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miércoles, junio 15, 2011

Miserias Alemanas





Las 'miserias' alemanas

La 'E.coli' araña su reputación de nación eficaz. No es la primera vez que las autoridades sanitarias se columpian. En 1993 fue peor 


La poderosa y rica Alemania, la primera potencia europea, la de la infalible tecnología aplicada a la industria, sea un simple lavavajillas o un sofisticado Mercedes, no sabe qué hacer. Una bacteria asesina, que ha matado a 29 personas y ha dejado a otras 3.000 infectadas, está acabando con la confianza de sus ciudadanos -acostumbrados a respuestas rápidas y eficaces- y con su sello de calidad en el mundo. ¿Un gigante incapaz de acabar con la minúscula y letal 'E.coli'? ¿El país del orden o del desorden? Desde que el 1 de mayo los médicos de la clínica universitaria de Hamburgo atendieron a un paciente con los primeros síntomas, la autoridades sanitarias no han dejado de dar palos de ciego. Cargaron contra nuestros pepinos y fallaron. Luego le tocó al restaurante del pobre hostelero alemán Joachim Berger. Tampoco. El pasado viernes, un grupo de científicos localizó la bacteria en un paquete de brotes de soja hallado en el cubo de la basura de una familia afectada por la enfermedad.
La indignación, la inquietud y la perplejidad han cundido dentro y fuera del país casi tanto como cuando estalló el escándalo del plasma infectado del virus del sida. Sí. No es la primera vez que un ministro de sanidad, por muy alemán que sea, mete la zanca hasta lo más hondo. Ocurrió en 1993 y sumió a la nación en un verdadero caos.
En el mes de octubre de ese año, el ministro Horst Seehofer, actual jefe de Gobierno de Baviera, causó una verdadera conmoción nacional: pidió a todos los alemanes que se habían sometido a una intervención quirúrgica desde 1981 que se hicieran la prueba del sida. Parecía la única manera de saber si se habían contagiado después de recibir transfusiones en los hospitales del país.
Todos bajo sospecha
«Recomiendo a todos los ciudadanos que están preocupados, que se sometan a un examen. Éste es el camino más seguro para terminar con la incertidumbre», soltó Seehofer después de afirmar que los centros sanitarios no estaban en condiciones de determinar si habían utilizado plasma contaminado. Todos estaban bajo sospecha.
Dos medios alemanes, las revistas 'Focus' y 'der Spiege'l, destaparon que la firma UB Plasma, que vendía esta sustancia a los hospitales, había utilizado sangre de donantes infectados con el sida y actuado de forma chapucera a la hora de aplicar el protocolo de seguridad. El escándalo cobró una nueva dimensión cuando el país se enteró de que la Agencia Federal de Salud mantuvo oculto un informe donde se establecía que 373 hemofílicos habían contraído el sida al recibir sangre conta- minada.
Esta crisis se llevó por delante a la Agencia Federal de Salud y a la firma UB Plasma. Ambas fueron clausuradas. Las autoridades sanitarias quedaron manchadas con el estigma de la corrupción y UB Plasma fue acusada de un delito criminal. Pero las sospechas de que algunos responsables políticos había engordado sus bolsillos con el contrato de las transfusiones fueron diluyéndose con el tiempo.
Dieciocho años después, las instituciones que velan por la salud pública en Alemania están de nuevo en el ojo del huracán, aunque no por haber cometido un presunto delito de corrupción, sino por su incapacidad para poner fin a la propagación de la epidemia de 'E.coli'. Superado el lamentable episodio de nuestros inocentes pepinos, algunos medios de comunicación alemanes han cargado contra el Gobierno de Merkel sin contemplaciones. Franz Josef Wagner, uno de los columnistas más famosos del país, no ahorra en sarcasmos en las páginas del 'Bild', donde invita a la ciudadanía a examinar sus excrementos a diario. Para él, es la única forma de comprobar que no ha contraído la bacteria, ya que la diarrea con sangre es uno de los primeros síntomas de la infección. «Nadie sabe lo que se puede comer, yo me alimento de sopas enlatadas y mi felicidad son mis excrementos».
Parece lógico que después de contemplar la impotencia de las autoridades, la acción errática del ministro de sanidad, Daniel Bahr, un político liberal de 34 años, y los intentos frustrados de combatir la epidemia, resuciten los fantasmas del escándalo de plasma. Los alemanes no han escuchado medidas concretas y eficaces, como les gusta a ellos, para atajar la crisis. Tanto Bahr como Ilse Algner, el ministro de Agricultura y Defensa del Consumidor, solo han comparecido para defenderse de las acusaciones de falta de transparencia y de coordinación.
La poderosa nación alemana, orgullosa de haberse convertido en una potencia económica de primer orden después de sucumbir a la locura nazi y reconstruir el país destruido, tiembla solo al pensar que un nuevo tropezón puede acabar con su reputación. Al menos, ha empezado a rectificar. El viernes levantó la alerta contra el consumo de pepinos, lechugas y tomates.

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