidos estructurales y el ARN de tu virus contraponiéndolos con la cepa anterior de Ébola.
-¡Ya basta! -exclamó ella, riendo-. Me haces sentir muy ignorante. Tengo que buscar mi viejo texto de virología para comprender todo esto. ¿Por qué no lo dejamos ya, y nos vamos a tomar esa copa que me prometiste?
-Con mucho gusto. Hubo una sorpresa al salir. Cuando llegaron a la habitación del polvillo blanco, de pronto quedaron empapados por una lluvia de desinfectante fenólico. Mirando el desconcierto de Marissa, Tad no pudo menos de sonreír.
-Ahora ya sabes cómo te sentirías dentro de un inodoro -dijo.
Mientras se ponían la ropa de calle, ella le preguntó qué había en esa habitación donde había llevado los ratones muertos.
-No es más que un enorme congelador -respondió Tad, quitándole importancia al tema con un ademán.
En los días siguientes Marissa se readaptó a la vida en Atlanta y pudo disfrutar de su casa y su perra. Al día siguiente de su llegada se ocupó de las tareas difíciles, como eliminar los alimentos estropeados en la nevera y ponerse al día en los pagos atrasados. En el trabajo se dedicó a estudiar la fiebre hemorrágica viral, en particular la originada por el virus Ébola. En la biblioteca del Centro obtuvo material relacionado con los diversos brotes de Ébola: Zaire 1976, Sudán 1976, Zaire 1977 y Sudán 1979. En cada uno de estos casos, el virus apareció misteriosamente y luego desapareció. Se realizaron intensos estudios para determinar qué organismos le servían de receptáculo, para lo cual se analizaron más de doscientas especies distintas de animales e insectos como huéspedes potenciales, y todas dieron negativo. El único hallazgo positivo fue de ciertos anticuerpos en algún conejillo de indias doméstico.
Le resultó particularmente interesante la narración de cómo sucedió el primer brote epidémico de Zaire. La transmisión de la enfermedad se relacionó con un centro de salud denominado Hospital de la Misión de Yambuku. Se preguntó qué posibles elementos similares existían en la Misión de Yambuku y la Clínica Richter, o mejor aún, entre Yambuku y Los Ángeles. No debía de haber muchos.
Se había situado al fondo de la biblioteca para leer el clásico texto Virología, de Fields. Estaba repasando lo referente a cultivo de tejidos para realizar trabajos prácticos en el laboratorio virológico. Tad se había comprometido a facilitarle algunos virus relativamente inocuos a fin de que pudiera familiarizarse con el más moderno instrumental de virología.
Marissa miró la hora. Eran más de las dos, y a las tres y cuarto tenía que ir a ver a Dubchek. El día anterior le había entregado a la secretaria una solicitud formal de autorización para que se le permitiera acceder al laboratorio de máximo riesgo para lo cual debió describir la investigación que deseaba practicar sobre el grado de infecciosidad del virus Ébola. Sin embargo, no tenía demasiadas esperanzas de que Dubchek accediera a su petición ya que, desde el regreso de Los Ángeles no le había prestado ni la más mínima atención.
Notó que se cruzaba una sombra sobre la página del texto y automáticamente levantó la cabeza.
-¡Bueno, bueno! ¡Todavía estás viva! -exclamó una voz conocida. _Ralph -murmuró ella, asustada tanto por su inesperada presencia en la biblioteca como por el volumen de su voz.
Varias cabezas se volvieron para observarlos. -Me habían dicho que estabas viva, pero tenía que comprobarlo personalmente -continuó Ralph, sin prestar atención a la mirada furibunda de la señora Campbell.
Marissa le hizo señas de que se callara y luego lo llevó de la mano al vestíbulo, donde podían hablar con tranquilidad. Sintió un profundo afecto por él al advertir una sonrisa cálida en su rostro.
-Cuánto me alegro de verte -dijo, y lo abrazó con cierto remordimiento por no haberlo llamado desde su regreso. Mientras estaba en Los Ángeles habían hablado por teléfono por lo menos una vez por semana.
Como si le hubiese leído el pensamiento, él preguntó:
- ¿Por qué no me llamaste? Dubchek me dijo que habías vuelto hacía cuatro días.
-Iba a llamarte esta noche -respondió ella, sumisa, fastidiada de que Ralph estuviese recibiendo información sobre su persona por boca de Dubchek.
Bajaron a la cafetería a tomar un café. A esa hora de la tarde estaba casi desierta y se sentaron junto al ventanal que daba al patio del Centro. Ralph comentó que salía del hospital y se dirigía a su consultorio y que había querido encontrarla antes de la noche.
-¿Qué te parece si vamos a cenar? -la invitó, apoyando una mano sobre la de Marissa-. Estoy impaciente por saber los detalles de cómo vencisteis al Ébola en Los Ángeles.
-No estoy segura de que veintiuna muertes puedan considerarse un triunfo. Y lo peor de todo es que, desde un punto de vista epidemiológico, fracasamos porque no pudimos determinar la procedencia del virus. Tiene que haber algún foco específico. Imagínate cómo habría reaccionado la prensa si el CCE no hubiese podido hallar la bacteria de los Legionarios en el sistema de aire acondicionado.
-Creo que te juzgas con demasiada severidad. -Pero es que no tenemos idea de cuándo puede volver a aparecer el Ébola. Lamentablemente yo tengo la sensación de que se va a repetir. Y es tan mortal...
Tenía muy presente sus efectos letales. -Tampoco se pudo saber de dónde provino el Ébola en África -aclaró Ralph, tratando de levantarle el ánimo.
Le llamó la atención que Ralph conociese ese dato y se lo dijo.
-Basta con mirar los noticieros de la televisión para instruirse en temas médicos. -Le apretó la mano-. Pienso que deberíais considerar la estancia en Los Ángeles como un éxito, porque pudisteis contener una posible epidemia de enormes proporciones.
Marissa sonrió. Se daba cuenta de que Ralph procuraba que se sintiese mejor y mentalmente se lo agradecía.
-Sí, tienes razón. El brote pudo haber sido mucho peor, y hubo un momento en que así lo pensamos. Gracias a Dios, la cuarentena fue la solución. Y me alegro, porque la tasa de mortalidad era superior al noventa y cuatro por ciento, con sólo dos casos de supervivencia. Hasta a la Clínica Richter había que considerarla como una víctima ya que ahora tiene tanta mala fama por el Ébola como las casas de baño de San Francisco por el SIDA.
Marissa miró la hora y vio que eran más de las tres. -Tengo una reunión dentro de unos minutos -se disculpó-. Te agradezco muchísimo que hayas venido a verme. La idea de cenar juntos esta noche me parece estupenda.
-Hasta luego -dijo él, levantando la bandeja con las tazas vacías.
Marissa subió corriendo la escalera hasta el tercer piso y cruzó al edificio de virología. A la luz del día no le pareció tan atemorizante como de noche. Al encaminarse a la oficina de Dubchek, pensó que apenas dando la vuelta se encontraba la puerta de acero que daba acceso al laboratorio de máximo riesgo. Eran las tres y diecisiete cuando estaba frente a la secretaria de Dubchek.
Fue una tontería haberse apresurado. Se sentó ante la secretaria, se puso a hojear el Virology Times -con su sección central dedicada al virus del mes- y comprendió que, por supuesto, Dubchek la haría esperar. Volvió a fijarse en la hora: cuatro menos veinte. Del otro lado de la puerta oía a Dubchek hablando por teléfono. Y en la consola que tenía la secretaria sobre su escritorio podría darse cuenta cuando se apagara la lucecita titilante y volviera a encenderse para llamar otra vez. Eran las cuatro menos cinco cuando por fin se abrió la puerta y Dubchek le hizo señas de que pasara.
La oficina era pequeña y había a la vista multitud de fotocopias de artículos amontonados sobre el escritorio, sobre el archivador o directamente en el suelo. Dubchek estaba en mangas de camisa, con la corbata escondida entre el botón segundo y tercero para que no le estorbara. No se disculpó ni le explicó por qué la había hecho esperar. Más aún, en su rostro se dibujaba un atisbo de sonrisa que a Marissa le causó desagrado.
-Espero que haya recibido mi nota -dijo ella, procurando hablar en un tono expeditivo.
-Así es. -¿Qué es lo que me aconseja? -Que siga exactamente con lo que hace ahora. Continúe trabajando con virus menos patógenos hasta que adquiera experiencia.
-¿Y cómo sabré que he reunido suficiente experiencia?
Comprendía que Dubchek tenía razón, pero también se preguntaba si la respuesta de él habría sido distinta de haber estado saliendo juntos. Lo que más la mortificaba era no ser capaz de pedir disculpas por su grosero rechazo. Dubchek era guapo, un hombre que le resultaba mucho más inteligente que Ralph, con quien sin embargo aceptaba salir a cenar.
-Creo que yo me voy a dar cuenta de cuándo ha obtenido un nivel adecuado de experiencia -dijo él interrumpiéndole los pensamientos-. O bien lo sabrá Tad Schockley.
Se sintió más animada. Si la decisión quedaba a criterio de Tad, seguramente conseguiría alguna vez la autorización.
-Mientras tanto -continuó el hombre dando la vuelta al escritorio para ir a sentarse-, tengo algo más importante que comentarle. Acabo de hablar por teléfono con varias personas, incluso con el jefe de Epidemiología del Estado de Missouri. Se ha presentado en Saint Louis un único caso de enfermedad viral que podría ser Ébola. Quiero que se traslade allí en el acto, que evalúe la situación en su aspecto clínico, envíe muestras a Tad y vuelva a informar. Aquí tiene la reserva de pasaje aéreo. -Le entregó un papel con una nota: aerolínea Delta, vuelo 1083. Hora de salida: 17:34. Hora de llegada: 18:06.
Quedó atónita. Con el tránsito congestionado de la hora punta, tenía el tiempo justo para llegar. Sabía que un experto en enfermedades infecciosas siempre debía tener lista una maleta, pero ella no la tenía y además estaba el problema de Taffy.
-Vamos a tener listo el laboratorio móvil por si es necesario -decía, Cyrill en ese momento-, pero esperemos que no haga falta.
Le tendió la mano, pero Marissa estaba tan preocupada con la posibilidad de enfrentarse posiblemente con el letal virus Ébola, que no se percató. Había ido allí a pedir permiso para utilizar el laboratorio de máximo riesgo ¡y salía con la orden de volar en seguida rumbo a Saint Louis! Miró brevemente la hora y echó a correr: le quedaba el tiempo justo.
3 de marzo
Sólo cuando el avión corría por la pista recordó Marissa la invitación de Ralph. Bueno, con suerte podría llamarlo por teléfono justo cuando él regresara a su casa. El único consuelo que le quedaba era que, en el plano profesional, se sentía más tranquila que al viajar a Los Ángeles. Al menos tenía cierta idea de la labor que debería realizar. Sin embargo, como ya sabía el grado terrible de mortalidad del Ébola -si es que se trataba de ese virus-, tenía más miedo por su propia seguridad. Si bien no se lo había confesado a nadie, aún la inquietaba la posibilidad de haber contraído la enfermedad en el brote anterior. Cada día que pasaba sin experimentar síntomas sospechosos era para ella un alivio. Pero el temor no había desaparecido del todo.
El otro tema que la perturbaba era que hubiese aparecido tan pronto otro brote de Ébola. De comprobarse que se trataba del mismo virus, ¿cómo había llegado a Saint Louis? ¿Era una epidemia distinta de la de Los Ángeles o una prolongación de aquélla? Se le planteaban muchos interrogantes, ninguno de ellos alentador.
-¿Va a cenar? -le preguntó una azafata interrumpiéndole los pensamientos.
-Sí, claro -respondió, bajando la mesita abatible. Le convenía cenar algo aunque no tuviese hambre, porque una vez en Saint Louis quién sabe si tendría tiempo para comer.
Al bajar del taxi que la condujo desde el aeropuerto de Saint Louis hasta el Community Health Plan Hospital, comprobó con agrado que había un cómodo cobertizo para vehículos. Llovía a cántaros, y pese al techo de cemento, tuvo que levantarse las solapas del abrigo para no empaparse con la lluvia que arrastraba el viento. Entró por la puerta giratoria acarreando la cartera y la maleta, puesto que no había tenido tiempo de pasar primero por el hotel.
El edificio era imponente incluso en una noche oscura y tormentosa. Era de estilo moderno, con fachada de mármol italiano que representaba en la fachada, y hasta los tres pisos de altura, una réplica del Gateway Arch. El interior era de roble claro y alfombras de un rojo intenso. Una desenvuelta recepcionista le indicó cómo llegar a las oficinas administrativas, para lo cual debía atravesar unas puertas abatibles.
-¡Doctora Blumenthal! -exclamó un diminuto oriental levantándose de su escritorio. Marissa dio un paso atrás cuando el hombre le tomó la maleta y le estrechó enérgicamente la mano libre-. Soy el doctor Harold Taboso, director de esta institución. Y éste es el doctor Peter Austin, jefe de Epidemiología del Estado de Missouri. Estábamos esperándola.
Marissa le dio la mano al doctor Austin, un hombre alto y delgado, de cutis rojo.
-Estamos muy agradecidos de que haya podido venir tan rápido -expresó Taboso-. ¿Desea algo de comer o beber?
-Comí en el avión, gracias. Además preferiría ponerme a trabajar en seguida.
-Por supuesto, por supuesto.
Por un momento pareció confundido y su colega Austin aprovechó el silencio para hacerse cargo de la situación.
-Conocemos perfectamente lo ocurrido en Los Ángeles y por eso nos preocupa que podamos estar aquí ante el mismo problema. Como usted sabe, hemos ingresado un caso sospechoso esta mañana y otros dos más mientras usted venía hacia aquí.
Marissa se mordió el labio. Tenía la esperanza de que resultara una falsa alarma, pero al haberse presentado dos casos nuevos, no había razón que justificase su optimismo. Se dejó caer en la silla que le alcanzó el doctor Taboso, y dijo:
-Seria conveniente que me informaran lo que han averiguado hasta ahora.
-Me temo que no es demasiado -se justificó Austin-, porque ha habido poco tiempo. El primer caso ingresó alrededor de las cuatro. Hay que reconocer el mérito del doctor Taboso por haber dado la alarma en seguida. Como el paciente fue aislado de inmediato, esperamos haber reducido al mínimo los contactos aquí en el hospital.
Marissa miró de soslayo al doctor Taboso y éste sonrió nervioso, aceptando el cumplido.
-Eso fue muy positivo. ¿Se practicó algún estudio de laboratorio?
-Desde luego -respondió Taboso. -Allí podría haber algún problema. -Sí, lo sabemos. Pero el análisis se ordenó apenas ingresó el enfermo, antes de que sospecháramos cuál podía ser el diagnóstico. Apenas se informó a mi oficina, dimos aviso al Centro para el Control de Enfermedades.
-¿Pudieron establecer alguna vinculación con el brote de Los Ángeles? ¿Ninguno de los pacientes provenía de allí? -No -repuso el doctor Austin-. Investigamos esa posibilidad, pero no pudimos establecer conexión alguna.
-Bueno -dijo ella poniéndose de pie sin demasiadas ganas-, vamos a ver a los pacientes. Supongo que contarán con el equipo completo de ropa protectora.
-Sí, por supuesto. Atravesaron el vestíbulo hacia los ascensores. Cuando iban subiendo, Marissa preguntó:
- ¿Alguno de los enfermos ha estado últimamente en África?
Los dos médicos se miraron y Taboso respondió: -Creo que no. Marissa no se esperaba una respuesta afirmativa. Así, todo habría sido demasiado fácil. Iba observando el indicador de los pisos y vio que se detenían en el séptimo.
A medida que avanzaban por el pasillo vio que la mayoría de las habitaciones no estaban ocupadas. Gran parte de ellas no estaban ni siquiera terminadas de amueblar y las paredes del pasillo apenas tenían la primera mano de pintura.
El doctor Taboso advirtió la expresión del rostro femenino.
-Perdone -dijo-; debí habérselo explicado. Cuando se construyó este sanatorio se planificó una cantidad excesiva de camas. Por eso nunca se terminó el séptimo piso que decidimos utilizar para esta emergencia porque es perfecto para el aislamiento, ¿no le parece?
Llegaron al despacho de las enfermeras, donde aparentemente no faltaba nada, salvo los armarios. Marissa tomó el historial médico del primer paciente. Se sentó ante un escritorio y leyó el apellido del hombre: Zabriski. En la página de signos vitales aparecían los familiares síntomas de fiebre alta y baja presión sanguínea. En la hoja siguiente se consignaban los datos personales del enfermo, el doctor Carl M. Zabriski. Marissa, enarcó las cejas y le preguntó a Taboso con gesto de incredulidad si el paciente era también médico.
-Sí. Es oculista y trabaja en este mismo sanatorio. Se dirigió luego al doctor Austin. -¿Sabía usted -le preguntó- que el paciente portador del virus en Los Ángeles también era médico? Más aún, ¡oftalmólogo! -Estaba al tanto de la coincidencia -reconoció el doctor Austin, frunciendo el entrecejo.
-¿El doctor Zabriski realiza investigaciones con monos?
-Que yo sepa, no -contestó el doctor Taboso-. Al menos aquí en el hospital, seguro que no.
-Si no recuerdo mal, en el brote de Los Ángeles no hubo otros médicos, ¿verdad?
-No; sólo el caso original. Hubo tres técnicos químicos y una enfermera, pero ningún otro médico.
Marissa continuó leyendo el historial y notó que no era tan completo como el que se había confeccionado sobre el doctor Richter en la clínica de su mismo nombre. No había mención de recientes viajes ni de contacto con animales, pero los estudios de laboratorio eran impresionantes. Si bien aún no estaban todos los resultados, los que había indicaban lesiones de hígado y riñón. Por consiguiente, todo apuntaba hacia la fiebre hemorrágica Ébola.
Cuando terminó de leer el historial clínico, preparó lo necesario para recoger y empaquetar las muestras virales. Luego una enfermera la acompañó hasta el sector aislado, donde se puso la mascarilla, gorro, guantes, botas y gafas.
En la habitación de Zabriski había otras dos mujeres con similar indumentaria. Una de ellas era enfermera y la otra, médico.
-¿Cómo está el paciente? -preguntó Marissa acercándose a la cama.
La pregunta fue retórica, pues el estado del enfermo saltaba a la vista. Lo primero que notó fue la erupción en el torso. Segundo, signos de hemorragia, ya que se advertía flujo por la sonda nasogástrica. El doctor Zabriski se hallaba consciente aunque en grado mínimo, y no estaba en condiciones de responder preguntas.
Una breve conversación con la doctora encargada confirmó las impresiones de Marissa. El enfermo había empeorado durante el día, particularmente en el curso de la última hora, puesto que comenzaba a observarse un progresivo descenso de la presión sanguínea.
No necesitó ver más. Clínicamente el caso de ese hombre era horriblemente parecido al del doctor Richter. Hasta que no se demostrara lo contrario, debía suponerse que el doctor Zabriski y los dos casos posteriores ingresados en el hospital padecían fiebre hemorrágica Ébola.
La enfermera la ayudó a obtener muestras de tejido nasal, de sangre y orina. Marissa procedió tal como había hecho en Los Ángeles: guardando el material en una bolsa y luego en otra y desinfectando la parte externa de ambas con hipoclorito de sodio. Después de quitarse el atuendo protector, se lavó las manos y volvió al despacho de las enfermeras para llamar a Dubchek.
La conversación telefónica fue corta y precisa. Ella manifestó haberse formado la impresión clínica de que se hallaban ante otra epidemia de Ébola.
-¿Y las medidas de aislamiento? -Eso lo han hecho muy bien. -Nosotros llegaremos cuanto antes -expresó Dubchek-. Tal vez esta misma noche. Entretanto quiero que haga suspender todo estudio en el laboratorio y que supervise la desinfección. Dígales también que organicen la misma cuarentena que se puso en práctica en Los Ángeles para los contactos.
Marissa iba a responderle cuando se dio cuenta de que él había cortado. Lanzó entonces un suspiro y colgó el receptor. ¡Qué maravillosa relación de trabajo tenía con su jefe!
-Bueno -dijo Marissa a los doctores Taboso y Austin-, manos a la obra.
Rápidamente pusieron en vigor las normas para la cuarentena y la esterilización del laboratorio y ellos aseguraron que esa misma noche se remitirían las muestras al Centro de Atlanta.
Cuando se marcharon a cumplir con sus tareas, Marissa pidió el historial de los otros dos pacientes. Una enfermera, de nombre Pat, se los entregó y dijo:
-No sé si le habrá avisado el doctor Taboso, pero está abajo la señora Zabriski.
-¿También internada? -No, no. Insiste en permanecer en el hospital. Quería quedarse aquí arriba, pero al doctor Taboso no le pareció una buena idea y le indicó que bajara al vestíbulo de la planta baja.
Marissa dejó un instante los historiales porque no sabía muy bien qué hacer. Resolvió ver a la señora Zabriski puesto que tenía muy pocos datos acerca de las últimas actividades del marido. Además, debía pasar por el laboratorio para controlar la esterilización. Bajó entonces al primer piso. Miró los rostros de las personas que iban en el ascensor tratando de imaginar cómo reaccionarían cuando se enteraran de que había habido un brote de Ébola en el sanatorio. Al abrirse las puertas en el primer piso, fue la única que se bajó allí.
Pensó que iba a encontrarse con el personal de la noche en el laboratorio, pero le llamó la atención comprobar que el propio director, el doctor Ailhur Rand, patólogo- se hallaba aún en su lugar de trabajo pese a que eran más de las ocho de la noche. Se trataba de un hombre de edad, pedante, vestido con un chaleco a cuadros, hasta con un reloj de oro pendiente de una cadena que le asomaba por un bolsillo. No demostró estar impresionado de que el CCE hubiese enviado a Marissa, y la expresión de su rostro no varió al informarle ella que, en su opinión, había habido un brote de Ébola en el hospital.
-Tenía entendido que eso apareció en el diagnóstico diferencial.
-El Centro solicitó que no se practiquen más análisis de laboratorio a los pacientes en cuestión, doctor. -Marissa se dio cuenta de que ese hombre no le iba a facilitar la labor-. Esta misma noche traeremos un laboratorio móvil de aislamiento.
-Sugiero que eso se lo comunique al doctor Taboso. -Ya lo he hecho. También pensamos que habría que desinfectar este laboratorio. En el brote de Los Ángeles, tres de los casos se originaron por el contagio proveniente del laboratorio-Yo con mucho gusto estoy dispuesta a ayudar, si lo desea.
-Creo que somos capaces de hacer nuestra propia limpieza -manifestó el doctor con cara de «¿Acaso supone que nací ayer?»
-Si me necesita, no tiene más que avisarme -sostuvo Marissa.
Luego dio media vuelta y se fue. Había hecho todo lo posible.
Ya en la planta baja se encaminó a un bonito salón que se comunicaba con la capilla. No sabía cómo iba a reconocer a la señora Zabriski, pero felizmente era la única persona que se hallaba en la habitación.
-Señora Zabriski -dijo Marissa con voz suave, y la mujer levantó la cabeza. Tenía alrededor de cincuenta años, y el pelo entrecano. Por los ojos enrojecidos era obvio que había estado llorando-. Soy la doctora Blumenthal. Perdone que la moleste, pero necesito formularle unas preguntas.
Una sombra de terror cruzó por los ojos de la mujer. -¿Carl ha muerto? -No. -Pero va a morir, ¿verdad? -Señora -dijo Marissa con deseos de eludir un tema tan espinoso, máxime porque le parecía correcta la intuición de la mujer. Se sentó a su lado para hablarle-. No soy uno de los profesionales que atiende a su marido sino que estoy aquí para averiguar qué clase de enfermedad padece y cómo la contrajo. ¿No hizo su marido algún viaje durante las últimas... -Iba a decir tres semanas, pero al recordar el viaje del doctor Richter a África, rectificó-, en los últimos dos meses?
-Sí. El mes pasado fue a una convención médica en San Diego y hace una semana, más o menos, estuvo en Boston.
Al oír «San Diego» Marissa se enderezó en su asiento. -¿Se refiere a un congreso sobre cirugía de párpados realizado en San Diego?
-Creo que sí. Pero la que debe saberlo seguro es Judith, la secretaria de Carl.
La mente de Marissa era un torbellino. ¡Zabriski había concurrido al mismo simposio que el doctor Richter! ¿Acaso otra coincidencia? El único problema era que dicho congreso había tenido lugar unas seis semanas antes, aproximadamente el mismo intervalo de tiempo transcurrido entre el viaje de Richter a África y la aparición de sus síntomas.
-¿No sabe en qué hotel se alojó su marido en San Diego? ¿Podría ser en el Coronado?
-Me parece que sí. Mientras le venía a la mente el papel decisivo que había desempeñado cierto hotel de Filadelfia durante la epidemia de la Enfermedad del Legionario, se interesó por el viaje a Boston del doctor Zabriski. Sin embargo, la señora no sabía con qué motivo había ido y por eso le dio el teléfono de la casa de Judith, secretaria de su marido, ya que ella seguramente estaría al tanto de todo.
Marissa anotó el número y preguntó si al doctor Zabriski no lo había mordido algún mono o si no había estado en contacto con esa clase de animales últimamente.
-No, al menos que yo sepa. Marissa le dio las gracias y se disculpó por haberla molestado, tras lo cual fue a llamar a Judith.
Dos veces tuvo que explicarle a la secretaria quién era y por qué la llamaba a semejante hora. Finalmente Judith le confirmó lo que la señora Zabriski había dicho: que el doctor se había alojado en el Hotel Coronado de San Diego, que no lo había mordido animal alguno y que no tenía idea de que en los últimos tiempos hubiese tenido el menor contacto con monos. Cuando Marissa le preguntó si Zabriski conocía a Richter, la respuesta fue que ese apellido no aparecía jamás en la correspondencia ni figuraba en su agenda telefónica. Según Judith, el motivo del viaje a Boston fue para colaborar con la organización de la próxima reunión de graduados del Instituto de Ojos y Oídos de Massachussets. Le dio a Marissa el nombre y el teléfono del colega de Zabriski en esa ciudad. En el momento de anotarlo, Marissa se preguntó si el doctor Zabriski, sin darse cuenta, no habría transportado el virus a la zona de Boston. Tendría que comunicar esa posibilidad a Dubchek.
Cuando colgó, recordó de pronto que no había llamado a Ralph desde el aeropuerto. Él contestó con voz de dormido y Marissa le pidió disculpas por despertarlo a esa hora y por no haber hablado con él antes de partir de Atlanta. Cuando le explicó lo que había sucedido, Ralph le contestó que la perdonaría sólo si le prometía llamarlo cada dos o tres días para tenerlo al corriente de la situación.
Luego regresó al pabellón en cuarentena y continuó la lectura de los historiales clínicos. Los últimos dos internados eran una tal Carol Montgomery y el doctor Brian Cester. Ambos habían acusado fiebre alta, terribles cefaleas y dolores abdominales pronunciados. Si bien los síntomas no eran del todo específicos, su intensidad constituía suficiente motivo de alarma. No había referencia alguna a viajes ni contacto con animales en ninguno de los dos pacientes.
Después de reunir el material necesario para la recolección de muestras, Marissa se puso el atuendo protector y fue a visitar a la primera paciente, una mujer un año mayor que la propia Marissa. Sabiendo ese dato, Marissa no pudo menos de identificarse con ella, una abogada que trabajaba en una de las empresas más importantes de la ciudad. Si bien conservaba la lucidez y podía hablar, era evidente que estaba gravemente enferma.
Marissa le preguntó si había viajado últimamente, y la respuesta fue negativa. Al preguntarle si conocía al doctor Zabriski la mujer respondió que sí puesto que era su oculista y que había ido a consultarlo apenas cuatro días antes.
Marissa obtuvo las muestras virales y se marchó acongojada de la habitación. No le gustaba en absoluto hacer un diagnóstico y después no poder tratar la enfermedad. El hecho de haber averiguado información semejante a la del primer brote del virus no era demasiada gratificación. Esos datos, sin embargo, le trajeron a la memoria una pregunta que también se había formulado en Los Ángeles: ¿Por qué algunos de los pacientes del doctor Richter contrajeron el mal y otros no?
Después de ponerse una nueva indumentaria protectora fue a ver al doctor Brian Cester. Le formuló las mismas preguntas y obtuvo las mismas respuestas también, salvo cuando le preguntó si Cester había sido paciente de Zabriski.
-No -respondió cuando se le pasó un espasmo abdominal-. Jamás he ido a un oculista.
-¿No trabaja usted con él? -De vez en cuando hago anestesias para sus pacientes, -El dolor lo obligó a contraer el rostro. Cuando se repuso agregó-: Jugamos juntos al tenis más un poco a menudo de lo que trabajo con él. De hecho, tuvimos un partido hace apenas cuatro días.
Marissa extrajo las muestras y se retiró, más confundida que nunca. Creía que para transmitir la enfermedad hacía falta un contacto bastante estrecho -particularmente por una membrana mucosa-, pero jugar al tenis con alguien no parecía atenerse a ese esquema.
Después de enviar el segundo juego de muestras virales, volvió al estudio del historial del doctor Zabriski. Volvió a leerlo hasta el más mínimo detalle y empezó a confeccionar el mismo tipo de diario que hiciera para el doctor Richter. Agregó los datos proporcionados por la esposa y la secretaria del enfermo, sabiendo que tendría que volver a consultar a ambas. Pese a que ese trabajo no había bastado para determinar el foco del virus en el brote de Los Ángeles, tenía la esperanza de que, con el mismo método, pudiera hallar en el caso de Zabriski el elemento común aparte del hecho de que ambos habían asistido al mismo congreso de oftalmología en San Diego.
Eran más de las doce cuando llegaron Dubchek, Vreeland y Layne. Marissa se alegró de verlos, máxime porque el estado clínico de Zabriski continuaba empeorando. El médico que lo atendía había pedido unos análisis de sangre de rutina para determinar su grado de hidratación, y Marissa se sintió entre la espada y la pared; entre la necesidad de tratar al paciente y por otro lado la de proteger el hospital. Por último autorizó sólo aquellos estudios que podían llevarse a cabo en la habitación del enfermo.
Después de un brevísimo saludo, los médicos del Centro no prestaron la menor atención a Marissa, mientras se esforzaban por poner en funcionamiento el laboratorio móvil y por mejorar el aislamiento de los pacientes. El doctor Layne había hecho llevar enormes extractores de aire, y el doctor Vreeland bajó en el acto a las oficinas de administración para intercambiar opiniones sobre la forma de perfeccionar la cuarentena.
Marissa volvió a consultar los historiales clínicos pero muy pronto agotó la información que éstos podían suministrarle. Se levantó y se encaminó al laboratorio móvil de aislamiento. Dubchek se había quitado la americana y arremangado la camisa mientras trabajaba con los dos químicos del Centro. Se había producido una avería eléctrica en el aparato.
-¿Puedo ayudar en algo? -Que yo sepa, no -le respondió Dubchek sin levantar la mirada y de inmediato se puso a hablar con uno de los técnicos para sugerirle que cambiara los electrodos.
-Necesito que me dedique un minuto para informarle lo que he investigado -dijo Marissa, ansiosa por comentar el hecho de que Zabriski había asistido a la misma convención de oftalmología en San Diego que el doctor Richter.
-Tendrá que esperar. Hacer funcionar este laboratorio es más importante que cualquier teoría epidemiológica.
Regresó al despacho de las enfermeras hecha una furia. No creía merecer el sarcasmo de Dubchek. Si lo que se había propuesto era minimizar el aporte hecho por ella, lo había logrado. Se sentó a meditar las alternativas que se le presentaban. Podía quedarse en la esperanza de que él le concediera diez minutos, a su conveniencia, o bien podía irse a dormir. Ganaron las ganas de dormir. Entonces guardó los papeles en la cartera y regresó a la planta baja a buscar su maleta.
La telefonista la despertó a las siete. Después de tomar una ducha y vestirse se dio cuenta de que ya no estaba tan furiosa con Dubchek. Al fin y al cabo había que comprender que, si resultaba imposible controlar el brote de Ébola, el responsable sería él, no ella.
Cuando llegó al pabellón de aislamiento, uno de los médicos del Centro le informó que Dubchek había regresado a su hotel a las cinco de la madrugada. En cuanto a Vreeland y Layne, no sabía dónde estaban. En el despacho de las enfermeras reinaba el caos. Durante la noche habían sido internados cinco pacientes más con diagnósticos de presunta fiebre hemorrágica Ébola. Marissa recibió las fichas, pero como al colocarlas en orden advirtió que faltaba la de Zabriski, se la pidió a una enfermera.
-El doctor Zabriski falleció hoy a las cuatro. La noticia, no por esperada, dejó de impresionarla, tal vez porque inconscientemente había estado esperando un milagro. Se sentó y se cubrió la cara con las manos. Al cabo de un momento hizo esfuerzos por leer los nuevos historiales. Iba a ser más fácil si se mantenía ocupada. Sin darse cuenta, se tocó el cuello y notó una zona blanda. ¿Sería un ganglio linfático hinchado?
Le agradó que la interrumpiera el doctor Layne, director del programa de enfermedades infecciosas del CCE. Por las oscuras ojeras, por la expresión de agotamiento y la barba crecida resultaba obvio que apenas si había dormido en una cama. Marissa le sonrió; le gustó su físico de espaldas anchas y su rostro curtido que le recordaban a un ex jugador de fútbol americano. Layne se sentó pesadamente, al tiempo que se masajeaba las sienes.
-Me da la impresión de que esto va a ser tan problemático como Los Ángeles -dijo-. Están a punto de subir a otro paciente y ya hay uno más en urgencias.
-Acabo de empezar a mirar los nuevos historiales -afirmó Marissa sintiéndose súbitamente culpable por haberse ido la noche anterior.
-Bueno, le digo una cosa: todos los nuevos pacientes parecen haber contraído la enfermedad en el sanatorio, y eso es lo que más me preocupa.
-¿Son todos pacientes del doctor Zabriski? -Ésos lo son -respondió el doctor Layne señalando las fichas que tenía Marissa ante sí-. Todos fueron atendidos últimamente por él. Al parecer los inoculó durante la consulta. Los casos nuevos son ambos pacientes del doctor Cester, que fue el anestesista en los casos quirúrgicos de los últimos diez días.
-¿Cree usted que el doctor Cester contrajo el mal de la misma forma que el doctor Zabriski?
Layne meneó la cabeza. -No. Hablé extensamente con Cester y me enteré de que solía jugar al tenis con Zabriski.
Marissa hizo un gesto de asentimiento. -Pero -dijo-, ¿acaso bastaría con ese contacto? -Unos tres días antes de enfermar Zabriski, Cester le pidió prestada la toalla entre un set y otro. Creo que ahí se produjo el contagio, porque aparentemente la transmisión de virus requiere un contacto real de secreciones del cuerpo. Creo que Zabriski es otro foco de contagio, tal como el doctor Richter.
Marissa se sintió estúpida. Había dejado de interrogar a Cester antes de enterarse de un dato crucial. Esperaba no volver a cometer el mismo error.
-Ojalá supiéramos cómo se introdujo el Ébola en el hospital en primer lugar -expresó retóricamente el doctor Layne.
Con cara de cansado, pero ya afeitado y bien vestido como siempre, Dubchek llegó al despacho de las enfermeras. Marissa se sorprendió al verlo. Si realmente se había ido a las cinco, apenas había tenido tiempo de darse una ducha y cambiarse, y mucho menos de dormir un poco.
Antes de que Dubchek pudiese enfrascarse en una conversación con Layne, Marissa aprovechó para informarles a ambos que Zabriski había asistido a la misma convención médica, en San Diego, que Richter y que se habían alojado también en el mismo hotel.
-Fue hace demasiado tiempo como para que tenga importancia -opinó Dubchek, dogmático-. Ese congreso se realizó hace más de un mes y medio.
-Pero parece ser el único punto de contacto entre ambos médicos -protestó Marissa-, y pienso que habría que investigar más en esa dirección.
-Como usted quiera. Mientras tanto, baje a patología y cerciórese de que se tomen todas las precauciones cuando se haga la autopsia de Zabriski esta mañana. Y dígales que se obtengan especimenes por congelación rápida de hígado, corazón, cerebro y bazo para aislamiento viral.
-¿Y de riñón no? -quiso saber Layne. -Sí, de riñón también.
Marissa partió con la sensación de ser la chica de los recados. Se preguntó si alguna vez recobraría el respeto de Dubchek, y al recordar cómo lo había perdido, su estado depresivo dio paso a una oleada de indignación.
En patología -donde reinaba una actividad febril le indicaron el camino hasta las salas de autopsia para buscar al doctor Rand. Al recordar sus modales pedantes y engreídos, no sintió el menor deseo de encontrarse con él. Las salas de autopsia estaban todas revestidas de azulejos blancos y brillante acero inoxidable. El penetrante olor a formalina le hizo saltar las lágrimas. Uno de los técnicos le informó que la autopsia de Zabriski se efectuaría en la sala tres. -Si desea presenciarla tiene que ponerse la ropa especial, porque es un caso sucio -le dijo.
Con el miedo que tenía de contraer el Ébola, Marissa obedeció de buen grado. Al entrar en la estancia vio que el doctor Rand estaba a punto de empezar. El doctor levantó la mirada de la mesa de terroríficas herramientas donde yacía el cadáver de Zabriski dentro de una bolsa de plástico transparente.
-¡Hola! -saludó Marissa. ¿Por qué no mostrar un estado de ánimo jovial? Al no recibir respuesta, procedió a transmitir las peticiones del CCE al patólogo y éste accedió a proporcionar las muestras. Marissa sugirió luego el uso de gafas.
-Tanto en Los Ángeles como aquí, varios casos se contagiaron a través de la membrana conjuntiva -explicó.
El doctor Rand protestó con un gruñido y desapareció para volver luego con un par de gafas puestas. Sin mediar palabra, le entregó otro par a Marissa.
-Ah, y otra cosa -agregó ella-. El Centro recomienda evitar el uso de sierras eléctricas en casos de esta índole debido a la intensa formación de aerosol que se produce.
-Yo no pensaba utilizar ninguna herramienta eléctrica -sostuvo el doctor Rand-. Por extraño que le parezca, he tenido otros casos infecciosos en mi carrera.
-Entonces supongo que no debo advertirle que tenga cuidado de no cortarse los dedos -le replicó ella-. Un patólogo murió de fiebre hemorrágica viral precisamente por esa causa.
-Sí, ya me acuerdo. Fue la fiebre Lassa. ¿Nos honrará con alguna otra indicación? -No -repuso Marissa.
El patólogo hizo un corte en la bolsa plástica. Marissa n0 sabía qué hacer, si irse o quedarse. La indecisión se trocó en inacción: se quedó.
Por un micrófono de techo que funcionaba a pedal, el doctor Rand comenzó a describir las marcas externas del cadáver. Su voz adquirió ese tono monocorde que Marissa recordaba de sus épocas de estudiante de medicina. Sólo regresó al presente al oír que Rand mencionaba una herida suturada en el cuero cabelludo. Eso era un dato inédito que no había aparecido en la ficha, como tampoco el corte en el codo derecho ni el moretón del muslo derecho.
- ¿Esas magulladuras se produjeron antes o después de la muerte?
-Antes -respondió Rand sin preocuparse por disimular el fastidio que le causaba la interrupción.
-¿Qué tiempo les calcula usted? -insistió ella, sin prestar atención al tono del patólogo.
Se inclinó para observarlas más de cerca. -Una semana aproximadamente. Dos días más o menos. Podríamos determinarlo si hiciéramos secciones microscópicas, pero dado el estado del paciente no me parece que sean tan importantes. Y ahora, si me lo permite, quisiera reanudar el trabajo.
Obligada a dar un paso atrás, Marissa reflexionó acerca de esos traumatismos. Quizá tuvieran una explicación como por ejemplo que Zabriski se hubiera caído mientras jugaba al tenis. Lo que le preocupaba era el hecho de que la magulladura y el corte en el cuero cabelludo no figuraran en el historial clínico ya que a ella le habían enseñado que todo debía constar en la ficha personal. No bien Rand hubo concluido y ella pudo cerciorarse de la correcta obtención de las muestras de tejido, resolvió averiguar la causa de las heridas.
Usó el teléfono de patología para comunicarse con Judith, la secretaria de Zabriski. Lo dejó sonar veinte veces pero no contestaron. Como no deseaba molestar a la esposa de Zabriski, decidió probar suerte en el consultorio que debía de hallarse en la misma clínica. Allí se dirigió y encontró a Judith ante su escritorio.
- Judith era una chica de veintitantos años y aspecto frágil. Al notarle el maquillaje corrido, Marissa se dio cuenta de que había estado llorando. Pero además de triste, la chica parecía aterrorizada.
-La señora Zabriski está enferma -contó en cuanto Marissa se presentó-. Hablé con ella hace un momento. Está abajo, en la sala de urgencias, pero van a internarla. Se cree que tiene lo mismo que tuvo el marido. Dios mío, ¿también yo me voy a contagiar? ¿Cuáles son los síntomas?
Con cierta dificultad Marissa la tranquilizó lo suficiente como para contarle que en el brote de Los Ángeles, la secretaria del médico no había contraído el mal.
-De todos modos yo me voy de aquí -dijo Judith abriendo un cajón del escritorio y sacando un jersey que arrojó dentro de una caja de cartón. Evidentemente ya estaba recogiendo sus cosas-. Y no soy la única. Ya son varios los miembros del personal que anunciaron que se van también.
-Créame que la comprendo. -Marissa se preguntó si no habría que declarar en cuarentena a todo el sanatorio En la Clínica Richter esa medida había sido terrible de poner en práctica en el aspecto logístico-. Vine a hacerle una pregunta.
-Desde luego -aceptó Judith, mientras continuaba vaciando los cajones del escritorio.
-El doctor Zabriski tenía varias magulladuras y un corte en la cabeza, corno si se hubiera caído. ¿No sabe usted qué le pasó?
-Ah, no fue nada -respondió la joven restándole importancia al asunto con un ademán-. Lo asaltaron la semana pasada en una galería comercial adonde había ido a comprar el regalo de cumpleaños a su mujer. Le robaron la billetera y el Rolex de oro, y creo que lo golpearon en la cabeza.
Así quedaba resuelto el misterio de las lesiones. Marissa permaneció unos minutos observando cómo Judith guardaba sus cosas en la caja, tratando de ver si tenía alguna otra pregunta. Como no se le ocurrió ninguna, se despidió encaminándose al pabellón de aislamiento. En muchos sentidos se sentía tan atemorizada como Judith.
El pabellón de aislamiento había perdido su anterior tranquilidad. Con tantos nuevos pacientes hubo que convocar a todo el personal y las enfermeras estaban abrumadas de trabajo. El doctor Layne estaba sentado, realizando anotaciones en varios historiales clínicos.
-Bienvenida al manicomio. Tenemos cinco internados más, y entre ellos, la señora Zabriski.
-Sí, ya me enteré. Marissa tomó asiento a su lado. Qué pena que Dubchek no la tratara como el doctor Layne, o sea, como a un colega.
-Hace un rato llamó Tad Schockley. Se confirmó que es Ébola.
Marissa sintió un estremecimiento en la espalda. El doctor Layne prosiguió:
-De un momento a otro llegará el ministro de Sanidad del Estado para decretar la cuarentena. Parece ser que numerosos integrantes del personal están abandonando sus funciones: enfermeras, químicos, incluso algunos médicos. El doctor Taboso se vio muy apurado para nombrar personal en este pabellón. ¿No ha visto el periódico local?
Marissa le indicó que no con un movimiento de cabeza. Estaba tentada de decir que ella tampoco deseaba quedarse si con ello exponía su vida.
-El titular es: «¡Regresa la Peste!» -El doctor Layne hizo una mueca de desagrado-. A veces los medios informativos son muy irresponsables. Dubchek no quiere que nadie hable con la prensa. Que todas las preguntas se las dirijan a él.
Marissa se- volvió al oír que se abría la puerta del ascensor para pacientes. En ese momento salía una camilla cubierta con una tienda de plástico transparente para aislamiento. Cuando pasó a su lado reconoció a la señora Zabriski y volvió a estremecerse, preguntándose si de verdad habría sido exagerado el titular del periódico.
10 de abril
Se llevó a la boca otra cucharada de esa clase de postres que sólo se permitía en raras ocasiones. Era la segunda noche en Atlanta desde su regreso y Ralph la había invitado a cenar en un restaurante francés íntimo. Al cabo de cinco semanas de dormir poco y tener que soportar lo que le servían en la cafetería del hospital, la comida delicada le resultaba una verdadera exquisitez. Notó que, como no había bebido una gota de alcohol en todo ese tiempo, el vino se le subía a la cabeza. Se daba cuenta de que estaba demasiado locuaz, pero Ralph parecía contento de escucharla.
Se disculpó por hablar tanto de su trabajo y señaló como pretexto la copa de vino vacía.
-No tienes por qué disculparte. Sería capaz de quedarme escuchándote la noche entera. Me resulta fascinante lo que habéis podido hacer tanto en Los Ángeles como en Saint Louis.
-Pero de todos modos yo te tenía al corriente cuando estaba fuera -protestó Marissa, refiriéndose a las frecuentes charlas telefónicas. Durante su estancia en Saint Louis le llamaba cada dos o tres días. Sentía que con Ralph podía poner a prueba sus teorías, y hablar con él le servía además para disipar la frustración por el hecho de que Dubchek se empeñara en ignorarla. Ralph se mostró siempre comprensivo.
-Me gustaría que me contaras algo más sobre la reacción que se produjo en la ciudad. ¿Cómo lograron las autoridades y el personal médico del sanatorio vencer el pánico considerando que esta vez hubo treinta y -siete casos fatales?
Marissa le tomó la palabra y procuró describir la conmoción que hubo en el hospital de Saint Louis. Tanto el personal como los pacientes se indignaron cuando se impuso la cuarentena, y el doctor Taboso le confesó después, apesadumbrado, que suponía que el hospital iba a cerrar cuando se levantara la medida. A mí todavía me aflige la posibilidad de haber contraído la enfermedad. Cada vez que me duele la cabeza, pienso: «Me tocó el turno» Y si bien todavía no tenemos idea de dónde procede el virus, Dubchek opina que el foco tiene alguna relación con el personal médico, lo cual no me hace muy feliz que digamos.
-¿Eso crees tú también? Marissa se rió. -Por fuerza debo creerlo. Y de confirmarse esa teoría, tú en particular correrías peligro, puesto que en ambas ocasiones el enfermo portador fue un oculista.
-Ni me lo menciones, porque soy bastante supersticioso.
Marissa se echó hacia atrás para que el camarero le sirviera un segundo café. Estaba buenísimo, pero seguramente se lamentaría de haberlo bebido cuando quisiera dormir.
Cuando el camarero se hubo retirado con los platos del postre prosiguió:
-Sí la teoría de Dubchek es correcta, quiere decir que ambos oculistas de alguna manera tuvieron contacto con el misterioso foco. Hace varias semanas que este tema me tiene intrigada, pero no encuentro la explicación. El doctor Richter estaba en contacto con monos, más aún, una semana antes de caer enfermo, lo había mordido uno, y se sabe que los monos tienen relación con un virus afín, denominado Marburg. Pero el doctor Zabriski no tuvo el menor contacto con animales.
-¿No me dijiste que había viajado a África? A mí ese dato me parece crucial porque, al fin y al cabo, en África ese virus es endémico. Es cierto, pero los tiempos no coinciden. El período de incubación de él habría sido de seis semanas, mientras que en los demás casos fue de entre dos y cinco días. Además, habría que relacionar un brote con el otro. El .doctor Zabriski no viajó a África, pero el único punto de relación fue que ambos profesionales asistieron al mismo congreso médico de San Diego. Y una vez más te digo -eso fue seis semanas antes de que enfermara Zabriski. Es una locura.
Marissa hizo un ademán como si se, diera por vencida.
-Alégrate de que por lo menos pudieron dominar los brotes. Dicen que fue peor cuando apareció el virus en África.
-Es cierto. En el brote de 1976 de Zaire se supone que el portador pudo haber sido un estudiante universitario estadounidense y hubo trescientos dieciocho enfermos, de los cuales doscientos ochenta murieron. -Por eso te lo digo -exclamó Ralph, contento de poder levantarle el ánimo. Dobló luego su servilleta y la dejó sobre la mesa-. ¿No quieres que pasemos por casa a tomar una copa?
Marissa lo miró y no pudo menos de asombrarse por lo cómoda que se sentía con él. Lo sorprendente era que la relación se había afianzado por teléfono.
-Sí, desde luego -aceptó con una sonrisa. Cuando salían del restaurante ella lo tomó del brazo. Antes de subir al coche él le abrió la portezuela y Marissa pensó que no le costaría nada acostumbrarse a ese trato.
Por el cariño con que tocaba los instrumentos y el volante de su nuevo Mercedes 300 SDL, resultaba obvio que a Ralph le encantaba. Marissa pudo apreciar el confortable interior, pero los coches nunca le llamaron demasiado la atención. Tampoco podía entender por qué la gente se compraba vehículos diesel, con el desagradable ruido que hacían. «Son económicos», lo justificaba Ralph. Pero al contemplar los detalles de lujo, se maravillaba de que alguien pudiese engañarse pensando que un Mercedes caro era económico.
Durante un rato no conversaron, lo cual la llevó a plantearse si había sido una buena idea ir a casa de él a esas horas de la noche. Pero al mismo tiempo confiaba en Ralph y estaba dispuesta a que la relación avanzara un poco más. Se volvió para mirarlo en la semipenumbra. Ralph tenía un perfil recio, con una nariz importante como la de su padre.
Cuando estuvieron en el sofá de la sala de estar, cada uno con una copa de coñac, Marissa mencionó algo que no había querido contarle a Dubchek debido a esa actitud de superioridad que había asumido él en los últimos tiempos.
-En los dos casos de los enfermos portadores del virus se da un detalle que resulta insólito. Ambos hombres fueron asaltados pocos días antes de contraer la enfermedad -dijo y aguardó una respuesta.
-Muy sospechoso -concordó Ralph, guiñando un ojo-. ¿Insinúas que alguien lleva consigo el virus, roba a la gente y transmite la enfermedad?
Marissa se rió. -Parece una estupidez, lo reconozco, y por eso no se lo he dicho a nadie.
-Sin embargo, hay que pensar en todo. Es el viejo estilo de la medicina, cuando nos enseñaban que había que preguntarlo todo, incluso en qué trabajaba el bisabuelo materno en su país de origen.
Marissa llevó la conversación expresamente al trabajo de Ralph y a su casa, sus dos temas preferidos. Como pasaba el tiempo y él no intentaba un acercamiento, se preguntó si el motivo no seria el miedo a que ella se hubiese contagiado del virus. Después, para empeorar las cosas, Ralph la invitó a dormir en el cuarto de huéspedes.
Marissa se ofendió, quizá tanto como si él hubiese tratado de desnudarla al entrar en la casa. Entonces le contestó que gracias, que no quería dormir en su cuarto de huéspedes sino en su propia casa, con la perra. Esas últimas palabras quisieron ser una suerte de insulto que Ralph ni siquiera comprendió. Por el contrario, siguió hablando de los planes que tenía para redecorar la planta baja de la casa, ya que la había habitado un tiempo suficiente como para saber a ciencia cierta qué era lo que quería.
Honestamente Marissa no sabía qué habría hecho si Ralph hubiese intentado un contacto físico. Para ella era un buen amigo, pero aún no le despertaba sentimientos románticos. En ese sentido, le gustaba mucho más el físico de Dubchek.
El hecho de pensar en Cyrill le recordó algo: -¿De dónde conoces- al doctor Dubchek, Ralph? -preguntó.
-Lo conocí cuando dio una conferencia a los residentes de oftalmología en el Hospital de la Universidad. Ciertos virus raros, tales como el Ébola e incluso el SIDA, fueron localizados en las lágrimas y en el humor acuoso. Algunos llegan incluso a causar uveítis anterior.
-Ah -asintió Marissa como si entendiera, aunque en realidad no tenía la menor idea de lo que era la uveítis anterior.
Después le pareció que ese momento era tan bueno como cualquier otro para pedirle a Ralph que la llevara a su casa.
En el curso de los días siguientes se adaptó a una vida más normal, aunque cada vez que sonaba el teléfono, lo primero que pensaba era que seguramente le avisaban sobre un nuevo brote de Ébola. Recordó lo que había decidido con anterioridad y dejó preparada una maleta abierta en el armario, a la que sólo le faltaba el estuche de los cosméticos para poder salir de viaje en pocos minutos si surgía la necesidad. En el trabajo las cosas iban mejorando. Tad la ayudó a perfeccionar sus técnicas de laboratorio para los análisis virales y a redactar una propuesta de investigación sobre el Ébola. Como no se le ocurría ninguna hipótesis viable en relación con el posible foco del virus, decidió profundizar el tema de la transmisión. Tomando como punto de partida la enorme cantidad de datos que reunió en Los Ángeles y Saint Louis, ideó unos complicados diagramas para ilustrar el contagio de la enfermedad de una persona a otra. También había logrado una descripción minuciosa de todos aquellos que fueron contactos primarios y sin embargo no contrajeron la enfermedad. Tal como sugiriera el doctor Layne, hacía falta un contacto personal cercano, presumiblemente por medio de una membrana mucosa aunque, a diferencia del SIDA, sólo había habido transmisión sexual en dos casos: entre el doctor Richter y su secretaria, y entre el doctor Zabriski y su esposa. Dado que la fiebre hemorrágica podía contagiarse entre dos desconocidos que compartieran una toalla o ante un mínimo roce casual, el Ébola hacía parecer el terror del SIDA como una tempestad en un vaso de agua.
Lo que Marissa deseaba hacer era poner a prueba su teoría utilizando conejillos de indias. Desde luego sería imprescindible utilizar el laboratorio de máximo riesgo, pero aún no había obtenido el permiso necesario.
-¡Sorprendente! -exclamó Tad una tarde, cuando Marissa le demostró una técnica que había inventado para salvar cultivos virales contaminados por bacterias-. Me imagino que ahora Dubchek no va a poder rechazar tu propuesta.
-No estés tan seguro. -Dudaba sobre si debía contarle o no lo que le había pasado con Dubchek en Los Ángeles, pero una vez más resolvió callarse porque no iba a ganar nada, y quizás hasta le trajera problemas a Tad en su relación con Cyrill.
Entraron en la oficina de Tad y se sentaron a tomar un café.
-Cuando estuvimos en el laboratorio de máximo riesgo me dijiste que allí se almacenaba todo tipo de virus, incluso el Ébola.
-Tenemos especimenes congelados de todos los brotes, y también de los últimos brotes tuyos.
Marissa no sabía bien qué impresión le causaba que la gente calificara las recientes epidemias como «de ella». Sin embargo, no expresó su pensamiento sino que, en cambio, preguntó:
-¿Hay algún otro sitio donde se almacene el virus Ébola aparte de nuestro Centro?
Tad, pensó unos instantes. -No estoy seguro. ¿Te refieres a Estados Unidos?
Ella asintió.
Es probable que el ejército tenga algunas muestras en el Centro para la Guerra Biológica, de Fort Detrick. El director trabajaba antes aquí y a él le interesaban las fiebres hemorrágicas virales.
¿El ejército cuenta con un laboratorio de máximo riesgo?
Tad lanzó un silbido.
- ¡Por Dios! ¡Tienen de todo! -¿Y dices que al director de Fort Detrick le interesan las fiebres hemorrágicas virales?
-Fue uno de los enviados a Zaire para combatir el primer brote de Ébola.
Marissa bebió un sorbo de café pensando que eso era una llamativa coincidencia. En su mente comenzaba a gestarse-una idea, pero tan desagradable que -como ya la imaginaba- no podía considerarla siquiera una hipótesis posible.
-Un momento, señorita -le pidió un centinela uniformado, de fuerte acento sureño. Se había detenido frente al portón de acceso a Fort Detrick. -Aunque había intentado durante varios días alejar la sospecha de que pudiese ser el ejército el culpable de haber soltado el Ébola en medio de una población confiada, finalmente decidió utilizar su día de descanso para investigar por su cuenta. Los dos asaltos cometidos seguían llamándole poderosamente la atención.
Fue apenas un vuelo de hora y media hasta Maryland, luego un breve trayecto en un coche alquilado. Se valió de su experiencia en el manejo del Ébola como pretexto para poder hablar con quienquiera que estuviese familiarizado con tan extraño virus y el coronel Woolbert accedió a su petición de buen grado.
El centinela regresó hasta el coche. -La esperan en el edificio número 18. Le entregó un pase que debía ponerse en la solapa de la chaqueta deportiva y luego la sorprendió haciéndole un saludo militar. La barrera blanca y negra se levantó y Marissa entró en la base.
El edificio 18 era una estructura de cemento, sin ventanas y con techo plano. Cuando Marissa se bajó del coche, la saludó con el brazo un hombre de mediana estatura vestido de civil. Era el coronel Kermeth Woolbert.
Le notó más aspecto de profesor universitario que de oficial del ejército. El hombre adoptó una actitud amistosa, y se mostró sumamente feliz con la visita de Marissa. De entrada le dijo que era la investigadora más hermosa y diminuta que hubiese conocido jamás, y Marissa no lo tomó a mal.
Dentro del edificio se tenía la sensación de estar en un búnker al que se accedía por una serie de puertas correderas de acero que se accionaban por control remoto. Encima de cada una, había pequeñas cámaras de televisión. El laboratorio mismo, sin embargo, parecía como cualquier otro laboratorio de un hospital moderno, hasta con la imprescindible cafetera sobre el mechero Bunsen. La única diferencia era la falta de ventanas.
Al cabo de un breve recorrido durante el cual no se mencionó que hubiera un sector de máximo riesgo, el coronel Woolbert la llevó a la cafetería, que no era más que una habitación con varias máquinas expendedoras. La invitó a una pasta y a una Pepsi y se sentaron ante una mesita.
Sin que ella se lo preguntara, Woolbert le contó que se había iniciado en el Centro para el Control de Enfermedades como oficial del SIE, el Servicio de Inteligencia en Epidemiología, a fines de la década de los cincuenta, y se había interesado cada vez más en la microbiología, y en los últimos tiempos en la virología. En los años setenta volvió a la universidad a estudiar con una beca del gobierno para obtener el doctorado.
-A mí esto me ha gustado mucho más que tener que curar anginas y dolores de oídos.
-¡No me diga que usted también fue pediatra! -exclamó ella.
Se rieron mucho al enterarse de que ambos habían practicado en el Hospital de Niños de Boston. Woolbert pasó luego a contarle cómo fue a parar a Fort Detrick. Parece ser que siempre hubo intercambio de gente entre Detrick y el Centro de Atlanta, y el ejército lo tentó con una oferta que no pudo despreciar. El laboratorio y el instrumental eran excelentes -los mejores-, pero lo más importante era que no tenía que rebajarse para conseguir que le asignaran fondos.
-¿No le remuerde la conciencia el objetivo final de esta investigación?
-No -respondió el coronel-, porque el setenta y cinco por ciento de la investigación que practicamos es para defender a Estados Unidos de un ataque biológico, de modo que todo mi esfuerzo se canaliza en neutralizar virus como el Ébola.
Marissa asintió: nunca había pensado en eso. -Además -prosiguió el militar-, me dan una libertad total de movimiento. Puedo trabajar en lo que más me plazca.
-¿A qué se dedica en este momento? -preguntó ella inocentemente.
Se produjo un silencio. Al coronel le brillaban los ojos azules.
-Supongo que no violo el secreto militar contándoselo puesto que ya he publicado varios artículos vinculados con el tema. Hace tres años que vengo estudiando el virus de la influenza.
-¿No el Ébola? El coronel negó con la cabeza. -No. El último estudio que hice sobre el Ébola fue hace muchos años.
-¿Nadie de aquí está investigando el Ébola? Woolbert titubeó, pero luego dijo:
-Creo que no hay problema en que le conteste, ya que el Pentágono mismo publicó un trabajo sobre su política el año pasado en Estudios Estratégicos. La respuesta es no. No hay nadie que se dedique al Ébola, ni siquiera los soviéticos, fundamentalmente porque no existe la vacuna ni el tratamiento para ese virus. Se cree que, si se lo dejara en libertad, el Ébola se transmitiría como un reguero de pólvora tanto entre las tropas enemigas como en las propias.
-Pero no ha sido así. -Lo sé -reconoció Woolbert con un suspiro-. He seguido con gran interés los acontecimientos de los dos últimos brotes. Algún día tendremos que revisar lo que conocemos sobre ese organismo.
-Por favor, pero que no sea por culpa mía. -Lo último que deseaba Marissa era despertar en el ejército el interés por el Ébola. Al mismo tiempo sintió un gran alivio al saber que los militares no estaban jugando con tan peligroso virus-. Me contaron que usted había formado parte del equipo internacional que fue enviado a Yambuku en 1976.
-Casualmente por eso soy capaz de valorar la labor de ustedes. Le digo que, cuando estuve en África, me asusté muchísimo.
Marissa sonrió. El coronel le caía muy bien y le inspiraba confianza.
-Usted es el primero que reconoce haberse atemorizado. Yo misma he tenido que luchar contra mi propio miedo desde el día en que me enviaron a Los Ángeles.
-Y con razón. El Ébola es un bicho extraño. Si bien da la impresión de que puede anulárselo con facilidad, es tremendamente infeccioso, ya que sólo hace falta que entren dos organismos para que se produzca la enfermedad. Y eso es una diferencia notable con respecto al SIDA, que exige la entrada de miles de millones de virus, y aun así sólo existen pocas probabilidades estadísticas de que el individuo se contagie.
-¿Y el origen del virus? Oficialmente se ha dado a conocer que nunca se descubrió el foco en África pero, ¿cuál es su opinión?
-Yo creo que se trata de una enfermedad animal y que en algún momento se la aislará, comprobándose que proviene del mono africano ecuatorial y por lo tanto es una zoonosis, una enfermedad de los animales vertebrados que ocasionalmente se transmite al ser humano.
-¿Entonces está de acuerdo con la posición oficial del CCE sobre los últimos brotes?
-Por supuesto. ¿Acaso hay otra explicación? Marissa se encogió de hombros. -Tiene alguna muestra de Ébola aquí? -No -respondió el coronel-. Pero sé dónde se la puede encontrar. _Yo también -contestó Marissa.
Bueno, eso no era del todo cierto. Tad le había dicho que se hallaba en el laboratorio de máximo riesgo, pero ella no sabía exactamente en qué sitio. Aquella vez que recorrieron en secreto el lugar, se olvidó de preguntárselo.
17 de abril
El teléfono debió de haber sonado un buen rato hasta que por fin Marissa se volvió para atenderlo. La telefonista del Centro en seguida le pidió disculpas por despertarla a semejante hora. Marissa procuró incorporarse mientras la joven le informaba que tenía en línea una llamada de Phoenix (Arizona). De inmediato Marissa le dio autorización para que se la pasara.
Colgó y esperó que el teléfono volviera a sonar. Entretanto aprovechó para ponerse una bata y mirar la hora. Eran las cuatro de la madrugada, o sea las dos en Phoenix. Pocas dudas le quedaban de que alguien había descubierto otro supuesto caso de Ébola.
El teléfono volvió a sonar. -Habla la doctora Blumenthal. La voz de su interlocutor distaba de ser calmada. Se presentó como el doctor Guy Weaver, director de Epidemiología del Estado de Arizona.
-Perdóneme que la despierte a estas horas, pero me han avisado que hay un problema muy grave en el Hospital Medicum de Phoenix. Supongo que lo conocerá.
-Le confieso que no.
-Pertenece a una cadena de sanatorios privados que se han asociado con el Grupo Medicum para ofrecer servicios de salud mediante pagos adelantados en este sector de Arizona. Nos aterroriza la posibilidad de que el hospital haya caído presa del Ébola.
-Espero que hayan aislado al paciente porque en... -Doctora -la interrumpió su colega-, no es un caso único sino ochenta y cuatro.
-¡Ochenta y cuatro! -repitió, incrédula. -Si. Cuarenta y dos médicos, trece enfermeras diplomadas, once practicantes de enfermería, cuatro técnicos de laboratorio, seis empleados administrativos, seis más del personal de cocina y dos del sector de mantenimiento.
-Todos al mismo tiempo? -Todos esta noche -le confirmó el epidemiólogo.
A esa hora de la madrugada no había vuelos convenientes a Phoenix, pero la aerolínea Delta ofrecía el vuelo más directo disponible. Apenas se vistió, llamó al oficial de guardia del CCE para avisarle que se marchaba a Phoenix, y que por favor se lo hiciera saber a Dubchek no bien éste llegara a trabajar.
Les dejó una notita a los Judson para pedirles que se llevaran a Taffy y le guardaran la correspondencia, y se dirigió al aeropuerto. El hecho de que el nuevo brote epidémico hubiese comenzado con ochenta y cuatro casos la abrumaba. Ojalá Dubchek y sus colegas pudieran llegar esa misma tarde.
El vuelo fue tranquilo -pese a que hubo dos escalas - y por cierto el avión no iba lleno. Después de aterrizar se encontró con un hombre bajo y rollizo que se presentó como Justin Gardiner, vicedirector del Hospital Medicum.
-Permítame la maleta -dijo Gardiner, pero le temblaba tanto la mano que la maleta se le cayó y tuvo que agacharse para alzarla. Se disculpó aduciendo estar muy nervioso.
-No me extraña -se solidarizó Marissa-. ¿Ha habido más ingresos?
-Varios, y en el sanatorio ha cundido el pánico. Algunos pacientes se han marchado y también miembros del personal, hasta que las autoridades de salud pública declararon la cuarentena. Yo pude venir a recibirla hoy sólo porque ayer tuve el día libre.
Marissa sintió que se le resecaba la boca de miedo al pensar en lo que se podía estar metiendo. La pediatría comenzó a parecerle entonces mucho más interesante.
El sanatorio era, como los anteriores, un edificio muy moderno. ¿Por qué atacaría el Ébola sólo esa clase de construcciones? Las líneas precisas, casi estériles de su arquitectura no parecían el ambiente más apropiado para tan mortal epidemia.
Pese a la hora temprana, la calle frente al sanatorio estaba atestada de periodistas y furgones de la televisión. Frente a ellos se extendía una hilera de policías, algunos de los cuales llevaban puestas mascarillas quirúrgicas. A la incipiente luz del día, la escena parecía surrealista. El señor Gardiner aparcó detrás de uno de los furgones de la televisión.
-Tendrá que ir usted misma a buscar al director. Yo tengo orden de quedarme fuera para tratar de dominar el pánico. ¡Buena suerte!
Marissa se encaminó a la entrada principal y sacó su credencial. Se la enseñó a un policía, pero éste tuvo que consultar con su superior para ver si podía autorizarla a pasar. Al oír que pertenecía al Centro para el Control de Enfermedades, un grupo de periodistas la rodeó para pedirle alguna declaración.
-Todavía no he podido evaluar la situación en forma directa -respondió mientras los reporteros la empujaban de un lado a otro.
Mentalmente agradeció la presencia de la policía, que obligó a retirarse a la prensa y luego levantó una barricada para permitirle pasar.
Lamentablemente la situación era más caótica dentro del sanatorio. El vestíbulo estaba abarrotado de gente y Marissa volvió a sentirse apretujada. Al parecer era la primera persona que lograba entrar o salir del edificio en el curso de varias horas.
Algunos eran pacientes, vestidos con pijamas y batas. Todos hacían preguntas al mismo tiempo y exigían respuestas inmediatas.
-¡Disculpen! -gritó alguien a la derecha de Marissa-. ¡Déjenme pasar, por favor! -Un hombre robusto, de cejas pobladas, llegó a su lado-. ¿La doctora Blumenthal? -preguntó.
-Sí -respondió ella, aliviada. El hombre la tomó del brazo, sin advertir que Marissa llevaba la cartera y la maleta. A empellones logró abrir paso para ambos y atravesar el vestíbulo hasta una puerta, que cerró con llave una vez estuvieron dentro de un despacho.
-Lamento muchísimo todo este barullo. Soy Lloyd Davis, director del hospital. Como verá, hay un poco de pánico.
Entraron en el despacho de Davis por la puerta de al lado ya que la de delante estaba cerrada y sujeta con el respaldo de una silla, lo cual la llevó a pensar que el pánico no era tampoco como él decía.
-El personal la está esperando para que le dirija la palabra -afirmó Davis tomando el equipaje de Marissa, para colocarlo junto a su escritorio.
Respiraba con dificultad, como si el esfuerzo de agacharse lo hubiese agotado.
-¿Y los pacientes con síntomas de Ébola? -Por el momento tendrán que esperar -repuso Davis, haciéndole señas para que regresara al pasillo.
-Pero lo prioritario es el aislamiento de los enfermos. -Están bien aislados -le garantizó el director-. De eso se ha ocupado el doctor Weaver. -Con la mano la empujó suavemente por la espalda para obligarla a dirigirse hacia la puerta-. Por supuesto que acataremos todo lo que usted nos sugiera, pero ahora es preciso que hable con el personal, porque de lo contrario se producirá un motín.
-Espero que no sea tan terrible la situación. Una cosa era que se disgustaran los enfermos y otra muy distinta que el personal médico se dejara dominar por la histeria.
El señor Davis cerró la puerta de su despacho y avanzó por otro pasillo.
-A muchos les aterra la idea de que los obliguen a permanecer en el hospital.
-¿Cuántos más presuntos casos se han diagnosticado desde que dieron aviso al CCE?
-Dieciséis, pero ya no entre miembros del personal. Estos últimos son todos suscriptores del Plan Medicum.
Eso daba la pauta de que el virus ya se hallaba en su segunda generación al haber sido diseminado por los médicos que se contagiaron primero. Al menos ése fue el proceso que se dio en los dos brotes anteriores. Marissa misma temblaba ante la idea de quedar encerrada en el mismo edificio donde había tal grado de contagio, con lo cual tenía serias dudas de poder consolar al personal. Al haber tantas personas infectadas, se preguntó si podrían dominar el problema tal como lo hicieron en Los Ángeles y Saint Louis. La mera idea de que el virus pudiera comunicarse al grueso de la población la llenaba de espanto.
-¿No sabe si alguno de los enfermos iniciales había sido asaltado en los últimos tiempos? -preguntó como para distraerse, no sólo para obtener una respuesta positiva.
Davis se limitó a mirarla de soslayo y enarcó las cejas como si la considerara loca. Al parecer, ésa fue toda la contestación que merecía semejante pregunta. Y Marissa no pudo menos de recordar la reacción de Ralph.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada. Davis sacó su llavero, abrió y así pudieron entrar en el escenario del auditorio. No se trataba de un salón demasiado amplio, ya que sólo tenía capacidad para unas ciento cincuenta personas. Todas las butacas estaban ocupadas, y había además gente de pie al fondo. El murmullo de las conversaciones se acalló cuando Marissa, se encaminó nerviosa al estrado seguida por la mirada de todos los presentes. Un hombre alto y extraordinariamente flaco se adelantó y le dio la mano. El señor Davis lo presentó como el doctor Guy Weaver, el médico que había hablado con ella por teléfono.
-Doctora Blumenthal -dijo Weaver con una voz gruesa que no concordaba con su delgadez-, no se imagina lo feliz que me hace verla.
Marissa experimentó la incómoda sensación de ser una impostora. Después de dar unos golpecitos en el micrófono para cerciorarse de que estuviese conectado, el doctor Weaver procedió a presentarla.
Lo hizo en términos tan elogiosos que no pudo menos de sentirse cada vez más molesta. Por sus palabras parecía que ella y el Centro fuesen una misma cosa, y que todos los triunfos del CCE fuesen también de ella. Luego, estirando su largo brazo, el doctor le pasó el micrófono.
Ni en las mejores circunstancias le había gustado hablar ante un grupo grande, mucho menos en esa situación... No sabía qué esperaban de ella y mucho menos qué debía decir. Aprovechó el tiempo que tardó en bajar el micrófono hasta su altura, para pensar.
Al contemplar al público notó que aproximadamente la mitad tenía puestas mascarillas quirúrgicas. Además, gran parte de la concurrencia pertenecía a diversos grupos étnicos, de diversos rasgos y colores. Había también una amplia gama de edades, con lo cual era obvio que, al referirse al personal, el señor Davis hablaba de cualquier persona que trabajaba en la institución, no sólo del equipo médico. Todos la observaban expectantes, y ella hubiese deseado tener más confianza en su propia capacidad para modificar la situación imperante en el sanatorio.
-Lo primero que haremos será verificar los diagnósticos -sostuvo con voz vacilante, varias octavas más arriba que su voz habitual. A medida que iba hablando recuperaba el tono normal. Se presentó sin crear demasiadas expectativas, explicando el verdadero lugar que ocupaba en el Centro para el Control de Enfermedades. También procuró asegurar -pese a no estar ella misma muy segura- que el brote se dominarla por medio de un estricto aislamiento de los pacientes, un cerco sanitario total para su cuidado y medidas sensatas de cuarentena.
-Todos vamos a enfermamos? -gritó una mujer desde el fondo, y un murmullo recorrió el salón.
Ése era precisamente el tema que más los preocupaba.
-Yo he intervenido en los dos últimos brotes -afirmó Marissa- y no me contagié, pese a haber estado en contacto con los enfermos. -Por supuesto, no mencionó el miedo que sentía-. Hemos podido determinar que es necesario un contacto personal muy cercano para que se transmita el Ébola. Al parecer no existe la mera propagación por el aire.
Varias de las personas que tenían puestas mascarillas se las quitaron. Marissa miró de reojo al doctor Weaver y vio que éste la alentaba con el signo de los pulgares levantados.
-¿Es imprescindible que permanezcamos dentro del hospital? -preguntó a viva voz un hombre de la tercera fila que llevaba bata de médico.
-Por el momento, sí -respondió Marissa diplomáticamente-. En los brotes anteriores el procedimiento que seguimos consistió en separar los contactos en grupos primario y secundario.
Pasó luego a relatar con todo lujo de detalles lo que se había hecho en Los Ángeles y Saint Louis y concluyó asegurando que ninguna de las personas aisladas en cuarentena contrajo el mal, a menos que previamente hubiese tenido un contacto directo con alguien enfermo.
Respondió después varios interrogantes referidos a los síntomas iniciales y al desarrollo clínico de la fiebre hemorrágica Ébola. Con esto, o bien el público se aterrorizó o bien satisfizo su curiosidad, porque no hubo más preguntas.
Mientras el señor Davis se acercaba al micrófono para hablar al personal, el doctor Weaver salió con Marissa del auditorio. Apenas estuvieron en el pasillo, ella le dijo que quería ir a ver a uno de los primeros enfermos antes de comunicarse con el CCE, y Weaver se ofreció para acompañarla en persona. Cuando se dirigía allí, Weaver le explicó que habían centralizado todos los casos en dos pisos del hospital, que se había sacado de allí a los demás pacientes aislándose el sistema de ventilación y que había sobradas razones para creer que habían logrado aislar totalmente el sector. También aseguró que las personas encargadas de cada piso habían sido expresamente adiestradas por su gente, que el trabajo de laboratorio se había restringido a lo mínimo que podía realizarse en un pequeño laboratorio instalado en uno de los pisos aislados, y que todo lo que usaban los pacientes era lavado en hipoclorito de sodio antes de ser directamente incinerado.
En cuanto a la cuarentena, expresó que todos los colchones habían sido traídos de fuera y que el sector de pacientes ambulatorios se había convertido en un inmenso dormitorio, separándose a los contactos primarios y secundarios. También se traía de fuera toda la comida y la bebida. Fue entonces cuando Marissa se enteró de que, seis años antes, el doctor Weaver había trabajado como oficial de Inteligencia en Epidemiología, en el Centro de Atlanta.
-Entonces, ¿por qué me presentó corno una experta? -preguntó, recordando las exageraciones pronunciadas por su colega.
Obviamente él sabía mucho más que ella acerca de las medidas para implantar la cuarentena.
-Para impresionarlos -reconoció Weaver-. La gente necesita creer en algo. Le disgustaba que se hubiese hablado de ella faltando a la verdad, pero quedó impresionada con la eficiencia del doctor Weaver. Antes de llegar al piso se pusieron el atuendo protector y luego, antes de entrar en una de las habitaciones, se pusieron una segunda protección, agregando gorros, gafas, mascarillas, guantes y botas.
El paciente que fue a ver era uno de los cirujanos de la clínica, un indio oriundo de Bombay. Apenas lo miró sintió crecer dentro de ella el miedo de contraer el mal. El hombre parecía moribundo, pese a que había caído enfermo apenas veinticuatro horas antes. El cuadro clínico era similar a la fase terminal que experimentaron los pacientes de Los Ángeles y Saint Louis: fiebre muy alta acompañada por baja presión sanguínea, la típica erupción cutánea y signos de hemorragia en las membranas mucosas. Marissa se dio cuenta de que ese hombre no duraría otras veinticuatro horas.
Para ganar tiempo, le extrajo de inmediato muestras virales, y el doctor Weaver se encargó de ordenar que se las embalaran adecuadamente para ser remitidas esa misma noche a Tad Schockley.
Bastaba mirar la ficha del paciente para advertir que no eran muchos los datos consignados, pero dado que habían ingresado ochenta y cuatro pacientes en menos de seis horas, no se podía esperar un trabajo muy detallado. No había mención alguna de viaje al extranjero, contacto con monos ni relación con los brotes de Los Ángeles o Saint Louis.
En cuanto se marchó del piso, Marissa anunció que necesitaba usar el teléfono y que haría falta la mayor cantidad posible de médicos para entrevistar a los enfermos. Si todos se hallaban en el mismo estado que el paciente de Bombay, habría que trabajar de prisa para obtener al menos alguna información.
Le permitieron utilizar el teléfono del despacho del señor Davis. Ya eran más de las once en Atlanta, y en seguida pudo comunicarse con Dubchek. Éste estaba furioso.
-¿Por qué no me avisó apenas recibió la llamada de ayuda? No me enteré de que había salido de viaje hasta que llegué a la oficina.
Marissa se contuvo. En rigor, ella había advertido a las telefonistas del Centro que debían llamarla directamente apenas recibieran alguna comunicación por un supuesto brote de Ébola. Si Dubchek quería enterarse en seguida podría haber hecho lo mismo, pero eso no se lo iba a decir para no alterarlo más en ese momento.
-¿Le da la impresión de ser Ébola? -Sí -respondió, previendo la reacción de su jefe cuando ella dejara caer la próxima bomba-. La principal diferencia radica en la cantidad de casos: un centenar hasta ahora.
-Espero que haya puesto en práctica las necesarias medidas para el aislamiento -fue la única reacción de Dubchek.
Experimentó cierta desilusión al ver que él no quedaba impresionado.
-¿No le sorprende el número de enfermos? -El Ébola es un virus relativamente desconocido, y le aseguro que ya nada me asombra. Mucho más me preocupa la forma de contenerlo. ¿Qué me dice del aislamiento?
-Se ha hecho bien. -Me alegro. El laboratorio móvil está listo y partiremos dentro de una hora. Consiga cuanto antes las muestras virales para enviar a Tad.
Marissa respondió que sí, pero la línea ya se había cortado. El muy hijo de puta la había dejado con la palabra en la boca. Ni siquiera le dio tiempo para advertirle que todo el hospital estaba en cuarentena, que si él entraba, después no se le permitiría salir. «Se lo merece», afirmó en voz alta, al levantarse del sillón.
El doctor Weaver había reunido a once médicos que colaborarían para interrogar a los enfermos, todos movidos por la misma motivación: si no les quedaba más remedio que permanecer dentro del sanatorio, preferían ponerse a trabajar.
Marissa se sentó a explicarles lo que pretendía: un detallado historial de la mayor cantidad posible de pacientes de entre los primeros ochenta y cuatro. Afirmó que tanto en Los Ángeles como en Saint Louis había habido un caso central que tuvo alguna relación con todos los demás pacientes. Evidentemente la situación de Phoenix era distinta. Al presentarse tantos casos simultáneos podía pensarse en una enfermedad transmitida por medio de la comida o el agua.
-Si fuese propagada por el agua, ¿no se habría contagiado más gente? -preguntó una doctora.
-Si se hubiese contaminado toda el agua del hospital, sí, pero a lo mejor la de algún tanque... -Su voz fue apagándose-. El virus de Ébola nunca se propagó por el agua ni los alimentos -reconoció-. Todo es muy misterioso, lo cual no hace más que subrayar la importancia de contar con historiales completos para hallar algún punto en común entre los casos. ¿Eran todos pacientes del mismo sector del sanatorio? ¿Bebieron café de la misma cafetera, comieron la misma comida, estuvieron en contacto con el mismo animal?
Empujó, su sillón hacia atrás, se levantó y fue hasta una pizarra donde comenzó a anotar una serie de preguntas que debía formulársele a cada enfermo. Los demás médicos aportaron también sus sugerencias. Al concluir, Marissa añadió la conveniencia de que averiguaran si alguno había asistido, tres meses antes, a un congreso sobre cirugía de párpados en San Diego.
Antes de que el grupo se dispersara, les recordó que debían observarse al pie de la letra todas las técnicas de aislamiento. Luego les dio las gracias y fue a estudiar el material reunido con anterioridad.
Tal como había hecho en Los Ángeles, Marissa instaló su puesto de mando en un pequeño saloncito que había detrás del despacho de las enfermeras, en uno de los pisos aislados. Cuando los otros médicos terminaron de tomar los historiales comenzaron a llevarle las anotaciones y ella pudo así dedicarse a la engorrosa tarea de cotejar datos. No había nada que saltara a la vista, salvo que todos los pacientes trabajaban en el Hospital Medicum, algo que ya se sabía.
Al mediodía habían ingresado catorce enfermos más, con lo cual se acentuaba el temor de estar ante una epidemia generalizada. Todos los nuevos pacientes, excepto uno, eran suscriptores de Medicum que habían sido atendidos por uno de los primeros cuarenta y dos médicos enfermos, antes de que éstos comenzaran a manifestar los síntomas. El otro caso era el de un químico que había practicado los primeros análisis antes de que se sospechara que pudiese tratarse de Ébola.
Cuando entró a trabajar el personal de la noche, Marissa se enteró de que acababan de llegar los demás profesionales del Centro. Fue a recibirlos con un enorme alivio y se encontró con Dubchek, que estaba ayudando a instalar el laboratorio móvil.
-Podría haberme avisado que habían puesto en cuarentena todo el hospital -le espetó apenas la vio llegar. -Usted no me dio oportunidad -respondió, sin mencionar que él le había cortado la comunicación.
Lamentablemente no podía hacer nada por mejorar la relación, la cual parecía empeorarse a cada instante.
-Bueno, Paul y Mark no están muy felices. Cuando se enteraron de que los tres quedaríamos encerrados aquí hasta que se superara el trance, dieron media vuelta y regresaron a Atlanta.
-¿Y el doctor Layne? -preguntó Marissa, sintiéndose culpable.
-Ya se reunió con el doctor Weaver y las autoridades del sanatorio. Después va a ver si el ministro de Sanidad del Estado modifica las normas de la cuarentena para exceptuarnos a los del CCE.
-Me imagino que no podré hablar con usted hasta que no haya puesto en funcionamiento el laboratorio.
-Veo que al menos tiene buena memoria -repuso Dubchek, agachándose para sacar una centrifugadora de su cajón-. Cuando termine aquí y haya conversado con Layne sobre las disposiciones para el aislamiento, podrá contarme lo que ha averiguado.
Mientras regresaba a su despacho, Marissa iba meditando diversas respuestas antipáticas, pero prefirió callarse porque sólo habría conseguido empeorar más la relación.
Después de ingerir comida de avión en un sector de la clínica reservado para personal en contacto directo con los presuntos enfermos de Ébola, Marissa regresó a su despacho a reanudar la confección de las fichas. Ya tenía los historiales de casi todos los ochenta y cuatro casos iniciales.
Encontró a Dubchek hojeando los apuntes. Al verla, él se incorporó.
-No creo que haya sido una buena idea utilizar personal de este sanatorio para la obtención de datos.
Consiguió tomarla desprevenida. -Es que eran tantos los casos -se disculpó ella- que yo no habría podido entrevistar a todos con la necesaria rapidez. Así y todo hubo siete personas que ya no estaban en condiciones de hablar y tres han muerto desde entonces.
-De todas maneras no hay razón para exponer a médicos que no se han especializado en epidemiología. El Ministerio de Sanidad del Estado de Arizona cuenta con personal idóneo que pudo haber sido empleado. Si alguno de estos médicos que usted reclutó llega a contraer el mal, podría caberle responsabilidad al Centro.
-Pero ellos... -¡Ya basta! No he venido aquí a discutir. ¿Qué es lo que averiguó?
Marissa procuró organizar sus ideas y dominar las emociones. Cierto era que había evaluado las posibles consecuencias legales, pero no estaba convencida de que hubiera problema alguno puesto que esos médicos -en cuarentena- ya eran considerados contactos. Se sentó al escritorio y buscó en sus apuntes la página de las conclusiones. Cuando la halló, empezó a leer con voz monocorde, sin mirar a Dubchek.
-Uno de los primeros pacientes es un oculista que asistió a la misma convención de San Diego que los doctores Richter y Zabriski. Otro de los casos iniciales, un cirujano ortopédico, participó en un safari a África hace dos meses. Otros dos pacientes usaron monos en sus investigaciones, pero ninguno de los dos recibió mordeduras.
Los ochenta y cuatro casos evidenciaron los síntomas en un lapso de seis horas, lo cual daría a entender que todos estuvieron expuestos al virus al mismo tiempo. La gravedad de los primeros síntomas sugiere que recibieron una dosis abrumadora del agente infeccioso. Todos trabajaban en el Hospital Medicum, aunque no en el mismo sector, razón por la cual suponemos que el sistema de aire acondicionado probablemente no es la causa. Para mí todo apunta a una contaminación producida por el agua o los alimentos, y en ese sentido el único dato común a los ochenta y cuatro casos es que todos utilizaron la cafetería del sanatorio. De hecho, se sabe casi con certeza que los ochenta y cuatro almorzaron allí hace tres días.
Marissa levantó por fin los ojos para mirar a Dubchek, y éste tenía la mirada fija en el techo. Cuando se dio cuenta de que ella había terminado de hablar, preguntó:
-¿Ningún paciente ha tenido contacto con los episodios de Los Ángeles y Saint Louis?
-Ninguno. Por lo menos ninguno que hayamos podido descubrir.
-¿Envió las muestras de sangre a Tad? -Sí. Cyrill se encaminó a la puerta. -Creo que debería redoblar sus esfuerzos para establecer un vínculo entre este brote y los dos anteriores. Tiene que haber alguna conexión.
-¿Podría ser la cafetería? -Eso tendrá que investigarlo usted por su cuenta. Hasta ahora el Ébola nunca se ha transmitido por la comida, de modo que no veo por qué haya que pensar en la cafetería. -Abrió la puerta-. De todas maneras la coincidencia llama la atención, y me imagino que usted se dejará guiar por su propio instinto sin atenerse a lo que yo le recomiende. Pero eso sí: agote todas las posibilidades de hallar una relación con los brotes de Saint Louis y Los Ángeles.
Permaneció con la mirada fija en la puerta ya cerrada. Luego recorrió el papel que tenía ante los ojos y el deprimente montón de historiales clínicos.
Casi como si las últimas palabras de Cyrill hubiesen constituido un desafío, resolvió dar una vuelta por la cafetería, construida como un pabellón separado que daba a un jardín. La doble puerta de acceso estaba cerrada, y en una de las hojas se advertía un cartelito clavado con chinchetas: CLAUSURADO POR ORDEN DEL MINISTRO DE SANIDAD PÚBLICA DEL ESTADO. Marissa tanteó el picaporte y comprobó que no habían echado la llave.
Dentro reinaba una limpieza inmaculada. Lo primero que vio Marissa fue el mostrador, con montones de bandejas en un extremo y una caja registradora en el otro.
Detrás de dicho mostrador, otra puerta doble con ventanillas redondas, que daba a la cocina. Cuando Marissa trataba de decidir si entraba o no, se abrieron las puertas, salió una mujer rolliza pero guapa y le advirtió que la cafetería estaba cerrada. Marissa se presentó y le preguntó si podía charlar con ella unos minutos.
-Por supuesto. Con un leve acento escandinavo, dijo que se llamaba Jana Beronson y era la encargada. Marissa y ella se dirigieron al despacho de la mujer, un cuartucho sin ventanas, con las paredes cubiertas de horarios y menús.
Después de intercambiar algunas frases amables, Marissa le pidió ver el menú de tres días atrás, que la señorita Beronson sacó del fichero y le entregó de inmediato. Se trataba de una típica comida de cafetería: tres platos principales, dos clases de sopas y varios postres.
-¿Esto era lo único que se podía elegir ese día? -No. Además de los platos del día, tenemos siempre sándwiches y ensaladas.
Como Marissa necesitaba quedarse con el menú, la encargada fue a sacarle una fotocopia. Marissa decidió que iría de nuevo a hablar con los pacientes, a preguntarles qué habían comido tres días antes. También interrogaría a un grupo de control constituido por personas que habían ingerido los mismos alimentos sin contraer la enfermedad.
La señorita Beronson regresó con la fotocopia. Cuando la estaba doblando, le preguntó Marissa:
-Una de sus empleadas se enfermó, ¿verdad? -Sí, María González. -¿Qué es lo que hace aquí? -Trabaja en el mostrador o en la distribución de las ensaladas.
-¿De qué se ocupó ese día en particular? La señorita Beronson se levantó y fue a consultar un enorme diagrama de la pared.
-De postres y ensaladas. Marissa se preguntó si no habría que practicar estudios en toda la cafetería en busca de anticuerpos del Ébola.
-¿Quiere recorrer el local? -ofreció la señorita Beronson, ansiosa de prestar ayuda.
Durante los siguientes treinta minutos le mostró las instalaciones, tanto las de la cocina como las del comedor. Entre las primeras observó la cámara frigorífica, la antecocina y la gran ristra de hornos y fogones. En la zona de los comedores pasó ante el largo mostrador, curioseando en los cajones de los cubiertos y destapando las fuentes de las ensaladas.
-¿Quiere ver la despensa? Le dio las gracias pero no aceptó, puesto que ya era hora de averiguar qué habían elegido los primeros enfermos de Ébola del menú que llevaba en la cartera.
Se echó hacia atrás en el sillón giratorio y se restregó los ojos. Eran las once de la mañana de su segundo día en Phoenix, y apenas si había logrado dormir cuatro horas la noche anterior. La habían instalado en uno de los consultorios de ginecología, y cada vez que alguien pasaba por allí, la despertaba.
Oyó que se abría la puerta a sus espaldas. Al volverse vio que entraba Dubchek sosteniendo desplegada la primera plana de un diario local cuyo titular decía: EL CENTRO PARA EL CONTROL DE ENFERMEDADES OPINA QUE EXISTE FUENTE OCULTA DE ÉBOLA EN ESTADOS UNIDOS. Con sólo verle la expresión Marissa se dio cuenta de que, como de costumbre, estaba enfadado.
-Le dije que no debía hablar con la prensa. -No hablé. Dubchek dio un golpe al diario. -Aquí dice que una tal doctora Blumenthal, del CCE, sostiene que hay un foco de Ébola en este país, y que la epidemia de Phoenix se originó en agua o alimentos contaminados. Marissa, ¡le aseguro que tendrá usted graves problemas!
Marissa tomó el periódico y leyó rápidamente el artículo. Cierto era que se mencionaba su nombre pero sólo indirectamente. La noticia la habían obtenido de un tal Bill Freeman, uno de los médicos que colaboró para confeccionar las historias de los pacientes, y así se lo hizo notar a Dubchek.
-No importa que hable directamente con los periodistas o con un intermediario: el efecto es el mismo. Esto parecería indicar que el Centro avala sus opiniones, lo cual no es verdad. No hay pruebas de que el problema se relacione con los alimentos, y tampoco tenemos el menor deseo de provocar una reacción de histeria generalizada.
Marissa se mordió el labio inferior. Tenía la impresión de que cada vez que él le dirigía la palabra era para criticarla por algo. Lástima que ella no hubiese podido llevar mejor el episodio del hotel de Los Ángeles, obrar más diplomáticamente, porque tal vez él no estaría tan irritado. Después de todo, ¿qué esperaba? ¿Que no hablara con nadie? El trabajo en, equipo supone siempre la comunicación.
Sofocó su enfado y le entregó entonces un papel. -Pienso que tendría que mirar esto. -¿Qué es? -preguntó él con fastidio. -Es el resultado de la segunda investigación practicada sobre los pacientes iniciales, al menos los que estaban en condiciones de responder. Notará usted un dato a simple vista: salvo dos personas que no lo recordaban, todos comieron flan hace cuatro días en la cafetería del hospital. Recordará que en mi primera indagación, el único dato en común era el almuerzo en la cafetería. También notará que otras veintiuna personas que almorzaron ese día en la misma cafetería, pero no pidieron flan, no contrajeron el mal.
Dubchek dejó el papel. -Para usted es un maravilloso ejercicio, pero se olvida de un dato importante: el Ébola no se propaga en los alimentos.
-Lo sé. Pero no puede desestimar que este brote comenzó con una avalancha de casos, que fueron disminuyendo notablemente gracias al aislamiento.
Dubchek respiró profundamente. -Mire -pronunció en tono condescendiente-, el doctor Layne confirmó el dato que obtuvo usted: que uno de los pacientes había asistido con Richter y Zabriski al congreso de San Diego. Precisamente en ese dato se basa la posición oficial, que Richter trajo el virus de su hábitat endémico, en África, y lo contagió a sus colegas de San Diego, incluso al infortunado oculista de este sanatorio.
-Pero esa teoría desconoce el período de incubación de la fiebre hemorrágica.
-Sé que hay problemas -reconoció Dubchek-, pero por el momento es nuestra posición oficial. No me molesta que siga estudiando la posibilidad de transmisión por medio de los alimentos, pero por Dios, deje de hacer declaraciones. Recuerde que está aquí en carácter oficial. No quiero que vaya comentando sus impresiones personales a nadie, en particular a la prensa.
Marissa hizo un gesto de asentimiento. -Ah, y le encargo varias cosas más. Póngase en contacto con el Ministerio de Sanidad Pública y pídales que retengan los despojos de algunas víctimas porque necesitamos congelar especimenes par-a enviar a Atlanta.
Marissa volvió a asentir. Dubchek se encaminó a la puerta, vaciló y se volvió. Con una expresión más amable, agregó:
-Tal vez le interese saber que Tad empezó a comparar el Ébola de Los Ángeles, el de Saint Louis y el de Phoenix. Todo parece indicar que los tres son de la misma cepa, lo cual avalaría la hipótesis de que en realidad se trata de un mismo brote epidémico relacionado.
Marissa cerró los ojos y meditó acerca de lo que debía hacer. Lamentablemente no había quedado flan del fatídico almuerzo. Eso habría sido demasiado fácil. Resolvió entonces extraerle sangre a todo el personal de la cocina para comprobar la existencia de anticuerpos de Ébola. También decidió remitir muestras de ingredientes del flan a Tad para que averiguara si había contaminación viral. Sin embargo presentía que, aun si el culpable fuese el flan, no iba a obtener información alguna de los ingredientes. Se sabía que el virus es extremadamente sensible al calor, de modo que sólo pudo haber sido introducido en el flan después de que éste se hubiera enfriado. Pero ¿cómo? Clavó la vista en el montón de papeles. Allí debía de estar la pista que le faltaba. Tal vez si tuviese más experiencia seria capaz de encontrarla.
16 de mayo
Casi un mes después Marissa estaba por fin de regreso en Atlanta, en su pequeño despacho del Centro para el Control de Enfermedades. Finalmente se pudo contener la epidemia de Phoenix y se les permitió partir a Dubchek, ella y los demás colegas del CCE, pero sin que se pudiera determinar con certeza cuál había sido la causa del brote ni si era posible impedir que se repitiera.
En la última etapa, cuando ya se daba por dominado el brote, Marissa se sentía cada vez más ansiosa por volver a su casa y a trabajar en el Centro. Sin embargo, ahora estaba allí y no se sentía feliz. Con lágrimas en los ojos, producto de una mezcla de desaliento e indignación, miraba fijamente la carta que comenzaba: «Lamentablemente debo comunicarle... » Dubchek volvía a denegar su petición de investigar el Ébola en el laboratorio de máximo riesgo pese a los denodados esfuerzos que había realizado para dominar ampliamente las técnicas de estudio de virus y cultivos de tejidos.
Esta vez se sintió realmente desilusionada. Seguía opinando que el brote de Phoenix estaba relacionado con el flan, y ansiaba desesperadamente sustentar su teoría utilizando sistemas animales. Pensaba que si llegaba a comprender la transmisión del virus podía quizá descubrir de dónde provenía en primer lugar.
Contempló los largos folios donde se consignaba la transmisión del virus Ébola de una generación a otra en los tres brotes de Estados Unidos. También había confeccionado unos diagramas similares aunque menos completos en los que se registraba la propagación del Ébola en las primeras dos epidemias de 1976. Ambas habían ocurrido casi simultáneamente, una en Yambuku (Zaire) y la otra en Nzara (Sudán). La información la había obtenido de datos originales guardados en los archivos del Centro.
Algo que le llamó particularmente la atención vinculado con los casos de África fue que nunca se encontró el foco de la epidemia. Ni siquiera el hecho de descubrir que el virus causante de la fiebre hemorrágica Lassa anidaba en una especie particular de ratón doméstico ayudó a localizar el foco del Ébola. Se sospechó de todo tipo de criaturas -mosquitos, chinches, monos, ratas, ratones-, pero finalmente se las descartó. En África fue un misterio tanto como en Estados Unidos.
Arrojó el lápiz sobre el escritorio, dominada por la frustración. No le había sorprendido la nota de Dubchek, máxime porque manifiestamente él había hecho lo posible por separarla del trabajo de Phoenix, enviándola de regreso a Atlanta el mismo día que se levantó la cuarentena. Parecía decidido a sostener la teoría de que el virus Ébola había sido traído de África por el doctor Richter, quien luego lo contagió a sus colegas oftalmólogos en el congreso de San Diego sobre cirugía de párpados. No obstante admitía que el largo periodo de incubación era una anomalía.
Impulsivamente se levantó y fue a buscar a Tad. Como él la había ayudado a redactar la solicitud, seguramente le permitiría llorar sobre su hombro ahora que se la habían rechazado.
Tad protestó un poco, pero finalmente accedió a salir del laboratorio de virología antes de tiempo para ir a almorzar.
-Tendrás que volver a intentarlo -fueron sus palabras cuando ella le contó de entrada la mala noticia.
Marissa sonrió. Ya se sentía mejor. La ingenuidad de su amigo le resultaba tierna.
Cruzaron la pasarela en dirección al edificio principal. Una ventaja de comer temprano era que no había colas en la cafetería.
Como para aumentar el tormento de Marissa, ese día uno de los postres era flan acaramelado. Cuando llegaron a una mesa y depositaron el contenido de las bandejas, le preguntó a Tad si había analizado los ingredientes del flan que ella le había enviado desde Arizona.
-No hay Ébola -fue la lacónica respuesta. Marissa se sentó pensando qué fácil habría sido descubrir que el culpable era algún proveedor de alimentos del hospital. Eso habría explicado por qué el virus aparecía siempre en ambientes médicos.
-¿Y las muestras de sangre del personal de la cocina?
-Tampoco encontré allí anticuerpos contra el Ébola. Pero te advierto que Dubchek vio el trabajo y se indignó. Marissa, ¿qué pasa entre vosotros dos? ¿Ocurrió algo en Phoenix?
Estuvo tentada de contarle toda la historia, pero una vez más decidió que así sólo conseguiría empeorar la situación. En respuesta a su pregunta le explicó que, sin darse cuenta, ella había sido fuente de información de una noticia periodística que difería de la posición oficial sostenida por el Centro.
Tad comió un bocado de su sándwich. -Te refieres a aquella historia de que existe un foco oculto de Ébola en Estados Unidos?
Ella asintió. -Yo estoy segura de que el Ébola se alojaba en el flan, y que además vamos a tener otros brotes epidémicos.
Tad se encogió de hombros. -Mis investigaciones parecen dar la razón a Dubchek. He estado aislando el ácido ribonucleico y las proteínas del virus de los tres brotes, y por sorprendente que sea, son idénticos. Esto significa que todos los virus estudiados pertenecen a la misma cepa, lo que a su vez implica que en realidad no son tres brotes sino uno solo. Normalmente el Ébola sufre alguna mutación. Incluso en los dos episodios de África -el de Yambuku y el de Nzara, aldeas que quedaban a ochocientos cincuenta kilómetros una de otra-, se detectó una pequeña diferencia entre las cepas.
-Pero, ¿qué me dices del período de incubación? Siempre fue de entre dos y cuatro días. Sin embargo, pasaron tres meses entre la convención de San Diego y el incidente de Phoenix.
-De acuerdo; reconozco que es un atolladero, pero no me parece más difícil de explicar que la forma en que pudo haberse introducido el virus en el flan, y en tales cantidades.
-Por eso fue que te envié los ingredientes. -Pero Marissa, el Ébola se neutraliza hasta en una temperatura de sesenta grados centígrados. Aunque se hubiese alojado en los ingredientes, el proceso de cocción lo habría anulado.
-La mujer que servía los postres contrajo la enfermedad. A lo mejor fue ella quien contaminó el flan.
-Entonces dime dónde pescó un virus que sólo habita en lo más recóndito de África.
-No lo sé -reconoció-. Pero estoy segura de que ella no asistió al congreso de San Diego.
Siguieron comiendo en silencio unos minutos, con cierto fastidio.
---Esa mujer pudo haber contraído el virus en un solo lugar.
¿Dónde? -Aquí, en el Centro. Tad dejó el resto de su sándwich y la miró abriendo desmesuradamente los ojos.
-¡Dios mío! ¿Sabes lo que estás insinuando? -Yo no insinúo nada. Simplemente expongo un hecho. La única reserva de Ébola que se conoce es nuestro laboratorio de máximo riesgo.
Tad movió la cabeza, incrédulo.
-Tad -dijo Marissa a su amigo con voz decidida-, quiero pedirte un favor. ¿Por qué no me consigues en la Oficina de Bioseguridad la lista de personas que entraron y salieron del laboratorio este último año? -No me atrae la idea -respondió él, recostándose en el respaldo.
-Vamos. Con darme una copia no haces daño a nadie. Ya se te va a ocurrir un pretexto para justificar la petición.
-La copia no es problema, porque incluso lo he hecho otras veces. Lo que no deseo es fomentar tu descabellada teoría y mucho menos interponerme entre ti y la administración, en particular Dubchek.
-Pamplinas. No vas a interponerte entre él y yo con sólo conseguirme un papel. Además, ¿por qué habría de enterarse ni él ni nadie?
-Es verdad -admitió Tad a regañadientes-. A menos que tú se la enseñes a alguien.
-Bueno -dijo ella, como si se hubiese zanjado la cuestión-. Esta noche paso por tu casa a recogerla. ¿Te parece bien?
-Supongo que sí. Se lo agradeció con una sonrisa. Tad era un amigo estupendo que haría casi cualquier cosa por ella, lo cual le infundió una sensación de tranquilidad, puesto que tenía otro favor que pedirle: pretendía entrar en el laboratorio de máximo riesgo.
Dio un buen tirón para colocar el freno de mano y se bajó del Honda rojo. Como la pendiente de la calle era pronunciada, tomó la precaución de hacer girar las ruedas contra el bordillo. Pese a que había salido muchas veces con Tad, jamás había estado en su apartamento. Subió la escalinata del frente y no sin esfuerzo localizó el botón correspondiente del portero electrónico. Eran casi las nueve de la noche y ya había oscurecido por completo. Apenas vio a su amigo se dio cuenta de que ya había conseguido lo que ella quería. Lo notó en la sonrisa con que la recibió.
Se dejó caer en un sillón y aguardó a que el enorme gato de Tad terminara de restregarse sensualmente contra su pierna.
En seguida su amigo le mostró el impreso de computadora con una sonrisita de satisfacción.
-Les dije que se estaba practicando un estudio interno sobre frecuencia de entrada y ni siquiera enarcaron una ceja.
Marissa vio que cada visita al laboratorio de máximo riesgo figuraba debidamente registrada con nombre, hora de entrada y de salida. Fue recorriendo la lista con el índice pero apenas reconoció unos pocos nombres. El que aparecía con más frecuencia era el de Tad.
-Todos saben que soy el único que trabaja en el Centro -comentó él soltando una risita.
-Jamás pensé que la lista fuera tan larga -se quejó Marissa, haciendo pasar las páginas-. ¿Todas estas personas siguen teniendo permitido el acceso?
Tad se le acercó para pasar las páginas. –A ver, vuelve al principio. Este tipo -dijo señalando un nombre- ya no tiene más autorización. Se llama Gastón Dubois. Pertenecía a la Organización Mundial de la Salud y vino a la ciudad por unos pocos días. Y este otro -señaló a Harry Longford- era un graduado de Harvard que tuvo acceso sólo para realizar un proyecto en particular.
Reparó en que el nombre del coronel Woolbert aparecía repetidas veces, así como también el de un tal Heberling, quien al parecer había efectuado visitas frecuentes hasta el mes de septiembre, en que su nombre desapareció. Marissa preguntó por él.
-Trabajaba antes aquí, pero hace seis meses consiguió otro empleo. Ha habido muchos cambios en el personal académico de virología últimamente debido a las fabulosas cantidades que se asignan a la investigación del SIDA.
-¿Adónde se fue?
-No tengo la menor idea. Creo que deseaba ir a Fort Detrick, pero nunca hizo buenas migas con Woolbert. Heberling es inteligente, aunque no es demasiado fácil congeniar con él. Se comentaba incluso que aspiraba al puesto que obtuvo Dubchek, pero me alegro de que no lo haya conseguido porque me habría hecho la vida imposible.
Marissa siguió pasando las hojas hasta enero y señaló un nombre que aparecía varias veces en el término de quince días: Gloria French.
-¿Quién es? ---preguntó. -Es de enfermedades parasitarias y utiliza de vez en cuando el laboratorio para estudiar problemas virales transmitidos por artrópodos.
Marissa enrolló los papeles. -¿Satisfecha? -Es un poco más de lo que esperaba -reconoció-. Pero te agradezco la atención. Ah, y hay otra cosa.
-No, no, eso sí que no. -No te pongas nervioso. Me dijiste que el Ébola de Los Ángeles, el de Saint Louis y el de Phoenix eran de cepas idénticas, ¿no? Me gustaría saber cómo llegaste a esa conclusión.
-Todos los datos están en el laboratorio... -¿Y qué? -Que no tienes autorización para entrar allí. Tad sabía cuál seria la próxima petición. -No tengo permiso para practicar un estudio, o sea que no puedo entrar sola, pero sería distinto si voy contigo, máxime si no hay nadie allí. La otra vez que fuimos no hubo problemas, ¿no es cierto?
Tad tuvo que admitirlo. Si no había habido inconvenientes, ¿por que no hacerlo de nuevo? Nunca le advirtieron expresamente que no podía llevar adentro a otros miembros del personal, de modo que en caso de necesidad podría aducir ignorancia. Sabía que Marissa lo estaba usando, pero era difícil resistirse a su simpatía. Además, se sentía orgulloso de su trabajo y quería lucirse mostrándolo. Seguramente ella quedaría impresionada.
-Está bien. ¿Cuándo deseas ir? -¿Qué te parece ahora mismo? Tad miró su reloj.
-Tanto da ir ahora como en cualquier otro momento -admitió.
-Después podríamos salir a tomar una copa. Invito yo. Cuando fue a buscar su cartera, advirtió que las llaves de Tad y su tarjeta de acceso estaban en el mismo estante, junto a la puerta.
Camino del laboratorio en el coche de ella, Tad empezó a describir el complicado trabajo que estaba realizando. Marissa apenas lo escuchaba, pues su interés por el laboratorio era muy distinto.
Al igual que la vez anterior, firmaron a la entrada del CCE y subieron luego en el ascensor como si se dirigieran a la oficina de Marissa. Se bajaron en el piso de ella, descendieron un tramo de escalera y cruzaron por la pasarela hasta el edificio de virología. Antes de que Tad hubiese abierto la pesada puerta de acero, Marissa repitió el número en código de su amigo: 100-60-95.
-¡Qué memoria! -exclamó él, mirándola con respeto.
-Te olvidas de que ésas son mis medidas. Tad soltó una risita burlona. Cuando él encendió las luces de delante y los compresores, Marissa experimentó la misma intranquilidad que la vez anterior. El laboratorio tenía algo de atemorizante; parecía formar parte de una película de ciencia ficción. Entraron en los vestuarios y en silencio se pusieron primero un traje de algodón y luego los de plástico, voluminosos. Siguiendo el ejemplo de Tad, Marissa acopló su tubo de aire a la llave múltiple.
-Ya pareces toda una profesional -comentó él al tiempo que encendía las luces del interior.
Después le indicó que desconectara su tubo de aire y pasara a la cámara siguiente.
Mientras lo esperaba en la pequeña habitación donde recibirían la lluvia de desinfectante fenólico a la salida, experimentó una incómoda claustrofobia, sensación que disminuyó cuando entraron en el más espacioso laboratorio principal. El trabajo práctico con virus que había realizado le vino bien puesto que pudo reconocer gran parte del instrumental, como por ejemplo las incubadoras de cultivos histológicos y las unidades de cromatografía.
-Por aquí -le indicó Tad una vez ambos se hubieron acoplado a la llave múltiple adecuada.
La llevó hasta una mesa de trabajo donde había complicados aparatos de cristal, y comenzó a explicarle cómo hacía para separar el ácido ribonucleico y las proteínas del Ébola.
Marissa no le prestaba demasiada atención, porque lo que realmente quería ver era dónde almacenaban los virus. Posó sus ojos en la puerta aislante, detrás de la cual seguramente se guardaba el Ébola. En cuanto Tad hizo una pausa le preguntó si le iba a enseñar dónde se lo conservaba.
Él titubeó un momento. -Allí -contestó luego, señalando hacia la puerta. -¿Puedo verlo? Él se encogió de hombros e hizo un gesto con la mano para que Marissa le siguiera. Se dirigió hacia un lado de la habitación y en vez de abrir la puerta aislante como ella esperaba, señaló un aparato que se hallaba junto a una incubadora de cultivo histológico.
-¿Ahí se guardan los virus? -se sorprendió ella, desilusionada al ver que no se trataba de un recipiente más apropiado-. Parece el congelador de mis padres.
-Lo es. Lo único que hicimos fue modificarlo para que trabajara con nitrógeno líquido como refrigerante. -Indicó los tubos de entrada y salida-. Mantenemos la temperatura en setenta grados bajo cero.
Alrededor del congelador, sujetando el tirador, había una cadena con un candado de combinación. Tad levantó el candado e hizo girar el dial.
-La persona que puso esto tenía sentido del humor -dijo-. La combinación mágica es 6-6-6.
-No me parece muy segura que digamos -apuntó Marissa.
Tad reaccionó encogiéndose de hombros. -Pero, ¿quién va a entrar aquí? ¿La mujer de la limpieza?
-Hablo en serio -protestó ella.
-Aquí no puede entrar nadie si no tiene una tarjeta de acceso -respondió él, retirando la cadena.
«Sí, claro», pensó Marissa. Tad levantó la tapa del congelador y Marissa espió su interior, casi como esperando que algo le saltase a la cara. En medio de la bruma helada lo que vio fueron miles y miles de frasquitos con tapa de plástico, colocados en bandejas metálicas.
Con la mano enguantada, Tad limpió la escarcha en el sector interno de la tapa, donde había un diagrama para localizar los diversos virus. Buscó la bandeja correspondiente al Ébola y empezó a revolver el congelador como quien busca pescado en la nevera de un mercado. -Aquí tienes tu Ébola -dijo, tomando una botellita y fingiendo que se la arrojaba.
Aterrorizada, Marissa extendió las manos. Oyó la risa de su amigo, que sonaba distante y hueca al provenir del interior del grueso traje. Se enfadó mucho, ya que ése no era lugar para hacer bromas.
Sosteniendo el frasquito con el brazo estirado, Tad le dijo a Marissa que lo tomara, pero ella se negó con un movimiento de cabeza. Un miedo irracional la atenazaba.
-No impresiona mucho por el aspecto -comentó Tad señalando el material congelado-, pero aquí dentro hay aproximadamente mil millones de virus.
-Bueno, ahora que ya lo he visto puedes guardarlo. No habló más cuando él volvió a poner el frasquito en la bandeja metálica, cerró el congelador y colocó el candado. Marissa paseó la vista a su alrededor. El ambiente le era extraño, aunque cada aparato individual era relativamente conocido. -¿Hay algo aquí que no exista en un laboratorio cualquiera? En los laboratorios comunes no hay esclusas de aire ni sistemas de presión negativa.
-No. Me refiero al instrumental científico. Tad paseó la vista por la sala. Sus ojos se posaron en las cubiertas protectoras que tenían las mesas de trabajo.
-Esas cosas son únicas -dijo señalándolas-. Se llaman campanas filtrantes tipo 3 HEPA.
-¿Sólo se las usa en los laboratorios de máximo riesgo?
-Efectivamente. Hay que construirlas a medida. Marissa se acercó hasta el casquete que protegía el lugar de trabajo de Tad. Era una especie de enorme extractor.
-¿Quién los fabrica? -Fíjate tú misma -respondió él, rozando con los dedos la etiqueta metálica que había a un costado y que decía: Lab Engineering, South Bend (Indiana). Marissa preguntó si alguien habría encargado protectores similares en los últimos tiempos. Sabía que la idea que se le había ocurrido era insensata, pero desde que se convenció de que el episodio de Phoenix fue causado por el flan, no pudo dejar de preguntarse si alguno de los brotes no habría sido causado intencionadamente. 0 de lo contrario, si algún médico no habría estado realizando investigaciones que luego se le escaparon de las manos.
-Eh, yo creí que te interesaba mi trabajo -exclamó súbitamente Tad.
-Por supuesto. Pero lo que pasa es que este sitio me abruma.
Tad tuvo que pensar un instante para recordar en qué punto de su discurso había quedado, y luego volvió a tomar la palabra. La mente de Marissa divagaba. No debía olvidarse de escribir luego a Lab Engineering.
-¿Qué te pareció, Marissa? -Estoy impresionada... y con mucha sed. ¿Vamos a tomar esas copas que dijimos?
Cuando salían, Tad la llevó a su diminuta oficina y le mostró cómo coincidían sus estudios finales, lo cual le daba la pauta de que todos los brotes eran, en realidad, uno solo.
-¿Comparaste la cepa estadounidense con las de África?
-Todavía no. -¿Tienes los mismos mapas o diagramas para todos los brotes?
-Por supuesto. -Tad se acercó a su fichero y abrió el cajón inferior. Estaba tan lleno que le costó extraer varios sobres marrones-. Aquí están el de Sudán y el de Zaire.
Los dejó en el escritorio y tomó asiento. Marissa abrió la primera carpeta. Los mapas le parecían absolutamente iguales, pero Tad le hizo notar importantes diferencias en casi todas las seis proteínas del Ébola. Marissa abrió luego la segunda carpeta. Tad se inclinó hacia delante, tomó los mapas de Zaire y los puso al lado de los que acababa de completar.
-¡No puede ser! -exclamó. Tomó entonces otros varios mapas y los dispuso en hilera sobre el escritorio.
-¿Qué pasa, Tad? -Mañana voy a tener que pasarlos todos por el espectrofotómetro para verificarlo.
-¿Verificar qué? -Hay una homología estructural casi completa aquí.
- ¡No me hables con tecnicismos! ¿Qué estás diciendo? -La cepa de Zaire de 1976 es exactamente la misma que la de tus tres brotes.
Se miraron uno a otro durante unos instantes. Finalmente fue Marissa quien habló. -Eso significa que el brote ha sido el mismo desde 1976, en el Zaire, hasta 1987, en Phoenix.
-Imposible. -Pero eso es lo que estás diciendo. -Sí ya sé. Debe de ser alguna rareza estadística. -Movió la cabeza. Sus ojos celestes se posaron luego en Marissa una vez más-. Lo único que te puedo asegurar es que me llama poderosamente la atención.
Después de atravesar la pasarela que conectaba el laboratorio con el edificio principal, Marissa le pidió que esperara unos minutos en su oficina mientras ella escribía a máquina una breve nota.
-¿Quién es tan importante como para que tengas que escribirle esta misma noche?
-No quería dejarlo pasar. -Marissa sacó el papel de la máquina y lo puso en un sobre-. Bueno, no tardé tanto, ¿no?
Buscó un sello en su cartera y escribió luego los datos del destinatario: Lab Engineering de South Bend (Indiana).
-¿Para qué diablos les escribes? -Quiero que me manden información sobre las campanas filtrantes tipo 3 HEPA.
-Pero, ¿para qué? -quiso saber Tad, con cierta preocupación.
Sabía que su amiga era impulsiva, lo cual le hizo pensar si no habría sido un error llevarla al laboratorio de máximo riesgo.
-¡Vamos! -exclamó ella, sonriente-. Si Dubchek sigue negándome autorización para usar el laboratorio, tendré que hacerme fabricar uno propio.
Tad iba a decir algo pero ella lo tomó del brazo y lo arrastró en dirección a los ascensores.

Mi lista de blogs

PARA SALIR AQUI, ENLAZAME